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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Décimo domingo después de Pentecostés - El banquete de la gracia gratuita



02 de Agosto de 2026

Décimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 145:8-9, 14-21; Isaías 55:1-5; Romanos 9:1-5; Mateo 14:13-21

Título: El banquete de la gracia gratuita 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.


El Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor. El Señor es bueno para con todos y es cariñoso con todas sus criaturas.


Queridos hermanos y hermanas, hoy las lecturas de la Escritura nos invitan a contemplar el corazón de nuestro Creador. Vivimos en un mundo que constantemente nos mide por nuestras capacidades, por lo que podemos comprar o por los méritos que logramos acumular. Sin embargo, la voz del profeta Isaías interrumpe nuestra rutina con una invitación que desafía toda lógica humana: «¡vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo de balde y coman; consigan vino y leche sin pagar nada!».


Esta invitación divina nos muestra la esencia misma de Dios. Su gracia no se vende ni se negocia; se regala. El profeta nos pregunta por qué gastamos el dinero en lo que no alimenta y nuestro trabajo en lo que no satisface. Muchas veces buscamos llenar los vacíos del alma con cosas temporales, con logros humanos o con esfuerzos propios para sentirnos dignos ante Dios. Pero la verdadera vida y la satisfacción plena provienen únicamente de escuchar su voz y recibir su pacto eterno. Su amor hacia nosotros es firme y seguro.


El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, expresa un dolor profundo por aquellos que no han comprendido este misterio de la gracia. Siente una gran tristeza y un dolor continuo en el corazón por sus propios compatriotas. Ellos tenían los privilegios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. De su propia línea de descendencia humana vino el Cristo, quien está por encima de todas las cosas. Este pasaje nos recuerda el peligro de confiar en la herencia, en la religión externa o en nuestra propia justicia. La bendición no proviene de nuestros antecedentes, sino de aquel que sostiene el universo y se entrega por nosotros.


Esta realidad se manifiesta con total claridad en el relato del evangelio según San Mateo. Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús decide retirarse en una barca a un lugar solitario para estar tranquilo. Pero la gente lo sabe, y de todos los pueblos lo siguen a pie por tierra. Cuando Jesús desembarca y ve aquella gran multitud, no siente fastidio ni cansancio. Al contrario, las Escrituras nos dicen que tuvo compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban.


La compasión de Jesús no es un simple sentimiento pasajero. Es el amor divino en acción, el mismo amor del que nos habla el salmista cuando dice que el Señor ayuda a todos los que caen y levanta a todos los que están oprimidos. Los ojos de todos se dirigen a Dios con esperanza, y él les da la comida a su debido tiempo. Él abre la mano y calma con su bondad el hambre de todo ser viviente.


Al atardecer, los discípulos se acercan a Jesús con una mentalidad muy humana y pragmática. Le dicen que el lugar es solitario, que ya se está haciendo tarde y que es mejor despedir a la gente para que vayan a las aldeas y compren su propia comida. Los discípulos ven un problema imposible de resolver con sus propios recursos. Miran la escasez, calculan los costos y deciden que lo más seguro es que cada persona se haga cargo de sí misma.


Pero la respuesta de Jesús rompe todos sus esquemas: «No necesitan irse; denles ustedes de comer». Los discípulos, asombrados, responden desde su limitación: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». Esta respuesta refleja muchas veces nuestra propia actitud ante la vida y ante la fe. Miramos nuestras fuerzas, nuestras virtudes, nuestras billeteras o nuestras capacidades y concluimos que no es suficiente. Nos sentimos vacíos y desamparados frente a las exigencias del mundo y de la propia ley de Dios.


Jesús les dice simplemente: «Tráiganmelos acá». Entonces manda a la multitud que se siente sobre la hierba. Toma los cinco panes y los dos pescados, mira al cielo, da gracias a Dios, parte los panes y se los da a los discípulos, y ellos los reparten a la gente. Todos comen hasta quedar satisfechos. Y cuando recogen los pedazos que sobran, llenan doce canastas. Los que comen son unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.


Este milagro es una proclamación viva del evangelio. Jesús no les pide a las personas que paguen por el pan, ni les exige un certificado de buena conducta para alimentarlas. Su compasión abraza a todos los que tienen hambre, tanto física como espiritual. Él toma lo poco que tenemos y lo transforma en una abundancia que sobrepasa todo entendimiento. En las manos de Jesús, la escasez se convierte en un banquete gratuito.


Los discípulos querían que la gente fuera a comprar, pero Jesús prefiere regalar. Esta es la gran diferencia entre la religión del esfuerzo humano y la buena noticia de la salvación. No podemos comprar el favor de Dios, no podemos ganar el perdón con nuestras buenas obras ni podemos alimentar nuestra propia alma. Todo lo que realmente necesitamos nos es dado por pura bondad divina, por medio de la fe en aquel que multiplica los panes y que, más adelante, entregará su propio cuerpo y su sangre por la vida del mundo.


Las doce canastas que sobran nos recuerdan que la gracia de Dios nunca se agota. Siempre hay más que suficiente para todos. El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todo lo que hace. Él está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan de corazón. Él cumple los deseos de los que le honran, escucha sus gritos de dolor y los salva.


Hoy somos invitados a dejar de gastar nuestras vidas en aquello que no sacia. Se nos invita a dejar de confiar en nuestras propias fuerzas y a descansar en la provisión del Salvador. Vengan a él sin dinero, vengan a él con sus manos vacías, con sus dudas, con sus enfermedades y con su cansancio. Él no los va a despedir con las manos vacías. Él tiene compasión, sana nuestras heridas y alimenta nuestras vidas con su presencia amorosa y eterna. Que su paz, que sobrepasa todo cálculo humano, guarde hoy y siempre sus corazones.


Oremos


Amado Dios y Padre celestial, te damos gracias porque tu bondad no tiene límites y tu compasión se renueva cada mañana. Confesamos que muchas veces nos cansamos buscando saciar nuestra vida con las cosas de este mundo y nos olvidamos de que solo en ti se encuentra el verdadero descanso. Te pedimos que nos concedas siempre la fe para confiar en tu provisión gratuita y para recibir con agradecimiento el pan de tu palabra y de tu gracia. Mira nuestras necesidades, fortalece a los que están oprimidos, levanta a los que han caído y enséñanos a compartir con generosidad los dones que de ti hemos recibido. Todo esto te lo pedimos confiando plenamente en tu amor eterno. 


Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Noveno domingo después de Pentecostés - El valor oculto de la gracia



26 de Julio de 2026

Noveno domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 119:129-136; 1 Reyes 3:5-12; Romanos 8:26-39; Mateo 13:31-33, 44-52

Título: El valor oculto de la gracia 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.

El verdadero tesoro no se encuentra en las riquezas de este mundo ni en nuestras propias fuerzas, sino en el regalo de la gracia divina que transforma la vida desde lo más pequeño y escondido.

Queridos hermanos y hermanas, nos reunimos hoy con el corazón abierto para escuchar la voz de Dios, una voz que calma nuestras ansiedades y nos revela el valor real de su reino. En nuestra rutina diaria, a menudo nos vemos bombardeados por mensajes que nos exigen ser fuertes, autosuficientes y exitosos según los estándares del mundo. Se nos enseña a buscar la seguridad en lo material, en el conocimiento humano o en el control que podamos ejercer sobre nuestras vidas. Sin embargo, las lecturas de este día nos invitan a dar un giro radical a nuestra mirada y a descansar en una promesa que no depende de nuestros méritos, sino de la pura fidelidad de Dios.

El profeta Salomón, al comienzo de su reinado, se encontró ante una tarea inmensa y reconoció su propia pequeñez. Dios se le apareció en sueños y le ofreció pedir lo que quisiera. En lugar de solicitar larga vida, riquezas o la derrota de sus enemigos, Salomón pidió un corazón sabio y prudente para gobernar al pueblo. Su petición agrada a Dios porque nace del reconocimiento de que, por sí mismo, el ser humano no tiene la capacidad de guiar sus propios pasos con justicia. Necesitamos la sabiduría que viene de lo alto, esa que nos permite discernir entre el bien y el mal. Esta sabiduría no es un trofeo intelectual, sino un don gratuito que nos orienta hacia la voluntad del creador. Como bien expresa el salmista, las enseñanzas de Dios son maravillosas y, al exponerse, difunden luz y dan entendimiento a los sencillos. El conocimiento humano puede inflar el orgullo, pero la palabra divina ilumina el alma y nos hace comprender nuestra total dependencia del amor del Señor.

Esta dependencia absoluta se manifiesta de manera profunda en nuestra debilidad diaria. El apóstol Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos que ni siquiera sabemos cómo orar adecuadamente. Muchas veces nos acercamos a Dios cargados de peticiones egoístas o confundidos por el sufrimiento, sin entender qué es lo que realmente nos conviene. Pero en medio de esa incapacidad, el Espíritu Santo mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Qué consuelo tan grande es saber que nuestra comunión con el Padre no depende de la elocuencia de nuestras oraciones ni de la perfección de nuestra fe. El Espíritu conoce nuestra fragilidad y traduce nuestros suspiros en intercesiones perfectas ante el trono de la gracia.

A partir de esa intervención divina, podemos tener la certeza absoluta de que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman. Esto no significa que los creyentes estemos exentos de dolor, persecución o dificultades. Al contrario, la vida en este mundo está llena de aflicciones. La promesa no es la ausencia de problemas, sino la seguridad de que nada en toda la creación nos podrá separar del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús. Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién podrá estar en nuestra contra? El propio Dios no nos negó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, por lo cual podemos estar seguros de que también nos dará todas las cosas. En medio del tribunal de nuestra propia conciencia y de las acusaciones del mundo, es Cristo quien murió y resucitó para interceder por su pueblo. Por eso, en todas estas cosas salimos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Nuestra victoria está firmada y sellada, no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que ya fue hecho en la cruz.

Esta maravillosa realidad del amor divino es la que da sentido a las parábolas que escuchamos en el evangelio de Mateo. Jesús compara el reino de los cielos con cosas sencillas y cotidianas: una semilla de mostaza y un poco de levadura. A los ojos del mundo, una semilla de mostaza es insignificante, casi invisible. Sin embargo, cuando crece, se convierte en un arbusto tan grande que las aves hacen nidos en sus ramas. De igual manera, la levadura, aunque se mezcla en una gran cantidad de harina en forma oculta, termina por fermentar toda la masa. Así es la acción de la gracia en nuestras vidas y en el mundo. Comienza de manera humilde, oculta a los ojos de los soberbios, a través de medios sencillos como el agua del bautismo, una palabra de perdón o un trozo de pan y un poco de vino. El mundo suele buscar lo espectacular, lo ruidoso y lo imponente, pero el reino de Dios opera en la quietud del corazón, transformando la existencia humana desde adentro hacia afuera, de manera irresistible y gratuita.

Jesús también nos habla del reino como un tesoro escondido en un campo o como una perla de gran valor. En ambos casos, quien encuentra ese tesoro se llena de tanta alegría que va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo o aquella perla. Es fundamental comprender la dinámica de esta parábola. El tesoro no se compra con el esfuerzo humano como si fuera una transacción comercial donde pagamos con nuestras buenas obras. El verdadero tesoro y la perla preciosa representan a Cristo y su obra de salvación. Cuando una persona, por la acción del Espíritu Santo, descubre el valor infinito del perdón y de la vida eterna, todo lo demás pasa a un segundo plano. Los logros terrenales, las seguridades materiales y el orgullo personal pierden su brillo ante la belleza del amor redentor. La renuncia a lo anterior no se hace con tristeza ni por obligación, sino con una alegría desbordante, porque se ha encontrado aquello que realmente sacia el alma.

Finalmente, el maestro nos compara el reino con una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Al llegar a la playa, los pescadores se sientan a escoger los peces buenos en canastas y tiran los malos. Esta imagen nos previene contra la tentación de juzgar antes de tiempo y nos recuerda que la iglesia en la tierra es un espacio donde conviven la debilidad y la gracia. La separación final corresponde a Dios y a sus ángeles al fin del mundo. Nuestra tarea hoy no es actuar como jueces, sino anunciar con urgencia y amor el mensaje de salvación. Cada maestro de la ley que ha sido instruido sobre el reino de los cielos es como el dueño de una casa, que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas. Estamos llamados a compartir la riqueza de la palabra, aplicando tanto la ley que nos muestra nuestro pecado como el evangelio que nos levanta y nos da vida.

Hermanos, la invitación de este día es a descansar en la certeza de que el reino de Dios ya está operando en ustedes. No miren sus propias limitaciones con desesperación, sino miren a Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Él es quien los ha buscado, los ha comprado a precio de sangre y los sostiene en medio de cualquier tempestad. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en la fe verdadera.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias por el don inmerecido de tu palabra y por el tesoro de tu gracia que has depositado en nuestros corazones. Reconocemos nuestra debilidad y nuestra incapacidad para salvarnos por nuestras propias fuerzas, por lo que nos encomendamos por completo a tu infinito amor. Te pedimos que tu Espíritu Santo continúe intercediendo por nosotros, fortaleciendo nuestra fe cuando flaqueamos y recordándonos siempre que nada nos puede separar de tu amor en Cristo Jesús. Permite que la semilla de tu reino crezca en nuestras vidas y que seamos instrumentos de tu paz y de tu perdón en este mundo. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, nuestro salvador. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Octavo domingo después de Pentecostés - Trigo y maleza: la paciencia de Dios en un mundo que sufre



19 de Julio de 2026

Octavo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 86:11-17; Isaías 44:6-8; Romanos 8:12-25;

Mateo 13:24-30, 36-43

Título: Trigo y maleza: la paciencia de Dios en un mundo que sufre 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.

Queridos hermanos y hermanas, hoy nos reunimos bajo la palabra de Dios, una palabra que nos confronta con la realidad de nuestra vida, pero que al mismo tiempo nos inunda de una esperanza inquebrantable. A menudo nos encontramos caminando en un mundo lleno de tensiones, donde el bien y el mal parecen estar tan profundamente entrelazados que nos resulta difícil discernir el camino o mantener la paz en nuestros corazones. Nos preguntamos cómo actuar, cómo reaccionar ante las injusticias y cómo mantener nuestra fe firme cuando todo a nuestro alrededor parece sembrar confusión.

El profeta Isaías nos recuerda la grandeza absoluta de nuestro Dios en un pasaje poderoso. El Señor nos dice: «Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de mí. ¿Quién es igual a mí? ¡Que hable!». Estas palabras nos anclan en una verdad fundamental: Dios tiene el control absoluto de la historia. No hay ninguna fuerza humana ni espiritual que pueda competir con su soberanía. Él es nuestra roca, el único refugio verdadero en tiempos de incertidumbre. En medio de un mundo que adora a falsos dioses, ya sea el dinero, el poder o la autosuficiencia, la voz de Dios resuena recordándonos que solo en él encontramos nuestra verdadera identidad y seguridad. No tenemos porqué temer, porque aquel que nos creó y nos redimió camina a nuestro lado.

Sin embargo, a pesar de conocer esta soberanía, experimentamos una lucha interna y externa. El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos describe esta tensión con una profundidad asombrosa. Nos recuerda que ya no somos esclavos de nuestra vieja naturaleza pecaminosa, sino que hemos recibido el Espíritu de Dios, el cual nos hace hijos adoptivos. Gracias a ese Espíritu podemos clamar a Dios llamándolo Padre. Pero ser hijos de Dios en este mundo no nos exime del sufrimiento. Pablo afirma que toda la creación gime a una, como con dolores de parto, esperando la liberación final. Nosotros mismos, que ya tenemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior esperando que Dios nos adopte plenamente y libere nuestro cuerpo. Vivimos en el «ya pero todavía no»: ya somos salvos por la fe, ya somos hijos, pero todavía sufrimos las consecuencias de un mundo caído y quebrantado. Nuestra esperanza no es un deseo vago, sino una certeza basada en la promesa de Dios de que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que un día se habrá de manifestar en nosotros.

Esta realidad de convivencia entre la promesa de Dios y las dificultades del mundo actual se ilustra de manera perfecta en el evangelio de hoy. Jesús nos habla a través de la parábola de la buena semilla y la maleza, conocida tradicionalmente como la cizaña. El relato es sencillo pero cargado de un significado teológico profundo. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero mientras todos dormían, vino su enemigo, sembró maleza entre el trigo y se fue. Cuando el trigo creció y dio grano, apareció también la maleza. Los trabajadores, sorprendidos, le preguntaron al dueño si debían arrancar la mala hierba. La respuesta del dueño es clave para comprender cómo opera el reino de Dios en nuestro tiempo: «No, porque al arrancar la maleza pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha».

Esta parábola expone con claridad la condición del mundo y de la iglesia visible. El campo es el mundo, la buena semilla representa a los hijos del reino, y la maleza a los que son del maligno. Jesús nos enseña que, en este tiempo presente, el bien y el mal coexisten. La iglesia no es un club de personas perfectas y puras, aisladas del resto de la sociedad. Al contrario, los creyentes vivimos inmersos en una realidad donde compartimos espacios, trabajos y sufrimientos con aquellos que no conocen a Dios o que incluso actúan en contra de su voluntad.

La reacción natural de los siervos de la parábola es la misma que a menudo experimentamos nosotros: queremos arrancar la maleza de inmediato. Queremos justicia instantánea. Nos impacientamos ante el mal y quisiéramos limpiar el mundo, o incluso nuestras comunidades, de todo aquello que consideramos incorrecto o pecaminoso. Pero el dueño del campo, que es el Hijo del hombre, nos frena. Nos dice que no nos corresponde a nosotros hacer esa separación. ¿Por qué? Porque nuestro juicio humano es imperfecto. Al intentar arrancar la cizaña por nuestra cuenta, corremos el riesgo de destruir el trigo. Podríamos juzgar erróneamente a alguien cuyo corazón Dios está transformando, o podríamos actuar con una soberbia destructiva que dañe la fe de los más débiles.

La paciencia de Dios es, en realidad, nuestra propia salvación. Si Dios hubiera decidido arrancar toda la maleza de este mundo de manera inmediata, ninguno de nosotros estaría aquí hoy, porque todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido cizaña. Todos hemos mostrado frutos amargos, todos hemos pecado y nos hemos rebelado contra su voluntad. Es únicamente por su gracia infinita que hemos sido perdonados y transformados en buen trigo. Dios permite que el trigo y la maleza crezcan juntos porque su deseo es dar tiempo para el arrepentimiento, demostrando una misericordia que supera todo entendimiento humano.

Jesús deja claro que esta coexistencia no durará para siempre. Habrá un día de juicio, un momento de cosecha al final de los tiempos. En ese momento, el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y ellos recogerán de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que hacen el mal, y los echarán en el horno de fuego. Pero miren la maravillosa promesa para los fieles: «Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre». Nuestra justicia no proviene de nuestros propios méritos, no brillaremos por lo buenos que hayamos sido por nuestras propias fuerzas, sino porque reflejamos la justicia de Cristo, quien nos justificó en la cruz.

Frente a esta realidad, nuestra actitud no debe ser la del juez impaciente, sino del que ora con humildad y reconoce su necesidad constante de la guía divina. Como oramos con las palabras del salmista: «Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga con fidelidad; dale firmeza a mi corazón, para que adore tu nombre». El Salmo 86 es la oración perfecta para el creyente que vive en medio del campo donde crecen juntos el trigo y la cizaña. Reconocemos que nuestro corazón a veces se divide, que nos distraemos con las ofertas del mundo y que necesitamos que Dios unifique nuestros pensamientos y deseos para mantenernos fieles a su palabra.

El salmista continúa diciendo: «Señor, Dios tierno y compasivo, paciente, grande en amor y fidelidad, ¡mírame y ten compasión de mí!». Esta es nuestra confianza de cada día. Vivimos en un mundo difícil, gimiendo junto con la creación, esperando la redención final, pero no caminamos solos. Tenemos un Dios compasivo y lento para la ira, que nos nutre con su gracia a través de su palabra y de los sacramentos, dándonos las fuerzas necesarias para permanecer firmes como buen trigo, dando frutos de amor, paz, paciencia y bondad en medio de un entorno hostil.

Por lo tanto, queridos hermanos, no nos desanimemos al ver el mal a nuestro alrededor. No caigamos en la tentación de juzgar y condenar a los demás con ligereza, olvidando que nosotros también dependemos exclusivamente de la misericordia divina. Centremos nuestra mirada en la promesa del fin de los tiempos, sabiendo que nuestra redención está asegurada en Cristo. Aprendamos a descansar en la soberanía de aquel que es el primero y el último, y permitamos que su Espíritu actúe en nosotros, dándonos la paciencia necesaria para testificar de su amor hasta el día de la gran cosecha. Que la palabra de Dios eche raíces profundas en sus corazones y los fortalezca en la fe.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque en tu infinita paciencia nos permites escuchar hoy tu palabra de vida. Reconocemos que muchas veces nos impacientamos ante el mal del mundo y nos olvidamos de tu inmensa misericordia. Te pedimos que unifiques nuestro corazón para que adore tu nombre con fidelidad. Concédenos tu Espíritu Santo para soportar con paciencia los sufrimientos del tiempo presente, manteniendo siempre firme la esperanza en la gloria venidera. Danos la gracia de ser buen trigo en tu campo, reflejando tu amor y perdón hacia todos los que nos rodean. Encomendamos nuestras vidas a tu soberana protección, confiando en que tú nos sostendrás hasta el día en que nos permitas brillar como el sol en tu reino celestial. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Séptimo domingo después de Pentecostés - El derroche de la gracia: el Sembrador que transforma el corazón





12 de Julio de 2026

Séptimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 65:9-13; Isaías 55:10-13; Romanos 8:1-11; Mateo 13:1-9, 18-23


Título: El derroche de la gracia: el Sembrador que transforma el corazón 

La gracia y la paz de Dios nuestro Padre, y de su Hijo Jesucristo, estén con cada uno de ustedes hoy.

Queridos hermanos y hermanas, la palabra que compartimos en esta ocasión nos invita a contemplar la inmensa generosidad de Dios y la manera en que su gracia transforma nuestra realidad de forma absoluta. Muchas veces nos encontramos en la vida preocupados por los resultados, midiendo nuestros esfuerzos o juzgando si nuestro entorno es lo suficientemente fértil para que prospere el bien. Sin embargo, el mensaje del Evangelio nos cambia completamente la perspectiva, moviendo nuestra mirada desde nuestras propias capacidades hacia la acción generosa, libre y poderosa de nuestro Creador.

El texto de Mateo nos presenta una escena muy conocida, la historia del sembrador que sale a echar la semilla. Si miramos con atención el comportamiento de este sembrador, descubrimos algo sorprendente. No es un sembrador calculador ni mezquino. No cuida la semilla guardándola solo para los rincones perfectos de la tierra. Al contrario, siembra de una manera que a ojos humanos parecería un desperdicio, pues deja caer la semilla en el camino, entre las piedras, en medio de los espinos y también en la tierra buena. Esta forma de sembrar nos revela el corazón mismo de Dios. Su gracia no se reparte con cuentagotas ni se reserva únicamente para quienes creemos que la merecen. Dios siembra su amor de manera abundante, derrochando su palabra sobre toda la humanidad, sin importar la condición en la que nos encontremos.

A lo largo del relato, vemos que la semilla enfrenta distintas realidades. Está la orilla del camino, donde la falta de comprensión permite que el mal arrebate lo sembrado. Están los terrenos pedregosos, donde la palabra se recibe con alegría inicial, pero al carecer de raíces profundas, se marchita ante las dificultades y la persecución. También están los terrenos llenos de espinos, donde las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan el crecimiento de la fe. Finalmente, está la tierra buena, aquella que da fruto en abundancia. Al leer esto, nuestra inclinación natural es angustiarnos y preguntarnos si somos el terreno correcto, o intentar con todas nuestras fuerzas transformarnos a nosotros mismos en esa tierra ideal. Pero el secreto de este mensaje no radica en nuestra capacidad de autosuperación, sino en el poder transformador de la palabra divina y en la misericordia del sembrador.

Es aquí donde el profeta Isaías nos ayuda a entender la dinámica de Dios. El texto profético nos recuerda que así como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá sin empapar la tierra, sin fecundarla y hacerla germinar, para dar semilla al que siembra y pan al que come, así también la palabra que sale de la boca de Dios no vuelve a él vacía, sino que hace lo que él quiere y ejecuta la orden que él le da. Esto nos da un descanso profundo. No somos nosotros quienes producimos la vida espiritual por nuestras propias fuerzas o méritos. Es la palabra de Dios la que tiene el poder de ablandar los corazones de piedra, de limpiar los espinos del pecado y de abrir caminos de vida donde antes solo había sequedad. La iniciativa es siempre de Dios, y su promesa es que su mensaje cumplirá su propósito salvífico en nosotros.

El Salmo complementa esta verdad mostrándonos a un Dios que cuida activamente de su creación y de su pueblo. Nos dice que el Señor cuida de la tierra y la riega, y la enriquece en gran manera. Con los arroyos de Dios, llenos de agua, él asegura el trigo de los hombres, pues así prepara la tierra. Dios no es un observador lejano que lanza una semilla y se desentiende de su suerte. Él es el agricultor divino que prepara el terreno, que empapa los surcos, que nivela los terrones y que bendice los brotes con sus lluvias. Toda la creación canta y grita de alegría porque reconoce que la abundancia y la vida provienen exclusivamente del favor divino. Nuestra fe y nuestra justificación son un regalo de ese Dios que insiste en hacernos fructificar.

Sin embargo, la realidad del pecado y de nuestra debilidad humana nos hace experimentar la frustración de sentirnos, muchas veces, como esos terrenos difíciles llenos de espinos o de piedras. Sentimos el peso de las preocupaciones y la incapacidad de vivir de acuerdo con la voluntad divina. Frente a esta angustia, el apóstol Pablo nos ofrece la respuesta definitiva en su carta a los Romanos, conectando perfectamente con el núcleo del Evangelio. Él nos asegura de manera tajante que ahora no hay condenación alguna para los que están unidos a Cristo Jesús. Esta es la gran noticia de la salvación. Nuestra posición delante de Dios no depende de cuán perfectos seamos como terreno, sino de que estamos unidos a Cristo, quien cumplió toda justicia por nosotros.

El apóstol nos explica que la ley del Espíritu de vida, que nos unió a Cristo Jesús, nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Lo que la ley de Moisés no pudo hacer, porque la naturaleza humana era débil, Dios lo hizo al enviar a su propio Hijo en una condición semejante a la del hombre pecador y como sacrificio por el pecado. En la cruz, Cristo asumió nuestra esterilidad, nuestros espinos y nuestras sequedades, y nos regaló su propia vida y su propia fertilidad. Ya no vivimos según las exigencias y temores de la naturaleza humana, sino según el Espíritu, porque el Espíritu de Dios habita en cada uno de ustedes.

Por lo tanto, la invitación de este día no es a mirarnos a nosotros mismos con desesperación, sino a mirar a Cristo con confianza. El fruto que Dios espera de nosotros no es el resultado de un esfuerzo moralista y solitario, sino el resultado natural de permanecer unidos a la vid, de escuchar su palabra y dejar que el Espíritu Santo actúe en nuestras vidas. Cuando comprendemos que somos amados, perdonados y aceptados sin condiciones por los méritos de Jesús, la tierra de nuestro corazón se abre, los espinos del egoísmo se van marchitando y comenzamos a dar frutos de amor, paz, paciencia y servicio al prójimo.

Reciban hoy la buena semilla de la palabra de Dios con la certeza de que el sembrador divino sigue obrando en sus vidas, limpiando el terreno, fortaleciendo las raíces y asegurando que la obra que él comenzó en ustedes llegará a un feliz término. Quien tiene oídos, que oiga y descanse en esta maravillosa promesa de gracia.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque tu amor es inmenso y tu gracia no conoce límites. Gracias por sembrar tu palabra de vida en nuestros corazones de manera tan generosa, aun cuando muchas veces nos encontramos débiles o distraídos por las preocupaciones de este mundo. Te pedimos que envíes tu Espíritu Santo para que rompa las durezas de nuestro corazón, ahogue los espinos de nuestras ansiedades y nos permita retener tu mensaje con fe y gratitud. Mantennos siempre unidos a tu Hijo Jesucristo, en quien no hay condenación alguna, y haz que nuestras vidas reflejen tu amor a través de frutos abundantes de servicio y compasión hacia el prójimo, para la gloria de tu santo nombre.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!