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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Segundo Domingo de Pascua - Herencia Viva en las Llagas de Cristo



12 de abril de 2026

Segundo Domingo de Pascua.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 118:1-2, 14-24; Jeremías 31:1-6; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-18

Título: Herencia Viva en las Llagas de Cristo

Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre, y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, sea con todos ustedes. Amén.

Queridos hermanos en Cristo:

La escena del Evangelio de hoy, según Juan 20, es una de contraste radical. Comienza con miedo y termina con confesión. Los discípulos están encerrados. Tienen las puertas trabadas no por precaución, sino por pavor. Han visto lo que el mundo le hace a la Verdad: la crucifica. Y temen que ellos sean los siguientes.

Pero en medio de ese encierro, Jesús aparece. No derriba la puerta; simplemente se presenta. Y sus primeras palabras no son de reproche por haberlo abandonado, sino de restauración: «Paz a vosotros».

I. El Testimonio de las Llagas

Jesús les muestra las manos y el costado. ¿Por qué un cuerpo resucitado y glorioso conservaría las cicatrices de la tortura? Porque esas llagas son el recibo pagado de nuestra deuda. Como cristianos, no predicamos a un Jesús abstracto, sino a Cristo crucificado y resucitado. En esas heridas, los discípulos ven que el que está vivo es el mismo que llevó sus pecados en la cruz. Su paz no es un deseo piadoso; es un hecho legal y espiritual: el castigo ha terminado.

II. La Duda de Tomás y la Certeza de la Palabra

Ocho días después, la escena se repite por causa de Tomás. Solemos juzgar a Tomás, pero él solo pedía lo que los otros ya habían tenido: ver para creer. Sin embargo, Jesús usa a Tomás para darnos una bendición a nosotros, los que vivimos dos mil años después: «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron»; en esta frase todos nosotros estamos incluídos, porque sin haber visto al Señor hemos recibido la fe que es para salvación eterna.

¿Cómo creemos sin ver? San Pedro nos lo explica en su primera carta (1 Pedro 1:3-9). Él dice que hemos nacido de nuevo para una "esperanza viva" por la resurrección de Jesucristo. Nuestra fe no se basa en nuestra capacidad de visualizar a Jesús, sino en la Palabra de Dios y en la herencia que Él nos ha guardado, una que es «incorruptible, incontaminada e inmarcesible». Aunque ahora no le vemos, le amamos porque su Palabra nos asegura que somos suyos.

III. El Kerigma: La Proclamación de Pedro

En el libro de los Hechos, vemos al Pedro transformado. El hombre que negó a Jesús por miedo ahora se levanta ante la multitud y proclama que a este Jesús, a quien ellos crucificaron, Dios lo ha levantado.

Pedro cita el Salmo 16: «No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción». Pedro aclara que David no hablaba de sí mismo (pues su sepulcro todavía estaba allí), sino que profetizaba sobre Cristo. El Salmo 16 es el grito de confianza del Mesías: «En tu presencia hay plenitud de gozo». Al resucitar a Jesús, Dios Padre ha validado que el camino de la vida está abierto para todos nosotros.

IV. Aplicación: Una Esperanza en el Sufrimiento

San Pedro admite algo real: aunque somos herederos de esta gloria, por un poco de tiempo es necesario que seamos «afligidos en diversas pruebas». La fe cristiana luterana no es una teología de gloria que promete una vida sin problemas. Es una teología de la cruz.

Nuestra fe es probada por el fuego para que sea hallada en alabanza. Cuando sufrimos, cuando dudamos como Tomás, o cuando tenemos miedo como los discípulos tras las puertas cerradas, no miramos hacia adentro de nosotros mismos buscando fuerza. Miramos hacia afuera, a las llagas de Jesús. Miramos al Bautismo, donde fuimos unidos a su resurrección. Miramos a la absolución, donde la misma paz que Jesús dio en el aposento alto se nos entrega hoy: «Tus pecados te son perdonados».

Conclusión

Jesús vino a Tomás no para condenar su duda, sino para darle su presencia. Hoy, Él viene a ti en esta Palabra. No necesitas ver para estar seguro; tienes su promesa, tienes su herencia y tienes su paz.

Cristo ha resucitado, y en Él, tú también has pasado de muerte a vida.

Oremos:

"Señor Dios, Padre de las misericordias, te damos gracias porque por la resurrección de tu Hijo nos has engendrado de nuevo para una esperanza viva. Te rogamos que envíes tu Espíritu Santo a nuestros corazones para que, aunque no veamos ahora a Cristo con nuestros ojos físicos, podamos confesarlo con fe firme como nuestro Señor y nuestro Dios. Guárdanos en la herencia que nos has reservado en los cielos, y fortalécenos en medio de las pruebas de esta vida, hasta que lleguemos a ver tu rostro en la gloria eterna; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor".

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Domingo de Resurrección del Señor - Nuestra Vida Está Escondida en Su Victoria



05 de abril de 2026

Domingo de Resurrección del Señor.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 118:1-2, 14-24; Jeremías 31:1-6; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-18


Título: Nuestra Vida Está Escondida en Su Victoria


Gracia, misericordia y paz a vosotros, de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.


¡Cristo ha resucitado! ¡Ha resucitado en verdad!


Queridos hermanos en Cristo: hoy celebramos el evento que sostiene cada fibra de nuestra fe. Sin la mañana de hoy, nuestras iglesias serían museos y nuestra esperanza una simple ilusión. Pero hoy, frente a la tumba vacía, la cristiandad y la Iglesia global confiesan una verdad objetiva e histórica: el cuerpo que fue clavado en la cruz por nuestros pecados ya no está bajo el poder de la muerte.


I. El Silencio de la Tumba y la Promesa de Jeremías


En el texto de Jeremías 31, escuchamos una promesa de restauración: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia". Durante siglos, el pueblo de Dios esperó el cumplimiento de este amor. Vieron exilios, caídas y silencio.


Incluso María Magdalena, al llegar al sepulcro en el Evangelio de Juan, todavía vivía en ese "exilio" del alma. Ella no buscaba a un Salvador resucitado; buscaba un cadáver para ungir. Su dolor era tan profundo que, cuando vio la piedra quitada, su primera conclusión fue el robo, no la resurrección. "Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto".


A veces nosotros vivimos así. Miramos nuestra vida, nuestras faltas y nuestro pecado, y sentimos que Dios está ausente o "muerto". Pero la promesa de Jeremías se cumple hoy: Dios ha vuelto a edificar a su pueblo, no con ladrillos, sino con la carne viva de Su Hijo.


II. El Encuentro en el Huerto: Juan 20


El Evangelio nos muestra a Pedro y al "otro discípulo" corriendo. Ellos ven los lienzos, ven el sudario, y aunque algo empieza a brotar en ellos, regresan a casa. Pero María se queda. Ella llora.

Aquí ocurre el momento más sublime de la narrativa: Jesús se le aparece. Ella lo confunde con el hortelano, el cuidador de la huerta. Es una confusión providencial, pues Jesús es el "Nuevo Adán" en el nuevo huerto de la creación, aquel que viene a revertir la maldición del Edén.

Solo cuando Jesús pronuncia su nombre —"María"— ella lo reconoce. Esta es la esencia de nuestra teología luterana: el Evangelio es una voz externa que nos llama. La fe no nace de María analizando las pruebas, sino de Jesús llamándola por su nombre. Hoy, a través de la Palabra y el Bautismo, Él te llama por tu nombre y te saca del lamento y el llanto a la alegría y la felicidad de su salvación.


III. El Cambio de Perspectiva: Colosenses 3


San Pablo, en la epístola a los Colosenses, nos da la aplicación práctica de este milagro: "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba".


Como cristianos luteranos, entendemos que esto no es una invitación a ignorar el mundo, sino a vivir en él con una identidad nueva. Pablo dice: "Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios". Cuando el diablo te acuse por tus pecados pasados, cuando la muerte te amenace, puedes responder: "Mi vida no me pertenece a mí, ni a mis errores; mi vida está guardada en la tumba vacía de Jesús".


La resurrección no es solo un evento que ocurrió hace más de 2,000 años; es nuestra realidad presente. Porque Él vive, nosotros vivimos.


IV. La Piedra que Desecharon los Edificadores (Salmo 118)

Hoy cantamos con el Salmista: "La diestra de Jehová ha hecho valentía... No moriré, sino que viviré". Cristo es esa piedra desechada por los hombres, pero convertida por Dios en la piedra angular.


El Salmo 118 es el himno de victoria del Mesías. Jesús lo cantó la noche antes de morir, sabiendo que el "sacrificio" del que habla el salmo era Él mismo. Hoy vemos que Dios aceptó ese sacrificio. La puerta de la justicia se ha abierto y nosotros, los pecadores justificados por gracia, entramos por ella.


Conclusión


Queridos hermanos, el mensaje de hoy es sencillo pero eterno: La tumba está vacía, pero tu vida está llena.


No busquen entre los muertos al que vive. No busquen su salvación en sus propias obras o en sus sentimientos cambiantes. Búsquenla en la Palabra que declara: "Yo te he amado con amor eterno". Búsquenla en el Sacramento donde el Cristo resucitado se nos entrega hoy mismo.


Este es el día que hizo el Señor; nos gozaremos y alegraremos en él.

Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Amén.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque en este día has vencido a la muerte a través de tu Hijo unigénito, Jesucristo, abriéndonos las puertas de la vida eterna. Te suplicamos que, así como nos has llamado por nuestro nombre en el Bautismo y nos has unido a su resurrección, permitas que el Espíritu Santo mantenga nuestra mirada fija en las cosas de arriba. Que el gozo de la tumba vacía llene nuestro caminar diario, nos consuele en la tribulación y nos dé la certeza de que, porque Él vive, nosotros también viviremos. Todo esto lo pedimos en el nombre de aquel que es nuestra Roca y nuestro Redentor, Jesucristo mismo. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Sexto Domingo en Cuaresma - El Rey que se Entrega: De la Humillación a la Victoria



29 de marzo de 2026

Sexto Domingo en Cuaresma.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 31:9-16; Isaías 50:4-9a; Filipenses 2:5-11; Mateo 26:14–27:66

Título: El Rey que se Entrega: De la Humillación a la Victoria

Gracia, misericordia y paz a ustedes, de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Queridos hermanos en Cristo:

Hoy entramos en la Semana Santa, la semana que cambió el cosmos. Las lecturas de hoy nos presentan un contraste violento. Comenzamos con palmas y gritos de "Hosanna", pero rápidamente nos encontramos en medio de la oscuridad de la traición, el abandono y la muerte.

Para entender lo que sucede en la Pasión según San Mateo, debemos mirar a través del lente que nos dan el Profeta Isaías y el Apóstol Pablo. Porque lo que vemos en la cruz no es un accidente trágico, sino el cumplimiento exacto de la voluntad de Dios para nuestra salvación.

I. El Siervo Sufriente: La Ley que nos expone

El Profeta Isaías nos habla de un Siervo que "no fue rebelde" ni "volvió atrás". Dice: "Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos".

Cuando miramos el relato de la Pasión en Mateo, vemos a este Siervo en la persona de Jesús. Vemos a Judas vendiendo a su Maestro por treinta piezas de plata. Vemos a los discípulos durmiendo en Getsemaní y luego huyendo. Vemos a Pedro negándolo tres veces. Vemos a la multitud, que hace poco gritaba "Hosanna", gritando ahora "¡Sea crucificado!".

Aquí la Ley nos habla directamente. En los discípulos, en Pedro y en la multitud, nos vemos a nosotros mismos. Nuestra fe a menudo es débil; nuestra lealtad es voluble. Preferimos nuestra comodidad al sacrificio. Como Barabbás, somos culpables de rebelión contra Dios, y merecemos el castigo que la justicia divina exige. La Ley nos muestra que no tenemos fuerzas para salvarnos a nosotros mismos de la muerte que nuestro pecado ha sembrado.

II. El Gran Intercambio: El Evangelio de la Sustitución

Pero en medio de esta oscuridad, brilla el Evangelio. San Pablo nos explica en Filipenses el misterio de lo que está ocurriendo: Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, "se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo... y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz".

¿Por qué se humilló así? No fue solo para darnos un ejemplo de humildad. Fue para realizar el "Dulce Intercambio".

  • Él tomó nuestro lugar bajo la ira de Dios para que nosotros tuviéramos su lugar bajo el favor del Padre.

  • Él fue contado entre los pecadores para que nosotros fuéramos contados entre los santos.

En la cruz, Jesús no está simplemente sufriendo; está conquistando. Está cargando con cada uno de tus pecados, cada una de tus dudas y cada una de tus caídas. Cuando clama: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?", es porque Él está recibiendo el abandono que nosotros merecíamos, para que Dios nunca nos abandone a nosotros.

III. La Victoria en la Humillación

El Salmo 31 nos da las palabras de confianza del Salvador en su momento más amargo: "Mas yo en ti confío, oh Jehová; digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos". Jesús confió plenamente en su Padre, sabiendo que la muerte no tendría la última palabra.

Y por eso, la lectura de Filipenses termina en un crescendo de victoria. Debido a su obediencia perfecta, Dios lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre. El Jesús que fue escupido y azotado es el Señor ante quien toda rodilla se doblará.

Esta es nuestra esperanza. Nuestra salvación no depende de la intensidad de nuestro sentimiento religioso, sino de la realidad histórica de que Cristo murió por nosotros y resucitó. Su victoria es tu victoria. En tu Bautismo, fuiste unido a este Cristo sufriente y victorioso. Sus méritos son ahora tus méritos.

Conclusión

Al caminar por esta Semana Santa, no mires hacia adentro buscando tu propia bondad. Mira hacia afuera, a la Cruz. Escucha al Centurión decir: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Y confía en que ese Hijo de Dios entregó su vida por ti, para que tú vivas para siempre con Él.

La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. Amén.

Oremos

Señor Dios, Padre Celestial, te damos gracias porque enviaste a tu Hijo unigénito a humillarse hasta la muerte de cruz por nuestra salvación. Te suplicamos que, por medio de tu Espíritu Santo, mantengas nuestros corazones firmes en esta fe durante toda nuestra vida. Cuando nos sintamos atribulados por nuestros pecados o rodeados por la oscuridad del mundo, recuérdanos que en las manos de Cristo estamos seguros y que su victoria sobre la muerte es nuestra herencia eterna. Llévanos a través de esta Semana Santa con arrepentimiento sincero y fe gozosa, hasta que nos unamos al coro celestial que confiesa que Jesucristo es el Señor, para gloria tuya. Por el mismo Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Quinto Domingo en Cuaresma - De la Tumba al Triunfo: La Palabra que Recrea la Vida



22 de marzo de 2026

Quinto Domingo en Cuaresma.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 130; Ezequiel 37:1-14; Romanos 8:6-11; Juan 11:1-45.

De la Tumba al Triunfo: La Palabra que Recrea la Vida

Gracia, misericordia y paz a ustedes, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

I. El Diagnóstico Divino: Un Valle de Huesos Secos

El profeta Ezequiel es conducido por el Espíritu a un lugar que nadie desea visitar: un valle lleno de huesos. No son cuerpos recién fallecidos; el texto enfatiza que estaban "secos en gran manera". Esta no es solo una imagen poética de la derrota militar de Israel; es el diagnóstico divino de la condición humana tras la Caída.

Doctrinalmente, como luteranos confesionales, entendemos que el pecado original no es una simple "debilidad" o una "imperfección" que podemos corregir con esfuerzo moral. El pecado es muerte espiritual. San Pablo lo confirma en nuestra segunda lectura: “la mentalidad de la carne es muerte”. Un hueso seco no puede decidir hidratarse; un muerto no puede elegir resucitar.

Aquí la Ley hace su trabajo más severo. Nos pone frente al espejo de la eternidad y nos muestra que, por nosotros mismos, estamos desamparados. El Salmo 130 clama: “Desde lo profundo, oh Jehová, a ti clamo”. Ese "profundo" es el abismo del juicio de Dios contra el pecado. Si Dios llevara cuenta de nuestros pecados, ¿quién podría mantenerse en pie? Nadie. Ni el más piadoso, ni el más activo en la iglesia. Ante la santidad de Dios, todos somos esos huesos calcinados por el sol del juicio.

II. La Pregunta Imposible y la Respuesta de la Fe

Dios le pregunta a Ezequiel: “¿Vivirán estos huesos?”. La lógica humana dice "no". La ciencia dice "no". Pero Ezequiel, en una muestra de humildad teológica, responde: “Señor Jehová, tú lo sabes”.

Esta es la esencia de la fe que confesamos. La vida no depende de la posibilidad humana, sino del conocimiento y la voluntad de Dios. En el Evangelio de Juan, vemos esta misma tensión. Marta sabe que su hermano Lázaro resucitará "en el día postrero", pero Jesús la confronta con una realidad presente: “Yo SOY la resurrección y la vida”.

La muerte de Lázaro no fue un accidente que tomó a Jesús por sorpresa. Él esperó dos días a propósito. ¿Por qué? Para que la gloria de Dios fuera manifestada. Jesús permite que la situación llegue al punto del "hedor" (v. 39), para que no quede duda de que lo que está por suceder no es una recuperación médica, sino una creación nueva.

III. El Medio de Gracia: La Palabra Proclamada

¿Cómo cobran vida los huesos en Ezequiel? ¿Acaso el profeta les dio una charla motivacional? ¿Les pidió que "abrieran su corazón"? No. Dios le ordena: “Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová”.

Para el cristiano, la eficacia de la Palabra es fundamental. Creemos que la Palabra de Dios no solo informa, sino que ejecuta lo que dice. Cuando el pastor dice "Yo te perdono tus pecados", no es un deseo, es un hecho porque es la Palabra de Cristo.

En el valle, mientras Ezequiel hablaba, hubo un ruido, un temblor, y los huesos se juntaron. Pero faltaba algo: el Ruaj, el aliento, el Espíritu.

Esto nos lleva a la centralidad del Espíritu Santo. Como explicamos en el Catecismo Menor, "no puedo, por mi propia razón ni por mis propias fuerzas, creer en Jesucristo, mi Señor, ni venir a él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado por el Evangelio". El Espíritu entra en nosotros a través del oído, a través de la Palabra predicada y los Sacramentos.

IV. El Cristo que Llora y el Cristo que Manda

En el camino a la tumba de Lázaro, vemos la humanidad de nuestro Señor: “Jesús lloró”. Él no es un Dios lejano e impasible. Él se conmueve ante el dolor que el pecado ha traído a su creación. Sus lágrimas son un juicio contra la muerte. Él odia la muerte porque es la enemiga de Su obra creadora.

Pero inmediatamente después de su llanto, vemos Su deidad absoluta. Ante la tumba, da una orden: “¡Lázaro, ven fuera!”. San Agustín decía que Jesús tuvo que llamar a Lázaro por su nombre, porque si solo hubiera dicho "¡Ven fuera!", todos los muertos del cementerio habrían resucitado en ese instante. Tal es el poder de Su voz.

Esta es la promesa para ustedes hoy. Esa misma voz que llamó a Lázaro les llama a ustedes en su Bautismo. En la fuente bautismal, el viejo hombre —ese montón de huesos secos— fue ahogado, y un nuevo hombre fue creado. Como dice Romanos 8, si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús mora en ustedes, Él también dará vida a sus cuerpos mortales.

V. La Vida en el Espíritu (La Vida Cristiana)

¿Qué significa esto para mañana lunes por la mañana? San Pablo distingue entre vivir según la carne y vivir según el Espíritu. Vivir según la carne no es solo cometer pecados "sucios"; es confiar en uno mismo, vivir para este mundo, estar atrapado en la desesperanza de los huesos secos.

Vivir según el Espíritu es vivir en la justificación. Es saber que, aunque mis huesos se cansen y mi cuerpo envejezca, mi vida está segura en Cristo. El Salmo 130 nos recuerda: “En Jehová hay misericordia, y abundante redención con él”.

Nosotros no somos personas que "intentan" ser buenas para que Dios nos dé vida. Somos personas a las que Dios ya dio vida mediante el Evangelio, y por lo tanto, ahora vivimos para Él. Como Lázaro, salimos de la tumba todavía "atados" con las vendas de nuestras debilidades, pero Cristo ordena a Su Iglesia: "Desatadle, y dejadle ir". A través de la confesión y la absolución mutua, nos ayudamos a quitarnos las vendas del pecado que aún nos estorban.

VI. La Esperanza Final

La historia de Ezequiel termina con una promesa nacional que apunta a una realidad universal: “Pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis... y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice”.

Hermanos, el mundo está lleno de "valles de huesos secos": depresión, guerras, soledad, y finalmente, la tumba fría. Pero nosotros no somos un pueblo sin esperanza. Nuestra esperanza no es un "ojalá", es una certeza anclada en la tumba vacía de Jesucristo.

Si el Espíritu de Dios habita en ti, la muerte ya no tiene la última palabra. Tu enfermedad no tiene la última palabra. Tu pasado no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Aquel que es la Resurrección y la Vida. Él ha prometido abrir sus sepulcros y hacerlos subir de ellos.

Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús, hasta el día en que todos oigamos su voz llamándonos a la resurrección eterna. Amén.


Oremos

Oh Dios Todopoderoso, Padre de toda consuelo, te damos infinitas gracias porque a través de tu Palabra viva nos has sacado de la tumba del pecado y de la desesperación. Te rogamos que, así como diste vida a los huesos secos por la profecía de Ezequiel, y así como llamaste a Lázaro de su sepulcro, continúes llamándonos diariamente por tu Evangelio a una vida de arrepentimiento y fe.

Fortalece a los que están en el "valle de la sombra de muerte", consuela a los que lloran como Marta y María, y recuérdanos siempre que nuestro cuerpo es templo de tu Espíritu Santo. Que al salir de este lugar, llevemos con nosotros la victoria de Cristo sobre la muerte, viviendo no según la carne, sino según el Espíritu, en servicio a nuestro prójimo y en alabanza a tu santo Nombre.

Guárdanos en la verdadera fe hasta el día en que nos reúnas con todos los santos en la luz de tu presencia, donde ya no habrá llanto, ni dolor, ni muerte. Todo esto te lo pedimos en el nombre de aquel que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!