19 de Julio de 2026
Octavo domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 86:11-17; Isaías 44:6-8; Romanos 8:12-25;
Mateo 13:24-30, 36-43
Título: Trigo y maleza: la paciencia de Dios en un mundo que sufre
La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.
Queridos hermanos y hermanas, hoy nos reunimos bajo la palabra de Dios, una palabra que nos confronta con la realidad de nuestra vida, pero que al mismo tiempo nos inunda de una esperanza inquebrantable. A menudo nos encontramos caminando en un mundo lleno de tensiones, donde el bien y el mal parecen estar tan profundamente entrelazados que nos resulta difícil discernir el camino o mantener la paz en nuestros corazones. Nos preguntamos cómo actuar, cómo reaccionar ante las injusticias y cómo mantener nuestra fe firme cuando todo a nuestro alrededor parece sembrar confusión.
El profeta Isaías nos recuerda la grandeza absoluta de nuestro Dios en un pasaje poderoso. El Señor nos dice: «Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de mí. ¿Quién es igual a mí? ¡Que hable!». Estas palabras nos anclan en una verdad fundamental: Dios tiene el control absoluto de la historia. No hay ninguna fuerza humana ni espiritual que pueda competir con su soberanía. Él es nuestra roca, el único refugio verdadero en tiempos de incertidumbre. En medio de un mundo que adora a falsos dioses, ya sea el dinero, el poder o la autosuficiencia, la voz de Dios resuena recordándonos que solo en él encontramos nuestra verdadera identidad y seguridad. No tenemos porqué temer, porque aquel que nos creó y nos redimió camina a nuestro lado.
Sin embargo, a pesar de conocer esta soberanía, experimentamos una lucha interna y externa. El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos describe esta tensión con una profundidad asombrosa. Nos recuerda que ya no somos esclavos de nuestra vieja naturaleza pecaminosa, sino que hemos recibido el Espíritu de Dios, el cual nos hace hijos adoptivos. Gracias a ese Espíritu podemos clamar a Dios llamándolo Padre. Pero ser hijos de Dios en este mundo no nos exime del sufrimiento. Pablo afirma que toda la creación gime a una, como con dolores de parto, esperando la liberación final. Nosotros mismos, que ya tenemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior esperando que Dios nos adopte plenamente y libere nuestro cuerpo. Vivimos en el «ya pero todavía no»: ya somos salvos por la fe, ya somos hijos, pero todavía sufrimos las consecuencias de un mundo caído y quebrantado. Nuestra esperanza no es un deseo vago, sino una certeza basada en la promesa de Dios de que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que un día se habrá de manifestar en nosotros.
Esta realidad de convivencia entre la promesa de Dios y las dificultades del mundo actual se ilustra de manera perfecta en el evangelio de hoy. Jesús nos habla a través de la parábola de la buena semilla y la maleza, conocida tradicionalmente como la cizaña. El relato es sencillo pero cargado de un significado teológico profundo. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró maleza entre el trigo y se fue. Cuando el trigo creció y dio grano, apareció también la maleza. Los trabajadores, sorprendidos, le preguntaron al dueño si debían arrancar la mala hierba. La respuesta del dueño es clave para comprender cómo opera el reino de Dios en nuestro tiempo: «No, porque al arrancar la maleza pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha».
Esta parábola expone con claridad la condición del mundo y de la iglesia visible. El campo es el mundo, la buena semilla representa a los hijos del reino, y la maleza a los que son del maligno. Jesús nos enseña que, en este tiempo presente, el bien y el mal coexisten. La iglesia no es un club de personas perfectas y puras, aisladas del resto de la sociedad. Al contrario, los creyentes vivimos inmersos en una realidad donde compartimos espacios, trabajos y sufrimientos con aquellos que no conocen a Dios o que incluso actúan en contra de su voluntad.
La reacción natural de los siervos de la parábola es la misma que a menudo experimentamos nosotros: queremos arrancar la maleza de inmediato. Queremos justicia instantánea. Nos impacientamos ante el mal y quisiéramos limpiar el mundo, o incluso nuestras comunidades, de todo aquello que consideramos incorrecto o pecaminoso. Pero el dueño del campo, que es el Hijo del hombre, nos frena. Nos dice que no nos corresponde a nosotros hacer esa separación. ¿Por qué? Porque nuestro juicio humano es imperfecto. Al intentar arrancar la cizaña por nuestra cuenta, corremos el riesgo de destruir el trigo. Podríamos juzgar erróneamente a alguien cuyo corazón Dios está transformando, o podríamos actuar con una soberbia destructiva que dañe la fe de los más débiles.
La paciencia de Dios es, en realidad, nuestra propia salvación. Si Dios hubiera decidido arrancar toda la maleza de este mundo de manera inmediata, ninguno de nosotros estaría aquí hoy, porque todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido cizaña. Todos hemos mostrado frutos amargos, todos hemos pecado y nos hemos rebelado contra su voluntad. Es únicamente por su gracia infinita que hemos sido perdonados y transformados en buen trigo. Dios permite que el trigo y la maleza crezcan juntos porque su deseo es dar tiempo para el arrepentimiento, demostrando una misericordia que supera todo entendimiento humano.
Jesús deja claro que esta coexistencia no durará para siempre. Habrá un día de juicio, un momento de cosecha al final de los tiempos. En ese momento, el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y ellos recogerán de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que hacen el mal, y los echarán en el horno de fuego. Pero miren la maravillosa promesa para los fieles: «Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre». Nuestra justicia no proviene de nuestros propios méritos, no brillaremos por lo buenos que hayamos sido por nuestras propias fuerzas, sino porque reflejamos la justicia de Cristo, quien nos justificó en la cruz.
Frente a esta realidad, nuestra actitud no debe ser la del juez impaciente, sino del que ora con humildad y reconoce su necesidad constante de la guía divina. Como oramos con las palabras del salmista: «Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga con fidelidad; dale firmeza a mi corazón, para que adore tu nombre». El Salmo 86 es la oración perfecta para el creyente que vive en medio del campo donde crecen juntos el trigo y la cizaña. Reconocemos que nuestro corazón a veces se divide, que nos distraemos con las ofertas del mundo y que necesitamos que Dios unifique nuestros pensamientos y deseos para mantenernos fieles a su palabra.
El salmista continúa diciendo: «Señor, Dios tierno y compasivo, paciente, grande en amor y fidelidad, ¡mírame y ten compasión de mí!». Esta es nuestra confianza de cada día. Vivimos en un mundo difícil, gimiendo junto con la creación, esperando la redención final, pero no caminamos solos. Tenemos un Dios compasivo y lento para la ira, que nos nutre con su gracia a través de su palabra y de los sacramentos, dándonos las fuerzas necesarias para permanecer firmes como buen trigo, dando frutos de amor, paz, paciencia y bondad en medio de un entorno hostil.
Por lo tanto, queridos hermanos, no nos desanimemos al ver el mal a nuestro alrededor. No caigamos en la tentación de juzgar y condenar a los demás con ligereza, olvidando que nosotros también dependemos exclusivamente de la misericordia divina. Centremos nuestra mirada en la promesa del fin de los tiempos, sabiendo que nuestra redención está asegurada en Cristo. Aprendamos a descansar en la soberanía de aquel que es el primero y el último, y permitamos que su Espíritu actúe en nosotros, dándonos la paciencia necesaria para testificar de su amor hasta el día de la gran cosecha. Que la palabra de Dios eche raíces profundas en sus corazones y los fortalezca en la fe.
Oremos
Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque en tu infinita paciencia nos permites escuchar hoy tu palabra de vida. Reconocemos que muchas veces nos impacientamos ante el mal del mundo y nos olvidamos de tu inmensa misericordia. Te pedimos que unifiques nuestro corazón para que adore tu nombre con fidelidad. Concédenos tu Espíritu Santo para soportar con paciencia los sufrimientos del tiempo presente, manteniendo siempre firme la esperanza en la gloria venidera. Danos la gracia de ser buen trigo en tu campo, reflejando tu amor y perdón hacia todos los que nos rodean. Encomendamos nuestras vidas a tu soberana protección, confiando en que tú nos sostendrás hasta el día en que nos permitas brillar como el sol en tu reino celestial. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!




