15 de febrero de 2026
Último Domingo después de Epifanía.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 2; Éxodo 24:12-18; 2 Pedro 1:16-21; Mateo 17:1-9
Tema de Hoy: “Escúchenlo” (Mateo 17:1–9)
Gracia, misericordia y paz a ustedes, de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
En el monte de la Transfiguración, Jesús lleva a Pedro, Jacobo y Juan a un lugar alto. Allí, delante de ellos, su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Moisés y Elías aparecen hablando con Él. Y entonces, una nube luminosa los cubre, y se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oigan”.
Este acontecimiento no es un espectáculo para impresionar, sino una revelación para sostener la fe. Jesús deja ver, por un momento, la gloria que siempre le pertenece como verdadero Dios, para fortalecer a sus discípulos antes del escándalo de la cruz. Porque el mismo Señor que brilla en el monte es el que pronto será entregado, azotado y crucificado.
Las lecturas del Antiguo Testamento nos ayudan a entender lo que sucede. En Éxodo 24, Moisés sube al monte y la gloria del Señor cubre el Sinaí. La nube, el fuego, la presencia santa de Dios: todo eso aparece también en la Transfiguración. Pero hay una diferencia decisiva. En el Sinaí, la gloria está separada del pueblo; sólo Moisés se acerca. En el monte de la Transfiguración, la gloria está en una Persona: Jesucristo. Ya no es sólo fuego y nube; es el Hijo encarnado. Dios se ha acercado en carne y sangre.
El Salmo 2 proclama: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy”. Ese salmo mesiánico resuena en la voz del Padre desde la nube. Jesús no es simplemente un profeta más, no es sólo un maestro moral. Él es el Hijo eterno, el Rey ungido, ante quien las naciones se inclinan. Cuando el Padre dice: “Este es mi Hijo amado”, está declarando públicamente quién es Jesús. Y cuando añade: “A Él oigan”, está llamando a toda la Iglesia a recibir su palabra con fe.
Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas. Toda la Escritura del Antiguo Testamento apunta a Cristo. No hablan de sí mismos; hablan con Él y acerca de su “partida”, es decir, de su muerte y resurrección. Como dice el apóstol Pedro en su segunda carta, ellos no siguieron “fábulas artificiosas”, sino que fueron testigos oculares de su majestad. Pedro entendió, con el tiempo, que aquella gloria en el monte confirmaba la palabra profética. Y añade algo importante: tenemos la palabra profética más segura. Es decir, la Escritura inspirada por el Espíritu Santo.
Aquí encontramos un énfasis central de nuestra confesión luterana: Dios se da a conocer y actúa por medio de su Palabra. No dependemos de experiencias místicas ni de emociones pasajeras. La voz del Padre dirige nuestra atención a Cristo y a su Palabra. “A Él oigan.” La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Cristo.
Pedro, en su entusiasmo, propone hacer tres enramadas, como si pudiera prolongar ese momento glorioso. Pero la gloria no se queda en el monte. El camino de Jesús desciende hacia Jerusalén, hacia la cruz. La verdadera obra de salvación no ocurre en el resplandor visible, sino en la humillación del Gólgota.
Esto es crucial para nosotros. A menudo buscamos a Dios en lo espectacular, en lo que impresiona los sentidos. Pero el Señor nos dirige a Cristo crucificado. La misma voz que dice “Este es mi Hijo amado” es la que permite que ese Hijo sea entregado por nosotros. La gloria y la cruz no se contradicen; se pertenecen. En la cruz, el Hijo amado carga con nuestros pecados. Allí, el Santo se hace pecado por nosotros. Allí, el Rey del Salmo 2 reina desde un madero.
Cuando los discípulos caen rostro en tierra, llenos de temor, Jesús se acerca y los toca: “Levántense, y no teman”. Esa palabra también es para nosotros. Ante la santidad de Dios, reconocemos nuestro pecado y nuestra indignidad. La Ley, representada por Moisés, nos muestra nuestra culpa. Pero el Evangelio nos muestra a Cristo que nos toca, nos levanta y nos consuela.
Al final, los discípulos no ven a nadie más que a Jesús solo. Moisés y Elías desaparecen. La visión extraordinaria termina. Queda Jesús. Esto es profundamente consolador. Para la Iglesia, en medio de un mundo cambiante, lo esencial permanece: Jesús solo. Su Palabra. Su promesa. Su obra cumplida.
Desde la perspectiva de nuestra fe luterana, confesamos que este mismo Cristo glorioso y crucificado viene hoy a nosotros de manera humilde pero real: en la predicación del Evangelio y en los santos sacramentos. No vemos su rostro resplandeciente, pero oímos su voz. No estamos cubiertos por una nube luminosa, pero somos cubiertos por su gracia en el Bautismo. No contemplamos vestiduras blancas como la luz, pero recibimos su verdadero cuerpo y sangre bajo el pan y el vino para el perdón de nuestros pecados.
La Transfiguración nos recuerda quién es Jesús: verdadero Dios y verdadero hombre. Nos recuerda escucharle por encima de todas las voces del mundo. Y nos prepara para entender que la cruz no es fracaso, sino el cumplimiento del plan eterno de salvación.
Hoy, mientras descendemos del monte con los discípulos, llevamos en el corazón esta certeza: el Hijo amado ha venido por nosotros. Ha cumplido la Ley, ha llevado nuestro pecado, ha vencido la muerte y ha resucitado en gloria. La majestad que brilló por un instante en el monte es la misma que ahora reina a la diestra del Padre y que un día veremos plenamente cuando Él vuelva.
Hasta entonces, escuchamos su voz. Confiamos en su Palabra profética segura. Y, aun en medio de pruebas, sabemos que el Cristo que se reveló en gloria es el mismo que nos sostiene con su gracia.
Oremos:
Señor Jesucristo, Hijo amado del Padre, que revelaste tu gloria en el monte y, sin embargo, descendiste para llevar la cruz por nuestra salvación, te damos gracias porque te has dado a conocer a nosotros por tu santa Palabra. Concédenos oírte con fe, confiar en tus promesas y permanecer firmes cuando el camino nos lleve por valles de prueba y sufrimiento.
Padre celestial, que desde la nube declaraste a tu Hijo como el Amado, fortalece en nosotros la certeza de que, por medio de Él, también somos tus hijos por gracia. Perdona nuestros pecados por causa de su sacrificio y renueva en nosotros el gozo de tu salvación.
Espíritu Santo, que inspiraste a los profetas y apóstoles, guarda a tu Iglesia en la verdad de tu Palabra. Ilumina nuestros corazones para que, contemplando por la fe la gloria de Cristo, seamos transformados a su imagen y vivamos como testigos fieles en el mundo.
Llévanos finalmente a contemplar su gloria eternamente en tu reino, donde con el Padre y el Hijo vives y reinas, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!




