11 de Octubre de 2026
Vigésimo domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Isaías 25:1-9; Salmo 23; Filipenses 4:1-9; Mateo 22:1-14
Título: El banquete de Dios y nuestro ropaje de fe
Muy buenos días, hermanas y hermanos en nuestro Señor Jesucristo. La palabra de Dios nos reúne hoy alrededor de una mesa generosa, un banquete que el Señor mismo ha preparado para nosotros. En la lectura del evangelio de este día, que encontramos en Mateo 22:1-14, Jesús nos regala una parábola que toca lo más profundo de nuestra condición humana y de la gracia divina. Nos habla de un rey que prepara el banquete de bodas para su hijo, una imagen que transforma por completo la forma en que entendemos el reino de los cielos. Ya no se trata solo de la viña, del trabajo de la tierra o del esfuerzo de la siembra. Ahora el Salvador nos introduce directamente a una fiesta, un regalo inmerecido donde todo está listo y pagado por el anfitrión.
El relato nos muestra que el rey envió a sus criados a llamar a los invitados a la boda, pero estos no quisieron ir. El soberano, en su infinita paciencia, volvió a insistir. Les mandó a decir: «Miren, ya tengo preparado el banquete. He mandado matar mis reses y los animales más gordos, y todo está listo; vengan a la fiesta de bodas». Qué insistencia tan conmovedora la de nuestro Dios. Esto nos recuerda lo que el profeta Isaías anunció en el capítulo 25, cuando profetizó que el Señor de los ejércitos prepararía en este monte, para todos los pueblos, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos finos. Es la promesa de una mesa donde se destruirá la muerte para siempre y el Señor secará las lágrimas de todos los rostros. Sin embargo, en la parábola, la reacción humana ante tanta generosidad es de indiferencia y desprecio. Los invitados no hicieron caso. Uno se fue a sus terrenos, otro a sus negocios, y los demás agarraron a los criados del rey, los maltrataron y los mataron.
Esta resistencia a la invitación es el reflejo de un corazón que confía en sus propias fuerzas, en sus posesiones y en sus méritos. El pueblo de Israel, los primeros destinatarios de la promesa, muchas veces prefirieron sus propias seguridades, sus leyes y sus prácticas antes que el llamado de amor de su Dios. Rechazaron a los profetas y endurecieron su caminar. Ante esto, el rey se enojó, envió sus tropas, destruyó a aquellos asesinos y quemó su ciudad. La exclusividad basada en la descendencia o en el cumplimiento externo quedó rota por el rechazo humano. El rey dijo entonces a sus criados: «La fiesta de bodas está dispuesta, pero aquellos invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las calles principales, e inviten a la boda a todos los que encuentren».
Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, tanto malos como buenos, y la sala de la boda se llenó de invitados. Aquí vemos el corazón de nuestra fe: la invitación se vuelve universal, llega a los gentiles, nos alcanza a nosotros. No se nos pide una hoja de vida intachable para entrar; los criados reunieron a malos y buenos por igual. El banquete no se llena de personas que se ganaron el derecho de estar allí, sino de personas que simplemente recibieron la invitación. Esto es puro regalo, pura bondad divina. Es lo que experimentamos cuando recitamos el Salmo 23 y reconocemos que el Señor es nuestro pastor y nada nos faltará. Él prepara una mesa ante nosotros, incluso en presencia de nuestros enemigos, y unge nuestra cabeza con aceite. No estamos en esa mesa por lo bueno que hayamos hecho, sino porque el Pastor nos ha guiado por senderos de justicia por amor a su nombre.
Pero la parábola contiene una advertencia seria en su segunda parte. Cuando el rey entró a ver a los invitados, se fijó en un hombre que no iba vestido con traje de boda. El rey le preguntó: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin el traje de boda?». Y el hombre se quedó callado. El rey entonces ordenó a los sirvientes: «Átenlo de pies y manos, y échenlo a la oscuridad de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».
¿Qué significa este traje de boda? En el contexto de la época, el mismo anfitrión proporcionaba la vestimenta adecuada a sus invitados al llegar. Entrar a la fiesta con las ropas propias, sucias del camino, y rechazar el vestido del rey era un insulto supremo. Significaba decirle al rey que sus ropas eran mejores que el regalo del soberano. Espiritualmente, ese traje de boda es nuestro Señor Jesucristo. El único vestido que nos hace dignos de estar en la presencia del Padre es la justicia de Cristo, la cual recibimos únicamente por medio de la fe. Intentar presentarse ante Dios con nuestras propias ropas, es decir, con nuestras supuestas buenas obras, nuestra moralidad o nuestros propios méritos, es presentarnos desnudos y cubiertos de trapos sucios. El hombre de la parábola se quedó callado porque no tenía excusa; nadie puede justificarse a sí mismo ante el tribunal divino. El único que justifica es Jesucristo. Quien rechaza vestirse de Cristo por la fe, se condena a sí mismo a la oscuridad del infierno, donde el llanto y la desesperación son eternos.
El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, en el capítulo 4, nos exhorta a vivir de una manera coherente con este regalo. Nos dice: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que la bondad de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca». Cuando comprendemos que ya hemos sido vestidos con la justicia de Cristo, nuestra vida cambia. Ya no vivimos con angustia o ansiedad tratando de ganar la salvación. Pablo nos invita a no preocuparnos por nada, sino a presentarlo todo a Dios en oración, y nos promete que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús. El fruto de llevar el traje de boda es una vida que busca lo verdadero, lo respetable, lo justo, lo puro, lo amable y lo que es de buena fama. No para ser salvos, sino porque ya hemos sido salvados y vestidos por el Rey.
Hermanas y hermanos, la invitación al banquete celestial sigue abierta hoy para cada uno de nosotros. Dios nos llama a través de su palabra y nos ofrece gratuitamente el perdón y la vida eterna. No cometamos el error de descuidar este llamado por las ocupaciones cotidianas, ni pretendamos presentarnos ante Él confiando en nuestras propias bondades. Reconozcamos nuestra necesidad diaria de su gracia. Acerquémonos al Pastor de nuestras almas, dejemos que Él nos vista con el ropaje de su Hijo Jesús a través de la fe, y vivamos cada día con la paz y la alegría de saber que nuestros nombres están escritos en los cielos. Que el Señor nos mantenga firmes en esta fe protectora hasta el día en que disfrutemos plenamente del banquete eterno en su presencia.
Oremos:
Te damos gracias, Dios Padre omnipotente, por tu inmensa bondad al invitarnos a formar parte de tu reino y del banquete de bodas de tu amado Hijo. Te rogamos que envíes continuamente tu Santo Espíritu a nuestros corazones, para que por medio de una fe viva nos mantengamos siempre revestidos de nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro único camino, verdad y vida. Concédenos desechar toda confianza en nuestros propios méritos y danos la gracia de permanecer fieles a tu llamado, para que fortalecidos por tu palabra y tu paz, seamos contados entre tus escogidos y alabemos tu santo nombre por toda la eternidad.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!




