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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Domingo de Trinidad - Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia

31 de Mayo de 2026

Domingo de Trinidad.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 8; Génesis 1:1–2:4a; 2 Corintios 13:11–13; Mateo 28:16–20

Título: Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes. Hoy nos reunimos bajo la luz de la revelación divina para contemplar uno de los misterios más grandes y, a la vez, más consoladores de nuestra fe: el misterio de la Santa Trinidad. Las lecturas de este día nos llevan en un viaje teológico que abarca desde los albores de la creación hasta la culminación de la misión de la iglesia en la tierra. Vemos a Dios actuando en la historia, manifestándose como el Creador del universo, el Redentor de la humanidad caída y el Santificador que sostiene a su pueblo elegidos. A través de estas páginas sagradas, la teología luterana confiesa que no adoramos a un dios lejano o a una fuerza impersonal, sino al Dios trino que se ha inclinado hacia nosotros en amor, misericordia y gracia soberana.

Comenzamos nuestro recorrido en el libro de Génesis, donde se nos presenta el relato de la creación. Las palabras iniciales de la Escritura declaran: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Aquí encontramos el fundamento de todo lo que existe. Dios no necesitó de materia preexistente; él habló y de la nada surgió el cosmos. El texto nos dice que la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Pero en medio de esa oscuridad, el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Aquí ya vemos los primeros destellos de la pluralidad de personas en la unidad de la deidad. Dios habla, su Palabra genera vida y su Espíritu incuba la creación. A lo largo de los seis días de la creación, vemos un orden perfecto y una progresión que culmina con la formación del ser humano. En el consejo divino, Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Este uso del plural «hagamos» ha sido entendido históricamente por la iglesia cristiana como una indicación temprana de la comunión trinitaria. Dios no está solo; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo participan en la deliberación y en la ejecución de la obra creadora. El ser humano fue creado para reflejar esa imagen divina, para vivir en perfecta comunión con su Hacedor y para administrar la creación con justicia y rectitud. Al concluir su obra, Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era bueno en gran manera. El descanso del séptimo día santificó el orden de la creación, estableciendo un recordatorio permanente de la providencia divina.

Esta grandeza de la creación nos lleva de manera natural a las palabras del salmo ocho. El salmista, al contemplar la inmensidad del firmamento, las obras de los dedos de Dios, la luna y las estrellas que él formó, se siente abrumado por la pequeñez humana. Exclama con reverencia: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?». Esta es la paradoja de la existencia humana. Somos criaturas insignificantes en comparación con la vastedad del universo físico, y sin embargo, somos el objeto del amor supremo de Dios. El salmo continúa diciendo que Dios hizo al ser humano un poco menor que los ángeles, y lo coronó de gloria y de honra. Le dio el dominio sobre las obras de sus manos y puso todo bajo sus pies. Para los luteranos, este salmo no es simplemente un poema de alabanza a la naturaleza; es una profecía cristológica profunda. El autor de la epístola a los Hebreos nos enseña que estas palabras encuentran su cumplimiento último en Jesucristo. Fue Jesús quien se humilló a sí mismo, haciéndose un poco menor que los ángeles al asumir nuestra carne humana. Fue Jesús quien sufrió la muerte en la cruz para rescatar a la humanidad del pecado, de la muerte y del poder del diablo. Y, es Jesús quien ahora está coronado de gloria y de honra, sentado a la diestra del Padre, teniendo todas las cosas sujetas bajo sus pies. Por lo tanto, cuando leemos el salmo ocho, vemos el rostro de nuestro Redentor, el hombre perfecto que restauró la imagen de Dios que nosotros habíamos perdido en la caída.

El apóstol Pablo, en su segunda carta a los Corintios, concluye con una exhortación pastoral que resume la vida de la iglesia bajo la bendición trinitaria. Él escribe: «Por lo demás, hermanos, tengan gozo, perfecciónense, consuélense, sean de un mismo sentir, y vivan en paz; y el Dios de paz y de amor estará con ustedes». Esta comunidad de Corinto era una iglesia plagada de divisiones, pecados y conflictos doctrinales. Sin embargo, Pablo no los abandona a su propia suerte, sino que los apunta hacia la fuente de toda paz y unidad. La madurez y el consuelo no provienen de los esfuerzos humanos, sino de la presencia del Dios de paz. La bendición final que Pablo pronuncia es una de las declaraciones trinitarias más explícitas del Nuevo Testamento: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes». Esta fórmula apostólica no es un simple formalismo litúrgico. Es la entrega de los tesoros divinos a la iglesia. La gracia viene a través de Jesucristo, quien entregó su vida por nosotros; el amor es el origen de todo, proveniente del Padre que envió a su Hijo; y la comunión es la obra del Espíritu Santo, que nos une a Cristo y nos une unos con otros en un solo cuerpo. Esta bendición sostiene a la iglesia en medio de las pruebas y nos asegura que estamos envueltos en la vida misma del Dios trino.

Llegamos ahora al corazón de nuestro mensaje, el santo evangelio según San Mateo. El texto nos traslada a una montaña en Galilea, el lugar que Jesús había indicado a sus discípulos. Los once discípulos acudieron a la cita. El texto nos dice que cuando vieron a Jesús, le adoraron; pero algunos dudaban. Esta observación es sumamente reconfortante para nosotros hoy. Los discípulos, que habían caminado con Jesús, que habían visto sus milagros y que incluso eran testigos de su resurrección, todavía experimentaban momentos de flaqueza y duda. Jesús no los rechaza por su debilidad de fe. Él no busca hombres perfectos o héroes de la fe independientes; él busca pecadores que reconozcan su necesidad de él. En medio de sus dudas, Jesús se acerca a ellos. Su acercamiento no es para condenarlos, sino para fortalecerlos y darles una misión que cambiaría el rumbo de la historia humana.

Jesús se acercó y les habló diciendo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Esta declaración de soberanía absoluta es el fundamento de toda la vida y misión de la iglesia. Como luteranos confesionales, sostenemos que el Cristo crucificado es el mismo Cristo resucitado que gobierna el universo. Su autoridad no es tiránica, sino salvífica. Es la potestad del Rey de reyes que ha vencido al pecado, al infierno y a la tumba. Él tiene el derecho legal y divino sobre toda la creación porque la ha comprado no con oro o plata, sino con su sangre preciosa. Esta potestad asegura a la iglesia que, sin importar cuán hostil sea el mundo o cuán poderosas parezcan las fuerzas del mal, Cristo sigue estando en el trono. Las misiones de la iglesia no se realizan confiando en el poder político, los recursos económicos o las estrategias humanas, sino bajo el amparo de la autoridad soberana de nuestro Señor Jesucristo.

Basado en esa potestad incuestionable, Jesús emite el mandato supremo: «Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones». Aquí encontramos la gran comisión, el motor teológico de la cristiandad. La iglesia existe para testificar de Cristo y llevar las buenas nuevas de salvación a todo rincón del planeta. Hacer discípulos no es un llamado a moralizar a la sociedad o a imponer una cultura particular; es el llamado a traer a las personas al conocimiento salvador de la verdad. Jesús especifica los medios divinos a través de los cuales se cumple este mandato: «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». Notemos con precisión matemática la redacción del texto bíblico. Jesús dice «en el nombre», en singular, no en los nombres, en plural. Con esta sola frase, el Señor establece la unidad de la esencia divina y la trinidad de las personas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten un solo nombre, una sola naturaleza, una sola majestad y un solo poder, existiendo en una coigualdad eterna.

El santo bautismo no es una mera ceremonia humana de iniciación, ni un símbolo vacío de nuestro compromiso con Dios. En la teología luterana, el bautismo es un medio de gracia real y eficaz. Es el lavamiento de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo. Cuando una persona es bautizada en el nombre del Dios trino, la propiedad de su vida cambia de manos. Dios pone su nombre santo sobre el pecador, adoptándolo como su hijo querido. En el agua bautismal combinada con la palabra de Dios, nuestros pecados son ahogados, la vieja naturaleza es crucificada y nacemos a una vida nueva en Cristo. Es el acto soberano de Dios donde el perdón de los pecados, la liberación de la muerte y la salvación eterna nos son otorgados de manera gratuita. Por eso, el mandato de bautizar abarca a todas las naciones, sin distinción de raza, edad o condición social. El bautismo es el regalo del Padre, comprado por el Hijo y aplicado por el Espíritu Santo a cada alma sedienta de perdón.

Junto al bautismo, Jesús establece el segundo medio para hacer discípulos: «enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado». La iglesia cristiana es, por definición, una iglesia docente. No podemos separar la evangelización de la enseñanza de la sana doctrina. Enseñar a guardar todo lo que Cristo ha mandado significa mantenernos fieles a la totalidad de la Escritura. No tenemos el derecho de seleccionar qué doctrinas nos agradan y cuáles preferimos ignorar para adaptarnos a las corrientes culturales del momento. Debemos proclamar todo el consejo de Dios: el juicio severo de la ley que expone nuestro pecado y la consoladora dulzura del evangelio que nos ofrece el perdón gratuito por los méritos de Cristo. Esta enseñanza continua es la que nutre la fe, protege a la grey de los falsos maestros y capacita a los creyentes para vivir una vida de santidad que glorifique el nombre de Dios.

El evangelio concluye con la promesa más hermosa y sustentadora que Jesús pudo haber dejado a su iglesia: «y he aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Qué palabras tan magníficas para cerrar este evangelio. Jesús no nos deja solos frente a la inmensidad de la tarea. Él no ascendió al cielo para desentenderse de sus siervos en la tierra. Él promete su presencia real, continua y reconfortante. Él está con nosotros «todos los días», lo que significa que está presente tanto en los días de triunfo y alegría como en los días de persecución, dolor, duda y sufrimiento. Esta promesa de su presencia se cumple de manera especial a través de los medios de gracia. Cristo está presente donde se predica fielmente su palabra y donde se administran correctamente sus sacramentos. Cuando escuchamos el mensaje de la absolución, es la voz de Cristo la que nos perdona. Cuando comemos el pan y bebemos el vino en la Santa Cena, recibimos el cuerpo y la sangre verdaderos de nuestro Salvador para el perdón de nuestros pecados y el fortalecimiento de nuestra fe.

Al conectar todas nuestras lecturas de hoy, podemos ver el hilo conductor de la revelación divina. El Dios que creó los cielos y la tierra en el principio, el Dios cuyo nombre es excelso en toda la tierra y que coronó al ser humano de gloria, es el mismo Dios que nos amó de tal manera que envió a su Hijo unigénito al mundo. Ese Hijo, nuestro Señor Jesucristo, después de cumplir la obra de la redención en la cruz y de triunfar sobre la muerte en su resurrección, nos envía al mundo investido con toda potestad para rescatar a los perdidos a través del agua y de la palabra. Y el Espíritu Santo, que se movía sobre la faz de las aguas en la creación, sigue moviéndose hoy a través de la predicación del evangelio, creando fe en los corazones y congregando a la iglesia en la unidad de la fe verdadera.

Por lo tanto, amados hermanos, la doctrina de la Santa Trinidad no es una teoría filosófica abstracta para ser discutida únicamente por teólogos en salones de clase. Es la realidad viva e histórica de nuestra salvación. Confesamos al Dios trino porque es el Dios que nos ha creado, nos ha redimido y nos ha santificado. Vivimos cada día bajo su bendición apostólica, consolados por su gracia, sostenidos por su amor y unidos en su comunión. No caminamos solos en este mundo caído. Aunque veamos que las sociedades cambian, que las instituciones humanas se desmoronan y que la iglesia enfrenta vientos de apostasía y confusión, nos aferramos a la promesa inquebrantable de nuestro Salvador. Él está con nosotros todos los días. Su palabra no fallará. Su bautismo permanece firme como un sello inquebrantable de nuestra adopción eterna. Que el Dios de paz, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sople su aliento de vida sobre cada uno de ustedes, les conceda firmeza en la fe, valentía en el testimonio y un gozo rebosante en su presencia, guardando sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús para la vida eterna.


Oremos:

Señor Dios, Padre celestial, creador del universo y sustentador de nuestras vidas; te damos gracias infinitas porque no te has quedado en el silencio de tu majestad eterna, sino que te has revelado a nosotros como el Dios trino de gracia y misericordia. Te alabamos por tu amor incomprensible que nos formó a tu imagen, y por tu compasión que nos rescató cuando estábamos perdidos en las tinieblas de nuestro pecado. Te rogamos, amado Señor Jesucristo, que nos mantengas siempre firmes en la confesión de la verdadera fe. Concédenos la gracia de acudir siempre a tu santo bautismo para hallar consuelo frente a las acusaciones del enemigo, y nútrenos continuamente con tu palabra y con tu cuerpo y sangre sacramentales. Derrama tu Espíritu Santo sobre tu iglesia, para que proclamemos con valentía y fidelidad tu evangelio a todas las naciones, bautizando y enseñando conforme a tu santo mandato. Fortalece a los que dudan, consuela a los afligidos y mantennos unidos en el lazo de la paz perfecta que solo tú puedes dar. Quédate con nosotros todos los días, conforme a tu promesa fiel, hasta que nos congregues a todos en tu reino celestial para alabarte por los siglos de los siglos en la unidad de la deidad eterna.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Día de Pentecostés - Las llagas de la paz y el soplo del perdón



24 de Mayo de 2026

Día de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 104:24-34, 35b; Hechos 2:1-21; 1 Corintios 12:3b-13; Juan 20:19-23

Título: Las llagas de la paz y el soplo del perdón

En el nombre de Jesús, queridos hermanos, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde hoy y siempre sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús, nuestro único Señor y Salvador.

Hoy nos reunimos para celebrar la maravillosa fiesta de Pentecostés, un día que con frecuencia definimos como el nacimiento de la iglesia cristiana, pero que en realidad es la manifestación pública del cumplimiento de la promesa de nuestro señor. Las lecturas de esta jornada, que abarcan desde la vibrante alabanza del Salmo 104 hasta el relato histórico de Hechos 2 y la instrucción teológica de 1 Corintios 12, encuentran su centro, su ancla y su verdadera interpretación en las palabras del santo evangelio según san Juan, en el capítulo 20, versículos del 19 al 23. Es allí, en el aposento alto, donde la teología luterana de la cruz se muestra en toda su pureza y consuelo, revelándonos que el Espíritu Santo no viene a nosotros a través de especulaciones místicas o glorias humanas, sino mediante las heridas de Cristo, la proclamación de la paz y el beneficio directo del perdón de los pecados.

Para comprender la magnitud de lo que ocurre en Pentecostés, debemos primero mirar el escenario sombrío que nos presenta el evangelio de Juan. Es el atardecer del primer día de la semana, el mismo día en que la tumba fue encontrada vacía. Los discípulos no están celebrando una victoria ni organizando un movimiento global; al contrario, están escondidos. El texto nos dice explícitamente que las puertas estaban cerradas por temor a los judíos. El miedo es una fuerza paralizante que distorsiona la realidad y encierra al ser humano en su propio egoísmo y desesperación. Aquellos hombres habían visto los milagros de Jesús, habían escuchado sus promesas sobre la resurrección; pero en ese momento el peso de la ley, el peso del pecado por haber abandonado a su maestro y el miedo a sufrir el mismo destino violento los mantenía en una prisión autoimpuesta.

Esta condición de los discípulos es un vivo reflejo del ser humano caído bajo el juicio de la ley divina. Según nuestra doctrina luterana, expresada con claridad en las confesiones de Augsburgo y en la fórmula de concordia, el hombre por sus propias fuerzas, por su propia razón o elección, no puede creer en Jesucristo ni acudir a él. Nuestra voluntad natural está cautiva, muerta en delitos y pecados, y detrás de nuestras puertas cerradas solo hay temor, duda y una total incapacidad para salvarnos a nosotros mismos. Los discípulos no abrieron la puerta para que Jesús entrara; no prepararon un ambiente de oración ferviente para atraer la presencia divina. La iniciativa pertenece enteramente a Dios.

En medio de ese encierro y de ese miedo abrumador, Jesús se presentó en medio de ellos. Ninguna barrera física, ningún cerrojo humano y ningún corazón endurecido por el temor pueden impedir que el Cristo resucitado sature el espacio con su presencia. Sus primeras palabras no son de reproche, no reprende a Pedro por su negación, ni a los demás por haber huido en el huerto de Getsemaní. Su saludo es la declaración definitiva del evangelio: «Paz a ustedes». Esta frase no es un simple deseo cortés ni un saludo superficial de la época; es una proclamación judicial y objetiva. Es la paz que se ha comprado con un precio infinito, la reconciliación vertical entre el creador y la criatura que había sido rota en el Edén.

Inmediatamente después de saludarlos, el evangelista nos dice que Jesús les mostró las manos y el costado. Este detalle es fundamental para nuestra fe luterana, la cual se aferra con firmeza a los medios de gracia visibles e históricos. Jesús no se presenta como un espíritu incorpóreo o como una idea abstracta; se muestra en su carne resucitada que aún conserva las marcas de la crucifixión. Las heridas de Cristo son las credenciales de su victoria y la prueba innegable de que el mismo que murió en la cruz por nuestros pecados es el que ahora vive para siempre. Al ver sus heridas, los discípulos comprendieron que la deuda de su pecado estaba completamente pagada. La visión de las llagas transformó el miedo en un gozo desbordante. La alegría de la iglesia no proviene de mirar hacia adentro, hacia sus propias virtudes o hacia su fidelidad, sino de mirar hacia afuera, hacia las marcas del sacrificio de su redentor.

Es en este contexto de paz ganada en la cruz y confirmada en la resurrección donde Jesús repite el saludo y les confiere su misión divina: «Como me envió el Padre, así también yo los envío». La iglesia no inventa su propio mensaje ni define su propio propósito; la iglesia es enviada a continuar la entrega de los bienes que Cristo adquirió en el Calvario. Y para que esta misión sea posible, el texto nos regala una acción sumamente profunda y deliberada de nuestro señor: sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo».

Este acto de soplar nos remite de manera directa al Génesis, cuando Dios sopló aliento de vida en la nariz del primer hombre y este se convirtió en un ser viviente. En el aposento alto, Jesús está realizando una nueva creación. La antigua humanidad, muerta por el pecado de Adán, recibe ahora el aliento del segundo Adán, el Espíritu Santo, que es el dador de la vida espiritual. Este soplo es el mismo viento recio que más tarde, en el día de Pentecostés descrito por el evangelista Lucas en el libro de los Hechos, llenaría toda la casa con lenguas de fuego. El evangelio de Juan nos muestra la fuente teológica de ese viento: el Espíritu Santo procede del Hijo y es soplado sobre la iglesia a través de la palabra viva de Jesús.

Aquí debemos detenernos para enfatizar la consistencia de las escrituras respecto al obrar del Espíritu Santo. En la lectura de Hechos 2, vemos la manifestación espectacular del Espíritu que capacita a los apóstoles para hablar en diferentes lenguas. Los hombres que estaban en Jerusalén, provenientes de todas las naciones conocidas bajo el cielo, los oían hablar en sus propios idiomas las maravillas de Dios. Este milagro no tenía como fin el espectáculo o el entretenimiento emocional, sino la comunicación clara y comprensible del evangelio. El Espíritu Santo opera siempre mediante la palabra exterior, articulada y proclamada. Pentecostés es la reversión de la torre de Babel; allí donde el orgullo humano causó la confusión de lenguas y la dispersión, el Espíritu Santo trae la unidad mediante la predicación de la cruz en un lenguaje que cada persona puede entender y atesorar en su corazón.

Cuando el apóstol Pedro se levanta ante la multitud en ese primer Pentecostés, no predica sobre sus propias experiencias místicas ni exalta el poder de las lenguas; su sermón se centra firmemente en Jesucristo, el crucificado y resucitado, demostrando mediante las escrituras que él es el Mesías prometido. El punto cumbre de la profecía de Joel, citada por Pedro, nos recuerda que «todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvado». Esta salvación es el fruto directo de la obra del Espíritu Santo, quien nos llama mediante el evangelio, nos ilumina con sus dones, y nos santifica y conserva en la verdadera fe.

Esta misma verdad es desarrollada por el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios. Pablo escribe a una iglesia que estaba profundamente dividida por causa de malentendidos sobre los dones espirituales, donde algunos pretendían ser superiores a otros debido a ciertas manifestaciones externas. El apóstol los corrige de inmediato al establecer el criterio fundamental: «Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: ¡Sea anatema Jesús!; y nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor!, sino por el Espíritu Santo». El papel del Espíritu Santo es siempre cristocéntrico. Su obra principal no es llamar la atención sobre sí mismo, sino glorificar a Jesucristo, apuntar hacia él y darnos la fe necesaria para confesar que ese Jesús colgado en la cruz es nuestro dueño absoluto y salvador.

El texto de 1 Corintios nos recuerda que hay diversidad de dones, de ministerios y de actividades, pero el Dios que hace todas las cosas en todos es el mismo. El bautismo es el gran nivelador y unificador de la iglesia. Pablo afirma con absoluta claridad que «por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu». En las aguas del santo bautismo, Dios destruye las barreras raciales, sociales y económicas. No hay cristianos de primera o segunda clase; cada uno de ustedes ha sido sumergido en la muerte de Cristo y resucitado a una nueva vida, recibiendo el mismo Espíritu Santo que los une en un solo cuerpo místico, que es la iglesia.

Esta unidad y provisión de Dios no es algo nuevo en la historia de la creación. El Salmo 104 nos eleva la mirada hacia la soberanía y la providencia de Dios sobre todo el universo. El salmista contempla la inmensa variedad de las criaturas en la tierra y en el mar, reconociendo que todas ellas esperan que el creador les dé su comida a su tiempo. El pasaje poético señala que si Dios les quita el hálito, mueren y vuelven al polvo, pero si envía su Espíritu, son creadas, y así se renueva la faz de la tierra. Hay una hermosa continuidad entre el Espíritu que flotaba sobre las aguas en la creación inicial, el Espíritu que preserva la vida natural de cada criatura, y el Espíritu Santo que sopla Jesús en el aposento alto para la recreación de la humanidad. El Dios que sustenta sus vidas físicas mediante el sol, la lluvia y el alimento diario, es el mismo Dios que sustenta sus vidas espirituales mediante la palabra y los sacramentos.

Regresando al evangelio de Juan, después de soplar sobre los discípulos y entregarles el Espíritu Santo, Jesús pronuncia unas palabras que constituyen la base del ministerio pastoral y de la práctica de la absolución en nuestra iglesia luterana: «A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos». Estas palabras instituyen el oficio de las llaves, un poder soberano y divino que Cristo confía a su iglesia en la tierra para el beneficio de las conciencias angustiadas.

Para la teología de la iglesia luterana, este pasaje no se interpreta como un poder arbitrario otorgado a hombres particulares para que gobiernen tiránicamente sobre las almas, sino como el regalo supremo del evangelio aplicado individualmente. Cuando el pastor llamado por la iglesia se sitúa ante la congregación y dice: «Por mandato de mi señor Jesucristo, te perdono todos tus pecados», no está hablando por sí mismo, sino en el lugar y por orden de Cristo. El perdón que se pronuncia en la tierra tiene validez total en el cielo, porque está respaldado por la sangre de Jesús y por la autoridad de su propia palabra. El Espíritu Santo utiliza la voz humana del ministro para entregar de manera concreta, objetiva y real la reconciliación lograda en la cruz.

Por otra parte, la retención de los pecados, el declarar que los pecados de alguien no están perdonados mientras persista en la impenitencia, es el uso de la ley en su función más severa. No se hace por malicia, sino como un llamado urgente al arrepentimiento. Si una persona rechaza el sacrificio de Cristo y desea permanecer en su pecado, la iglesia tiene la obligación amorosa pero firme de advertirle que se encuentra bajo el juicio de Dios, con el único propósito de que su corazón sea quebrantado y pueda, finalmente, recibir el consuelo del perdón.

El evangelio de hoy nos muestra que el centro de la fiesta de Pentecostés es el perdón de los pecados. El Espíritu Santo no viene para infundirnos un entusiasmo pasajero, ni para empujarnos a buscar experiencias emocionales extraordinarias que dejen el alma en la incertidumbre al día siguiente. El consuelo luterano descansa en el hecho de que el Espíritu Santo trabaja de manera humilde y escondida a través de los medios que cristo nos dejó. Viene a nosotros en el agua del bautismo, donde fuimos regenerados; viene en la palabra de la absolución, que limpia nuestra conciencia; y viene en el pan y el vino del santo altar, donde comemos y bebemos el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro señor para el perdón de los pecados y el fortalecimiento de nuestra fe.

Es común que en el mundo actual nos encontremos a menudo como los discípulos en aquel primer día de la semana: con las puertas del corazón cerradas por el miedo, la ansiedad, la culpa y la incertidumbre del futuro. Miramos a nuestro alrededor y vemos una sociedad fragmentada, llena de hostilidad, donde la verdad se distorsiona y la desesperanza parece ganar terreno. Incluso dentro de nuestras familias o en nuestro fuero interno, cargamos con el peso de nuestros errores, con el remordimiento de las palabras que no debimos decir y con la culpa de las acciones que ofendieron a Dios y al prójimo. El diablo utiliza ese temor para susurrarnos que estamos solos, que Dios nos ha abandonado debido a nuestra infidelidad y que nuestras puertas cerradas son definitivas.

Pero hoy, la palabra de Dios rasga ese velo de mentiras. El mismo Jesús que entró en el aposento alto se presenta hoy aquí, en medio de esta congregación, a través de la lectura y la predicación de su palabra. Él se coloca en el centro de sus vidas y les dice con total autoridad: «Paz a ustedes». Sus heridas siguen hablando en su favor ante el trono celestial y en la comunión de los santos. El Espíritu Santo, soplado desde la cruz y derramado en Pentecostés, está obrando en este preciso instante en sus corazones, derribando los muros del miedo y recordándoles que su identidad no se basa en lo que ustedes hacen por Dios, sino en lo que Dios ya hizo por ustedes en su hijo Jesucristo.

La fe que el Espíritu Santo engendra en nosotros nos permite mirar las escrituras con una armonía perfecta. Nos une al coro del Salmo 104 para alabar la inmensa sabiduría del creador, sabiendo que el mismo Dios que cuida de las aves y de las criaturas del mar nos ha redimido a nosotros, sus hijos amados. Nos une a la multitud de Hechos 2, permitiéndonos escuchar la predicación apostólica no como un relato del pasado, sino como una realidad presente que nos rescata del juicio y nos da la salvación. Y nos integra al cuerpo descrito en 1 Corintios 12, donde cada uno de ustedes, con sus diferentes talentos, personalidades y llamados específicos en la vida cotidiana, es un miembro valioso y necesario para el servicio al prójimo y la edificación mutua.

Queridos hermanos, no busquen al Espíritu Santo en las nubes de la especulación ni en el fuego de las emociones humanas inconstantes. Búsquenlo donde él ha prometido estar: en las palabras del evangelio que perdonan sus faltas, en el agua que los adoptó como hijos de Dios y en la santa cena que los alimenta para la vida eterna. Allí, el Espíritu Santo realiza su obra más grandiosa: mantenerlos unidos a Cristo, el Salvador resucitado. Que la paz del Señor, que sobrepasa todo entendimiento, llene por completo sus hogares, alivie sus tensiones, disipe sus temores y los conserve firmes en la única fe verdadera hasta el día de su venida gloriosa.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias infinitas porque no nos dejaste en la orfandad ni atrapados detrás de las puertas del temor y del pecado, sino que nos enviaste a tu Hijo amado para ganar nuestra paz en la cruz y nos diste el don inefable de tu Espíritu Santo mediante la predicación de tu santa palabra. Te suplicamos humildemente que derrames siempre este buen Espíritu en nuestros corazones, para que por su gracia permanezcamos firmes en la verdadera fe, confesando con valentía que Jesucristo es el Señor de nuestras vidas. Concede a tu iglesia fidelidad en la administración del oficio de las llaves, para que las conciencias heridas encuentren siempre el alivio del perdón absoluto. Renueva la faz de la tierra mediante la difusión de tu evangelio en todas las naciones y mantennos unidos en el lazo de la paz como un solo cuerpo en Cristo. Cuida de nosotros en medio de las pruebas de este mundo, danos el gozo de tu salvación y condúcenos finalmente a la gloria eterna, donde junto con el Espíritu Santo te alabaremos por los siglos de los siglos, en el sagrado nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Séptimo Domingo de Pascua - La gloria de la cruz y el amparo del padre: la seguridad de la iglesia en la oración de cristo



17 de Mayo de 2026

Séptimo Domingo de Pascua.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmos 68:1-10, 32-35; Hechos 1:6-14; 1 Pedro 4:12-14; 5:6-11; Juan 17:1-11

Título: La gloria de la cruz y el amparo del padre: la seguridad de la iglesia en la oración de cristo

Queridos hermanos en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de aquel que fue glorificado en la cruz para nuestra redención estén con todos ustedes. Hoy nos reunimos bajo la sombra de la ascensión del Señor, en ese tiempo de espera donde la iglesia aguarda la promesa del Espíritu Santo, pero sobre todo, donde escuchamos las palabras más profundas de nuestro maestro antes de entregarse por nosotros. La doctrina luterana nos enseña que la Escritura es la única fuente de fe y vida, y en los textos de este día encontramos un hilo conductor maravilloso: la gloria de Dios manifestada en la debilidad humana y el consuelo divino en medio de la prueba. Nuestra iglesia siempre ha enfatizado la distinción clara entre la ley y el evangelio, y es bajo esa luz que debemos escudriñar estas lecturas.

Empezamos con el Salmo sesenta y ocho, un himno de victoria que nos recuerda que cuando Dios se levanta, sus enemigos huyen. Pero, ¿quiénes son esos enemigos? No son simplemente ejércitos terrenales, sino el pecado, la muerte y el diablo. El salmista nos dice que Dios es padre de huérfanos y defensor de viudas. Esta es una característica fundamental de nuestro Dios: él no se revela en la pompa mundana, sino en el cuidado de los que no tienen esperanza. Él da a los solitarios un hogar y saca a los cautivos a la prosperidad. Esta imagen del Dios que desciende para elevar al caído es el preludio perfecto para entender la encarnación y la obra de Cristo. Los reinos de la tierra son llamados a cantar a Dios porque el poder y la majestad pertenecen a él, pero ese poder se manifiesta en su santuario, que para nosotros es su palabra y sus sacramentos.

En el libro de los Hechos vemos a los discípulos todavía confundidos por la naturaleza del reino de Dios. Ellos preguntan si es este el tiempo en que se restaurará el reino a Israel. Ellos buscaban un reino político, una liberación de la opresión romana, una gloria visible. Pero Jesús los corrige suavemente. No les toca a ellos saber los tiempos o las razones. Su tarea no es gobernar un lugar terrenal, sino ser testigos. Y aquí está la clave: recibirán poder cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo. El poder de la iglesia cristiana no reside en su organización o en su influencia social, sino en el testimonio fiel de la muerte y resurrección de Jesús. Tras la ascensión, los discípulos no se dispersan ni se desesperan; regresan a Jerusalén y perseveran unánimes en oración. Estaban esperando, confiando en la promesa. Esta es la actitud de la iglesia militante: una espera activa, cimentada en la oración y en la comunión, sabiendo que el Cristo que ascendió es el mismo que prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo.

Pedro, en su epístola, nos prepara para la realidad de vivir en un mundo caído. Nos dice que no nos sorprendamos del fuego de prueba que nos ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña nos aconteciese. Para el cristiano, el sufrimiento por el nombre de Cristo no es una señal de la ausencia de Dios, sino más bien una participación en sus padecimientos. La iglesia cristiana luterana sostiene firmemente que la teología de la cruz debe prevalecer sobre cualquier teología de la gloria. El mundo nos dice que si Dios nos ama, todo debe ir bien; la Escritura nos dice que si somos de Cristo, el mundo nos odiará. Pedro nos insta a humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, para que él nos exalte cuando sea tiempo. La ansiedad que carcome nuestra sociedad moderna encuentra aquí su remedio: echen toda su ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de ustedes. Debemos ser sobrios y velar, porque el diablo, como león rugiente, busca a quién devorar. Pero nuestra resistencia no es por nuestra propia fuerza, sino por la fe en aquel que ya venció al león. Dios, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después de que hayamos padecido un poco de tiempo, él mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá.

Llegamos ahora al corazón de nuestro sermón, el evangelio de Juan capítulo diecisiete. Estamos ante la oración sumo sacerdotal de Jesús. Es un momento sagrado donde se nos permite escuchar la conversación íntima entre el hijo y el padre. Jesús levanta sus ojos al cielo y dice: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu hijo, para que también tu hijo te glorifique a ti». ¿Cuál es esa hora? Es la hora de la cruz. Para el mundo, la cruz es el colmo de la vergüenza y el fracaso; para Jesús, es su glorificación. Aquí vemos la paradoja central de nuestra fe. La gloria de Dios no se ve en un trono de oro, sino en un madero sangriento. Es allí donde se cumple la vida eterna, que consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien él ha enviado. El conocimiento del que habla Juan no es una mera información intelectual, sino una relación de confianza y entrega, un reconocimiento de que toda nuestra vida depende de la obra de cristo.

Jesús afirma haber acabado la obra que el padre le dio que hiciese. Esta es la base de nuestra justificación por la sola fe. Si Jesús acabó la obra, no queda nada que nosotros podamos añadir. No hay méritos humanos, no hay buenas obras que puedan completar la redención. Todo está consumado. Jesús ha manifestado el nombre de Dios a los hombres que el padre le dio del mundo. Nosotros, que por naturaleza estábamos muertos en delitos y pecados, hemos sido apartados por la palabra de Dios. Jesús ora específicamente por nosotros, no por el mundo en abstracto, sino por aquellos que han recibido sus palabras y han creído que él salió de Dios. Esta distinción es vital: la iglesia es el cuerpo de aquellos que se aferran a la palabra de cristo en medio de un mundo hostil.

La oración de Jesús continúa con una petición de protección: «Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros». La unidad de la iglesia no es algo que nosotros fabricamos mediante acuerdos humanos o compromisos doctrinales que diluyen la verdad. La unidad es un don de Dios, una participación en la unidad que existe entre el padre y el hijo. Somos guardados en el nombre de Dios, que es su revelación, su palabra y su bautismo. En un tiempo donde la iglesia parece fragmentada y débil, estas palabras nos dan una seguridad inquebrantable. No somos nosotros quienes sostenemos a la iglesia; es la oración intercesora de nuestro sumo sacerdote la que nos mantiene firmes.

Al meditar en estas lecturas, vemos que nuestra identidad no está definida por nuestras circunstancias, sino por nuestra relación con Cristo. El Salmo nos dio la visión del Dios victorioso; Hechos nos mostró la misión de la iglesia; Pedro nos enseñó a sufrir con esperanza; y Juan nos reveló la fuente de toda nuestra fuerza: la intercesión de Jesús. Como luteranos, nos gloriamos solo en la cruz. Reconocemos que somos pecadores y santos al mismo tiempo. Pecadores por nosotros mismos, afligidos por la ansiedad y la tentación que Pedro describe, pero santos por la declaración de Dios en el evangelio, protegidos por la oración de Jesús.

El mundo en el que vivimos hoy no es muy diferente del mundo de los apóstoles. Sigue habiendo confusión sobre el reino de Dios, sigue habiendo persecución y sigue habiendo la necesidad desesperada de escuchar que hay un Dios que tiene cuidado de nosotros. La respuesta a todos estos desafíos no es un nuevo programa social o una espiritualidad subjetiva, sino el retorno constante a las palabras de Jesús en el aposento alto. Él ya ha pedido por ti. Él ya ha vencido. La gloria que él compartió con el Padre desde antes de la fundación del mundo es la misma gloria que ahora, por pura gracia, se nos imputa a nosotros.

Por lo tanto, no teman a las pruebas de fuego. No se dejen abatir por la ansiedad de este siglo. Su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando sientan que el león rugiente se acerca, recuerden que ustedes pertenecen a aquel que ascendió a lo alto llevando cautiva la cautividad. Cuando duden de su salvación, escuchen a Jesús diciendo al Padre: «He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra». Ustedes son del Padre porque el Hijo los ha reclamado. Esa es la certeza que nos permite vivir con alegría incluso en medio de las lágrimas. Es la fe que profesamos en nuestros credos y que confesamos ante el mundo. Que el Espíritu Santo sella en sus corazones esta verdad: que Cristo es su vida, su gloria y su paz eterna.

Oremos

Dios todopoderoso y eterno, te damos gracias porque en tu infinito amor enviaste a tu Hijo para que fuera nuestro mediador y abogado. Te pedimos que, así como él oró por sus discípulos, continúes guardándonos en tu nombre y protegiéndonos de todo mal. Fortalece nuestra fe para que no desmayemos ante las pruebas y danos tu Espíritu para que seamos testigos fieles de tu verdad. Que la gloria de Cristo brille en nuestras vidas y que, al final de nuestro camino terrenal, podamos participar de la plenitud de tu reino. Por Jesucristo, tu hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Sexto Domingo de Pascua - La promesa del Consolador: Nunca más huérfanos



10 de Mayo de 2026

Sexto Domingo de Pascua.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmos 66:8-20; Hechos 17:22-31; 1 Pedro 3:13-22; Juan 14:15-21

Título: La promesa del Consolador: Nunca más huérfanos

Amados hermanos y hermanas en nuestro señor Jesucristo, que la gracia y la paz de Dios el padre, de su Hijo nuestro salvador y del Espíritu Santo, el Consolador prometido, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Nos reunimos hoy bajo el amparo de la Palabra eterna, esa Palabra que es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino. En este día, las lecturas que la Iglesia nos propone nos llevan a considerar la profundidad de la relación que Dios ha establecido con nosotros, una relación que no se basa en nuestros méritos, sino en su amor incondicional y en la obra redentora de Cristo. Nuestra Iglesia, y específicamente nuestras confesiones, se aferran con firmeza a la distinción entre la ley y el evangelio, y en los textos de hoy vemos esta distinción brillar con una claridad que nos da vida.

Al observar el libro de los hechos de los apóstoles, encontramos al apóstol Pablo en Atenas. Él está rodeado de ídolos y de personas que buscan ansiosamente la verdad en la sabiduría humana. Pablo les habla del Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay. Les dice que Dios no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres como si necesitara de algo, pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Este pasaje nos confronta con la majestad de Dios y nuestra total dependencia de él. Pablo señala que Dios ha fijado un día en el cual juzgará al mundo con justicia por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos. Aquí vemos la ley que nos llama al arrepentimiento y el evangelio que nos presenta a Cristo resucitado como nuestra única esperanza ante el juicio venidero.

El salmo 66 nos invita a bendecir a nuestro Dios y a hacer oír la voz de su alabanza. El salmista reconoce que Dios ha preservado la vida de nuestra alma y no permitió que nuestros pies resbalaran. Aunque nos ha probado como se prueba la plata, y nos ha hecho pasar por el fuego y por el agua, al final nos ha sacado a la abundancia. Esta es la experiencia del cristiano: una vida de pruebas bajo el cuidado soberano de Dios. No es una vida libre de dolor, sino una vida donde el dolor tiene un propósito y donde la liberación es segura gracias a la fidelidad de nuestro padre celestial. Dios escucha nuestra oración y no aparta de nosotros su misericordia, una misericordia que encuentra su máxima expresión en el sacrificio de Jesús.

En la primera epístola de San Pedro, se nos recuerda que Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Pedro conecta esta obra de Cristo con el bautismo, el cual ahora nos salva. En nuestra doctrina luterana, el bautismo no es una simple representación simbólica o una obra que nosotros hacemos para demostrar nuestra fe. El bautismo es un medio de gracia, una obra de Dios en la cual él nos lava, nos regenera y nos da una buena conciencia mediante la resurrección de Jesucristo. Es el arca que nos pone a salvo del juicio, uniendo nuestra vida a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Por eso, aun cuando suframos por causa de la justicia, podemos estar tranquilos, sabiendo que nuestra identidad y nuestro destino están sellados en las aguas del bautismo.

Llegamos ahora al corazón de nuestra meditación en el evangelio de Juan. Jesús dice: «si me aman, obedezcan mis mandamientos». A menudo, estas palabras se malinterpretan como una condición legalista, como si el amor de Dios dependiera de nuestra obediencia. Pero en la teología luterana, entendemos que la obediencia es el fruto de la fe, no su causa. El amor por Jesús nace de haber sido amados por él primero. Cuando comprendemos que él dio su vida por nosotros, que él nos perdonó y nos rescató de la condenación, nuestro corazón responde con un deseo natural de vivir de acuerdo con su voluntad. Guardar sus mandamientos no es una carga pesada para el que ha sido liberado por el evangelio; es la expresión gozosa de una nueva criatura que encuentra su delicia en la palabra de su Señor.

Jesús sabe que no podemos vivir esta vida de fe por nuestras propias fuerzas. Nuestra naturaleza humana está inclinada al pecado y nuestra voluntad es débil. Por eso, él nos hace una promesa asombrosa: «Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre». Este otro consolador es el espíritu de verdad. La palabra que jesús usa es paracleto, alguien que es llamado a estar al lado de nosotros para ayudarnos, defendernos y fortalecernos. El mundo no puede recibir a este espíritu porque no lo ve ni lo conoce, pero nosotros lo conocemos porque mora con nosotros y estará en nosotros. Esta presencia del Espíritu Santo es lo que nos permite perseverar en medio de un mundo que a menudo es hostil a la fe cristiana.

La promesa continúa con palabras de un consuelo inefable: «no los dejaré huérfanos; vendré a ustedes». En la cultura de aquel tiempo, ser huérfano significaba estar desprotegido, sin herencia y sin identidad. Jesús nos asegura que nunca estaremos en esa condición. Aunque él iba a la cruz, y luego ascendería al cielo, su presencia con su Iglesia es real y constante. Él viene a nosotros hoy a través de su Palabra predicada y a través del Sacramento del Altar. No somos una comunidad que recuerda a un líder muerto del pasado; somos el cuerpo de un Cristo vivo que se manifiesta a los suyos. «Dentro de poco, el mundo no me verá más; pero ustedes me verán; y porque yo vivo, ustedes también vivirán». Nuestra vida está injertada en la vida de Jesús. Su resurrección es la garantía de la nuestra.

Jesús explica que en aquel día conoceremos que él está en su Padre, y nosotros en él, y él en nosotros. Esta unión mística es el regalo supremo de la salvación. A través de la fe, somos uno con Cristo. Sus méritos son nuestros méritos, su justicia es nuestra justicia. Cuando el Padre nos mira, no ve nuestros trapos de inmundicia ni nuestras fallas constantes; ve la perfección de su hijo amado cubriéndonos. Esta es la esencia de la justificación por la fe, el artículo sobre el cual la Iglesia se mantiene en pie o cae. No hay mayor consuelo que saber que nuestra posición ante Dios es segura debido a la obra de Jesús y a la presencia del Espíritu Santo que nos mantiene unidos a él.

El Señor recalca: «El que tiene mis mandamientos, y los obedece, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y me manifestaré a él». Aquí Jesús une el amor, la obediencia y la comunión íntima con Dios. Esta manifestación de Jesús no es algo reservado para unos pocos religiosos, sino que es la realidad diaria de cada cristiano que vive en el arrepentimiento y la fe. Jesús se manifiesta a usted cuando, en medio de su angustia, usted encuentra paz en una promesa bíblica. Él se manifiesta a usted cuando, al recibir la Santa Cena, usted escucha las palabras «dado y derramado por usted para el perdón de los pecados». Esa es la manifestación de Cristo: su gracia aplicada personalmente a su necesidad.

Como Cristianos Luteranos, valoramos profundamente la claridad de las escrituras. Pablo en Atenas no predicó una filosofía oscura, sino que llamó al arrepentimiento basado en hechos históricos. Pedro no nos dio reglas morales abstractas, sino que nos recordó el poder del Bautismo. Y Jesús no nos dejó un sistema de leyes imposibles de cumplir, sino que nos envió al Espíritu Santo. El Espíritu es quien nos convence del pecado, nos señala a Cristo y nos da el poder para amar a nuestro prójimo. Sin el Espíritu Santo, el cristianismo sería solo otra religión de esfuerzos humanos. Con el Espíritu Santo, el cristianismo es la vida de Dios fluyendo a través de personas redimidas.

En el mundo actual, enfrentamos muchos desafíos que intentan hacernos sentir como huérfanos. La presión social, los problemas económicos, las crisis familiares y la misma duda que surge de nuestro propio corazón pueden hacernos pensar que estamos solos. Pero la palabra de hoy nos dice lo contrario. Usted no está solo. El Espíritu de verdad habita en usted. El Padre lo ama con el mismo amor con que ama a su Hijo. Jesús intercede por usted constantemente. Esta es la realidad objetiva de su vida como hijo de Dios, sin importar cómo se sienta en un momento determinado. Los sentimientos cambian, las circunstancias fluctúan, pero la promesa de Jesús permanece firme: «estaré con ustedes para siempre».

Por lo tanto, vivamos con la esperanza que Pedro menciona. Si el mundo nos pide razón de nuestra esperanza, hablemos de aquel que murió y resucitó. Hagámoslo con mansedumbre, sabiendo que nosotros también somos pecadores que dependen totalmente de la gracia. No tenemos nada que no hayamos recibido. Nuestra sabiduría, nuestra fe y nuestra capacidad de amar son regalos del Espíritu Santo. Al compartir nuestra fe, simplemente estamos invitando a otros a participar de la misma mesa de gracia donde nosotros somos alimentados cada semana.

Que esta palabra de Jesús penetre profundamente en sus almas. Que el Espíritu Santo los fortalezca en la fe y los guíe a toda verdad. Recuerden que en su bautismo fueron adoptados en la familia de Dios; ya no son huérfanos, sino herederos del reino de los cielos. Vayan al mundo con la paz que solo Cristo puede dar, sabiendo que el Consolador está con ustedes en cada paso del camino, transformando su obediencia en un acto de amor y su vida en un testimonio vivo de la gloria de Dios.

Oremos

Padre celestial, te damos gracias por tu palabra que nos da vida y por la promesa de tu Hijo de no dejarnos huérfanos; te rogamos que envíes tu Espíritu Santo a nuestros corazones para que, fortalecidos por tu gracia, podamos guardar tus mandamientos con alegría y dar testimonio de nuestra esperanza ante un mundo que te necesita; líbranos de la desesperación y mantennos firmes en la fe hasta el día en que veamos a Jesús cara a cara; por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!