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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel
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Undécimo domingo después de Pentecostés - La mano que nos sostiene en la tormenta



09 de Agosto de 2026

Undécimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 85:8-13; 1 Reyes 19:9-18; Romanos 10:5-15; Mateo 14:22-33

Título: La mano que nos sostiene en la tormenta 

Amados hermanos y hermanas en Cristo, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde hoy y siempre sus corazones y sus mentes en Jesús, nuestro Señor.


La vida nos coloca a menudo en medio de tormentas inesperadas. Pasamos de la tranquilidad al caos en cuestión de segundos, y es en esos momentos de profunda sacudida cuando nuestro corazón se llena de preguntas. Nos preguntamos dónde está Dios cuando el viento sopla en nuestra contra, cuando las olas de la enfermedad, de la pérdida, de la incertidumbre o del miedo amenazan con hundir nuestra pequeña barca. Las lecturas de este día nos muestran que esta experiencia no es nueva, sino que es parte de la condición humana, pero también nos revelan la manera maravillosa en que Dios responde a nuestro clamor.


En el libro de los Reyes encontramos al profeta Elías, un hombre de fe que, sin embargo, se encuentra huyendo por su vida, sumido en el miedo y el desánimo. Elías busca a Dios en lo espectacular y en lo violento. Espera encontrarlo en un viento poderoso que rompe las montañas, pero el Señor no está en el viento. Espera encontrarlo en un terremoto que sacude la tierra, pero el Señor no está en el terremoto. Espera encontrarlo en un fuego abrasador, pero el Señor tampoco está en el fuego. Finalmente, Dios se manifiesta en un susurro suave y delicado. Dios no se revela en el poder destructor que Elías imaginaba, sino en la sutileza de su palabra, en la calma que devuelve la esperanza al corazón que ha perdido el rumbo.


Ese mismo Dios que habla en el susurro es el que describe el salmista cuando dice: «Escucharé lo que el Señor va a decir; pues va a hablar de paz a su pueblo, a los que le son fieles, para que no vuelvan a hacer locuras». La paz no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios que sale a nuestro encuentro. El salmo nos asegura que la fidelidad y el amor se encontrarán, que la justicia y la paz se besarán. Esta hermosa promesa se cumple plenamente en la persona de Jesucristo. En él, la justicia de Dios y su inmenso amor por la humanidad se unieron para darnos salvación y reconciliación.


El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos explica cómo esta salvación se hace realidad en nuestra propia vida. No es el resultado de nuestros propios esfuerzos, ni de cumplir una larga lista de reglas para intentar alcanzar el cielo. Pablo es muy claro al decir: «Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación». Todo se reduce a la obra de Dios recibida a través de la fe. La fe es un regalo que nace en nosotros cuando escuchamos el mensaje de las buenas noticias. La escritura nos asegura que «todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo». No hay distinción, no hay barreras; el amor de Dios está disponible para todo aquel que reconoce su necesidad de un Salvador.


Esta verdad se vuelve visible y palpable en el relato del evangelio de Mateo. Los discípulos se encuentran en medio del mar, en una barca azotada por las olas, luchando contra un viento contrario. Está oscuro, es la madrugada, y el cansancio físico se suma al miedo colectivo. En el momento de mayor desesperación, Jesús se acerca a ellos caminando sobre el agua. Al verlo, los discípulos se asustan aún más y gritan de terror, pensando que se trata de un fantasma. Pero Jesús les habla de inmediato y les dice: «¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo!».


Estas palabras transforman la tormenta. Jesús no elimina el viento de inmediato, sino que se identifica como el Dios que tiene el control absoluto. Pedro, impulsado por una mezcla de audacia y fe, le hace una petición atrevida: «Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua». Y Jesús le da una sola palabra de invitación: «Ven». Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua, manteniendo sus ojos fijos en el Maestro. Mientras su mirada está puesta en Jesús, lo imposible se hace posible; las olas no lo hunden.


Sin embargo, el relato nos muestra la debilidad de nuestra propia naturaleza humana. Pedro desvía la mirada de Jesús y se fija en la fuerza del viento. Al ver el peligro real que lo rodea, el miedo desplaza a la fe, y en ese mismo instante comienza a hundirse. ¿Cuántas veces nos ha pasado exactamente lo mismo? Empezamos a caminar con confianza, pero cuando miramos la gravedad de nuestros problemas, la magnitud de las dificultades económicas o el dolor de una crisis familiar, sentimos que nos hundimos en la desesperación.


Lo hermoso de este pasaje es lo que sucede cuando Pedro reconoce su total incapacidad para salvarse a sí mismo. Él no intenta nadar por sus propios medios ni confía en sus habilidades de pescador. Pedro simplemente grita: «¡Sálvame, Señor!». La respuesta de Jesús es inmediata. El texto no dice que Jesús esperó a que Pedro diera una explicación, ni lo dejó sufrir un poco para darle una lección. El evangelio afirma que, al momento, Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?».


A menudo leemos este reproche de Jesús como un castigo, pero en realidad es un tierno recordatorio de su fidelidad. Jesús le está diciendo a Pedro, y nos está diciendo a nosotros hoy, que no hay razón para dudar de su presencia y de su poder, incluso cuando el viento parece destructivo. Cuando subieron a la barca, el viento se calmó, y los que estaban allí se postraron ante él diciendo: «¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!».


Este milagro nos enseña que nuestra seguridad no depende de la firmeza de nuestra fe, sino de la fidelidad del Salvador en quien confiamos. Cuando nos hundimos, no es nuestra mano la que sostiene a Dios, sino su mano poderosa e invisible la que nos sostiene a nosotros. Su gracia nos rescata de las profundidades de nuestras dudas, de nuestros pecados y de nuestros temores. No tenemos que escalar hasta el cielo ni bajar al abismo para encontrar la salvación; la palabra de fe está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón, recordándonos que somos amados, perdonados y sostenidos por puro amor divino.


Que en esta semana, cuando escuchen el rugido de los vientos en sus vidas cotidianas, puedan recordar el susurro apacible de Dios que promete paz. Que puedan apartar la mirada de las olas amenazantes y fijarla en aquel que camina sobre nuestras tormentas. Jesús está aquí, extiende su mano hacia cada uno de ustedes, libre de reproches, lleno de misericordia, listo para rescatarlos y llevarlos a puerto seguro.


Oremos:

Dios de misericordia y de paz, te damos gracias porque en medio de nuestras dudas y debilidades nunca nos dejas solos. Te pedimos que fortalezcas nuestra fe para que podamos mantener nuestros ojos fijos en tu hijo Jesucristo, especialmente cuando los vientos de la vida soplan en nuestra contra. Sostennos con tu mano poderosa, rescátanos cuando sintamos que nos hundimos y concédenos la paz que solo tú puedes dar. Que tu palabra sea el susurro que calme nuestros temores y guíe nuestros pasos cada día, por los méritos de Jesucristo, nuestro Salvador.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Décimo domingo después de Pentecostés - El banquete de la gracia gratuita



02 de Agosto de 2026

Décimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 145:8-9, 14-21; Isaías 55:1-5; Romanos 9:1-5; Mateo 14:13-21

Título: El banquete de la gracia gratuita 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.


El Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor. El Señor es bueno para con todos y es cariñoso con todas sus criaturas.


Queridos hermanos y hermanas, hoy las lecturas de la Escritura nos invitan a contemplar el corazón de nuestro Creador. Vivimos en un mundo que constantemente nos mide por nuestras capacidades, por lo que podemos comprar o por los méritos que logramos acumular. Sin embargo, la voz del profeta Isaías interrumpe nuestra rutina con una invitación que desafía toda lógica humana: «¡vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo de balde y coman; consigan vino y leche sin pagar nada!».


Esta invitación divina nos muestra la esencia misma de Dios. Su gracia no se vende ni se negocia; se regala. El profeta nos pregunta por qué gastamos el dinero en lo que no alimenta y nuestro trabajo en lo que no satisface. Muchas veces buscamos llenar los vacíos del alma con cosas temporales, con logros humanos o con esfuerzos propios para sentirnos dignos ante Dios. Pero la verdadera vida y la satisfacción plena provienen únicamente de escuchar su voz y recibir su pacto eterno. Su amor hacia nosotros es firme y seguro.


El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, expresa un dolor profundo por aquellos que no han comprendido este misterio de la gracia. Siente una gran tristeza y un dolor continuo en el corazón por sus propios compatriotas. Ellos tenían los privilegios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. De su propia línea de descendencia humana vino el Cristo, quien está por encima de todas las cosas. Este pasaje nos recuerda el peligro de confiar en la herencia, en la religión externa o en nuestra propia justicia. La bendición no proviene de nuestros antecedentes, sino de aquel que sostiene el universo y se entrega por nosotros.


Esta realidad se manifiesta con total claridad en el relato del evangelio según San Mateo. Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús decide retirarse en una barca a un lugar solitario para estar tranquilo. Pero la gente lo sabe, y de todos los pueblos lo siguen a pie por tierra. Cuando Jesús desembarca y ve aquella gran multitud, no siente fastidio ni cansancio. Al contrario, las Escrituras nos dicen que tuvo compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban.


La compasión de Jesús no es un simple sentimiento pasajero. Es el amor divino en acción, el mismo amor del que nos habla el salmista cuando dice que el Señor ayuda a todos los que caen y levanta a todos los que están oprimidos. Los ojos de todos se dirigen a Dios con esperanza, y él les da la comida a su debido tiempo. Él abre la mano y calma con su bondad el hambre de todo ser viviente.


Al atardecer, los discípulos se acercan a Jesús con una mentalidad muy humana y pragmática. Le dicen que el lugar es solitario, que ya se está haciendo tarde y que es mejor despedir a la gente para que vayan a las aldeas y compren su propia comida. Los discípulos ven un problema imposible de resolver con sus propios recursos. Miran la escasez, calculan los costos y deciden que lo más seguro es que cada persona se haga cargo de sí misma.


Pero la respuesta de Jesús rompe todos sus esquemas: «No necesitan irse; denles ustedes de comer». Los discípulos, asombrados, responden desde su limitación: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». Esta respuesta refleja muchas veces nuestra propia actitud ante la vida y ante la fe. Miramos nuestras fuerzas, nuestras virtudes, nuestras billeteras o nuestras capacidades y concluimos que no es suficiente. Nos sentimos vacíos y desamparados frente a las exigencias del mundo y de la propia ley de Dios.


Jesús les dice simplemente: «Tráiganmelos acá». Entonces manda a la multitud que se siente sobre la hierba. Toma los cinco panes y los dos pescados, mira al cielo, da gracias a Dios, parte los panes y se los da a los discípulos, y ellos los reparten a la gente. Todos comen hasta quedar satisfechos. Y cuando recogen los pedazos que sobran, llenan doce canastas. Los que comen son unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.


Este milagro es una proclamación viva del evangelio. Jesús no les pide a las personas que paguen por el pan, ni les exige un certificado de buena conducta para alimentarlas. Su compasión abraza a todos los que tienen hambre, tanto física como espiritual. Él toma lo poco que tenemos y lo transforma en una abundancia que sobrepasa todo entendimiento. En las manos de Jesús, la escasez se convierte en un banquete gratuito.


Los discípulos querían que la gente fuera a comprar, pero Jesús prefiere regalar. Esta es la gran diferencia entre la religión del esfuerzo humano y la buena noticia de la salvación. No podemos comprar el favor de Dios, no podemos ganar el perdón con nuestras buenas obras ni podemos alimentar nuestra propia alma. Todo lo que realmente necesitamos nos es dado por pura bondad divina, por medio de la fe en aquel que multiplica los panes y que, más adelante, entregará su propio cuerpo y su sangre por la vida del mundo.


Las doce canastas que sobran nos recuerdan que la gracia de Dios nunca se agota. Siempre hay más que suficiente para todos. El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todo lo que hace. Él está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan de corazón. Él cumple los deseos de los que le honran, escucha sus gritos de dolor y los salva.


Hoy somos invitados a dejar de gastar nuestras vidas en aquello que no sacia. Se nos invita a dejar de confiar en nuestras propias fuerzas y a descansar en la provisión del Salvador. Vengan a él sin dinero, vengan a él con sus manos vacías, con sus dudas, con sus enfermedades y con su cansancio. Él no los va a despedir con las manos vacías. Él tiene compasión, sana nuestras heridas y alimenta nuestras vidas con su presencia amorosa y eterna. Que su paz, que sobrepasa todo cálculo humano, guarde hoy y siempre sus corazones.


Oremos


Amado Dios y Padre celestial, te damos gracias porque tu bondad no tiene límites y tu compasión se renueva cada mañana. Confesamos que muchas veces nos cansamos buscando saciar nuestra vida con las cosas de este mundo y nos olvidamos de que solo en ti se encuentra el verdadero descanso. Te pedimos que nos concedas siempre la fe para confiar en tu provisión gratuita y para recibir con agradecimiento el pan de tu palabra y de tu gracia. Mira nuestras necesidades, fortalece a los que están oprimidos, levanta a los que han caído y enséñanos a compartir con generosidad los dones que de ti hemos recibido. Todo esto te lo pedimos confiando plenamente en tu amor eterno. 


Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Noveno domingo después de Pentecostés - El valor oculto de la gracia



26 de Julio de 2026

Noveno domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 119:129-136; 1 Reyes 3:5-12; Romanos 8:26-39; Mateo 13:31-33, 44-52

Título: El valor oculto de la gracia 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.

El verdadero tesoro no se encuentra en las riquezas de este mundo ni en nuestras propias fuerzas, sino en el regalo de la gracia divina que transforma la vida desde lo más pequeño y escondido.

Queridos hermanos y hermanas, nos reunimos hoy con el corazón abierto para escuchar la voz de Dios, una voz que calma nuestras ansiedades y nos revela el valor real de su reino. En nuestra rutina diaria, a menudo nos vemos bombardeados por mensajes que nos exigen ser fuertes, autosuficientes y exitosos según los estándares del mundo. Se nos enseña a buscar la seguridad en lo material, en el conocimiento humano o en el control que podamos ejercer sobre nuestras vidas. Sin embargo, las lecturas de este día nos invitan a dar un giro radical a nuestra mirada y a descansar en una promesa que no depende de nuestros méritos, sino de la pura fidelidad de Dios.

El profeta Salomón, al comienzo de su reinado, se encontró ante una tarea inmensa y reconoció su propia pequeñez. Dios se le apareció en sueños y le ofreció pedir lo que quisiera. En lugar de solicitar larga vida, riquezas o la derrota de sus enemigos, Salomón pidió un corazón sabio y prudente para gobernar al pueblo. Su petición agrada a Dios porque nace del reconocimiento de que, por sí mismo, el ser humano no tiene la capacidad de guiar sus propios pasos con justicia. Necesitamos la sabiduría que viene de lo alto, esa que nos permite discernir entre el bien y el mal. Esta sabiduría no es un trofeo intelectual, sino un don gratuito que nos orienta hacia la voluntad del creador. Como bien expresa el salmista, las enseñanzas de Dios son maravillosas y, al exponerse, difunden luz y dan entendimiento a los sencillos. El conocimiento humano puede inflar el orgullo, pero la palabra divina ilumina el alma y nos hace comprender nuestra total dependencia del amor del Señor.

Esta dependencia absoluta se manifiesta de manera profunda en nuestra debilidad diaria. El apóstol Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos que ni siquiera sabemos cómo orar adecuadamente. Muchas veces nos acercamos a Dios cargados de peticiones egoístas o confundidos por el sufrimiento, sin entender qué es lo que realmente nos conviene. Pero en medio de esa incapacidad, el Espíritu Santo mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Qué consuelo tan grande es saber que nuestra comunión con el Padre no depende de la elocuencia de nuestras oraciones ni de la perfección de nuestra fe. El Espíritu conoce nuestra fragilidad y traduce nuestros suspiros en intercesiones perfectas ante el trono de la gracia.

A partir de esa intervención divina, podemos tener la certeza absoluta de que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman. Esto no significa que los creyentes estemos exentos de dolor, persecución o dificultades. Al contrario, la vida en este mundo está llena de aflicciones. La promesa no es la ausencia de problemas, sino la seguridad de que nada en toda la creación nos podrá separar del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús. Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién podrá estar en nuestra contra? El propio Dios no nos negó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, por lo cual podemos estar seguros de que también nos dará todas las cosas. En medio del tribunal de nuestra propia conciencia y de las acusaciones del mundo, es Cristo quien murió y resucitó para interceder por su pueblo. Por eso, en todas estas cosas salimos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Nuestra victoria está firmada y sellada, no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que ya fue hecho en la cruz.

Esta maravillosa realidad del amor divino es la que da sentido a las parábolas que escuchamos en el evangelio de Mateo. Jesús compara el reino de los cielos con cosas sencillas y cotidianas: una semilla de mostaza y un poco de levadura. A los ojos del mundo, una semilla de mostaza es insignificante, casi invisible. Sin embargo, cuando crece, se convierte en un arbusto tan grande que las aves hacen nidos en sus ramas. De igual manera, la levadura, aunque se mezcla en una gran cantidad de harina en forma oculta, termina por fermentar toda la masa. Así es la acción de la gracia en nuestras vidas y en el mundo. Comienza de manera humilde, oculta a los ojos de los soberbios, a través de medios sencillos como el agua del bautismo, una palabra de perdón o un trozo de pan y un poco de vino. El mundo suele buscar lo espectacular, lo ruidoso y lo imponente, pero el reino de Dios opera en la quietud del corazón, transformando la existencia humana desde adentro hacia afuera, de manera irresistible y gratuita.

Jesús también nos habla del reino como un tesoro escondido en un campo o como una perla de gran valor. En ambos casos, quien encuentra ese tesoro se llena de tanta alegría que va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo o aquella perla. Es fundamental comprender la dinámica de esta parábola. El tesoro no se compra con el esfuerzo humano como si fuera una transacción comercial donde pagamos con nuestras buenas obras. El verdadero tesoro y la perla preciosa representan a Cristo y su obra de salvación. Cuando una persona, por la acción del Espíritu Santo, descubre el valor infinito del perdón y de la vida eterna, todo lo demás pasa a un segundo plano. Los logros terrenales, las seguridades materiales y el orgullo personal pierden su brillo ante la belleza del amor redentor. La renuncia a lo anterior no se hace con tristeza ni por obligación, sino con una alegría desbordante, porque se ha encontrado aquello que realmente sacia el alma.

Finalmente, el maestro nos compara el reino con una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Al llegar a la playa, los pescadores se sientan a escoger los peces buenos en canastas y tiran los malos. Esta imagen nos previene contra la tentación de juzgar antes de tiempo y nos recuerda que la iglesia en la tierra es un espacio donde conviven la debilidad y la gracia. La separación final corresponde a Dios y a sus ángeles al fin del mundo. Nuestra tarea hoy no es actuar como jueces, sino anunciar con urgencia y amor el mensaje de salvación. Cada maestro de la ley que ha sido instruido sobre el reino de los cielos es como el dueño de una casa, que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas. Estamos llamados a compartir la riqueza de la palabra, aplicando tanto la ley que nos muestra nuestro pecado como el evangelio que nos levanta y nos da vida.

Hermanos, la invitación de este día es a descansar en la certeza de que el reino de Dios ya está operando en ustedes. No miren sus propias limitaciones con desesperación, sino miren a Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Él es quien los ha buscado, los ha comprado a precio de sangre y los sostiene en medio de cualquier tempestad. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en la fe verdadera.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias por el don inmerecido de tu palabra y por el tesoro de tu gracia que has depositado en nuestros corazones. Reconocemos nuestra debilidad y nuestra incapacidad para salvarnos por nuestras propias fuerzas, por lo que nos encomendamos por completo a tu infinito amor. Te pedimos que tu Espíritu Santo continúe intercediendo por nosotros, fortaleciendo nuestra fe cuando flaqueamos y recordándonos siempre que nada nos puede separar de tu amor en Cristo Jesús. Permite que la semilla de tu reino crezca en nuestras vidas y que seamos instrumentos de tu paz y de tu perdón en este mundo. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, nuestro salvador. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Octavo domingo después de Pentecostés - Trigo y maleza: la paciencia de Dios en un mundo que sufre



19 de Julio de 2026

Octavo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 86:11-17; Isaías 44:6-8; Romanos 8:12-25;

Mateo 13:24-30, 36-43

Título: Trigo y maleza: la paciencia de Dios en un mundo que sufre 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.

Queridos hermanos y hermanas, hoy nos reunimos bajo la palabra de Dios, una palabra que nos confronta con la realidad de nuestra vida, pero que al mismo tiempo nos inunda de una esperanza inquebrantable. A menudo nos encontramos caminando en un mundo lleno de tensiones, donde el bien y el mal parecen estar tan profundamente entrelazados que nos resulta difícil discernir el camino o mantener la paz en nuestros corazones. Nos preguntamos cómo actuar, cómo reaccionar ante las injusticias y cómo mantener nuestra fe firme cuando todo a nuestro alrededor parece sembrar confusión.

El profeta Isaías nos recuerda la grandeza absoluta de nuestro Dios en un pasaje poderoso. El Señor nos dice: «Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de mí. ¿Quién es igual a mí? ¡Que hable!». Estas palabras nos anclan en una verdad fundamental: Dios tiene el control absoluto de la historia. No hay ninguna fuerza humana ni espiritual que pueda competir con su soberanía. Él es nuestra roca, el único refugio verdadero en tiempos de incertidumbre. En medio de un mundo que adora a falsos dioses, ya sea el dinero, el poder o la autosuficiencia, la voz de Dios resuena recordándonos que solo en él encontramos nuestra verdadera identidad y seguridad. No tenemos porqué temer, porque aquel que nos creó y nos redimió camina a nuestro lado.

Sin embargo, a pesar de conocer esta soberanía, experimentamos una lucha interna y externa. El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos describe esta tensión con una profundidad asombrosa. Nos recuerda que ya no somos esclavos de nuestra vieja naturaleza pecaminosa, sino que hemos recibido el Espíritu de Dios, el cual nos hace hijos adoptivos. Gracias a ese Espíritu podemos clamar a Dios llamándolo Padre. Pero ser hijos de Dios en este mundo no nos exime del sufrimiento. Pablo afirma que toda la creación gime a una, como con dolores de parto, esperando la liberación final. Nosotros mismos, que ya tenemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior esperando que Dios nos adopte plenamente y libere nuestro cuerpo. Vivimos en el «ya pero todavía no»: ya somos salvos por la fe, ya somos hijos, pero todavía sufrimos las consecuencias de un mundo caído y quebrantado. Nuestra esperanza no es un deseo vago, sino una certeza basada en la promesa de Dios de que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que un día se habrá de manifestar en nosotros.

Esta realidad de convivencia entre la promesa de Dios y las dificultades del mundo actual se ilustra de manera perfecta en el evangelio de hoy. Jesús nos habla a través de la parábola de la buena semilla y la maleza, conocida tradicionalmente como la cizaña. El relato es sencillo pero cargado de un significado teológico profundo. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró maleza entre el trigo y se fue. Cuando el trigo creció y dio grano, apareció también la maleza. Los trabajadores, sorprendidos, le preguntaron al dueño si debían arrancar la mala hierba. La respuesta del dueño es clave para comprender cómo opera el reino de Dios en nuestro tiempo: «No, porque al arrancar la maleza pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha».

Esta parábola expone con claridad la condición del mundo y de la iglesia visible. El campo es el mundo, la buena semilla representa a los hijos del reino, y la maleza a los que son del maligno. Jesús nos enseña que, en este tiempo presente, el bien y el mal coexisten. La iglesia no es un club de personas perfectas y puras, aisladas del resto de la sociedad. Al contrario, los creyentes vivimos inmersos en una realidad donde compartimos espacios, trabajos y sufrimientos con aquellos que no conocen a Dios o que incluso actúan en contra de su voluntad.

La reacción natural de los siervos de la parábola es la misma que a menudo experimentamos nosotros: queremos arrancar la maleza de inmediato. Queremos justicia instantánea. Nos impacientamos ante el mal y quisiéramos limpiar el mundo, o incluso nuestras comunidades, de todo aquello que consideramos incorrecto o pecaminoso. Pero el dueño del campo, que es el Hijo del hombre, nos frena. Nos dice que no nos corresponde a nosotros hacer esa separación. ¿Por qué? Porque nuestro juicio humano es imperfecto. Al intentar arrancar la cizaña por nuestra cuenta, corremos el riesgo de destruir el trigo. Podríamos juzgar erróneamente a alguien cuyo corazón Dios está transformando, o podríamos actuar con una soberbia destructiva que dañe la fe de los más débiles.

La paciencia de Dios es, en realidad, nuestra propia salvación. Si Dios hubiera decidido arrancar toda la maleza de este mundo de manera inmediata, ninguno de nosotros estaría aquí hoy, porque todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido cizaña. Todos hemos mostrado frutos amargos, todos hemos pecado y nos hemos rebelado contra su voluntad. Es únicamente por su gracia infinita que hemos sido perdonados y transformados en buen trigo. Dios permite que el trigo y la maleza crezcan juntos porque su deseo es dar tiempo para el arrepentimiento, demostrando una misericordia que supera todo entendimiento humano.

Jesús deja claro que esta coexistencia no durará para siempre. Habrá un día de juicio, un momento de cosecha al final de los tiempos. En ese momento, el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y ellos recogerán de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que hacen el mal, y los echarán en el horno de fuego. Pero miren la maravillosa promesa para los fieles: «Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre». Nuestra justicia no proviene de nuestros propios méritos, no brillaremos por lo buenos que hayamos sido por nuestras propias fuerzas, sino porque reflejamos la justicia de Cristo, quien nos justificó en la cruz.

Frente a esta realidad, nuestra actitud no debe ser la del juez impaciente, sino del que ora con humildad y reconoce su necesidad constante de la guía divina. Como oramos con las palabras del salmista: «Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga con fidelidad; dale firmeza a mi corazón, para que adore tu nombre». El Salmo 86 es la oración perfecta para el creyente que vive en medio del campo donde crecen juntos el trigo y la cizaña. Reconocemos que nuestro corazón a veces se divide, que nos distraemos con las ofertas del mundo y que necesitamos que Dios unifique nuestros pensamientos y deseos para mantenernos fieles a su palabra.

El salmista continúa diciendo: «Señor, Dios tierno y compasivo, paciente, grande en amor y fidelidad, ¡mírame y ten compasión de mí!». Esta es nuestra confianza de cada día. Vivimos en un mundo difícil, gimiendo junto con la creación, esperando la redención final, pero no caminamos solos. Tenemos un Dios compasivo y lento para la ira, que nos nutre con su gracia a través de su palabra y de los sacramentos, dándonos las fuerzas necesarias para permanecer firmes como buen trigo, dando frutos de amor, paz, paciencia y bondad en medio de un entorno hostil.

Por lo tanto, queridos hermanos, no nos desanimemos al ver el mal a nuestro alrededor. No caigamos en la tentación de juzgar y condenar a los demás con ligereza, olvidando que nosotros también dependemos exclusivamente de la misericordia divina. Centremos nuestra mirada en la promesa del fin de los tiempos, sabiendo que nuestra redención está asegurada en Cristo. Aprendamos a descansar en la soberanía de aquel que es el primero y el último, y permitamos que su Espíritu actúe en nosotros, dándonos la paciencia necesaria para testificar de su amor hasta el día de la gran cosecha. Que la palabra de Dios eche raíces profundas en sus corazones y los fortalezca en la fe.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque en tu infinita paciencia nos permites escuchar hoy tu palabra de vida. Reconocemos que muchas veces nos impacientamos ante el mal del mundo y nos olvidamos de tu inmensa misericordia. Te pedimos que unifiques nuestro corazón para que adore tu nombre con fidelidad. Concédenos tu Espíritu Santo para soportar con paciencia los sufrimientos del tiempo presente, manteniendo siempre firme la esperanza en la gloria venidera. Danos la gracia de ser buen trigo en tu campo, reflejando tu amor y perdón hacia todos los que nos rodean. Encomendamos nuestras vidas a tu soberana protección, confiando en que tú nos sostendrás hasta el día en que nos permitas brillar como el sol en tu reino celestial. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!