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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Quinto Domingo de Pascua - El Camino Trazado por la Piedra Viva



03 de Mayo de 2026

Quinto Domingo de Pascua.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 146; Hechos 6–7; 1 Pedro 2; Juan 14

Título: El Camino Trazado por la Piedra Viva

La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús, nuestro Señor. Amén.

Querida familia en Cristo de La Iglesia Jesús El Buen Pastor de Lechería, nos encontramos en la quinta semana de este tiempo de victoria que llamamos Pascua. El ambiente en la iglesia todavía resuena con el eco del sepulcro vacío, pero las lecturas de hoy nos invitan a dar un paso más allá de la tumba abierta. Hoy se nos habla de estructura, de servicio, de identidad y, sobre todo, de un destino seguro. En un mundo donde los cimientos parecen desmoronarse y, donde las directrices que se nos ofrecen son tan variadas como confusas, la Palabra de Dios se levanta hoy con una claridad meridiana.

Si observamos el pasaje de Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado, vemos a la Iglesia primitiva en un momento de tensión. No todo era una armonía angelical. Había quejas, había necesidades desatendidas y había la urgencia de organizar el servicio para que la Palabra no fuera descuidada. Los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, proponen la elección de siete hombres de buen testimonio para el diaconado. Entre ellos destaca Esteban, un hombre lleno de gracia y de poder. Sin embargo, lo que comienza como una solución administrativa termina en el primer martirio de la fe cristiana.

¿Por qué es relevante esto para nosotros hoy? Porque la historia de Esteban nos muestra que seguir a Jesús, el Camino, no es un sendero de comodidad, sino de verdad. Esteban no murió por organizar mesas, murió por dar testimonio de que Jesús es el cumplimiento de toda la historia de la salvación. En su discurso ante el concilio, que la lectura de hoy resume con sus palabras finales, Esteban señala la dureza de corazón de aquellos que resisten al Espíritu Santo. Su muerte, apedreado fuera de la ciudad, refleja de manera casi exacta la pasión de su Maestro. Al igual que Jesús, Esteban se encomienda a Dios y pide perdón por sus ejecutores. Aquí vemos la primera aplicación práctica de ser una «piedra viva» en el edificio de Dios.

Esta metáfora de la construcción nos lleva directamente a la epístola de San Pedro. El apóstol nos dice que nos acerquemos a Él, a la piedra viva, desechada por los hombres, pero para Dios escogida y preciosa. Pedro está usando un lenguaje arquitectónico para describir nuestra identidad espiritual. En el mundo antiguo, la piedra angular era la que determinaba el ángulo y la estabilidad de todo el edificio. Si esa piedra estaba mal colocada, toda la estructura caía. Cristo es esa piedra. Para el mundo, Jesús es a menudo una piedra de tropiezo, algo molesto que interfiere con los planes humanos y la autonomía del ego. Pero para nosotros, los que creemos, él es el fundamento precioso.

Pedro no se detiene ahí. Él nos dice que nosotros también, como piedras vivas, estamos siendo edificados como una casa espiritual. Fíjense en la belleza de esta imagen: no somos piedras sueltas tiradas en un campo, sino que estamos siendo integrados en algo más grande. Hermanos, cada uno de ustedes, con sus talentos, sus sufrimientos y su fe, tiene un lugar específico en este templo que Dios está construyendo. Y el propósito de esta construcción es que seamos un «real sacerdocio» y una «nación santa». El objetivo de nuestra vida no es simplemente sobrevivir o buscar la felicidad personal, sino anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Sin embargo, para poder ser ese pueblo escogido, necesitamos saber hacia dónde vamos y en quién confiamos. El Salmo 146 nos da la advertencia necesaria mostrándonos una pequeña brújula vivencial: «no confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación». ¡Cuánta verdad contienen estos versos para nuestra época! Ponemos nuestra esperanza en líderes políticos, en sistemas económicos o en nuestra propia capacidad de gestión, solo para descubrir que, cuando el último aliento del hombre sale de su ser, sus planes perecen. El salmista nos redirige: «bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob». Confiar en el Señor es, nada más y nada menos que confiar en el creador del cielo y de la tierra, aquel que hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos. Este es el Dios que sostiene el edificio de la Iglesia.

Hermanos, todo esto converge en las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan. Veamos la imagen completa: estamos en el aposento alto, en la noche en que fue entregado. Los discípulos están angustiados. Jesús les ha dicho que se va, y el miedo al abandono llena el aire. Es entonces cuando escuchamos una de las promesas más reconfortantes de toda la Escritura: «no se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». Jesús no les ofrece un mapa detallado de los eventos futuros, les ofrece su persona.

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay», dice el Señor. Esta frase ha sido a menudo malinterpretada como si el cielo fuera un hotel con muchas habitaciones. Pero en el contexto bíblico, esto habla de pertenencia y de comunión permanente. Ir a la casa del Padre es volver al hogar para el cual fuimos creados. Y cuando Tomás, con esa honestidad que a veces nos falta a nosotros, dice: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?» Jesús responde con la declaración central de nuestra fe, poniendo a un lado toda brújula o mapa: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».

Analicemos estas tres palabras: Camino, Verdad y Vida. En un mundo de variedades y diversidades, esta exclusividad de Jesús suele ser vista como una ofensa. Pero para el pecador que está perdido, un camino exclusivo no es una restricción, es un rescate. Si estás perdido en un bosque denso y oscuro, no necesitas diez opciones diferentes de senderos que podrían llevarte a ninguna parte; necesitas el único sendero que realmente sale a la luz. Jesús es el camino porque en su encarnación él unió la tierra con el cielo. Él es el camino porque en su muerte él pagó la deuda que nos impedía el acceso a la presencia de Dios. Él es el camino porque en su resurrección él derrotó al último enemigo, la muerte, abriendo las puertas que estaban cerradas desde la caída en el jardín del Edén.

Él es la verdad. No es simplemente una verdad filosófica o una serie de proposiciones lógicas. Él es la verdad personificada. En un tiempo donde se habla de «mi verdad» y «tu verdad», la Verdad de Cristo permanece inmutable. Él revela quién es Dios realmente: un Padre misericordioso que no escatimó a su propio Hijo. Y también revela quiénes somos nosotros: criaturas amadas, aunque caídas desde el jardín del Edén, que necesitan desesperadamente la gracia. Al estar en Cristo, dejamos de vivir en la ilusión de nuestra propia autosuficiencia y empezamos a caminar en la realidad del reino de Dios.

Y él es la vida. Esta es la vida de la cual habla San Pedro al llamarnos piedras «vivas». No es simplemente una existencia biológica, es la vida eterna que comienza aquí y ahora a través del bautismo. Es una vida que no termina con el último suspiro, como vimos en el caso de Esteban. Cuando Esteban caía de rodillas bajo la lluvia de piedras, no estaba perdiendo la vida, estaba entrando plenamente en la vida eterna de la cual ya disfrutaba. Sus ojos vieron los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios Padre. Jesús es la vida que devora la muerte.

La conexión entre estas lecturas es profunda. Para nosotros ser el pueblo que San Pedro describe, debemos caminar por el sendero que Jesús traza en Juan 14. Ese camino a veces nos llevará a situaciones de conflicto como las de Hechos 6 y 7, donde nuestra fe será puesta a prueba. Pero incluso en medio de la persecución o del rechazo del mundo, no tenemos por qué desfallecer. ¿Por qué? Porque, como dice el salmo y el Antiguo Testamento en general de manera recurrente: el Señor guarda a los extranjeros, sostiene al huérfano y a la viuda, y su reino es por todos los siglos.

Hermanos, a menudo, nuestra vida cristiana se siente como la de los discípulos en el aposento alto: turbada. Nos turban las noticias del mundo, nos turban los problemas de salud, nos turban las divisiones en la sociedad y en la misma iglesia. Jesús nos mira hoy a los ojos a través de su Palabra y nos repite: «no se turbe tu corazón». Él ha ido a preparar lugar para nosotros. El hecho de que Cristo haya ascendido y esté a la diestra del Padre significa que nuestra humanidad ya tiene un lugar en el corazón de la divinidad. Nuestra llegada al hogar celestial no es una posibilidad incierta, es una realidad garantizada por la palabra de aquel que no puede mentir.

Felipe le pidió a Jesús: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta». Nosotros a veces pedimos lo mismo. Queremos una señal espectacular, una visión milagrosa o una prueba irrefutable de que Dios está con nosotros. Jesús le responde a Felipe, y nos responde a nosotros: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Si quieres saber cómo es el corazón de Dios para contigo, mira a la cruz. Si quieres saber cuán dispuesto está Dios a perdonarte, escucha las palabras de Jesús en el evangelio. Si quieres saber qué planes tiene Dios para tu futuro, mira a la tumba vacía. En Jesús tenemos todo lo que necesitamos conocer sobre el Padre.

Por lo tanto, amada congregación, esta semana les invito a vivir como piedras vivas. No os quedéis estancados en el lodo de la desesperanza ni en el polvo de la rutina. Ustedes han sido rescatados de las tinieblas. Tienen un propósito que trasciende su ocupación diaria o su situación familiar. Son parte de un edificio eterno. Cuando sirven al prójimo, como lo hacían los siete diáconos en Hechos, estáis manifestando la luz de Cristo. Cuando mantienen su integridad en un ambiente de trabajo difícil, están mostrando la Verdad. Cuando consuelan al afligido con la esperanza de la resurrección, están compartiendo la vida.

Recuerden que el camino no es una idea, es una persona. Seguir a Jesús significa confiar en su palabra incluso cuando no vemos el final del sendero. Significa orar en su nombre, sabiendo que él es nuestro mediador ante el Padre. Significa acudir a su mesa, donde esa misma Piedra Viva se nos da como pan de vida para fortalecernos en la jornada.

Que este tiempo de Pascua no sea solo un recuerdo histórico, sino una realidad presente en vuestra vida diaria. Que la certeza de que Jesús es el camino les dé paz en la incertidumbre. Que la firmeza de que él es la verdad les dé valor ante la mentira. Y que la alegría de que él es la vida les dé esperanza ante la tumba. 

Porque el Señor reina para siempre, tu Dios, oh Sión, de generación en generación, Salmo 146:10

Oremos

Amado Padre celestial, te damos gracias por habernos revelado a tu Hijo, Jesucristo, como el único camino hacia tu presencia. Te pedimos que, por tu Santo Espíritu, nos mantengas firmes en esta fe, para que no nos dejemos engañar por las falsas promesas del mundo ni por la confianza en los hombres. Ayúdanos a ser piedras vivas en tu santa Iglesia, sirviendo con amor y dando testimonio de tu luz en medio de las tinieblas. Fortalece a los que están turbados, consuela a los que sufren y mantén nuestra mirada fija en las moradas que has preparado para nosotros. Que nuestras vidas anuncien siempre tus virtudes, hasta que lleguemos a ver los cielos abiertos y disfrutemos de la vida eterna en tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Cuarto Domingo de Pascua - El Pastor de la Exclusividad y el Amor Verdadero



26 de abril de 2026

Cuarto Domingo de Pascua.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 23; ​​Hechos 4:1-12; 1 Juan 3:16-24; Juan 10:11-18

Título: El Pastor de la Exclusividad y el Amor Verdadero

Gracia, misericordia y paz sean a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

Introducción: El Domingo de "Misericordia Domini"

Hermanos en Cristo, hoy celebramos el Cuarto Domingo de Pascua, conocido tradicionalmente en la cristiandad como el Domingo del Buen Pastor. Tras el estruendo de la tumba vacía y las apariciones de Jesús, la Iglesia nos detiene hoy frente a una imagen de ternura, pero también de una autoridad absoluta.

Hoy, las Escrituras nos presentan una paradoja que el mundo no puede entender: un Pastor que es tan humilde que muere por sus ovejas (Juan 10), pero tan exclusivo que declara ser el único nombre bajo el cual el ser humano puede encontrar salvación (Hechos 4). Este no es un pastorado de sentimientos vagos; es un pastorado de sangre, verdad y acción (1 Juan 3).

-La Voz del Buen Pastor: Sacrificio y Propiedad (Juan 10:11-18)

El Evangelio de hoy comienza con una declaración de identidad que cambia el destino de la humanidad: "Yo soy el buen pastor". Para entender la profundidad de esto, debemos mirar el contraste que Jesús hace con el "asalariado".

La Ley en el Texto: El asalariado no es el dueño de las ovejas. Cuando ve venir al lobo, huye. ¿Quién es el asalariado en nuestras vidas? Son todos aquellos sistemas, ideologías o falsos maestros que nos prometen cuidado mientras todo va bien, pero que nos abandonan cuando el "lobo" de la enfermedad, la muerte o la culpa aparece. El asalariado nos ve como un negocio; el pecado nos ve como una presa. La Ley nos muestra que, por nosotros mismos, somos ovejas descarriadas y expuestas a los lobos del mundo.

El Evangelio en el Texto: Jesús dice: "El buen pastor su vida da por las ovejas". En el mundo antiguo, un pastor moría por accidente defendiendo al rebaño; Jesús muere por consentimiento y decisión propia. Él no pierde la vida; Él la pone. Aquí está el corazón de nuestra fe: Tu Pastor no huyó cuando vio venir al lobo de la muerte y del juicio de Dios sobre el pecado. Él se puso en medio. Él recibió las dentelladas que nos correspondían a nosotros. La resurrección que celebramos en esta Pascua es la prueba de que el Pastor que puso su vida, tuvo el poder para volverla a tomar. Ahora, tú no eres un "huérfano espiritual"; eres propiedad comprada a precio de sangre.

-La Exclusividad de la Roca: No hay otro Nombre (Hechos 4:1-12)

Si el Evangelio nos muestra el corazón del Pastor, el libro de Hechos nos muestra su autoridad. Pedro, lleno del Espíritu Santo, se encuentra ante los mismos líderes que condenaron a Jesús. Su mensaje no es un mensaje de "tolerancia religiosa" moderna; es un mensaje de una exclusividad con un carácter tajante.

"En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos".

La Confrontación: El mundo se ofende ante esta declaración. El mundo prefiere muchos caminos, muchas "verdades" y muchos nombres; Pero Pedro es claro: la piedra que los constructores desecharon (Jesús) ha venido a ser la cabeza del ángulo.

Aplicación: Si el Salmo 23 dice "Nada me faltará", es precisamente porque tenemos al único que puede proveerlo todo. Si hubiera otro nombre que pudiera salvarnos, Cristo habría muerto en vano. La exclusividad de Jesús no es un acto de arrogancia de la Iglesia; es un acto de misericordia de Dios. Él nos ha dado un camino seguro, una roca firme, un nombre que sí responde cuando el abismo de la eternidad se abre frente a nosotros.

-El Consuelo del Rebaño: El Salmo de la Confianza (Salmo 23)

Cuando Hechos 4 nos asegura que Cristo es el único nombre, el Salmo 23 se convierte en nuestra canción de cuna y nuestra marcha de guerra. "El Señor es mi pastor; nada me falta".

El Valle de Sombra: El salmista no dice que no pasaremos por el valle de sombra de muerte; dice que no temeremos. ¿Por qué? Porque el Pastor que Juan 10 describe ya pasó por ese valle antes que nosotros y lo dejó iluminado con su resurrección.

La Mesa ante los Enemigos: En medio de un mundo que nos ataca, el Pastor prepara una mesa. Para nosotros, como cristianos, esa mesa es el altar. En medio de nuestros pecados y debilidades, Él nos da su propio cuerpo y sangre para fortalecernos. Tu Pastor no solo te guía; Él te alimenta con su propio ser.

-La Práctica del Rebaño: Amar de hecho y en verdad (1 Juan 3:16-24).

¿Cómo responde una oveja que ha sido salvada por tal Pastor? San Juan nos lo dice en la segunda lectura: "En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos".

Amor sin sentimentalismo: Juan nos llama a salir de la religión de las palabras. "No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad".

La Ley en la Epístola: Si ves a tu hermano tener necesidad y cierras contra él tu corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en ti? Esta pregunta nos sacude. A menudo somos ovejas que queremos todo el cuidado del Pastor, pero mordemos a las otras ovejas del rebaño. La Ley expone nuestro egoísmo.

El Evangelio en la Epístola: Pero Juan nos da un consuelo inmenso: "Pues si nuestro corazón nos reprende, Dios es mayor que nuestro corazón". Incluso cuando fallamos en amar perfectamente, nuestra salvación no depende de la perfección de nuestro amor, sino de la perfección del amor de Cristo. Porque somos amados, ahora somos libres para amar al prójimo sin esperar nada a cambio.

Hermanos, este Cuarto Domingo de Pascua nos deja con una certeza absoluta. No estamos a la deriva. No somos mercancía de asalariados. Somos el rebaño del Dios vivo.

  1. Escucha Su Voz: En un mundo de mil ruidos y nombres que prometen felicidad, vuelve al único nombre (Hechos 4). Lee su Palabra, donde su voz suena clara.

  2. Confía en su Cayado: Si hoy estás en el valle de sombra (Salmo 23), si el dolor o la duda te agobian, mira las heridas en las manos de tu Pastor (Juan 10). Esas heridas son el recibo de que ya pagó por ti.

  3. Refleja su Amor: Mira a quien tienes al lado. Pon tu vida en pequeñas cosas hoy: una palabra de aliento, una ayuda material, un perdón no solicitado (1 Juan 3).

El Buen Pastor ha resucitado. Él te conoce por tu nombre. Él te llama su hijo. Él te lleva a pastos delicados que este mundo no puede ni imaginar.

Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos en el único nombre: Cristo Jesús. Amén.

Oremos

Oh Señor Dios, Pastor eterno de nuestras almas, Te damos gracias porque no nos dejaste a merced de los lobos ni del pecado. Gracias por enviar a tu Hijo, el Buen Pastor, a poner su vida por nosotros en la cruz y a tomarla de nuevo en la resurrección.

Te pedimos por tu Iglesia. Concédenos confesar con valentía que no hay otro nombre bajo el cielo en el cual podamos ser salvos. Danos fidelidad para escuchar solo tu voz y no seguir a los asalariados que buscan su propio interés.

Señor, fortalece a los que hoy caminan por valles de sombra, enfermedad o duelo. Que tu vara de pastor les infundan nuevo aliento. Y a nosotros, que formamos tu rebaño, enséñanos a amarnos los unos a los otros, no de palabra, sino con hechos que glorifiquen tu santo nombre.

En el nombre de Jesús, nuestro Buen Pastor, oramos

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Tercer Domingo de Pascua - Ojos Abiertos por la Palabra y el Pan



19 de abril de 2026

Tercer Domingo de Pascua.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 116:1-4, 12-19; ​​Hechos 2:14a, 36-41; 1 Pedro 1:17-23; Lucas 24:13-35

Título: Ojos Abiertos por la Palabra y el Pan

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Aleluya.

Queridos hermanos en Cristo:

El camino de Emaús es el camino de la humanidad. Es un camino de huida, de rostros tristes y de esperanzas rotas. Dos discípulos se alejan de Jerusalén, el lugar donde la salvación ocurrió, porque su razón no podía procesar la Cruz. Al igual que nosotros a veces, ellos tenían la información correcta, pero el corazón equivocado. Conocían los hechos, pero no comprendían el propósito de Dios.

1. La Ceguera de la Razón (La Ley)

Lucas nos dice que mientras hablaban, Jesús mismo se acercó, «pero los ojos de ellos estaban velados». Qué descripción tan precisa de nuestra condición natural. Podemos tener a Dios frente a nosotros en su Palabra, podemos recibir sus beneficios a diario, y aun así estar ciegos por nuestra propia tristeza o incredulidad.

Ellos le dicen a Jesús: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel». Esa palabra, «esperábamos», en tiempo pasado, es el lenguaje de la muerte. Ellos esperaban un mesías político, un triunfador terrenal que eliminara sus problemas inmediatos. Cuando Jesús murió en la cruz, sus expectativas murieron con Él. La Ley nos muestra que nuestros ídolos —incluso nuestros ídolos religiosos de cómo «debería» actuar Dios— siempre terminan en decepción.

2. El Corazón que Arde por la Palabra (El Evangelio)

Jesús no les da un abrazo de consuelo emocional; les da un sermón de exégesis (de explicación o interpretación bíblica). Les llama «insensatos y tardos de corazón» y les muestra que la Cruz no fue un accidente, sino una necesidad divina: «¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?».

Aquí vemos la centralidad de las Escrituras. Jesús les explica a Moisés y a todos los profetas. El mismo mensaje que Pedro proclama en Hechos 2: Aquel a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo. Ese mensaje produce «Sentimiento o dolor de corazón por haber cometido un pecado». El corazón de los discípulos de Emaús empezó a arder, no por una experiencia mística, sino porque la Palabra de Dios estaba revelando a Cristo en cada página del Antiguo Testamento.

Como dice 1 Pedro 1, hemos sido renacidos «por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre». No fuimos rescatados con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Esa es la «sangre del cordero» que Pedro menciona y que da sentido al sacrificio que los discípulos de Emaús no entendían. 

Hermanos, y nosotros, ¿entendemos bien ese sacrificio de nuestro amado Señor Jesucristo?

3. Reconocido en el Partimiento del Pan

Llegan a la aldea y Jesús hace como que va más lejos. Ellos le ruegan: «quédate con nosotros». Esta es la oración a que hace alusión el Salmo 116: «Invoqué el nombre de Jehová, diciendo: Oh Jehová, libra ahora mi alma».

Entonces sucede el milagro pedagógico (esto es, expuesto con claridad y que sirve para educar o enseñar): Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se los da. En ese gesto litúrgico (ritual, solemne), sus ojos son abiertos. No lo reconocieron por sus rasgos físicos, sino por su acción sacramental. En la teología cristiana luterana, esto es vital: Cristo se da a conocer donde Él ha prometido estar. No lo buscamos en las nubes ni en nuestros sentimientos, sino en el Pan y el Vino, donde Su presencia real nos asegura que el perdón es nuestro.

4. La Respuesta de la Fe: El Sacrificio de Alabanza

En cuanto lo reconocen, Jesús desaparece de su vista. ¿Por qué? Porque ahora tienen algo mejor que su presencia física: tienen su Palabra y su Sacramento. Ya no necesitan ver para creer.

Inmediatamente, regresan a Jerusalén. El camino que era de huida se convierte en un camino de misión. Se unen a los once para decir: «Verdaderamente ha resucitado el Señor». Ahora pueden cumplir lo que dice el Salmo 116: «¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de Jehová... Te ofreceré sacrificio de alabanza». Nuestra vida cristiana es esa respuesta de gratitud por un rescate que no podíamos pagar.

Conclusión

Hermanos, quizás hoy viniste aquí con el rostro triste como los de Emaús. Quizás las pruebas de la vida te han hecho olvidar que la tumba está vacía. Pero hoy, Jesús se ha acercado a ti en esta predicación. Te ha explicado las Escrituras y ahora y por siempre te invita a las aguas y a su mesa.

Tus ojos son abiertos hoy por el Espíritu Santo para ver que tu pecado ha sido pagado, que tu deuda ha sido cancelada y que Cristo camina contigo, no solo cuando te sientes bien, sino especialmente cuando el camino es difícil.

Oremos:

Señor Jesús, Pastor Eterno de nuestras almas: Te damos gracias porque no nos dejas solos en nuestros caminos de duda y tristeza. Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el mundo es oscuro. Abre nuestros ojos por medio de tu Santa Palabra y fortalécenos en tus sacramentos. Que nuestros corazones ardan con la seguridad de tu victoria sobre la muerte, para que podamos vivir cada día confesando que tú eres el Señor y nuestro redentor. Tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!