19 de abril de 2026
Tercer Domingo de Pascua.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 116:1-4, 12-19; Hechos 2:14a, 36-41; 1 Pedro 1:17-23; Lucas 24:13-35
Título: Ojos Abiertos por la Palabra y el Pan
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Aleluya.
Queridos hermanos en Cristo:
El camino de Emaús es el camino de la humanidad. Es un camino de huida, de rostros tristes y de esperanzas rotas. Dos discípulos se alejan de Jerusalén, el lugar donde la salvación ocurrió, porque su razón no podía procesar la Cruz. Al igual que nosotros a veces, ellos tenían la información correcta, pero el corazón equivocado. Conocían los hechos, pero no comprendían el propósito de Dios.
1. La Ceguera de la Razón (La Ley)
Lucas nos dice que mientras hablaban, Jesús mismo se acercó, «pero los ojos de ellos estaban velados». Qué descripción tan precisa de nuestra condición natural. Podemos tener a Dios frente a nosotros en su Palabra, podemos recibir sus beneficios a diario, y aun así estar ciegos por nuestra propia tristeza o incredulidad.
Ellos le dicen a Jesús: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel». Esa palabra, «esperábamos», en tiempo pasado, es el lenguaje de la muerte. Ellos esperaban un mesías político, un triunfador terrenal que eliminara sus problemas inmediatos. Cuando Jesús murió en la cruz, sus expectativas murieron con Él. La Ley nos muestra que nuestros ídolos —incluso nuestros ídolos religiosos de cómo «debería» actuar Dios— siempre terminan en decepción.
2. El Corazón que Arde por la Palabra (El Evangelio)
Jesús no les da un abrazo de consuelo emocional; les da un sermón de exégesis (de explicación o interpretación bíblica). Les llama «insensatos y tardos de corazón» y les muestra que la Cruz no fue un accidente, sino una necesidad divina: «¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?».
Aquí vemos la centralidad de las Escrituras. Jesús les explica a Moisés y a todos los profetas. El mismo mensaje que Pedro proclama en Hechos 2: Aquel a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo. Ese mensaje produce «Sentimiento o dolor de corazón por haber cometido un pecado». El corazón de los discípulos de Emaús empezó a arder, no por una experiencia mística, sino porque la Palabra de Dios estaba revelando a Cristo en cada página del Antiguo Testamento.
Como dice 1 Pedro 1, hemos sido renacidos «por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre». No fuimos rescatados con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Esa es la «sangre del cordero» que Pedro menciona y que da sentido al sacrificio que los discípulos de Emaús no entendían.
Hermanos, y nosotros, ¿entendemos bien ese sacrificio de nuestro amado Señor Jesucristo?
3. Reconocido en el Partimiento del Pan
Llegan a la aldea y Jesús hace como que va más lejos. Ellos le ruegan: «quédate con nosotros». Esta es la oración a que hace alusión el Salmo 116: «Invoqué el nombre de Jehová, diciendo: Oh Jehová, libra ahora mi alma».
Entonces sucede el milagro pedagógico (esto es, expuesto con claridad y que sirve para educar o enseñar): Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se los da. En ese gesto litúrgico (ritual, solemne), sus ojos son abiertos. No lo reconocieron por sus rasgos físicos, sino por su acción sacramental. En la teología cristiana luterana, esto es vital: Cristo se da a conocer donde Él ha prometido estar. No lo buscamos en las nubes ni en nuestros sentimientos, sino en el Pan y el Vino, donde Su presencia real nos asegura que el perdón es nuestro.
4. La Respuesta de la Fe: El Sacrificio de Alabanza
En cuanto lo reconocen, Jesús desaparece de su vista. ¿Por qué? Porque ahora tienen algo mejor que su presencia física: tienen su Palabra y su Sacramento. Ya no necesitan ver para creer.
Inmediatamente, regresan a Jerusalén. El camino que era de huida se convierte en un camino de misión. Se unen a los once para decir: «Verdaderamente ha resucitado el Señor». Ahora pueden cumplir lo que dice el Salmo 116: «¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de Jehová... Te ofreceré sacrificio de alabanza». Nuestra vida cristiana es esa respuesta de gratitud por un rescate que no podíamos pagar.
Conclusión
Hermanos, quizás hoy viniste aquí con el rostro triste como los de Emaús. Quizás las pruebas de la vida te han hecho olvidar que la tumba está vacía. Pero hoy, Jesús se ha acercado a ti en esta predicación. Te ha explicado las Escrituras y ahora y por siempre te invita a las aguas y a su mesa.
Tus ojos son abiertos hoy por el Espíritu Santo para ver que tu pecado ha sido pagado, que tu deuda ha sido cancelada y que Cristo camina contigo, no solo cuando te sientes bien, sino especialmente cuando el camino es difícil.
Oremos:
Señor Jesús, Pastor Eterno de nuestras almas: Te damos gracias porque no nos dejas solos en nuestros caminos de duda y tristeza. Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el mundo es oscuro. Abre nuestros ojos por medio de tu Santa Palabra y fortalécenos en tus sacramentos. Que nuestros corazones ardan con la seguridad de tu victoria sobre la muerte, para que podamos vivir cada día confesando que tú eres el Señor y nuestro redentor. Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!



