01 de febrero de 2026
Cuarto Domingo después de Epifanía.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 15; Miqueas 6:1-8; 1 Corintios 1:18-31; Mateo 5:1-12
Tema de Hoy: La Sabiduría de la Cruz y la Justicia de Cristo
Hermanos y hermanas en Cristo,
Las lecturas bíblicas de hoy nos presentan un desafío claro y directo de parte de Dios. Nos preguntan: ¿Cómo podemos acercarnos a un Dios santo? ¿Qué es lo que Él requiere de nosotros para morar en Su tabernáculo, para estar en Su presencia?
La Ley: La Exigencia de Dios y Nuestra Incapacidad
El Salmo 15 y el profeta Miqueas actúan como un martillo de la Ley. Miqueas 6:8 resume de manera concisa lo que Dios exige de Su pueblo: "hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios". El Salmo 15 detalla una lista de virtudes impecables: el que anda en integridad, habla verdad, no calumnia, no hace mal a su prójimo, y más. Y en Mateo 5, Jesús pronuncia las Bienaventuranzas, que si bien son promesas de bendición, también funcionan como una medida de la vida que un ciudadano del Reino de los Cielos debe vivir.
¿Quién, entre nosotros, puede honestamente levantar la mano y decir: "Sí, he cumplido perfectamente con todo esto"? ¿Quién ha amado siempre la misericordia más que su propia conveniencia? ¿Quién se ha humillado perfectamente ante Dios todos los días?
La Ley de Dios es perfecta y santa, pero nosotros no lo somos. Cuando la escuchamos predicada en toda su pureza, nos condena. Nos muestra nuestra hipocresía, nuestro orgullo y nuestra incapacidad total para alcanzar la justicia que Dios requiere. Revela que nuestros mejores esfuerzos por "hacer justicia" están manchados por el pecado.
Esta es la sabiduría del mundo: la idea de que podemos ganarnos el favor de Dios a través de nuestro desempeño moral, nuestro legalismo o nuestra piedad exterior. El mundo dice: "Sé bueno, esfuérzate más, y Dios te aceptará". Pero la Ley de Dios nos grita que estamos fallidos. Si nuestra salvación dependiera de cumplir las demandas de Miqueas 6 u observar perfectamente el Salmo 15, estaríamos perdidos. Estaríamos, como dice Pablo en 1 Corintios 1, buscando una "sabiduría" humana que es necedad a los ojos de Dios.
El Evangelio: La Locura de la Cruz
Aquí es donde el Evangelio interrumpe nuestra desesperación con noticias radicalmente diferentes. El apóstol Pablo lo dice sin rodeos: "la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios".
Dios no nos salvó porque fuimos lo suficientemente sabios o lo suficientemente buenos. Él nos salvó a través de algo que el mundo considera un fracaso y una tontería: un Mesías crucificado.
El Evangelio es que lo que la Ley nos exige y no podemos dar, Cristo Jesús lo proveyó completa y perfectamente. Él es el único que caminó en integridad (Salmo 15). Él fue perfectamente humilde y misericordioso (Miqueas 6). Él encarnó cada una de las Bienaventuranzas de Mateo 5.
Y luego, Él tomó nuestro lugar. En la cruz, la justicia de Dios no encontró una persona justa para recompensar, sino un sustituto perfecto para castigar. Jesús se convirtió en nuestro pecado para que nosotros, en Él, fuésemos hechos justicia de Dios.
Nuestra justificación no se basa en lo que nosotros hacemos, sino en lo que Cristo ha hecho. Es pura gracia, recibida solo por fe. Como dice Pablo: "Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención".
No necesitamos buscar una "señal" o una "sabiduría" mundana para apaciguar a Dios. Necesitamos la locura del Evangelio: que somos perdonados gratuitamente a causa de Cristo.
Vida en el Reino: El Fruto del Evangelio
Entonces, ¿significa esto que las demandas de Miqueas y Mateo ya no importan? ¡De ninguna manera! Pero su función cambia.
Ya no son una escalera que intentamos subir para alcanzar a Dios. Son una descripción de la vida que fluye desde estar en Cristo. Las Bienaventuranzas son promesas para los que ya han sido bendecidos por la gracia de Dios. Los "pobres en espíritu", los que "lloran" por su pecado, los que tienen "hambre y sed de justicia", son aquellos a quienes Dios ha tocado con Su gracia.
Nuestras buenas obras, nuestra justicia y nuestra misericordia son ahora el resultado de nuestra gratitud, no el precio de nuestra entrada. Vivimos una vida que refleja el carácter de Dios no para ganarnos un hogar con Él, sino porque ya moramos en Su presencia por la fe en Jesús.
Hoy, la Palabra de Dios nos quita toda jactancia humana y toda confianza en nuestra propia moralidad. Nos lleva a la cruz, el lugar donde la sabiduría de Dios se revela en toda su gloria, declarando al pecador justificado. Confía en Cristo. Su justicia es tuya.
Oremos
Padre Celestial, te damos gracias por Tu Palabra y por la locura bendita de la cruz, donde revelaste Tu poder y Tu gracia. Ayúdanos a descansar no en nuestra propia sabiduría o justicia, sino únicamente en Cristo Jesús, nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención. Guarda nuestros corazones y mentes en esta fe.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!




