05 de abril de 2026
Domingo de Resurrección del Señor.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 118:1-2, 14-24; Jeremías 31:1-6; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-18
Título: Nuestra Vida Está Escondida en Su Victoria
Gracia, misericordia y paz a vosotros, de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
¡Cristo ha resucitado! ¡Ha resucitado en verdad!
Queridos hermanos en Cristo: hoy celebramos el evento que sostiene cada fibra de nuestra fe. Sin la mañana de hoy, nuestras iglesias serían museos y nuestra esperanza una simple ilusión. Pero hoy, frente a la tumba vacía, la cristiandad y la Iglesia global confiesan una verdad objetiva e histórica: el cuerpo que fue clavado en la cruz por nuestros pecados ya no está bajo el poder de la muerte.
I. El Silencio de la Tumba y la Promesa de Jeremías
En el texto de Jeremías 31, escuchamos una promesa de restauración: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia". Durante siglos, el pueblo de Dios esperó el cumplimiento de este amor. Vieron exilios, caídas y silencio.
Incluso María Magdalena, al llegar al sepulcro en el Evangelio de Juan, todavía vivía en ese "exilio" del alma. Ella no buscaba a un Salvador resucitado; buscaba un cadáver para ungir. Su dolor era tan profundo que, cuando vio la piedra quitada, su primera conclusión fue el robo, no la resurrección. "Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto".
A veces nosotros vivimos así. Miramos nuestra vida, nuestras faltas y nuestro pecado, y sentimos que Dios está ausente o "muerto". Pero la promesa de Jeremías se cumple hoy: Dios ha vuelto a edificar a su pueblo, no con ladrillos, sino con la carne viva de Su Hijo.
II. El Encuentro en el Huerto: Juan 20
El Evangelio nos muestra a Pedro y al "otro discípulo" corriendo. Ellos ven los lienzos, ven el sudario, y aunque algo empieza a brotar en ellos, regresan a casa. Pero María se queda. Ella llora.
Aquí ocurre el momento más sublime de la narrativa: Jesús se le aparece. Ella lo confunde con el hortelano, el cuidador de la huerta. Es una confusión providencial, pues Jesús es el "Nuevo Adán" en el nuevo huerto de la creación, aquel que viene a revertir la maldición del Edén.
Solo cuando Jesús pronuncia su nombre —"María"— ella lo reconoce. Esta es la esencia de nuestra teología luterana: el Evangelio es una voz externa que nos llama. La fe no nace de María analizando las pruebas, sino de Jesús llamándola por su nombre. Hoy, a través de la Palabra y el Bautismo, Él te llama por tu nombre y te saca del lamento y el llanto a la alegría y la felicidad de su salvación.
III. El Cambio de Perspectiva: Colosenses 3
San Pablo, en la epístola a los Colosenses, nos da la aplicación práctica de este milagro: "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba".
Como cristianos luteranos, entendemos que esto no es una invitación a ignorar el mundo, sino a vivir en él con una identidad nueva. Pablo dice: "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios". Cuando el diablo te acuse por tus pecados pasados, cuando la muerte te amenace, puedes responder: "Mi vida no me pertenece a mí, ni a mis errores; mi vida está guardada en la tumba vacía de Jesús".
La resurrección no es solo un evento que ocurrió hace más de 2,000 años; es nuestra realidad presente. Porque Él vive, nosotros vivimos.
IV. La Piedra que Desecharon los Edificadores (Salmo 118)
Hoy cantamos con el Salmista: "La diestra de Jehová ha hecho valentía... No moriré, sino que viviré". Cristo es esa piedra desechada por los hombres, pero convertida por Dios en la piedra angular.
El Salmo 118 es el himno de victoria del Mesías. Jesús lo cantó la noche antes de morir, sabiendo que el "sacrificio" del que habla el salmo era Él mismo. Hoy vemos que Dios aceptó ese sacrificio. La puerta de la justicia se ha abierto y nosotros, los pecadores justificados por gracia, entramos por ella.
Conclusión
Queridos hermanos, el mensaje de hoy es sencillo pero eterno: La tumba está vacía, pero tu vida está llena.
No busquen entre los muertos al que vive. No busquen su salvación en sus propias obras o en sus sentimientos cambiantes. Búsquenla en la Palabra que declara: "Yo te he amado con amor eterno". Búsquenla en el Sacramento donde el Cristo resucitado se nos entrega hoy mismo.
Este es el día que hizo el Señor; nos gozaremos y alegraremos en él.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Amén.
Oremos
Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque en este día has vencido a la muerte a través de tu Hijo unigénito, Jesucristo, abriéndonos las puertas de la vida eterna. Te suplicamos que, así como nos has llamado por nuestro nombre en el Bautismo y nos has unido a su resurrección, permitas que el Espíritu Santo mantenga nuestra mirada fija en las cosas de arriba. Que el gozo de la tumba vacía llene nuestro caminar diario, nos consuele en la tribulación y nos dé la certeza de que, porque Él vive, nosotros también viviremos. Todo esto lo pedimos en el nombre de aquel que es nuestra Roca y nuestro Redentor, Jesucristo mismo.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!

