17 de Mayo de 2026
Séptimo Domingo de Pascua.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmos 68:1-10, 32-35; Hechos 1:6-14; 1 Pedro 4:12-14; 5:6-11; Juan 17:1-11
Título: La gloria de la cruz y el amparo del padre: la seguridad de la iglesia en la oración de cristo
Queridos hermanos en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de aquel que fue glorificado en la cruz para nuestra redención estén con todos ustedes. Hoy nos reunimos bajo la sombra de la ascensión del Señor, en ese tiempo de espera donde la iglesia aguarda la promesa del Espíritu Santo, pero sobre todo, donde escuchamos las palabras más profundas de nuestro maestro antes de entregarse por nosotros. La doctrina luterana nos enseña que la Escritura es la única fuente de fe y vida, y en los textos de este día encontramos un hilo conductor maravilloso: la gloria de Dios manifestada en la debilidad humana y el consuelo divino en medio de la prueba. Nuestra iglesia siempre ha enfatizado la distinción clara entre la ley y el evangelio, y es bajo esa luz que debemos escudriñar estas lecturas.
Empezamos con el Salmo sesenta y ocho, un himno de victoria que nos recuerda que cuando Dios se levanta, sus enemigos huyen. Pero, ¿quiénes son esos enemigos? No son simplemente ejércitos terrenales, sino el pecado, la muerte y el diablo. El salmista nos dice que Dios es padre de huérfanos y defensor de viudas. Esta es una característica fundamental de nuestro Dios: él no se revela en la pompa mundana, sino en el cuidado de los que no tienen esperanza. Él da a los solitarios un hogar y saca a los cautivos a la prosperidad. Esta imagen del Dios que desciende para elevar al caído es el preludio perfecto para entender la encarnación y la obra de Cristo. Los reinos de la tierra son llamados a cantar a Dios porque el poder y la majestad pertenecen a él, pero ese poder se manifiesta en su santuario, que para nosotros es su palabra y sus sacramentos.
En el libro de los Hechos vemos a los discípulos todavía confundidos por la naturaleza del reino de Dios. Ellos preguntan si es este el tiempo en que se restaurará el reino a Israel. Ellos buscaban un reino político, una liberación de la opresión romana, una gloria visible. Pero Jesús los corrige suavemente. No les toca a ellos saber los tiempos o las razones. Su tarea no es gobernar un lugar terrenal, sino ser testigos. Y aquí está la clave: recibirán poder cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo. El poder de la iglesia cristiana no reside en su organización o en su influencia social, sino en el testimonio fiel de la muerte y resurrección de Jesús. Tras la ascensión, los discípulos no se dispersan ni se desesperan; regresan a Jerusalén y perseveran unánimes en oración. Estaban esperando, confiando en la promesa. Esta es la actitud de la iglesia militante: una espera activa, cimentada en la oración y en la comunión, sabiendo que el Cristo que ascendió es el mismo que prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo.
Pedro, en su epístola, nos prepara para la realidad de vivir en un mundo caído. Nos dice que no nos sorprendamos del fuego de prueba que nos ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña nos aconteciese. Para el cristiano, el sufrimiento por el nombre de Cristo no es una señal de la ausencia de Dios, sino más bien una participación en sus padecimientos. La iglesia cristiana luterana sostiene firmemente que la teología de la cruz debe prevalecer sobre cualquier teología de la gloria. El mundo nos dice que si Dios nos ama, todo debe ir bien; la Escritura nos dice que si somos de Cristo, el mundo nos odiará. Pedro nos insta a humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, para que él nos exalte cuando sea tiempo. La ansiedad que carcome nuestra sociedad moderna encuentra aquí su remedio: echen toda su ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de ustedes. Debemos ser sobrios y velar, porque el diablo, como león rugiente, busca a quién devorar. Pero nuestra resistencia no es por nuestra propia fuerza, sino por la fe en aquel que ya venció al león. Dios, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después de que hayamos padecido un poco de tiempo, él mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá.
Llegamos ahora al corazón de nuestro sermón, el evangelio de Juan capítulo diecisiete. Estamos ante la oración sumo sacerdotal de Jesús. Es un momento sagrado donde se nos permite escuchar la conversación íntima entre el hijo y el padre. Jesús levanta sus ojos al cielo y dice: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu hijo, para que también tu hijo te glorifique a ti». ¿Cuál es esa hora? Es la hora de la cruz. Para el mundo, la cruz es el colmo de la vergüenza y el fracaso; para Jesús, es su glorificación. Aquí vemos la paradoja central de nuestra fe. La gloria de Dios no se ve en un trono de oro, sino en un madero sangriento. Es allí donde se cumple la vida eterna, que consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien él ha enviado. El conocimiento del que habla Juan no es una mera información intelectual, sino una relación de confianza y entrega, un reconocimiento de que toda nuestra vida depende de la obra de cristo.
Jesús afirma haber acabado la obra que el padre le dio que hiciese. Esta es la base de nuestra justificación por la sola fe. Si Jesús acabó la obra, no queda nada que nosotros podamos añadir. No hay méritos humanos, no hay buenas obras que puedan completar la redención. Todo está consumado. Jesús ha manifestado el nombre de Dios a los hombres que el padre le dio del mundo. Nosotros, que por naturaleza estábamos muertos en delitos y pecados, hemos sido apartados por la palabra de Dios. Jesús ora específicamente por nosotros, no por el mundo en abstracto, sino por aquellos que han recibido sus palabras y han creído que él salió de Dios. Esta distinción es vital: la iglesia es el cuerpo de aquellos que se aferran a la palabra de cristo en medio de un mundo hostil.
La oración de Jesús continúa con una petición de protección: «Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros». La unidad de la iglesia no es algo que nosotros fabricamos mediante acuerdos humanos o compromisos doctrinales que diluyen la verdad. La unidad es un don de Dios, una participación en la unidad que existe entre el padre y el hijo. Somos guardados en el nombre de Dios, que es su revelación, su palabra y su bautismo. En un tiempo donde la iglesia parece fragmentada y débil, estas palabras nos dan una seguridad inquebrantable. No somos nosotros quienes sostenemos a la iglesia; es la oración intercesora de nuestro sumo sacerdote la que nos mantiene firmes.
Al meditar en estas lecturas, vemos que nuestra identidad no está definida por nuestras circunstancias, sino por nuestra relación con Cristo. El Salmo nos dio la visión del Dios victorioso; Hechos nos mostró la misión de la iglesia; Pedro nos enseñó a sufrir con esperanza; y Juan nos reveló la fuente de toda nuestra fuerza: la intercesión de Jesús. Como luteranos, nos gloriamos solo en la cruz. Reconocemos que somos pecadores y santos al mismo tiempo. Pecadores por nosotros mismos, afligidos por la ansiedad y la tentación que Pedro describe, pero santos por la declaración de Dios en el evangelio, protegidos por la oración de Jesús.
El mundo en el que vivimos hoy no es muy diferente del mundo de los apóstoles. Sigue habiendo confusión sobre el reino de Dios, sigue habiendo persecución y sigue habiendo la necesidad desesperada de escuchar que hay un Dios que tiene cuidado de nosotros. La respuesta a todos estos desafíos no es un nuevo programa social o una espiritualidad subjetiva, sino el retorno constante a las palabras de Jesús en el aposento alto. Él ya ha pedido por ti. Él ya ha vencido. La gloria que él compartió con el Padre desde antes de la fundación del mundo es la misma gloria que ahora, por pura gracia, se nos imputa a nosotros.
Por lo tanto, no teman a las pruebas de fuego. No se dejen abatir por la ansiedad de este siglo. Su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando sientan que el león rugiente se acerca, recuerden que ustedes pertenecen a aquel que ascendió a lo alto llevando cautiva la cautividad. Cuando duden de su salvación, escuchen a Jesús diciendo al Padre: «He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra». Ustedes son del Padre porque el Hijo los ha reclamado. Esa es la certeza que nos permite vivir con alegría incluso en medio de las lágrimas. Es la fe que profesamos en nuestros credos y que confesamos ante el mundo. Que el Espíritu Santo sella en sus corazones esta verdad: que Cristo es su vida, su gloria y su paz eterna.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, te damos gracias porque en tu infinito amor enviaste a tu Hijo para que fuera nuestro mediador y abogado. Te pedimos que, así como él oró por sus discípulos, continúes guardándonos en tu nombre y protegiéndonos de todo mal. Fortalece nuestra fe para que no desmayemos ante las pruebas y danos tu Espíritu para que seamos testigos fieles de tu verdad. Que la gloria de Cristo brille en nuestras vidas y que, al final de nuestro camino terrenal, podamos participar de la plenitud de tu reino. Por Jesucristo, tu hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!
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