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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés - El aceite de la fe y la hora inesperada



08 de Noviembre de 2026

Vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas

Lecturas: Salmo 70; Amos 5:18-24; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13

Tema de hoy: El aceite de la fe y la hora inesperada


Queridos hermanos y hermanas en la fe, la gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. 


Nos reunimos en este vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés, un tiempo propicio para reflexionar en las promesas eternas de Dios y en la realidad de nuestra vida terrenal a la luz de su palabra. La liturgia de este día nos invita a levantar la mirada hacia el horizonte de la eternidad, llamándonos a una santa expectación. El clamor de nuestros corazones se une al del antiguo salmista cuando en el Salmo 70 exclama con urgencia: «¡Dios mío, ven a salvarme! ¡Señor, ven pronto a socorrerme!». Este ruego no nace de la desesperación sin rumbo, sino del reconocimiento absoluto de nuestra propia debilidad y de la total dependencia que tenemos de la intervención salvadora de nuestro Dios. Es el grito de un corazón que sabe que no puede salvarse a sí mismo y que aguarda con fe el auxilio divino.

El profeta Amós, en el Antiguo Testamento, nos lanza una advertencia sumamente seria y profunda que sacude toda falsa seguridad religiosa. En Amós 5:18-24, el profeta confronta a aquellos que desean con ligereza el día del Señor, pensando que ese momento será de victoria automática por el simple hecho de pertenecer exteriormente al pueblo elegido. El profeta nos recuerda que el día del Señor es oscuridad y no luz. Dios mismo declara a través de su mensajero que rechaza las fiestas solemnes y los sacrificios externos cuando estos están vacíos de un verdadero fruto, y nos dice de manera contundente: «¡Quiero ver correr la justicia como el agua, y la rectitud como un torrente inagotable!». Esta palabra nos confronta de forma directa, pues nos muestra que el juicio de Dios penetra las apariencias y busca la verdad en lo íntimo, desenmascarando cualquier intento humano de justificarse por medio de ritos, obras propias o méritos externos.

Por otro lado, la epístola de hoy nos ofrece un bálsamo de consuelo inquebrantable frente a la muerte y la incertidumbre del futuro. En 1 Tesalonicenses 4:13-18, el apóstol Pablo nos instruye con ternura para que no estemos tristes como los otros, los que no tienen esperanza. La base de nuestra confianza es sólida y descansa enteramente en la obra de Cristo, pues la escritura afirma con poder: «Si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios unirá a Jesús a los que murieron creyendo en él». Esta es la gran promesa que sostiene a la iglesia visible en la tierra: la muerte no tiene la última palabra. Cuando nuestro Salvador regrese, los que murieron en él resucitarán primero, y nosotros seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire. La consecuencia final de esta maravillosa obra de gracia se resume en una frase eterna: «Y así estaremos siempre con el Señor». Esta certeza debe ser nuestro consuelo mutuo en medio de las tribulaciones del tiempo presente.


Sin embargo, el núcleo de la instrucción divina para nosotros hoy, se encuentra de manera muy especial en el santo evangelio según Mateo 25:1-13. Jesús nos introduce en los misterios del fin de los tiempos utilizando una parábola que dibuja simbólicamente los acontecimientos finales, bajo el tema de unas damas de honor descuidadas. El Salvador inicia su relato diciendo: «Sucederá entonces con el reino de los cielos lo que sucedió con diez muchachas que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al novio». En el contexto de las bodas de la época judía, las jóvenes solteras de la comunidad solían acompañar y atender a la novia, esperando la llegada del esposo. Al colocar a estas diez muchachas esperando directamente al novio, nuestro Señor utiliza un recurso pedagógico muy inteligente. Exagera e invierte los detalles cotidianos con el único propósito de captar la atención absoluta de sus oyentes y manifestar el interés profundo que tiene en que el mensaje de salvación sea asimilado con toda fidelidad por cada uno de nosotros.


La narración divide a estas diez jóvenes en dos grupos claramente definidos por su actitud: «Cinco de ellas eran descuidadas y cinco previsivas». El texto bíblico nos aclara de inmediato en qué consistía la diferencia fundamental entre ambos grupos: «Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite de reserva; en cambio, las previsivas llevaron vasijas con aceite, además de sus lámparas». A primera vista, todas las muchachas parecían exactamente iguales. Todas vestían ropas de fiesta, todas tenían lámparas en sus manos, todas formaban parte del cortejo nupcial y todas compartían el mismo propósito de recibir al esposo. Ninguna de las diez pretendía quedarse fuera de la celebración.


El elemento que pone a prueba la realidad de cada una de ellas es el tiempo y la aparente tardanza del esposo. La parábola continúa relatando que: «Como el novio tardaba, todas se cansaron y se durmieron». Debemos notar con suma atención que el sueño afectó a las diez por igual. Tanto las previsivas como las descuidadas se durmieron ante la demora. Esto nos enseña que el sueño aquí no representa necesariamente un pecado de pereza espiritual, sino que simboliza nuestra condición humana y mortal. Vivimos en un mundo donde el tiempo transcurre, donde la iglesia pasa por épocas de espera prolongada y donde todos los seres humanos, creyentes y no creyentes, debemos enfrentar el cansancio físico, el desgaste de los años y, finalmente, el sueño de la muerte física. El problema central no radicó en que se durmieran, sino en lo que poseían dentro de sus vasijas para cuando llegara el momento de despertar.


La calma de la noche se rompe de forma imprevista y estruendosa en medio de la oscuridad profunda: «A medianoche se oyó gritar: ¡Ya viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!». Este grito representa el anuncio escatológico del fin, el retorno glorioso de nuestro Redentor en su segunda venida, un evento que ocurrirá de manera súbita e inesperada para el mundo entero. Al escuchar la voz de alerta, todas aquellas jóvenes se levantaron inmediatamente y comenzaron a preparar sus lámparas para que brillaran con fuerza en el camino. Fue en ese preciso instante de la verdad cuando la terrible realidad de las cinco muchachas descuidadas quedó completamente al descubierto. Al encender las mechas, se dieron cuenta de que la luz se extinguía rápidamente porque no había combustible que la sostuviera.


Desesperadas ante la inminencia del encuentro, las descuidadas recurrieron a sus compañeras y les dijeron: «Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando». La respuesta de las jóvenes previsivas puede parecer a simple vista un acto de egoísmo o falta de caridad, pero encierra una verdad espiritual de un valor absoluto e intransferible: «No, porque entonces no alcanzará ni para nosotras ni para ustedes. Es mejor que vayan a donde lo venden, y compren para ustedes mismas». Hermanos, hay cosas en la vida cristiana que no se pueden prestar ni compartir en el último momento. Nadie puede vivir de la fe de sus padres, nadie puede salvarse por la piedad de su cónyuge y ningún ser humano puede transferir su relación con Dios a otra persona cuando el día del juicio se ha hecho presente. La relación con el Salvador es personal y es un regalo que debe recibirse y custodiarse individualmente en el tiempo de la gracia.


El desenlace de la parábola es trágico para las negligentes. Mientras ellas iban apresuradamente a comprar el aceite, llegó el novio. El texto nos dice con solemnidad: «Las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta». Cuando las otras muchachas llegaron finalmente, tocaron desesperadas a la puerta diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!». Pero la respuesta del esposo fue tajante, terrible y definitiva: «Les aseguro que no las conozco». La oportunidad había pasado para siempre. La puerta de la gracia, que estuvo abierta de par en par durante tanto tiempo, se cerró de forma irrevocable. Jesús concluye la parábola con una aplicación directa para la vida de cada uno de sus oyentes de todos los tiempos: «Manténganse despiertos, porque no saben ni el día ni la hora».


¿Qué es lo que verdaderamente aprendemos en este relato tan profundo de nuestro Señor Jesucristo? Esta es una narración que visiona con claridad los hechos escatológicos y el destino final de la humanidad. El novio de la parábola es, sin lugar a dudas, nuestro Señor Jesús en su segunda venida gloriosa. Las muchachas negligentes representan a aquellas personas que, ignorando el tiempo de la segunda venida de Cristo, se descuidan gravemente en el desempeño de su vida de devoción y adoración a Dios, confiando en una pertenencia puramente externa o nominal a la iglesia.


En cuanto al significado del aceite, a lo largo de la historia de la iglesia se han propuesto diversas explicaciones. Muchos maestros hablan de que se trata de la llenura del Espíritu Santo y de nuestra comunión constante con él; otros opinan que representa la perseverancia final de la que mucho nos hablara Jesús en sus sermones. Haciendo un pequeño corolario de todas estas teorías, se pudiera resumir que el aceite tiene el significado profundo de nuestra devoción a Dios, la cual viene dada única y exclusivamente por el Espíritu Santo que obra la fe en nuestros corazones a través de la palabra y de los sacramentos. El aceite no representa nuestros méritos humanos, sino el don gratuito de la fe verdadera que enciende la lámpara de nuestra vida.


Sin embargo, la triste realidad de nuestra naturaleza humana nos muestra que esta fe suele enfriarse de manera alarmante. La comunión con Dios y la acción del Espíritu Santo en nosotros a veces parece cesar debido al abandono, la apatía y el descuido nuestro por las cosas celestiales. Nos dejamos arrastrar con extrema facilidad por el amor a los asuntos de este mundo, por las ansiedades de la vida cotidiana, por la búsqueda de riquezas materiales y por los placeres temporales que ofrece una sociedad que vive de espaldas a su Creador. Cuando descuidamos la lectura de la palabra de Dios, cuando abandonamos la oración y nos alejamos de la comunión fraterna donde se nos entrega el perdón de los pecados, el aceite comienza a escasear en nuestras vasijas y nuestra lámpara empieza a agonizar.


Estar preparados no significa vivir con un miedo paralizante o hacer cálculos matemáticos sobre el fin del mundo. Estar preparados significa vivir cada día de nuestra existencia confiando plenamente en la promesa del perdón y de la redención que se nos ha otorgado por pura gracia. Significa acudir constantemente a la fuente del combustible divino, que es Cristo mismo expuesto en su palabra de amor. La fe viva que el Espíritu Santo sostiene en nosotros es la que mantiene la lámpara encendida en medio de la noche más oscura de este mundo.


Por lo tanto, si no conocemos ni el día ni la hora en que volverá nuestro Señor y Redentor, mantengámonos preparados con nuestros corazones firmes en una devoción genuina y sincera, una devoción que no busque la aprobación de los hombres ni se apoye en la hipocresía externa, sino que rinda frutos abundantes al reino de los cielos como consecuencia natural de la fe que opera por el amor. Que la paciencia del Señor nos encuentre ocupados en las obras de su amor, compartiendo el evangelio con el prójimo y viviendo en la gozosa esperanza de que aquel que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de su regreso triunfal. Amén.


Oremos:

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque a través de tu santa palabra has encendido en nuestros corazones la lámpara de la fe verdadera por medio de tu Espíritu Santo. Te rogamos humildemente que nos mires con compasión en nuestra debilidad y nos concedas la gracia de tu auxilio constante. Líbranos del descuido, de la indiferencia espiritual y de las distracciones de este mundo que buscan apagar nuestra luz. Concédenos tu Espíritu para que nuestras vasijas estén siempre llenas de tu verdad, y mantén nuestros corazones firmes y vigilantes en la oración. Que cuando tu amado Hijo regrese en su gloria, nos encuentre preparados, con las lámparas encendidas, listos para entrar con él en el banquete eterno de la salvación. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, quien vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. 

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!

 


Vigésimo tercer domingo después de Pentecostés - La Cruz que nivela el suelo



01 de Noviembre de 2026

Vigésimo tercer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas

Lecturas: Salmo 43; Miqueas 3:5-12; 1 Tesalonicenses 2:9-13; Mateo 23:1-12

Título: La Cruz que nivela el suelo

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Que la gracia, la paz y la misericordia de Dios nuestro Padre, y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amén.

El texto del Evangelio de hoy nos confronta con una de las realidades más dolorosas pero necesarias de la vida cristiana: el peligro de la hipocresía y la tentación del legalismo. En Mateo 23:1-12, Jesús se dirige tanto a la multitud como a sus discípulos para desenmascarar las actitudes de los escribas y fariseos. El Señor reconoce que estos hombres enseñan con una autoridad legítima, la «cátedra de Moisés»; pero de inmediato establece una línea divisoria tajante: una cosa es transmitir la letra de la Ley y otra muy distinta es usarla como un instrumento de opresión y auto exaltación.

Jesús denuncia con absoluta claridad los detalles de esta conducta: imponen cargas pesadas difíciles de soportar, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas. Buscan la notoriedad pública, ensanchan sus filacterias, alargan los flecos de sus mantos y se deleitan en los primeros asientos de las sinagogas y los banquetes. Desean ser llamados «Maestros», «Padres» y «Guías», no para la gloria de Dios, sino para saciar su propia sed de arrogancia, control y popularidad.

Esta denuncia no es nueva en la historia del pueblo de Dios. Ya el profeta Miqueas, en nuestra primera lectura, alzaba la voz contra los falsos profetas y líderes de su tiempo que adivinaban por dinero y predicaban una falsa paz mientras devoraban al pueblo, diciendo arrogantemente: «¿No está el Señor entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros». Al igual que en los días de Miqueas, el peligro no radica solo en el error doctrinal abierto, sino en la perversión del oficio sagrado para el beneficio propio.

Frente a este abuso de autoridad, la teología luterana nos ofrece una clave fundamental para entender las palabras de Jesús: la correcta distinción entre la Ley y el Evangelio. Los fariseos utilizaban la Ley no para mostrar el pecado y llevar a las personas al arrepentimiento, sino como un sistema de control moralista. Inventaban un cumplimiento exacerbado de normas humanas para dominar la voluntad del creyente, una característica que hoy en día define a las sectas peligrosas.

Martín Lutero nos recordaba con frecuencia que todos nosotros somos simul iustus et peccator (simultáneamente justos y pecadores). Ningún líder eclesiástico, ningún pastor, obispo o laico está exento de la caída. Cuando un predicador se aparta de la comunión diaria con la Palabra y de la gracia de Dios, se vuelve vulnerable al «gran cazador», a ese enemigo que anda como león rugiente buscando a quien devorar. El peligro se duplica cuando estos líderes se tornan «idolatrables», desviando la mirada de la cruz de Cristo hacia sus propias personas y ministerios.

Por eso las palabras de Jesús resuenan con tanta contundencia: «No permitan que los llamen maestros; porque uno solo es su Maestro, el Cristo, y todos ustedes son hermanos. Y no llamen padre a nadie en la tierra; porque uno solo es su Padre, el que está en los cielos».

Esto no anula el orden de la iglesia ni el respeto a los ministerios instituidos por Dios, sino que destruye toda jerarquía espiritual de superioridad. Ante Dios, el suelo está perfectamente nivelado al pie de la cruz. No hay cristianos de «primera clase» ni líderes inmunes al pecado.

Como contraste perfecto a la arrogancia farisaica, el apóstol Pablo nos muestra en la epístola de hoy (1 Tesalonicenses 2:9-13) el verdadero rostro del liderazgo cristiano. Pablo no exigió honores ni buscó ser una carga; al contrario, trabajó de noche y de día proclamando el Evangelio con una actitud tierna, transparente y santa. ¿Por qué? Porque el verdadero servicio no busca ser enaltecido, sino servir. Como concluye Jesús: «El que es el mayor entre ustedes, será su siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Hermanos, la humildad cristiana no es una virtud que podamos fabricar por nuestras propias fuerzas morales. La verdadera humildad nace cuando miramos a Jesucristo, el único y verdadero Guía, quien siendo el más grande se hizo el más pequeño. Él no nos impuso cargas insoportables; al contrario, tomó sobre sus propios hombros la carga insoportable de nuestros pecados y la llevó hasta la cruz para darnos salvación y descanso.

En los momentos de duda o persecución espiritual, podemos orar como el Salmista en el Salmo 43: «Hazme justicia, oh Dios... Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán». Que nuestra confianza no descanse en líderes humanos imperfectos, sino en la luz inalterable de la Palabra de Dios.

Oremos:

Roguemos hoy al Señor que nos preserve de la hipocresía, del legalismo opresor y de las enseñanzas sectarias. Que nos conceda pastores y líderes fieles que sigan el ejemplo de Cristo, y que a cada uno de nosotros nos mantenga siempre firmes en la fe, con corazones humildes y agradecidos, reconociendo que solo en Dios tenemos a nuestro único Maestro, nuestro amado Padre celestial y nuestro eterno Guía.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés - La distinción entre la Ley (que nos exige y condena) y el Evangelio (que nos rescata y libera en Cristo).



25 de Octubre de 2026

Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 1; Levítico 19:1-2, 15-18;  1 Tesalonicenses 2:1-8;

Mateo 22:34-46

Título: La distinción entre la Ley (que nos exige y condena) y el Evangelio (que nos rescata y libera en Cristo).

Introducción: El contexto de la trampa

Amados hermanos y hermanas en Cristo:

El pasaje que nos convoca hoy nos sitúa en un ambiente de alta tensión. Venimos de presenciar los intensos debates sobre la autoridad de Jesús, las parábolas de confrontación —como la de los dos hijos, los labradores malvados y el banquete de bodas— y el cuestionamiento sobre los impuestos que meditamos el domingo pasado. Los líderes religiosos están acorralados. Por eso, en esta oportunidad, los fariseos vuelven a la carga con una nueva trampa. Envían a un experto, un maestro de la ley, con una pregunta capciosa: «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?».

Jesús responde con absoluta claridad, resumiendo toda la voluntad divina en dos dimensiones inseparables: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» y «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

1. La Ley: El orgullo del cumplimiento y la desaparición del amor

Los fariseos y maestros de la ley esperaban una discusión teológica abstracta o una justificación para su propio sistema de méritos. En las distintas sectas israelitas de la época, lo realmente valioso era cumplir con una lista interminable de mandatos conductuales. Al centrarse tanto en el esfuerzo propio y en las apariencias externas, el orgullo religioso se apoderó de ellos. Trágicamente, en las vidas de estos personajes, la verdadera manifestación del amor y de la gracia había desaparecido por completo. Confiaban tanto en sus propias obras que terminaron ciegos; para ellos se volvió increíble e insignificante la idea de que el Mesías estuviera frente a sus ojos.

Hoy, en el Día de la Reforma Protestante, recordamos que este es exactamente el mismo peligro que denunció el monje Martín Lutero en el siglo XVI. En la Edad Media, los representantes de la iglesia dominante sometían al pueblo a una tiranía espiritual a través del pago de indulgencias. Por una cantidad de dinero, se prometía disminuir los años de sufrimiento en el purgatorio de un familiar difunto. Se comerciaba con la fe vendiendo reliquias absurdas, como plumas de ganso asegurando que pertenecían al ángel Gabriel. Se utilizaba la Ley de Dios no para guiar, sino para exprimir y manipular la culpa del ser humano.

2. El espejo actual: Los nuevos fariseos

Hermanos, no nos engañemos pensando que el fariseísmo se quedó en el siglo I o en el medioevo. En nuestras iglesias en la actualidad, seguimos conviviendo con fariseos, maestros de la ley y abusadores de la fe. No es necesario profundizar demasiado en los abusos en los que incurren muchas congregaciones hoy en día; basta con mirar unos minutos cualquier plataforma de videos como YouTube para convencernos de lo horroroso de sus prácticas.

Líderes que exigen lo que no dan, que imponen cargas insoportables, que mercantilizan el favor de Dios y que sustituyen el amor al prójimo por el control conductual. La advertencia del Señor resuena firme: «Por sus frutos los conoceréis». Cuando la religión se convierte solo en exigencia humana y manipulación, el Evangelio se apaga y la Ley se deforma.

3. El Evangelio: ¿Quién es el Mesías?

Pero nuestro Señor Jesús no deja la conversación en el terreno de nuestras exigencias. En la segunda parte de nuestro texto, Él toma la iniciativa y confronta a los fariseos con una pregunta clave sobre la identidad del Salvador: «¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo?». Ellos responden mecánicamente lo que dicta la tradición: «De David».

Es entonces cuando Jesús desarma su teología basada en la autosuficiencia humana citando el Salmo 110: «¿Pues cómo es que David, inspirado por el Espíritu, lo llama Señor? Porque David dijo: “El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que yo ponga a tus enemigos debajo de tus pies”. ¿Cómo puede el Mesías descender de David, si David mismo lo llama Señor?».

Aquí brilla el corazón del Evangelio y el misterio de la Encarnación. Sí, Jesús es el Hijo de David en el sentido de su descendencia humana, la naturaleza que asumió por amor a nosotros para poder morir en nuestro lugar. Pero en el ámbito divino, Jesús no es inferior a David; Él es el Dios Eterno, el Hijo de Dios. David mismo dobla la rodilla ante su descendiente porque reconoce que su salvación no proviene de su linaje real, sino de la soberanía de ese Mesías. El Salvador no viene a ayudarnos a cumplir la Ley para salvarnos; viene a cumplirla Él mismo porque nosotros somos incapaces de hacerlo.


Queridos hermanos, la Reforma Protestante no fue una simple discusión histórica; es una necesidad diaria en el corazón del cristiano. La Ley nos muestra la santidad de Dios y acusa nuestro pecado, revelando que jamás podremos amar a Dios y al prójimo a la perfección por nuestras propias fuerzas. Pero allí donde la Ley nos deja mudos y convictos, el Evangelio nos levanta declarando que Cristo ya lo pagó todo en la cruz.

Oración

Roguemos hoy a Dios nos conceda el discernimiento y la sabiduría del Espíritu Santo para identificar cuándo se nos está burlando nuestra fe al predicarnos una religión de puras leyes, méritos y abusos. Pidamos al Señor que sepamos diferenciar siempre la Ley del Evangelio en la práctica, para que vivamos libres en la gracia, firmes en la fe de que somos justificados solo por los méritos de Cristo, y movidos, ahora sí, a un amor genuino hacia nuestro prójimo.

Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Vigésimo primer domingo después de Pentecostés - Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos



18 de Octubre de 2026

Vigésimo primer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 96:1-9; Isaías 45:1-7; 1 Tesalonicenses 1:1-10; Mateo 22:15-22

Título: Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos

Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Llegamos hoy al vigésimo primer domingo después de Pentecostés. La lectura del evangelio según San Mateo nos presenta una reflexión de vital importancia para el orden de nuestra vida cotidiana, pero que a menudo nos genera tensiones. El texto nos habla acerca del siempre bien ponderado, y para muchos temido, pago de los impuestos. En esta escena, el escenario cambia. Nos alejamos por un momento de los viñedos, de los obreros de la viña, de los banquetes y de las bodas que veníamos meditando en los domingos anteriores, para sumergirnos de lleno en el conflictivo y terrenal asunto de los tributos y la política.

Es natural que nos encontremos con diferentes puntos de vista sobre si es justo o necesario pagar impuestos. Esta disyuntiva y el escepticismo hacia las autoridades se presenta con especial fuerza en nuestra realidad latinoamericana y en los países del Tercer Mundo, donde la corrupción o la desigualdad a menudo nos hacen cuestionar el destino de nuestros recursos.

El pasaje de hoy comienza revelando una triste constante de la condición humana caída: el pecado une a los enemigos para hacer el mal. Vemos cómo dos bandos que se profesaban un desprecio mutuo absoluto, los fariseos (celosos nacionalistas religiosos) y los herodianos (colaboracionistas del imperio romano), se alían con el único propósito de conspirar contra Jesús.

Hermanos, esto lo vemos en nuestra cotidianidad más de lo que quisiéramos. Dos o más grupos que se odian, que no comparten ideologías ni intereses comunes, de pronto abrazan la misma animadversión hacia una entidad benigna o hacia la verdad misma, configurando un pacto de hostilidad sin igual.

Al acercarse a Jesús, estos hipócritas intentan usar la adulación como trampa. Le dicen que saben que enseña la verdad, el camino de Dios, y que habla sin dejarse llevar por la opinión de los demás. En pocas palabras, intentaban acorralarlo diciéndole: «Habla sin restricciones y dinos si es lícito pagar impuesto al César». Si Jesús decía que no, lo acusaban ante las autoridades romanas como un rebelde sedicioso; si decía que sí, perdía el respeto del pueblo judío que odiaba la ocupación romana.

Pero nuestro Señor Jesucristo, siendo el Dios omnisciente que escudriña los corazones, advierte sus malas intenciones. Les llama directamente «hipócritas» y pide que le muestren la moneda del impuesto, un denario. Tras observar detenidamente la moneda, les pregunta de quién es el rostro y la inscripción acuñada en ella. Al responder ellos que es del emperador, Jesús les da una respuesta enérgica, profunda y revolucionaria: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

¿Qué quiso dar a entender Jesús con estas palabras? ¿Cómo se aplica esto a nuestra fe luterana?

Para comprenderlo, la teología luterana nos ofrece una herramienta maravillosa: la Doctrina de los Dos Reinos. Martín Lutero nos enseñó, basándose en la Escritura, que Dios gobierna el mundo de dos maneras distintas. Por un lado, está el Reino de la Mano Izquierda, el reino terrenal, a través del cual Dios preserva el orden del mundo, la justicia civil y la paz exterior mediante las leyes humanas y el gobierno. Por otro lado, está el Reino de la Mano Derecha, el reino espiritual, donde Dios gobierna las conciencias mediante el Evangelio, la gracia y los sacramentos para darnos la salvación eterna.

Como leemos también en Lucas 12:13-14, cuando alguien le pidió a Jesús que intercediera en una disputa familiar diciendo: «Maestro, dile a mi hermano que me dé mi parte de la herencia», Jesús contestó: «Amigo, ¿quién me ha puesto sobre ustedes como juez o partidor?». Con esto, Jesús delimitó claramente las funciones. Él no vino a este mundo a ser un juez civil o un administrador de fincas. Para eso Dios ha instituido el orden político y las leyes humanas.

Debemos entender que los gobiernos terrenales, las leyes y las instituciones de este planeta han sido designados por Dios para ordenar la sociedad y resolver las materias civiles de la mejor manera posible. De esto se desprende que si hay necesidad de partir una herencia, debemos acudir ante los tribunales y las leyes que Dios ha permitido que existan para mantener el orden. Y si es necesario contribuir a sostener el gasto público de nuestra sociedad, para que haya carreteras, hospitales, educación y seguridad, entonces debemos cumplir con las leyes y pagar los impuestos ante las autoridades correspondientes.

El luteranismo nos enseña que el cristiano no vive aislado del mundo. Dios no nos llama a desentendernos de los asuntos civiles, ni a pretender que el reino de este mundo se gobierne con el Evangelio, ni que la Iglesia se gobierne con la espada del Estado. El Señor no nos está pidiendo que sirvamos a dos amos espirituales; la fidelidad total de nuestro corazón pertenece únicamente a Dios Padre. Sin embargo, honrar a Dios implica también honrar los órdenes civiles que Él ha puesto para nuestro cuidado. Cumplir con nuestros deberes ciudadanos es, en el fondo, un acto de amor al prójimo. A través de nuestros impuestos y del respeto a la ley, cooperamos para que nuestro vecino viva en una sociedad segura y ordenada. Esto es parte de nuestra vocación cristiana en el mundo.

Por lo tanto, en nuestro desenvolvimiento social, debemos recordar que nuestra identidad primera es la de ser ciudadanos del reino de Dios, redimidos por la gracia de Cristo. Y desde esa fe, dimensionamos nuestras actitudes y relaciones con la cultura que nos envuelve. Vamos desde Dios hacia el hombre.

Damos al hombre lo que le corresponde por obediencia y amor a Dios, manteniendo un mismo corazón lleno de fe, pero cuidando de reconocer las esferas correctas: la obediencia civil al César en lo terrenal, y la adoración absoluta a Dios en lo eterno. Si el César llegara a pedirnos lo que solo le pertenece a Dios, nuestra fe, nuestra conciencia o la violación de sus mandamientos, entonces obedeceremos a Dios antes que a los hombres. Pero mientras la autoridad civil cumpla su propósito de mantener el orden, la honramos como un instrumento de la providencia divina.

Oremos:

Dios Padre eterno, te damos gracias por sostener nuestras vidas tanto en lo espiritual como en lo terrenal. Te pedimos que nos colmes de inteligencia y sabiduría para acudir y respetar las instituciones que tú nos has dado para el orden de nuestra sociedad. Ayúdanos a ser ciudadanos responsables y fieles reflejos de tu amor en el mundo, honrándote a ti por encima de todas las cosas y sirviendo a nuestro prójimo con integridad. Por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. 

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!