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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Décimo noveno domingo después de Pentecosté - Los labradores de la viña y nuestra responsabilidad hoy



04 de Octubre de 2026

Décimo noveno domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 80:7-15; Isaías 5:1-7; Filipenses 3:4b-14; Mateo 21:33-46

Título: Los labradores de la viña y nuestra responsabilidad hoy

Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según San Mateo, capítulo 21, versículos del 33 al 46.

Para comprender el impacto de las palabras de Jesús, es necesario trasladarnos a la época en que fue escrito este Evangelio. El arrendamiento de un fundo o terreno agrícola constituía una doble obligación contractual. Los arrendatarios no solo debían pagar un canon de alquiler por la tierra, sino que estaban obligados a entregar una parte de la cosecha al legítimo propietario. Como nos narra la parábola, el dueño del viñedo se empeñó en que la tierra fuera productiva: plantó la viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y construyó una torre. Todo estaba dispuesto para el éxito. El terreno dio sus frutos, pero el corazón de los labradores se corrompió.

Jesús, como el maestro incomparable que es, utiliza esta realidad cotidiana para revelarnos una profunda verdad espiritual. Esta parábola no fue dicha al azar; tenía destinatarios muy claros: los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, así como las autoridades religiosas de la época. A ellos se les había confiado la Palabra, las promesas del Reino y el cuidado espiritual del pueblo de Israel. Dios les entregó una viña fértil. Sin embargo, en un acto de vulgar desprecio por los bienes celestiales, estas autoridades rechazaron y mataron, generación tras generación, a los profetas enviados por Dios.

El profeta Isaías ya lo había advertido siglos antes en el canto de la viña, cuando escribió:

«El viñedo del Señor Todopoderoso, su sembrado preferido, es el país de Israel, el pueblo de Judá. El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y sólo encuentra asesinatos; esperaba justicia, y sólo escucha gritos de dolor» (Isaías 5:7).

La paciencia de nuestro Padre Celestial es infinita, pero también reclama justicia. En un último y tierno intento de reconciliación, se dijo: «Enviaré a mi propio Hijo; a Él sí lo respetarán». Pero los labradores, movidos por la codicia y el deseo de quedarse con la herencia, lo sacaron de la viña y lo mataron. El pueblo escogido no reconoció al Heredero; como nos recuerda el evangelista Juan: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:10-11).

Ahora bien, hermanos, esta historia no es solo un registro del pasado. Por la fe y a través de la promesa dada a Abraham, nosotros hemos sido injertados en ese olivo santo. Hoy, nosotros somos el nuevo pueblo de Dios. La viña ha sido confiada a nuestras manos. Nosotros somos los guardianes actuales de la Palabra, los responsables de la predicación y de la expansión del Reino de Dios en la Tierra.

Por eso, la pregunta que nos confronta hoy es inevitable: ¿Qué frutos estamos entregando al dueño de la viña cuando se trata de compartir el amor de Jesús y su sacrificio redentor?

Lamentablemente, si miramos nuestro entorno, la realidad es preocupante. Se evidencia en muchos creyentes una alarmante falta de devoción hacia la herencia divina. Hemos menospreciado el privilegio de leer, estudiar, meditar y honrar las Sagradas Escrituras. En nuestros hogares, el altar familiar ha sido reemplazado. La atención que merece el Señor ha sido desplazada por el mundo moderno, el internet y la adicción silenciosa a las redes sociales. Hemos puesto a un lado la dedicación cristocéntrica que debería gobernar nuestras vidas y la de nuestros hijos.

La advertencia también es severa para el liderazgo de la iglesia. Hoy vemos pastores y líderes que, buscando agradar al mundo, presentan predicaciones aguadas, enseñanzas adulteradas y discursos sin un verdadero basamento bíblico y escritural. Al igual que los labradores de la parábola, corremos el riesgo de querer adueñarnos de la viña y moldearla a nuestro antojo.

Hermanos, cada vez que cerramos la biblia, cada vez que rechazamos la comunión con Dios y decidimos vivir bajo nuestros propios términos, estamos volviendo a apedrear a los profetas y a despreciar el sacrificio del Hijo de Dios. Estamos actuando como los labradores insensatos.

Pero la belleza del Evangelio es que, mientras tengamos vida, la gracia de Dios permanece abierta. No nos desesperemos, porque todavía estamos a tiempo de cambiar nuestra forma de actuar. Al igual que el apóstol Pablo en su carta a los Filipenses, debemos estar dispuestos a estimar todas las cosas como pérdida con tal de ganar a Cristo y ser hallados en Él, prosiguiendo hacia la meta del supremo llamamiento.

Oremos:

Señor y Padre Celestial, te damos gracias porque en tu infinito amor nos has confiado el cuidado de tu viña. Te pedimos perdón por los momentos en que hemos sido labradores infieles, descuidando tu Palabra y dejándonos arrastrar por las distracciones del mundo. Te rogamos, Espíritu Santo, que toques y transformes nuestros corazones en este día. Concédenos el hambre y la sed de tu verdad. Ayúdanos a recuperar nuestro caminar contigo, a fortalecer nuestra comunión familiar en torno al altar de tu Palabra y a vivir una fe viva y activa en nuestro Señor Jesucristo. Que nuestras vidas den los frutos de justicia y amor que tú esperas recibir. En el precioso nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Décimo octavo domingo después de Pentecostés - La autoridad de la gracia frente a la ceguera del orgullo



27 de Septiembre de 2026

Décimo octavo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 25:1-9; Ezequiel 18:1-4, 25-32; Filipenses 2:1-13; Mateo 21:23-32

Título: La autoridad de la gracia frente a la ceguera del orgullo

Introducción: Las apariencias que engañan


Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta hermosa oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según Mateo 21:23-32.

Para comenzar, quiero compartirles una historia sobre el famoso violinista estadounidense Joshua Bell. En el año 2007, como parte de un experimento social, este músico, uno de los mejores del mundo, decidió vestirse con unos jeans viejos, una camiseta corriente y una gorra de béisbol. Se paró en una concurrida estación de metro en Washington D.C., sacó su violín (un instrumento invaluable valorado en más de 3 millones de dólares) y comenzó a tocar algunas de las piezas musicales más complejas y hermosas jamás escritas.

Durante casi una hora, miles de personas pasaron frente a él camino a sus trabajos. La inmensa mayoría ni siquiera volteó a mirarlo; algunos le arrojaron un par de monedas al piso sin detener el paso, asumiendo que era solo un mendigo o un músico callejero más intentando ganarse la vida. Nadie se imaginaba que apenas tres días antes, ese mismo hombre había llenado un prestigioso teatro en Boston, donde la gente pagó cientos de dólares por una sola entrada para poder escuchar exactamente la misma música.

Aquella mañana en el metro, la gente juzgó por la fachada. Creyeron que el lugar, la ropa y la apariencia del músico determinaban el valor de lo que ofrecía. ¡Qué gran verdad es que los prejuicios limitan nuestra capacidad de reconocer la grandeza! Cuando el experimento terminó y se reveló la verdad, muchos de los que pasaron por ahí sintieron una profunda pena y comentaron: «Cómo la mayoría de las veces, atrapados en nuestra propia rutina y creyéndonos superiores, caemos en la enfermedad del orgullo y nos perdemos de lo verdaderamente valioso».


El conflicto en el templo: ¿Con qué autoridad?


Esta historia conecta perfectamente con el pasaje de hoy. En el texto bíblico, observamos a Jesús enseñando en el templo, y lo hace con una autoridad que impactaba a las multitudes. Los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo lo observaban con una mezcla de admiración oculta y envidia revelada. Para ellos, Jesús era solo un predicador itinerante, un hombre del pueblo, proveniente de Nazaret, un lugar del que muchos dudaban que pudiera salir algo bueno. Al igual que la gente en la estación del metro, los religiosos miraban la fachada y no la grandeza de quien tenían enfrente.

Incapaces de aceptar que alguien sin sus credenciales humanas tuviera tanto poder, se le acercan y le preguntan: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?».

¿Será que preguntaban esto con un corazón sincero para buscar la misma fuente divina de Jesús? Lamentablemente, no. Su motivación no era la verdad, sino la trampa; buscaban una excusa legal para acusarlo, desacreditarlo ante el pueblo y apresarlo.

Pero Jesús, que es Dios omnisciente y conoce hasta las intenciones más ocultas de los corazones, desarma su soberbia con una sabiduría divina. Les responde con otra pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?».

Los líderes religiosos quedaron atrapados en su propia red. Empezaron a calcular el costo social y religioso de su respuesta: si decían que venía del cielo, Jesús les reclamaría por qué no le creyeron; y si decían que venía de los hombres, temían al pueblo, que consideraba a Juan un profeta. Anteponiendo su estatus a la verdad, prefirieron mentir y responder: «No sabemos». A lo que Jesús sentenció de forma brillante: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto».


El peligro de ver a Cristo con ojos humanos


Hermanos, este pasaje nos deja una lección profunda. Todo aquel que mira a Cristo únicamente con ojos humanos, desprovisto de la fe que opera el Espíritu Santo, tropieza con su humildad. El orgullo humano se pregunta: «¿Qué me puede dar este personaje histórico? Si lo que veo es a un hombre pobrísimo, que nació en un pesebre maloliente, que no tenía ni dónde recostar la cabeza (Mateo 8:20) y que al final se dejó crucificar sin defenderse».

El mundo, en su soberbia, concluye: «Él no puede hacer nada por mí», y lo rechaza. Sin embargo, al cerrar los ojos a Cristo por culpa del orgullo propio, el ser humano queda atrapado en una condenación eterna, llevando una existencia vacía que nada ni nadie en la tierra puede llenar.


La coherencia y el fruto del discipulado


Para profundizar en esta ceguera, Jesús les relata la parábola de los dos hijos. El primero dice que no va a trabajar a la viña, pero después se arrepiente y va. El segundo dice con mucha elocuencia: «Sí, señor, ya voy», pero se queda de brazos cruzados.

Esta parábola nos recuerda que las promesas verbales y la religión de apariencias no sirven de nada ante Dios. No basta con decir: «¡Oh, sí, el próximo domingo iré a la iglesia!», si al llegar el día nos olvidamos del compromiso. Lo que realmente cuenta para el Señor son las acciones que brotan de una fe viva; un arrepentimiento genuino que da frutos verdaderos en el discipulado diario.

Los recaudadores de impuestos y las prostitutas de la época, que eran los marginados y pecadores más señalados, entendieron su miseria, creyeron en Juan y en Jesús, se arrepintieron y entraron al Reino de los Cielos antes que los religiosos perfectos. Porque las puertas del cielo no se abren por estatus socioeconómico ni por méritos académicos, sino por la milagrosa misericordia de Dios, quien nos regala la fe para reconocer nuestra necesidad de un Salvador.

No seamos como los sacerdotes que, teniendo la verdad frente a ellos, prefirieron cuidar su orgullo. Seamos como el hijo que recapacita, deja atrás sus palabras vacías y camina en obediencia.


Oremos: 


Dios de Gloria y Majestad, te pedimos que arranques de nuestro corazón toda raíz de orgullo y prejuicio. Concédenos la gracia de vivir una existencia coherente, donde nuestras acciones reflejen la fe que confesamos. Abre nuestros ojos espirituales para ver en Jesús no solo a un maestro humilde, sino al Dios Todopoderoso que salva nuestras almas de la perdición eterna y transforma nuestras vidas hoy. En el nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Decimoséptimo domingo después de Pentecostés - Dios reparte sus dones según su soberana voluntad



20 de Septiembre de 2026

Decimoséptimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 145:1-8; Jonás 3:10–4:11; Filipenses 1:21-30; Mateo 20:1-16


Título: Dios reparte sus dones según su soberana voluntad

Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad vamos a reflexionar acerca del Evangelio según Mateo, capítulo 20, versículos del 1 al 16.


En una oportunidad me contaron sobre un documental de televisión que describía cómo algunos hacendados en el sur de Francia contratan personal para la cosecha de uvas. 


La secuencia era la siguiente: el dueño de la plantación daba instrucciones a su caporal para ir al pueblo más cercano a buscar obreros, en su mayoría migrantes de varios países de Europa, dispuestos a trabajar arduamente en la recolección. En la plaza de la localidad, varios hombres esperaban ansiosos para ganarse el sustento diario. Inmediatamente subían al transporte hacia la hacienda para hospedarse en los dormitorios durante la recolección. Al día siguiente, el mayoral hacía el mismo recorrido, recogía nuevos trabajadores y regresaba a la finca. Al llegar el fin de semana, procedía, como dicta la justicia humana, a pagar a cada uno estrictamente según los días y horas efectivamente laboradas. En nuestra sociedad, este sistema es lógico: se asignan recursos correspondientes al esfuerzo del hombre. De lo contrario, sería imposible sostener la producción.


Sin embargo, el Reino de los Cielos no opera bajo las leyes del mercado humano, sino bajo la economía de la gracia de Dios.


En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta una parábola donde el dueño de una viña contrata jornaleros a diferentes horas: al amanecer, a las nueve de la mañana, al mediodía, a las tres de la tarde y, finalmente, a las cinco de la tarde. Al llegar la noche, comienza a pagarles empezando por los últimos. La sorpresa, indignación y sentimiento de estafa de quienes habían trabajado todo el día bajo el sol fue enorme, al ver que los que solo trabajaron una hora recibieron exactamente lo mismo: un denario. Cualquiera de nosotros, bajo una lógica puramente humana, diría: «Si yo hubiera sabido eso, me aparezco a la última hora».


La parábola comienza diciendo: «Sucede con el reino de los cielos como…». Esta introducción nos obliga a desaprender nuestros criterios de justicia humana para entender la justicia divina. Jesús nos muestra, en primer lugar, la discriminación en la que caemos cuando una persona es convertida a la fe a una edad avanzada o tras una vida difícil. Muchos suelen comentar, desde una garrafal ignorancia espiritual: «¡Qué fácil! Después de haber vivido una vida desenfrenada, ahora que está viejo se mete a cristiano», añadiendo calificativos maliciosos.


Esas reacciones de queja y envidia no son nuevas; son la misma actitud que vemos en las lecturas de hoy:


La queja de Jonás: El profeta Jonás se enfureció y se quería morir porque Dios tuvo misericordia de la gran ciudad de Nínive cuando esta se arrepintió (Jonás 3:10-4:11). Jonás sentía que ellos no merecían la salvación. Pero Dios le confronta recordando que Él es soberano y que tiene compasión de quien quiere, porque su amor va más allá de nuestros estrechos límites nacionales o morales.


La generosidad del Señor: Ante la protesta de los obreros de la primera hora, el dueño de la viña responde: «¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia que yo sea bueno?». El Salmo 145:1-8 responde a esto con alabanza, recordándonos que «el Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor». Su bondad no se calcula con tarjeta de asistencia; se desborda por pura gracia.

La justicia de los hombres da a cada uno lo que merece; la gracia de Dios da lo que no merecemos. Si Dios nos pagara estrictamente por nuestras obras y antigüedad, ninguno de nosotros alcanzaría la salvación. El denario que reciben todos los obreros por igual es el don de la vida eterna, la justificación y el amor del Padre.

Por eso, el apóstol Pablo comprendió perfectamente esta soberanía en su carta a los Filipenses 1:21-30. Para Pablo, la vida ya no se trata de ganar méritos propios, sino de Cristo: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». Él no está compitiendo por quién trabaja más o quién sufre más; su único anhelo es que Cristo sea glorificado, ya sea por su vida o por su muerte, llamando a la iglesia a vivir de una manera digna del evangelio, en unidad y sin temor.

Hermanos, la lección que nos regala Jesús es que Dios es un pagador y mayordomo perfecto. Él reparte sus dones según su soberana voluntad y jamás debemos comparar su proceder con nuestras reglas humanas. Si usted ha sido un discípulo fiel desde su juventud, ¡excelente, gloria a Dios! Pero sepa que la persona que se postra de corazón a los pies del Señor en la tercera edad, o en su último suspiro, tiene el mismo derecho de ser llamada hijo de Dios, porque la salvación es un regalo inmerecido, no un salario acumulado.

Como dice la Escritura: «Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos». No midamos el amor de Dios con la regla de nuestro propio egoísmo. Alegrémonos cuando la gracia alcance a otros, porque esa misma gracia es la que nos sostiene a nosotros cada día.


Oremos:


Eterno y amantísimo Padre celestial, hoy venimos a ti para pedirte un corazón humilde, libre de envidias y lleno de gratitud. Te pedimos comprensión y paciencia ante la soberana repartición que haces de tus dones y misericordias. Ayúdanos a no mirar con malos ojos tu infinita bondad hacia los demás, sino a regocijarnos porque tu gracia nos alcanza a todos por igual. Que nuestras vidas sean un reflejo de tu generosidad. En el precioso nombre de tu Hijo Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Decimosexto domingo después de Pentecostés - La lógica de la cruz: Un amor que no lleva la cuenta



13 de Septiembre de 2026

Decimosexto domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 103:8-13; Génesis 50:15-21; Romanos 14:1-12; Mateo 18:21-35


Título: La lógica de la cruz: Un amor que no lleva la cuenta

Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad vamos a reflexionar acerca de la lectura del santo evangelio según san Mateo, en el capítulo dieciocho, versículos del veintiuno al treinta y cinco. El pasado domingo decíamos que Dios nos invita a llevar una vida de concordia, armonía, amor y reconciliación constantes y perpetuas. Esta reconciliación con nuestro Dios Padre es eterna, pues nuestro Dios Hijo y Señor Jesucristo la ganó de una vez y para siempre con su sacrificial muerte en la cruz para todos nosotros. Se trata de un regalo inmerecido, una gracia divina que transforma nuestra realidad por completo.

Para hoy, el texto sagrado nos sitúa en el versículo inmediatamente posterior al último leído hace una semana. Todo comienza con una pregunta de parte de Pedro a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete veces?». Hermanos, ¿somos de la clase de personas que llevamos una libreta en el bolsillo y escribimos las veces que hemos perdonado a alguien? Es fácil caer en la tentación de pensar: «A fulanito lo he perdonado veinte veces, a zutanito lo he perdonado setenta veces; ya ha sido demasiadas veces perdonado por mí». Podemos suponer que Pedro pensaba de una manera similar y por eso hace la pregunta, buscando establecer un límite legal o una norma humana para el amor.

Nuestro Señor Jesús le responde de forma contundente: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Muchas personas creen erróneamente que Jesús está dando un número limitado de cuatrocientas noventa veces para perdonar. Por el contrario, debemos entender que no existe un límite determinado para el acto liberador del perdón. El punto de vista de Jesús es el mismo de Dios, cuya misericordia sobrepasa todo entendimiento humano. Como nos recuerda el salmista, el Señor es compasivo y bondadoso, lento para enojarse y lleno de amor; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras maldades. Tan alta como el cielo sobre la tierra es su misericordia.

¿Qué sería de nosotros y de nuestro destino eterno si Dios llevara una cuenta de nuestras ofensas hacia él? Si dependiéramos de nuestros propios méritos o de nuestra capacidad para mantenernos limpios, estaríamos completamente perdidos. Es una verdad incuestionable que la Palabra de Dios nos declara perdonados y justificados gratuitamente por la fe en la obra de Cristo. Ante la magnitud de ese amor, no nos queda mejor respuesta que vivir con un corazón agradecido, reflejando de manera natural ese perdón abundante hacia nuestros ofensores. No perdonamos para ganar el favor de Dios, sino porque ya hemos sido favorecidos y transformados por su gracia.

Seguidamente, en el texto del evangelio, el Señor Jesús cuenta una parábola para ilustrar la respuesta dada a Pedro y mostrar cómo se manifiesta el reino de los cielos. El pasaje habla acerca de un rey que decidió revisar las cuentas de sus empleados. Llegó ante él uno que le debía muchísimo dinero, una deuda tan incalculable que equivaldría a millones de monedas, una cifra que habría sido imposible de pagar en toda una vida. Como el empleado no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa e hijos y todo lo que tenía, para exigir el pago. El empleado se arrodilló delante de él y le suplicó: «Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo». El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó libre.

Esta es la perfecta imagen de nuestra condición humana frente a Dios. Nuestra deuda a causa del pecado era impagable, nos conducía a la condenación y a la bancarrota espiritual total. Sin embargo, Dios, movido puramente por su compasión y misericordia, decide borrar nuestra cuenta por medio del sacrificio de Jesús, sin pedirnos nada a cambio más que recibir su gracia por la fe. Así como en la historia de José y sus hermanos en el libro de Génesis, donde el mal fue transformado en bien y se otorgó un perdón absoluto y protector, Dios nos recibe y nos restaura por completo.

La Palabra de Dios continúa diciendo que, al salir de allí, aquel empleado se encontró con un compañero suyo que le debía una cantidad mínima de dinero, apenas el equivalente a unos tres meses de salario. Lo agarró por el cuello y comenzó a ahogarlo, diciéndole: «¡Págame lo que me debes!». Su compañero se arrodilló delante de él y le suplicó: «Tenga paciencia conmigo y se lo pagaré todo». Pero el otro no quiso escuchar, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda.

Los otros compañeros, al ver lo que había pasado, se llenaron de tristeza y fueron a contarle todo al rey. El monarca, al enterarse de todo lo sucedido, hizo llamar a aquel empleado y le dijo: «¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿Por qué no tuviste tú compasión de tu compañero, así como yo la tuve de ti?». El rey, muy enojado, ordenó que lo castigaran hasta que pagara todo lo que debía. El apóstol Pablo nos enseña en su carta a los Romanos que ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, no tenemos derecho a juzgar ni a menospreciar al hermano, porque todos tendremos que presentarnos ante el tribunal de Dios.

Jesús finaliza la narración con una advertencia solemne: «Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de todo corazón a su hermano». Hermanos, si Dios nos ha perdonado de manera absoluta toda nuestra inmensa deuda espiritual producto del pecado, nosotros, como fruto de esa fe viva, estamos llamados a manifestar la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. El perdón que otorgamos al prójimo no es la causa de nuestra salvación, sino la consecuencia directa e inevitable de haber sido perdonados primero. Un corazón que ha comprendido verdaderamente el Evangelio y la cruz de Cristo no puede cerrarse al perdón de sus semejantes.

Por medio del perdón que hemos recibido gratuitamente de Dios, el Espíritu Santo obra en nosotros el querer y el hacer para vivir una vida de reconciliación hacia nuestro prójimo. Negarse a perdonar es rechazar la lógica de la gracia y pretender volver a la lógica de la ley y del cobro, una posición peligrosa que nos desconecta del consuelo evangélico. Que la certeza de que su amor es incondicional nos capacite cada día para perdonar sin límites, reflejando la luz de Cristo en un mundo sediento de paz.

Oremos: 

Amantísimo Dios de perdón y de toda gracia. Hoy queremos venir ante tu santa presencia para suplicarte que el Espíritu Santo nos mueva a vivir el perdón en cada situación de nuestra cotidianidad. Permite que, al mirar a quienes nos ofenden, recordemos primero el glorioso, perfecto e inigualable sacrificio hecho por tu Hijo en la cruz por todos nosotros, donde borraste todos nuestros pecados y nos diste vida eterna. Fortalece nuestra fe para que nuestras vidas sean un fiel reflejo de tu amor incondicional. Todo esto te lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Salvador Jesucristo. 

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!