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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel
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Vigésimo tercer domingo después de Pentecostés - La Cruz que nivela el suelo



01 de Noviembre de 2026

Vigésimo tercer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas

Lecturas: Salmo 43; Miqueas 3:5-12; 1 Tesalonicenses 2:9-13; Mateo 23:1-12

Título: La Cruz que nivela el suelo

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Que la gracia, la paz y la misericordia de Dios nuestro Padre, y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amén.

El texto del Evangelio de hoy nos confronta con una de las realidades más dolorosas pero necesarias de la vida cristiana: el peligro de la hipocresía y la tentación del legalismo. En Mateo 23:1-12, Jesús se dirige tanto a la multitud como a sus discípulos para desenmascarar las actitudes de los escribas y fariseos. El Señor reconoce que estos hombres enseñan con una autoridad legítima, la «cátedra de Moisés»; pero de inmediato establece una línea divisoria tajante: una cosa es transmitir la letra de la Ley y otra muy distinta es usarla como un instrumento de opresión y auto exaltación.

Jesús denuncia con absoluta claridad los detalles de esta conducta: imponen cargas pesadas difíciles de soportar, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas. Buscan la notoriedad pública, ensanchan sus filacterias, alargan los flecos de sus mantos y se deleitan en los primeros asientos de las sinagogas y los banquetes. Desean ser llamados «Maestros», «Padres» y «Guías», no para la gloria de Dios, sino para saciar su propia sed de arrogancia, control y popularidad.

Esta denuncia no es nueva en la historia del pueblo de Dios. Ya el profeta Miqueas, en nuestra primera lectura, alzaba la voz contra los falsos profetas y líderes de su tiempo que adivinaban por dinero y predicaban una falsa paz mientras devoraban al pueblo, diciendo arrogantemente: «¿No está el Señor entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros». Al igual que en los días de Miqueas, el peligro no radica solo en el error doctrinal abierto, sino en la perversión del oficio sagrado para el beneficio propio.

Frente a este abuso de autoridad, la teología luterana nos ofrece una clave fundamental para entender las palabras de Jesús: la correcta distinción entre la Ley y el Evangelio. Los fariseos utilizaban la Ley no para mostrar el pecado y llevar a las personas al arrepentimiento, sino como un sistema de control moralista. Inventaban un cumplimiento exacerbado de normas humanas para dominar la voluntad del creyente, una característica que hoy en día define a las sectas peligrosas.

Martín Lutero nos recordaba con frecuencia que todos nosotros somos simul iustus et peccator (simultáneamente justos y pecadores). Ningún líder eclesiástico, ningún pastor, obispo o laico está exento de la caída. Cuando un predicador se aparta de la comunión diaria con la Palabra y de la gracia de Dios, se vuelve vulnerable al «gran cazador», a ese enemigo que anda como león rugiente buscando a quien devorar. El peligro se duplica cuando estos líderes se tornan «idolatrables», desviando la mirada de la cruz de Cristo hacia sus propias personas y ministerios.

Por eso las palabras de Jesús resuenan con tanta contundencia: «No permitan que los llamen maestros; porque uno solo es su Maestro, el Cristo, y todos ustedes son hermanos. Y no llamen padre a nadie en la tierra; porque uno solo es su Padre, el que está en los cielos».

Esto no anula el orden de la iglesia ni el respeto a los ministerios instituidos por Dios, sino que destruye toda jerarquía espiritual de superioridad. Ante Dios, el suelo está perfectamente nivelado al pie de la cruz. No hay cristianos de «primera clase» ni líderes inmunes al pecado.

Como contraste perfecto a la arrogancia farisaica, el apóstol Pablo nos muestra en la epístola de hoy (1 Tesalonicenses 2:9-13) el verdadero rostro del liderazgo cristiano. Pablo no exigió honores ni buscó ser una carga; al contrario, trabajó de noche y de día proclamando el Evangelio con una actitud tierna, transparente y santa. ¿Por qué? Porque el verdadero servicio no busca ser enaltecido, sino servir. Como concluye Jesús: «El que es el mayor entre ustedes, será su siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Hermanos, la humildad cristiana no es una virtud que podamos fabricar por nuestras propias fuerzas morales. La verdadera humildad nace cuando miramos a Jesucristo, el único y verdadero Guía, quien siendo el más grande se hizo el más pequeño. Él no nos impuso cargas insoportables; al contrario, tomó sobre sus propios hombros la carga insoportable de nuestros pecados y la llevó hasta la cruz para darnos salvación y descanso.

En los momentos de duda o persecución espiritual, podemos orar como el Salmista en el Salmo 43: «Hazme justicia, oh Dios... Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán». Que nuestra confianza no descanse en líderes humanos imperfectos, sino en la luz inalterable de la Palabra de Dios.

Oremos:

Roguemos hoy al Señor que nos preserve de la hipocresía, del legalismo opresor y de las enseñanzas sectarias. Que nos conceda pastores y líderes fieles que sigan el ejemplo de Cristo, y que a cada uno de nosotros nos mantenga siempre firmes en la fe, con corazones humildes y agradecidos, reconociendo que solo en Dios tenemos a nuestro único Maestro, nuestro amado Padre celestial y nuestro eterno Guía.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés - La distinción entre la Ley (que nos exige y condena) y el Evangelio (que nos rescata y libera en Cristo).



25 de Octubre de 2026

Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 1; Levítico 19:1-2, 15-18;  1 Tesalonicenses 2:1-8;

Mateo 22:34-46

Título: La distinción entre la Ley (que nos exige y condena) y el Evangelio (que nos rescata y libera en Cristo).

Introducción: El contexto de la trampa

Amados hermanos y hermanas en Cristo:

El pasaje que nos convoca hoy nos sitúa en un ambiente de alta tensión. Venimos de presenciar los intensos debates sobre la autoridad de Jesús, las parábolas de confrontación —como la de los dos hijos, los labradores malvados y el banquete de bodas— y el cuestionamiento sobre los impuestos que meditamos el domingo pasado. Los líderes religiosos están acorralados. Por eso, en esta oportunidad, los fariseos vuelven a la carga con una nueva trampa. Envían a un experto, un maestro de la ley, con una pregunta capciosa: «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?».

Jesús responde con absoluta claridad, resumiendo toda la voluntad divina en dos dimensiones inseparables: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» y «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

1. La Ley: El orgullo del cumplimiento y la desaparición del amor

Los fariseos y maestros de la ley esperaban una discusión teológica abstracta o una justificación para su propio sistema de méritos. En las distintas sectas israelitas de la época, lo realmente valioso era cumplir con una lista interminable de mandatos conductuales. Al centrarse tanto en el esfuerzo propio y en las apariencias externas, el orgullo religioso se apoderó de ellos. Trágicamente, en las vidas de estos personajes, la verdadera manifestación del amor y de la gracia había desaparecido por completo. Confiaban tanto en sus propias obras que terminaron ciegos; para ellos se volvió increíble e insignificante la idea de que el Mesías estuviera frente a sus ojos.

Hoy, en el Día de la Reforma Protestante, recordamos que este es exactamente el mismo peligro que denunció el monje Martín Lutero en el siglo XVI. En la Edad Media, los representantes de la iglesia dominante sometían al pueblo a una tiranía espiritual a través del pago de indulgencias. Por una cantidad de dinero, se prometía disminuir los años de sufrimiento en el purgatorio de un familiar difunto. Se comerciaba con la fe vendiendo reliquias absurdas, como plumas de ganso asegurando que pertenecían al ángel Gabriel. Se utilizaba la Ley de Dios no para guiar, sino para exprimir y manipular la culpa del ser humano.

2. El espejo actual: Los nuevos fariseos

Hermanos, no nos engañemos pensando que el fariseísmo se quedó en el siglo I o en el medioevo. En nuestras iglesias en la actualidad, seguimos conviviendo con fariseos, maestros de la ley y abusadores de la fe. No es necesario profundizar demasiado en los abusos en los que incurren muchas congregaciones hoy en día; basta con mirar unos minutos cualquier plataforma de videos como YouTube para convencernos de lo horroroso de sus prácticas.

Líderes que exigen lo que no dan, que imponen cargas insoportables, que mercantilizan el favor de Dios y que sustituyen el amor al prójimo por el control conductual. La advertencia del Señor resuena firme: «Por sus frutos los conoceréis». Cuando la religión se convierte solo en exigencia humana y manipulación, el Evangelio se apaga y la Ley se deforma.

3. El Evangelio: ¿Quién es el Mesías?

Pero nuestro Señor Jesús no deja la conversación en el terreno de nuestras exigencias. En la segunda parte de nuestro texto, Él toma la iniciativa y confronta a los fariseos con una pregunta clave sobre la identidad del Salvador: «¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo?». Ellos responden mecánicamente lo que dicta la tradición: «De David».

Es entonces cuando Jesús desarma su teología basada en la autosuficiencia humana citando el Salmo 110: «¿Pues cómo es que David, inspirado por el Espíritu, lo llama Señor? Porque David dijo: “El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que yo ponga a tus enemigos debajo de tus pies”. ¿Cómo puede el Mesías descender de David, si David mismo lo llama Señor?».

Aquí brilla el corazón del Evangelio y el misterio de la Encarnación. Sí, Jesús es el Hijo de David en el sentido de su descendencia humana, la naturaleza que asumió por amor a nosotros para poder morir en nuestro lugar. Pero en el ámbito divino, Jesús no es inferior a David; Él es el Dios Eterno, el Hijo de Dios. David mismo dobla la rodilla ante su descendiente porque reconoce que su salvación no proviene de su linaje real, sino de la soberanía de ese Mesías. El Salvador no viene a ayudarnos a cumplir la Ley para salvarnos; viene a cumplirla Él mismo porque nosotros somos incapaces de hacerlo.


Queridos hermanos, la Reforma Protestante no fue una simple discusión histórica; es una necesidad diaria en el corazón del cristiano. La Ley nos muestra la santidad de Dios y acusa nuestro pecado, revelando que jamás podremos amar a Dios y al prójimo a la perfección por nuestras propias fuerzas. Pero allí donde la Ley nos deja mudos y convictos, el Evangelio nos levanta declarando que Cristo ya lo pagó todo en la cruz.

Oración

Roguemos hoy a Dios nos conceda el discernimiento y la sabiduría del Espíritu Santo para identificar cuándo se nos está burlando nuestra fe al predicarnos una religión de puras leyes, méritos y abusos. Pidamos al Señor que sepamos diferenciar siempre la Ley del Evangelio en la práctica, para que vivamos libres en la gracia, firmes en la fe de que somos justificados solo por los méritos de Cristo, y movidos, ahora sí, a un amor genuino hacia nuestro prójimo.

Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Vigésimo primer domingo después de Pentecostés - Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos



18 de Octubre de 2026

Vigésimo primer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 96:1-9; Isaías 45:1-7; 1 Tesalonicenses 1:1-10; Mateo 22:15-22

Título: Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos

Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Llegamos hoy al vigésimo primer domingo después de Pentecostés. La lectura del evangelio según San Mateo nos presenta una reflexión de vital importancia para el orden de nuestra vida cotidiana, pero que a menudo nos genera tensiones. El texto nos habla acerca del siempre bien ponderado, y para muchos temido, pago de los impuestos. En esta escena, el escenario cambia. Nos alejamos por un momento de los viñedos, de los obreros de la viña, de los banquetes y de las bodas que veníamos meditando en los domingos anteriores, para sumergirnos de lleno en el conflictivo y terrenal asunto de los tributos y la política.

Es natural que nos encontremos con diferentes puntos de vista sobre si es justo o necesario pagar impuestos. Esta disyuntiva y el escepticismo hacia las autoridades se presenta con especial fuerza en nuestra realidad latinoamericana y en los países del Tercer Mundo, donde la corrupción o la desigualdad a menudo nos hacen cuestionar el destino de nuestros recursos.

El pasaje de hoy comienza revelando una triste constante de la condición humana caída: el pecado une a los enemigos para hacer el mal. Vemos cómo dos bandos que se profesaban un desprecio mutuo absoluto, los fariseos (celosos nacionalistas religiosos) y los herodianos (colaboracionistas del imperio romano), se alían con el único propósito de conspirar contra Jesús.

Hermanos, esto lo vemos en nuestra cotidianidad más de lo que quisiéramos. Dos o más grupos que se odian, que no comparten ideologías ni intereses comunes, de pronto abrazan la misma animadversión hacia una entidad benigna o hacia la verdad misma, configurando un pacto de hostilidad sin igual.

Al acercarse a Jesús, estos hipócritas intentan usar la adulación como trampa. Le dicen que saben que enseña la verdad, el camino de Dios, y que habla sin dejarse llevar por la opinión de los demás. En pocas palabras, intentaban acorralarlo diciéndole: «Habla sin restricciones y dinos si es lícito pagar impuesto al César». Si Jesús decía que no, lo acusaban ante las autoridades romanas como un rebelde sedicioso; si decía que sí, perdía el respeto del pueblo judío que odiaba la ocupación romana.

Pero nuestro Señor Jesucristo, siendo el Dios omnisciente que escudriña los corazones, advierte sus malas intenciones. Les llama directamente «hipócritas» y pide que le muestren la moneda del impuesto, un denario. Tras observar detenidamente la moneda, les pregunta de quién es el rostro y la inscripción acuñada en ella. Al responder ellos que es del emperador, Jesús les da una respuesta enérgica, profunda y revolucionaria: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

¿Qué quiso dar a entender Jesús con estas palabras? ¿Cómo se aplica esto a nuestra fe luterana?

Para comprenderlo, la teología luterana nos ofrece una herramienta maravillosa: la Doctrina de los Dos Reinos. Martín Lutero nos enseñó, basándose en la Escritura, que Dios gobierna el mundo de dos maneras distintas. Por un lado, está el Reino de la Mano Izquierda, el reino terrenal, a través del cual Dios preserva el orden del mundo, la justicia civil y la paz exterior mediante las leyes humanas y el gobierno. Por otro lado, está el Reino de la Mano Derecha, el reino espiritual, donde Dios gobierna las conciencias mediante el Evangelio, la gracia y los sacramentos para darnos la salvación eterna.

Como leemos también en Lucas 12:13-14, cuando alguien le pidió a Jesús que intercediera en una disputa familiar diciendo: «Maestro, dile a mi hermano que me dé mi parte de la herencia», Jesús contestó: «Amigo, ¿quién me ha puesto sobre ustedes como juez o partidor?». Con esto, Jesús delimitó claramente las funciones. Él no vino a este mundo a ser un juez civil o un administrador de fincas. Para eso Dios ha instituido el orden político y las leyes humanas.

Debemos entender que los gobiernos terrenales, las leyes y las instituciones de este planeta han sido designados por Dios para ordenar la sociedad y resolver las materias civiles de la mejor manera posible. De esto se desprende que si hay necesidad de partir una herencia, debemos acudir ante los tribunales y las leyes que Dios ha permitido que existan para mantener el orden. Y si es necesario contribuir a sostener el gasto público de nuestra sociedad, para que haya carreteras, hospitales, educación y seguridad, entonces debemos cumplir con las leyes y pagar los impuestos ante las autoridades correspondientes.

El luteranismo nos enseña que el cristiano no vive aislado del mundo. Dios no nos llama a desentendernos de los asuntos civiles, ni a pretender que el reino de este mundo se gobierne con el Evangelio, ni que la Iglesia se gobierne con la espada del Estado. El Señor no nos está pidiendo que sirvamos a dos amos espirituales; la fidelidad total de nuestro corazón pertenece únicamente a Dios Padre. Sin embargo, honrar a Dios implica también honrar los órdenes civiles que Él ha puesto para nuestro cuidado. Cumplir con nuestros deberes ciudadanos es, en el fondo, un acto de amor al prójimo. A través de nuestros impuestos y del respeto a la ley, cooperamos para que nuestro vecino viva en una sociedad segura y ordenada. Esto es parte de nuestra vocación cristiana en el mundo.

Por lo tanto, en nuestro desenvolvimiento social, debemos recordar que nuestra identidad primera es la de ser ciudadanos del reino de Dios, redimidos por la gracia de Cristo. Y desde esa fe, dimensionamos nuestras actitudes y relaciones con la cultura que nos envuelve. Vamos desde Dios hacia el hombre.

Damos al hombre lo que le corresponde por obediencia y amor a Dios, manteniendo un mismo corazón lleno de fe, pero cuidando de reconocer las esferas correctas: la obediencia civil al César en lo terrenal, y la adoración absoluta a Dios en lo eterno. Si el César llegara a pedirnos lo que solo le pertenece a Dios, nuestra fe, nuestra conciencia o la violación de sus mandamientos, entonces obedeceremos a Dios antes que a los hombres. Pero mientras la autoridad civil cumpla su propósito de mantener el orden, la honramos como un instrumento de la providencia divina.

Oremos:

Dios Padre eterno, te damos gracias por sostener nuestras vidas tanto en lo espiritual como en lo terrenal. Te pedimos que nos colmes de inteligencia y sabiduría para acudir y respetar las instituciones que tú nos has dado para el orden de nuestra sociedad. Ayúdanos a ser ciudadanos responsables y fieles reflejos de tu amor en el mundo, honrándote a ti por encima de todas las cosas y sirviendo a nuestro prójimo con integridad. Por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. 

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Vigésimo domingo después de Pentecostés - El banquete de Dios y nuestro ropaje de fe



11 de Octubre de 2026

Vigésimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas

Lecturas: Isaías 25:1-9; Salmo 23; Filipenses 4:1-9; Mateo 22:1-14

Título: El banquete de Dios y nuestro ropaje de fe 

Muy buenos días, hermanas y hermanos en nuestro Señor Jesucristo. La palabra de Dios nos reúne hoy alrededor de una mesa generosa, un banquete que el Señor mismo ha preparado para nosotros. En la lectura del evangelio de este día, que encontramos en Mateo 22:1-14, Jesús nos regala una parábola que toca lo más profundo de nuestra condición humana y de la gracia divina. Nos habla de un rey que prepara el banquete de bodas para su hijo, una imagen que transforma por completo la forma en que entendemos el reino de los cielos. Ya no se trata solo de la viña, del trabajo de la tierra o del esfuerzo de la siembra. Ahora el Salvador nos introduce directamente a una fiesta, un regalo inmerecido donde todo está listo y pagado por el anfitrión.

El relato nos muestra que el rey envió a sus criados a llamar a los invitados a la boda, pero estos no quisieron ir. El soberano, en su infinita paciencia, volvió a insistir. Les mandó a decir: «Miren, ya tengo preparado el banquete. He mandado matar mis reses y los animales más gordos, y todo está listo; vengan a la fiesta de bodas». Qué insistencia tan conmovedora la de nuestro Dios. Esto nos recuerda lo que el profeta Isaías anunció en el capítulo 25, cuando profetizó que el Señor de los ejércitos prepararía en este monte, para todos los pueblos, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos finos. Es la promesa de una mesa donde se destruirá la muerte para siempre y el Señor secará las lágrimas de todos los rostros. Sin embargo, en la parábola, la reacción humana ante tanta generosidad es de indiferencia y desprecio. Los invitados no hicieron caso. Uno se fue a sus terrenos, otro a sus negocios, y los demás agarraron a los criados del rey, los maltrataron y los mataron.


Esta resistencia a la invitación es el reflejo de un corazón que confía en sus propias fuerzas, en sus posesiones y en sus méritos. El pueblo de Israel, los primeros destinatarios de la promesa, muchas veces prefirieron sus propias seguridades, sus leyes y sus prácticas antes que el llamado de amor de su Dios. Rechazaron a los profetas y endurecieron su caminar. Ante esto, el rey se enojó, envió sus tropas, destruyó a aquellos asesinos y quemó su ciudad. La exclusividad basada en la descendencia o en el cumplimiento externo quedó rota por el rechazo humano. El rey dijo entonces a sus criados: «La fiesta de bodas está dispuesta, pero aquellos invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las calles principales, e inviten a la boda a todos los que encuentren».


Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, tanto malos como buenos, y la sala de la boda se llenó de invitados. Aquí vemos el corazón de nuestra fe: la invitación se vuelve universal, llega a los gentiles, nos alcanza a nosotros. No se nos pide una hoja de vida intachable para entrar; los criados reunieron a malos y buenos por igual. El banquete no se llena de personas que se ganaron el derecho de estar allí, sino de personas que simplemente recibieron la invitación. Esto es puro regalo, pura bondad divina. Es lo que experimentamos cuando recitamos el Salmo 23 y reconocemos que el Señor es nuestro pastor y nada nos faltará. Él prepara una mesa ante nosotros, incluso en presencia de nuestros enemigos, y unge nuestra cabeza con aceite. No estamos en esa mesa por lo bueno que hayamos hecho, sino porque el Pastor nos ha guiado por senderos de justicia por amor a su nombre.


Pero la parábola contiene una advertencia seria en su segunda parte. Cuando el rey entró a ver a los invitados, se fijó en un hombre que no iba vestido con traje de boda. El rey le preguntó: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin el traje de boda?». Y el hombre se quedó callado. El rey entonces ordenó a los sirvientes: «Átenlo de pies y manos, y échenlo a la oscuridad de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».


¿Qué significa este traje de boda? En el contexto de la época, el mismo anfitrión proporcionaba la vestimenta adecuada a sus invitados al llegar. Entrar a la fiesta con las ropas propias, sucias del camino, y rechazar el vestido del rey era un insulto supremo. Significaba decirle al rey que sus ropas eran mejores que el regalo del soberano. Espiritualmente, ese traje de boda es nuestro Señor Jesucristo. El único vestido que nos hace dignos de estar en la presencia del Padre es la justicia de Cristo, la cual recibimos únicamente por medio de la fe. Intentar presentarse ante Dios con nuestras propias ropas, es decir, con nuestras supuestas buenas obras, nuestra moralidad o nuestros propios méritos, es presentarnos desnudos y cubiertos de trapos sucios. El hombre de la parábola se quedó callado porque no tenía excusa; nadie puede justificarse a sí mismo ante el tribunal divino. El único que justifica es Jesucristo. Quien rechaza vestirse de Cristo por la fe, se condena a sí mismo a la oscuridad del infierno, donde el llanto y la desesperación son eternos.


El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, en el capítulo 4, nos exhorta a vivir de una manera coherente con este regalo. Nos dice: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que la bondad de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca». Cuando comprendemos que ya hemos sido vestidos con la justicia de Cristo, nuestra vida cambia. Ya no vivimos con angustia o ansiedad tratando de ganar la salvación. Pablo nos invita a no preocuparnos por nada, sino a presentarlo todo a Dios en oración, y nos promete que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús. El fruto de llevar el traje de boda es una vida que busca lo verdadero, lo respetable, lo justo, lo puro, lo amable y lo que es de buena fama. No para ser salvos, sino porque ya hemos sido salvados y vestidos por el Rey.


Hermanas y hermanos, la invitación al banquete celestial sigue abierta hoy para cada uno de nosotros. Dios nos llama a través de su palabra y nos ofrece gratuitamente el perdón y la vida eterna. No cometamos el error de descuidar este llamado por las ocupaciones cotidianas, ni pretendamos presentarnos ante Él confiando en nuestras propias bondades. Reconozcamos nuestra necesidad diaria de su gracia. Acerquémonos al Pastor de nuestras almas, dejemos que Él nos vista con el ropaje de su Hijo Jesús a través de la fe, y vivamos cada día con la paz y la alegría de saber que nuestros nombres están escritos en los cielos. Que el Señor nos mantenga firmes en esta fe protectora hasta el día en que disfrutemos plenamente del banquete eterno en su presencia.


Oremos:

Te damos gracias, Dios Padre omnipotente, por tu inmensa bondad al invitarnos a formar parte de tu reino y del banquete de bodas de tu amado Hijo. Te rogamos que envíes continuamente tu Santo Espíritu a nuestros corazones, para que por medio de una fe viva nos mantengamos siempre revestidos de nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro único camino, verdad y vida. Concédenos desechar toda confianza en nuestros propios méritos y danos la gracia de permanecer fieles a tu llamado, para que fortalecidos por tu palabra y tu paz, seamos contados entre tus escogidos y alabemos tu santo nombre por toda la eternidad.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!