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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Cuarto domingo después de Pentecostés - El valor del discipulado en la debilidad y la gracia



21 de Junio de 2026

Cuarto domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 69:7-10, 16-18; Jeremías 20:7-13; Romanos 6:1b-11; Mateo 10:24-39


Título: El valor del discipulado en la debilidad y la gracia


Gracia y paz a cada uno de ustedes de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.


La palabra de Dios nos invita hoy a reflexionar sobre una realidad profunda que cruza toda la Escritura: el costo de seguir a Dios en un mundo quebrantado, pero por sobre todo, el regalo inmerecido de su gracia que nos sostiene. Como iglesia luterana, volvemos siempre nuestra mirada al corazón del mensaje bíblico: la justificación por la fe, no por nuestros propios méritos, sino por los méritos de Cristo que murió y resucitó por nosotros. Las lecturas de este día nos confrontan con el sufrimiento y el rechazo que muchas veces experimentan los creyentes, pero también nos llenan de consuelo al mostrarnos a un Dios fiel que nos cuida minuciosamente.


Comenzamos nuestro recorrido con el Salmo sesenta y nueve, donde el salmista clama con dolor: «Por ti he sufrido afrentas; mi rostro se ha cubierto de oprobio. ¡Soy un extraño para mis propios hermanos! ¡Soy un advenedizo para los hijos de mi madre! Me consume el celo por tu casa; ¡sobre mí han caído los insultos de los que te ofenden!» (Salmo 69:7-9). Estas palabras nos muestran que la fidelidad a Dios puede generar distancia e incomprensión incluso en nuestros círculos más íntimos. El salmista no oculta su angustia ni finge una falsa fortaleza; se presenta ante Dios con total honestidad. Su consuelo no está en sus propias fuerzas, sino en la naturaleza compasiva del Creador, como añade más adelante: «¡Respóndeme, Señor, por tu bondad y misericordia! ¡Mírame, por tu inmensa ternura! No escondas tu rostro de este siervo tuyo» (Salmo 69:16-17). Desde la perspectiva de nuestra fe, reconocemos que este lamento halla su cumplimiento perfecto en Jesucristo, quien cargó con nuestras afrentas y experimentó el abandono absoluto para rescatarnos.


Esta misma tensión entre la obediencia y el sufrimiento la encontramos en el profeta Jeremías. En un tono que casi parece una queja desesperada, el profeta expresa: «¡Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir! ¡Fuiste más fuerte que yo, y me venciste! ¡Todo el día soy la burla de todos! ¡Todos se burlan de mí!» (Jeremías 20:7). Jeremías experimenta el peso del ministerio profético; anunciar la verdad de Dios en un entorno hostil le acarrea aislamiento y persecución. Siente el impulso de callar, de abandonar su tarea para evitar el conflicto, pero descubre que la palabra divina es más fuerte que sus miedos: «Si digo: "No me acordaré más de él, ni volveré a hablar en su nombre", entonces su palabra en mi corazón se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. Hago todo lo posible por contenerlo, pero no puedo» (Jeremías 20:9). Aquí vemos reflejado el obrar del Espíritu Santo. La fe y el llamado no son decisiones humanas que sostenemos con nuestra fuerza de voluntad; son un don de Dios, un fuego encendido por su Espíritu que nos mueve a testificar aun en medio de la adversidad. Jeremías termina su lamento transformándolo en un canto de alabanza, seguro de que el Señor defiende al necesitado frente a los opresores.

¿Cómo podemos vivir bajo este llamado exigente sin caer en la desesperación? El apóstol Pablo nos ofrece la respuesta teológica fundamental en su carta a los Romanos, recordándonos nuestra identidad en Cristo. Pablo aborda una pregunta crucial sobre la gracia: «¿Qué diremos, entonces? ¿Seguiremos pecando para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?» (Romanos 6:1-2). El bautismo es el eje central de este pasaje. A través del agua y la palabra, somos unidos espiritualmente a la muerte y resurrección de Jesús. Pablo explica que «por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Romanos 6:4). Esto significa que nuestra vieja naturaleza pecaminosa fue crucificada con Cristo. Ya no estamos bajo el dominio del pecado. Al mirarnos a nosotros mismos, muchas veces vemos caídas, miedos e imperfecciones, pero ante los ojos del Padre, estamos revestidos de la justicia de su Hijo. Nuestra seguridad no depende de lo que hacemos para Dios, sino de lo que Dios ya hizo por nosotros en la cruz. Vivir esta vida nueva implica andar en libertad, sabiendo que su amor nos sostiene cada día.


Este trasfondo nos prepara para comprender el pasaje del evangelio según san Mateo, donde Jesús instruye a sus discípulos antes de enviarlos a la misión. El Salvador les advierte con total franqueza: «El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Al discípulo debe bastarle ser como su maestro, y al siervo ser como su señor» (Mateo 10:24-25). Si Cristo sufrió incomprensión y persecución, la iglesia no debe sorprenderse al enfrentar situaciones similares. Seguir a Jesús implica asumir el costo del discipulado, un camino que muchas veces contradice los valores de poder y autoexaltación del mundo. Sin embargo, en lugar de dejarnos llevar por el temor, el evangelio nos inunda de una profunda paz. Tres veces en este texto Jesús nos repite la misma orden: «No les tengan miedo». El fundamento de esta valentía no es la temeridad humana, sino el cuidado paternal de Dios. Jesús ilustra esta verdad con un ejemplo sencillo de la creación: «¿No se venden dos pajarillos por muy poco dinero? Sin embargo, ni uno de solo de ellos cae a tierra sin la voluntad del Padre de ustedes. En el caso de ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. Así que no teman; ustedes valen más que muchos pajarillos» (Mateo 10:29-31).


Qué declaración tan consoladora para nuestra fe. Dios conoce cada detalle de nuestras vidas, incluso aquellos que nosotros mismos ignoramos o consideramos insignificantes, como el número de nuestros cabellos. Si él cuida de las aves del cielo, cuánto más cuidará de sus hijos, comprados a precio de la sangre de Cristo. Este conocimiento disipa todo temor al rechazo o al sufrimiento. No caminamos solos; el Padre celestial está al tanto de cada aflicción que atravesamos por causa de su nombre.


El texto concluye con demandas radicales que sacuden nuestra comodidad: «Cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 10:32-33). Jesús nos llama a una fidelidad total, que se sitúa por encima de los lazos familiares más queridos y de nuestro propio instinto de conservación: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mateo 10:37-38). Al escuchar estas palabras, la ley de Dios nos confronta directamente. ¿Quién de nosotros puede afirmar que ama a Dios por sobre todas las cosas de manera perfecta en su vida diaria? ¿Quién no ha callado por temor al qué dirán, negando al Señor con sus actitudes? Si dependiéramos de la perfección de nuestro discipulado para ser salvos, estaríamos completamente perdidos.


Es precisamente en nuestra incapacidad donde brilla con más fuerza el mensaje de la reforma luterana: el evangelio puro. Jesús describe la paradoja del reino diciendo: «El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 10:39). Perder la vida significa renunciar a la ilusión de salvarnos a nosotros mismos por medio de nuestras obras, nuestra moralidad o nuestros propios esfuerzos. Significa reconocer nuestra bancarrota espiritual y dejar caer toda confianza propia a los pies de la cruz. Al morir a nuestras pretensiones de autojustificación, hallamos la verdadera vida en Cristo. Él tomó nuestro lugar, él cargó la cruz de manera perfecta, él permaneció fiel ante el Padre cuando nosotros fallamos y él nos confiesa delante del trono celestial como sus hermanos redimidos.


Por lo tanto, queridos hermanos y hermanas, no enfrentamos los desafíos del discipulado con angustia o desesperación. La palabra de hoy no viene a cargarnos con una nueva lista de deberes imposibles, sino a recordarnos quiénes somos en Cristo. Somos los bautizados, los que hemos muerto al pecado y vivimos para Dios. Somos aquellos cuyos cabellos están contados por un Padre amoroso. Inspirados por este amor incondicional, podemos proclamar su verdad con valentía, sabiendo que nuestro valor y nuestra eternidad están seguros en sus manos. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús para vida eterna.


Oremos


Dios omnipotente y Padre misericordioso, te damos gracias por tu santa palabra, que nos confronta con nuestra debilidad pero nos levanta con el consuelo de tu gracia. Te pedimos que fortalezcas nuestra fe por medio de tu Santo Espíritu, para que no temamos a las dificultades de este mundo ni al rechazo de los hombres. Recordando siempre las promesas de nuestro bautismo, ayúdanos a vivir la vida nueva que nos regalaste en Cristo, perdiendo nuestra confianza propia para hallar nuestra seguridad eterna solo en ti. Cuida de tu iglesia, sostén a los que sufren persecución o desánimo y recuérdanos cada día que valemos más que las aves del cielo a tus ojos. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Salvador. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Tercer domingo después de Pentecostés - Compasión inmerecida: El regalo de la pura gracia



14 de Junio de 2026

Tercer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 100; Éxodo 19:2-8a; Romanos 5:1-8, Mateo 9:35-10:8

Título: Compasión inmerecida: El regalo de la pura gracia

La gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo sean con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amén.

La palabra de Dios nos invita a contemplar la inmensa compasión de nuestro Salvador y el fundamento de nuestra fe. En el evangelio de Mateo encontramos una descripción conmovedora del ministerio de Jesús. Al recorrer las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas y sanando toda enfermedad, la escritura nos dice que al ver a las multitudes, Jesús «tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor». Esta imagen nos revela el corazón mismo de Dios. El término compasión en los evangelios no es una simple lástima pasajera, sino una conmoción interna profunda que mueve a la acción. Jesús no mira a la humanidad con juicio o desprecio por su extravío, sino con un amor pastoral que busca socorrer al caído. Las ovejas sin pastor están expuestas al peligro, no tienen rumbo y no pueden alimentarse por sí mismas. Esa era la condición del pueblo y, desde la perspectiva de la teología luterana, esa es la condición espiritual de toda la humanidad separada de Dios por el pecado: un estado de total desamparo e incapacidad para salvarse a sí misma.

Frente a esta gran necesidad, Jesús no se queda de brazos cruzados. Él le dice a sus discípulos: «Ciertamente, la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Por lo tanto, pidan al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». La iniciativa de la salvación y de la misión pertenece exclusivamente a Dios. Él es el dueño de la mies. La iglesia no inventa su propia misión, sino que participa en la obra que el Padre ya está realizando en el mundo a través del Hijo y por el poder del Espíritu Santo. Acto seguido, Jesús llama a sus doce discípulos y les da autoridad para expulsar a los espíritus impuros y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Es digno de notar que los elegidos no eran personas con títulos académicos extraordinarios ni santos perfectos. Eran hombres comunes, pescadores, recaudadores de impuestos, personas con fallas y dudas. Dios no llama a los capacitados, sino que capacita a los llamados. Su autoridad no proviene de sus propios méritos, sino de la palabra y del mandato de aquel que los envía.

Las instrucciones que reciben los discípulos son claras y directas. Jesús los envía diciendo: «Vayan y prediquen: “El reino de los cielos se ha acercado”». Este mensaje es el núcleo de la proclamación cristiana. El reino no es algo que los seres humanos construyen con sus propias fuerzas o reformas morales. El reino se ha acercado en la persona de Jesús. Donde está Cristo, allí está el reino de Dios infundiendo perdón, vida y salvación. Los discípulos reciben también el encargo de sanar enfermos, limpiar leprosos, resucitar muertos y expulsar demonios. Estas señales visibles manifiestan que el poder de la muerte y del pecado está siendo derrotado por la presencia del Mesías. La culminación de este mandato pastoral contiene una frase que condensa la teología de la gracia: «De gracia recibieron; den de gracia». Nada de lo que los discípulos van a ofrecer les pertenece por derecho propio. Todo es un regalo inmerecido de Dios. Por lo tanto, no pueden comercializar con los dones divinos ni buscar el beneficio propio, sino transmitir generosamente ese mismo amor gratuito que han experimentado.

Esta verdad central de la pura gracia se conecta profundamente con la lectura de la carta a los Romanos. El apóstol Pablo nos recuerda el núcleo del mensaje de la justificación por la fe, que es el pilar de nuestra doctrina: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». La paz de la que habla la escritura no es un sentimiento pasajero de tranquilidad mental, sino un cambio de estatus legal y espiritual ante el Creador. Ya no somos enemigos debido a nuestra rebelión, sino que hemos sido reconciliados. Esta paz no se basa en la calidad de nuestra obediencia ni en la intensidad de nuestros sentimientos, sino enteramente en la obra objetiva de Jesucristo en la cruz. Por medio de él tenemos acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Incluso en medio de las tribulaciones podemos tener esperanza, porque el sufrimiento produce paciencia, la paciencia prueba el carácter, y el carácter produce una esperanza que no nos avergüenza. La razón de esta seguridad es que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

El pasaje de Romanos nos muestra la maravillosa temporalidad de la gracia divina cuando afirma: «Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos». Dios no esperó a que la humanidad mejorara, se arrepintiera por completo o mostrara señales de bondad para enviar a su Hijo. Cristo murió por nosotros cuando éramos completamente incapaces de salvarnos, cuando éramos pecadores y rebeldes. Pablo argumenta que difícilmente alguien muere por un justo, aunque tal vez alguien se atreva a morir por una persona buena. «Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que su unigénito Hijo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores». Esta es la definición suprema del amor de Dios. No es un amor condicionado al valor del objeto amado, sino un amor gratuito que otorga valor al que no lo tiene. En la cruz vemos al buen pastor dando su vida por las ovejas desamparadas y dispersas que se mencionan en el evangelio. Nuestra seguridad descansa en que el amor de su hijo es incondicional y eterno.

Cuando miramos hacia el Antiguo Testamento, en el libro del Éxodo, encontramos el eco de este tierno cuidado pastoral en los inicios de la historia de Israel. Al llegar al desierto de Sinaí, Dios le habla a Moisés para que le comunique al pueblo una analogía hermosa: «Ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo los he tomado a ustedes y los he traído a mí sobre alas de águila». Antes de dar cualquier mandamiento o de establecer los términos de la alianza, Dios les recuerda lo que él ya ha hecho por ellos. El rescate de la esclavitud en Egipto fue un acto de pura iniciativa y misericordia divina. Israel no se liberó a sí mismo con armas ni estrategias, sino que fue cargado por Dios con el cuidado y la ternura con que un águila lleva a sus crías. La obediencia que Dios pide a continuación, al decir que si escuchan su voz y guardan su pacto serán su especial tesoro sobre todas las naciones, no es la causa para ser amados, sino la respuesta natural de un pueblo que ya ha sido redimido. El propósito de Dios es que sean un reino de sacerdotes y una gente santa, es decir, un pueblo dedicado a reflejar su luz y su misericordia ante el resto del mundo, tal como los discípulos fueron enviados a reflejar la compasión de Jesús.

Ante un Dios tan compasivo, que nos rescata sobre alas de águila, que muere por nosotros cuando aún somos pecadores y que nos mira con entrañable misericordia, la única respuesta lógica de la iglesia es la alabanza y la gratitud sincera. Esto es precisamente lo que entonamos con las palabras del Salmo 100. El salmista nos invita a cantar con alegría al Señor, a servirle con regocijo y a presentarnos ante su presencia con regocijo. La base de nuestra adoración no es el temor al castigo ni la obligación legalista, sino el reconocimiento de su soberanía amorosa: «Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; somos su pueblo, y ovejas de su prado». Nosotros no nos creamos a nosotros mismos, ni física ni espiritualmente. Somos las ovejas de su prado porque él nos compró, no con oro o plata, sino con la preciosa sangre de Jesucristo. Entramos por sus puertas con acción de gracias y por sus atrios con alabanza, bendiciendo su nombre porque el Señor es bueno, su misericordia es para siempre y su fidelidad permanece por todas las generaciones.

Queridos hermanos, el mensaje del evangelio para nosotros hoy es una invitación a descansar en la compasión de Jesús y a mirar al mundo con sus mismos ojos. A menudo nos encontramos cansados, abrumados por las exigencias de la vida, sintiéndonos como ovejas desamparadas y dispersas ante los problemas familiares, de salud o económicos. En esos momentos de debilidad, la palabra nos recuerda que Cristo ya murió por nosotros y que su Espíritu Santo habita en nuestros corazones. No estamos solos ni desamparados. El buen pastor nos conoce por nuestro nombre, nos alimenta con su palabra y sacramentos, y nos sostiene firmes en su gracia. Su mirada sobre sus vidas hoy no es de condenación, sino de una profunda y restauradora compasión.

Al mismo tiempo, este texto nos desafía a ser los obreros que el Señor envía a su mies. A nuestro alrededor hay un mundo lleno de personas que caminan heridas, desorientadas y sin esperanza, viviendo como ovejas que no tienen pastor. La misión de la iglesia no es opcional ni es un club social; es la extensión de las manos sanadoras y de la voz consoladora de Cristo en medio de la sociedad. Fuimos llamados a proclamar que el reino de los cielos se ha acercado, a llevar consuelo al afligido, perdón al arrepentido y esperanza al desesperado. Recordando siempre el principio fundamental de nuestra fe: de gracia recibimos la salvación, el perdón y la vida eterna; por lo tanto, demos de gracia, compartiendo el amor de Dios sin condiciones, sin acepción de personas y con un corazón alegre. Que la certeza de su amor infinito nos impulse cada día a vivir como su especial tesoro, anunciando las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos infinitas gracias porque nos has mirado con profunda compasión cuando estábamos perdidos y sin esperanza en nuestros pecados. Gracias por enviarnos a tu amado Hijo Jesucristo para ser nuestro buen pastor, quien dio su vida por nosotros en la cruz para justificarnos por la fe y darnos paz eterna contigo. Te pedimos que derrames abundantemente tu Espíritu Santo en nuestros corazones, para que podamos permanecer firmes en tu gracia inmerecida en medio de cualquier tribulación. Capacita a tu iglesia con poder y concédenos un corazón lleno de amor y misericordia para ver la necesidad del prójimo. Envía obreros fieles a tu mies y permítenos ser instrumentos de tu paz, proclamando con valentía que tu reino se ha acercado y compartiendo de gracia lo que de gracia hemos recibido de tus manos. Guarda a tu pueblo en la verdadera fe y mantén nuestra alabanza constante a tu santo nombre, porque tú eres bueno, tu misericordia es eterna y tu fidelidad nunca falla. Todo esto lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Segundo domingo después de Pentecostés - El Médico de pecadores y la justicia de la fe



07 de Junio de 2026

Segundo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 50:7-15; Oseas 5:15-6:6; Romanos 4:13-25; Mateo 9:9-13, 18-26

Título: El Médico de pecadores y la justicia de la fe

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios el Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amén.

La Palabra de Dios que convoca nuestra atención en este día nos sumerge en el núcleo mismo de la fe cristiana y de nuestra teología reformada, aquella que redescubrió el consuelo del evangelio puro mediante la proclamación de la justificación por la sola gracia, recibida únicamente por medio de la fe en los méritos de Cristo. Cuando nos acercamos a las Sagradas Escrituras, la teología luterana nos enseña a discernir con claridad meridiana entre dos palabras fundamentales que Dios nos dirige: la ley y el evangelio. La ley nos muestra nuestra total incapacidad, nuestro pecado y la justa ira divina frente a nuestra rebelión, mientras que el evangelio nos anuncia, sin mérito alguno de nuestra parte, el favor inmerecido, el perdón completo y la vida eterna que nos han sido otorgados en los brazos abiertos de Jesús. Las lecturas preparadas para este día trazan este camino con una precisión maravillosa, guiándonos desde el fracaso de nuestros intentos religiosos de autojustificación hasta el glorioso descanso que hallamos en la misericordia del Salvador que sale a nuestro encuentro en el camino de la vida.

Comenzamos nuestra meditación considerando las palabras del Salmo cincuenta, versículos del siete al quince, donde el Dios soberano confronta a su pueblo con una verdad que hace tambalear toda religión basada en el esfuerzo humano. El texto nos muestra al Creador declarando que no necesita los sacrificios materiales ni los holocaustos de animales como si tuviera hambre o careciera de algo, porque todo lo que existe en el universo entero ya le pertenece. La advertencia divina es tajante cuando dice: «Si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud». El error del pueblo radicaba en pensar que podían comprar el favor de Dios o apaciguar su conciencia mediante el cumplimiento externo de ritos, ofreciendo cosas que, en última instancia, provenían de la propia creación de Dios. Esta inclinación es la esencia misma de la justicia propia legalista, la cual sobrevive con fuerza en nuestros corazones caídos, impulsándonos a creer que nuestras oraciones largas, nuestras contribuciones financieras o nuestra moralidad externa pueden obligar a Dios a bendecirnos o a salvarnos. El salmista derriba esta ilusión y nos redirige hacia el verdadero culto que agrada al Altísimo: «Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás». La verdadera adoración cristiana no consiste en darle algo a Dios para enriquecerlo, sino en reconocer nuestra absoluta bancarrota espiritual, acudir a él con acción de gracias por sus bondades y llamarlo en medio de nuestra miseria para que sea él quien nos rescate. Dios encuentra gloria no en lo que nosotros pretendemos ofrecerle para salvarnos, sino en la oportunidad de manifestar su poder rescatándonos cuando estamos completamente perdidos y sin fuerzas.

Esta misma tensión entre la religión externa y la verdadera necesidad del corazón se agudiza en la lectura del profeta Oseas, capítulo cinco, versículo quince, extendiéndose hasta el capítulo seis, versículo seis. El pasaje describe a un pueblo que sufre las consecuencias de su infidelidad espiritual, experimentando el abandono divino y el dolor del juicio. Ante esta crisis, la respuesta humana inicial parece piadosa cuando dicen entre sí: «Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará». Sin embargo, el diagnóstico divino expone la superficialidad de este arrepentimiento, revelando que la piedad de Efraín y de Judá es como la nube de la mañana, o como el rocío de la madrugada que se evapora rápidamente con los primeros rayos del sol. Era un remordimiento pasajero motivado únicamente por el deseo de eludir el castigo, una manipulación religiosa que buscaba una restauración rápida sin reconocer la gravedad del pecado ni la necesidad de una transformación interior obrada por el Espíritu. La declaración final de esta sección profética constituye uno de los pilares de la revelación bíblica y resuena con fuerza en las enseñanzas de Cristo: «Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos». Dios rechaza los rituales cuando estos se utilizan como una máscara para ocultar un corazón frío, distante y desprovisto de fe activa. Los sacrificios sin fe y sin amor al prójimo son una abominación ante los ojos de aquel que escudriña las intenciones más profundas de nuestra mente. Lo que el Señor requiere no es el cumplimiento meticuloso de un código para tranquilizar la mente herida, sino un entendimiento vivo de su carácter santo y un corazón quebrantado que se rinda ante su gracia soberana.

Frente a la insuficiencia de la ley y de nuestras obras, el apóstol Pablo nos presenta en la Epístola a los Romanos, capítulo cuatro, versículos del trece al veinticinco, la gran alternativa divina: la justicia que es por la fe, ilustrada de manera insuperable en la vida del patriarca Abraham. El apóstol explica con absoluta claridad que la promesa dada a Abraham y a su descendencia de que sería heredero del mundo no le fue concedida por medio de la ley, sino a través de la justicia de la fe. Si la herencia dependiera de aquellos que cumplen la ley, la fe carecería de valor y la promesa divina quedaría completamente anulada, porque la ley, por su propia naturaleza santa, lo único que produce en el ser humano pecador es la ira, al poner en evidencia nuestra transgresión constante. Por lo tanto, la salvación procede de la fe, para que sea por pura gracia, garantizando así la promesa para toda la descendencia, no solo para los que vivían bajo la ley mosaica, sino también para aquellos que comparten la fe de Abraham, quien es el padre espiritual de todos nosotros ante Dios. El texto nos invita a contemplar la fe de este hombre, quien creyó en esperanza contra toda esperanza, mirando más allá de las limitaciones biológicas de su propio cuerpo ya envejecido y de la esterilidad del vientre de Sara. Abraham no dudó de la promesa de Dios por incredulidad, sino que se fortaleció en la fe dando gloria a Dios, plenamente convencido de que aquel que había hecho la promesa era también poderosamente capaz de cumplirla con creces. Esta fe confianza, que no se apoya en las circunstancias visibles ni en los recursos humanos, le fue contada por justicia, y el apóstol nos asegura que estas palabras no se escribieron únicamente para él, sino también para nosotros. La justicia nos será contada a todos los que creemos en aquel que levantó de los muertos a Jesús, nuestro Señor, el cual fue entregado a la muerte por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra completa justificación. Aquí encontramos el corazón del evangelio paulino y luterano: Cristo asume nuestro lugar bajo la maldición de la ley, muere por nuestros pecados reales y resucita para declarar ante el tribunal celestial que nuestra deuda ha sido cancelada para siempre, imputándonos una justicia perfecta que no nos pertenece, pero que recibimos como un regalo gratuito mediante la fe.

Teniendo este trasfondo de la insuficiencia humana y de la sobreabundancia de la gracia divina, nos adentramos en el texto central de nuestra liturgia, el santo evangelio según san Mateo, capítulo nueve, versículos del nueve al trece y del dieciocho al veintiséis. El relato comienza con un encuentro directo, transformador y soberano en el que Jesús, al pasar por un lugar determinado, ve a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de la recaudación de impuestos. Los recaudadores de impuestos en aquella época, conocidos como publicanos, no eran simplemente empleados públicos comunes; eran considerados traidores a su propia patria, colaboradores directos del imperio opresor romano y extorsionadores profesionales que se enriquecían a expensas del sufrimiento de sus compatriotas. En la estructura social y religiosa del judaísmo de aquel tiempo, un hombre en la posición de Mateo ocupaba el escalón más bajo de la degradación moral y espiritual, siendo excluido de la comunión de la sinagoga y etiquetado permanentemente como un pecador irrecuperable. Sin embargo, el evangelio brilla con esplendor cuando observamos que Jesús no pasa de largo, ni se detiene para pronunciar una palabra de condena o para exigirle una reforma moral previa antes de hablarle. Con una autoridad divina que despierta la vida donde hay muerte espiritual, Jesús le dirige una sola palabra directa: «Sígueme». La respuesta de Mateo es el resultado inmediato de la gracia eficaz que opera a través de la palabra de Cristo; el texto nos dice simplemente que él se levantó y lo siguió, abandonando su mesa de ganancias ilícitas y su antigua identidad para adentrarse en una realidad completamente nueva.

Este milagro de la conversión se traslada de inmediato al ámbito de la comunión, pues encontramos a Jesús sentado a la mesa en la casa de Mateo, compartiendo los alimentos y la vida con una gran multitud de publicanos y pecadores que habían acudido al lugar para estar con él y con sus discípulos. La mesa compartida en el antiguo Oriente Medio era el signo más profundo de aceptación, amistad, paz y reconciliación mutua. Ver a un maestro religioso de la estatura de Jesús comiendo voluntariamente con las personas marginadas de la sociedad causó un escándalo mayúsculo entre los fariseos, quienes representaban la cumbre de la observancia legalista y de la pureza ritual de la época. Los fariseos, horrorizados por esta flagrante violación de sus normas de separación e impulsados por su espíritu de justicia propia, no se atreven a confrontar a Jesús directamente, sino que interrogan a sus discípulos preguntando: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». En su mentalidad meritocrática, la santidad se preservaba mediante el aislamiento y el desprecio hacia los impuros, creyendo que la justicia divina consistía en recompensar a los que se esforzaban por cumplir la ley y en apartar a los infractores.

Jesús, escuchando la recriminación velada de los religiosos, interviene con una declaración que redefine por completo la misión del Hijo de Dios en el mundo y resume la esencia misma del evangelio: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos». Con esta metáfora médica, Jesús desarma la lógica farisaica y establece el propósito de su encarnación. Un médico no pasa sus jornadas entre personas robustas y llenas de salud, sino que busca activamente los hospitales, los lechos de dolor y los hogares donde las enfermedades causan estragos, porque es allí donde su conocimiento y su medicina son verdaderamente necesarios. Al identificarse como el médico de las almas, Jesús revela que su presencia entre los pecadores no significa una aprobación de la maldad, sino la llegada del remedio divino para sanar la condición humana caída. Inmediatamente después, Jesús confronta el orgullo intelectual y espiritual de los fariseos enviándolos a estudiar sus propias escrituras con una frase incisiva: «Andad, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento». Citando directamente el pasaje de Oseas que meditamos anteriormente, Jesús les demuestra que, a pesar de su conocimiento técnico de la ley, ignoraban por completo el corazón de Dios. El Señor les hace ver que la verdadera justicia no se encuentra en el cumplimiento de sacrificios externos que fomentan el orgullo y la exclusión, sino en la recepción de la misericordia divina que nos mueve a compadecernos de los perdidos. La afirmación de que no vino a llamar a justos, sino a pecadores, contiene una ironía profunda y un juicio teológico severo; no es que existieran personas verdaderamente justas en sí mismas ante Dios, pues la Escritura afirma que no hay ni siquiera uno solo que haga el bien de manera perfecta. Lo que Jesús está señalando es que aquellos que se consideran a sí mismos justos, sanos y sin tacha debido a sus méritos religiosos, se autoexcluyen voluntariamente de la obra de la salvación, ya que un hombre que se cree sano jamás acudirá al médico para recibir curación. El evangelio es una buena noticia única y exclusivamente para aquellos que reconocen su propia enfermedad espiritual, su pecado, su incapacidad total y su necesidad desesperada de un Salvador.

El relato evangélico avanza de inmediato para mostrarnos el poder sanador y vivificante de este médico celestial en acción a través de dos milagros entrelazados que ilustran de forma visible lo que significa la justificación por la fe. Mientras Jesús enseñaba estas verdades, un alto jefe de la sinagoga, un hombre respetable llamado Jairo, se presenta ante él y, postrándose en un acto de profunda humildad y desesperación, le suplica: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven e impón tu mano sobre ella, y vivirá». La fe de este padre desafía la realidad fría y definitiva de la muerte física; él no pide una oración a la distancia ni un consuelo moral para sobrellevar el luto, sino que confía en que el contacto físico de la mano de Jesús posee la autoridad soberana para infundir vida en un cadáver. Jesús, movido por la compasión, se levanta de inmediato y lo sigue acompañado por sus discípulos, encaminándose hacia el hogar del dolor. En el trayecto hacia la casa del oficial, la marcha de la comitiva se interrumpe por un suceso imprevisto que introduce otra dimensión de la miseria humana y de la fe que se aferra al Salvador. Una mujer que padecía de un flujo de sangre continuo desde hacía doce largos años se acerca sigilosamente por detrás de Jesús entre la multitud. Esta enfermedad no solo le causaba un sufrimiento físico constante y un debilitamiento corporal profundo, sino que, de acuerdo con las leyes de pureza del libro de Levítico, la mantenía en un estado de impureza ritual permanente. Todo lo que ella tocaba quedaba impuro; no podía participar en el culto público, estaba privada de la comunión social y su matrimonio, si es que lo tenía, estaba destruido. Había gastado todos sus recursos buscando ayuda en la ciencia humana sin obtener alivio, siendo marginada y considerada un castigo viviente. En su corazón, encendido por la fe en la bondad del Mesías, pensaba para que: «Si solamente toco su manto, seré salva». No había en sus palabras un intento de negociación legalista, ni una presentación de méritos morales; era la fe pura que se extiende desde la más absoluta debilidad para tocar la fuente de la gracia. Jesús se vuelve, la mira con ternura y le dirige unas palabras que disipan todo temor y condenación: «Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado». En ese preciso instante, el flujo de sangre se detiene y la mujer queda completamente sana. Es crucial notar que Jesús no atribuye la sanación a un poder mágico intrínseco en la tela de su ropa, sino a la fe que confió en su persona; la fe fue el instrumento que unió la profunda necesidad de la mujer con el poder restaurador del Hijo de Dios, transformando su condición de marginada social en una realidad de paz, salud y adopción familiar, al llamarla explícitamente con el tierno nombre de hija.

Una vez reanudado el camino, Jesús llega finalmente a la casa del jefe de la sinagoga, encontrándose con el escenario típico del duelo oriental de la época: flautistas que tocaban melodías fúnebres y una multitud de personas que hacían un gran alboroto llorando y lamentándose en alta voz por la pérdida de la niña. La muerte reinaba en ese hogar con toda su aparente victoria irreversible. Al entrar, Jesús asume el control absoluto de la situación y les dice con autoridad: «Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme». Estas palabras provocan de inmediato la burla y el desprecio de los presentes, quienes, confiados en sus sentidos humanos y en la certeza médica de la muerte, se ríen de él con incredulidad. Para el mundo sumido en el pecado, la muerte es el final absoluto, el enemigo invencible que destruye toda esperanza. Sin embargo, para el Creador de la vida, la muerte de un creyente no es más que un sueño temporal del cual puede ser despertado con la misma facilidad con la que una madre despierta a su hijo por la mañana. Después de hacer salir a la multitud incrédula, Jesús entra en la habitación donde yacía el cuerpo sin vida, toma a la niña de la mano con delicadeza pero con poder omnipotente, y la niña se levanta inmediatamente llena de vida y vigor. La noticia de este milagro portentoso se difunde con rapidez por toda aquella tierra, dejando un testimonio innegable de que en Jesús el reino de Dios ha irrumpido con poder para derrotar las consecuencias más extremas del pecado, que son la enfermedad y la muerte misma.

Cuando analizamos estos relatos milagrosos a la luz de la doctrina luterana de la justificación por la fe, descubrimos una hermosa y profunda analogía espiritual de nuestra propia salvación. La condición de la mujer con el flujo de sangre y el estado de la niña muerta representan de forma perfecta la condición espiritual de toda la humanidad después de la caída en el pecado. El ser humano no se encuentra simplemente enfermo o debilitado moralmente por causa del pecado original, de modo que conserve un remanente de libre albedrío que le permita colaborar con Dios en su propia salvación. La teología de la Reforma, basada en las declaraciones explícitas del apóstol Pablo, afirma que estamos espiritualmente muertos en nuestros delitos y pecados. Un cadáver no puede tomar la iniciativa para buscar un médico, no puede cooperar con el tratamiento, no puede extender la mano para solicitar ayuda ni puede tomar la decisión de resucitar a sí mismo por sus propias fuerzas. La iniciativa de la salvación pertenece de manera exclusiva y absoluta a la gracia soberana de Dios. Es Jesús quien se levanta, es Jesús quien camina hacia nuestra miseria, es Jesús quien nos mira con compasión y es Jesús quien nos toma de la mano muerta para infundirnos la vida del Espíritu a través de la proclamación de su palabra eficaz. Nuestra justificación no es un proceso en el que nosotros aportamos una parte y Dios aporta el resto; es un acto de justicia absoluta y divino en el que el Salvador nos declara justos basándose únicamente en su obra perfecta consumada en la cruz del Calvario.

La fe que salva, tal como la vemos reflejada en la mujer herida y en el oficial de la sinagoga, no es una obra buena que nosotros realizamos para convencer a Dios de que nos salve; la fe es en sí misma un don gratuito del Espíritu Santo obrado en nuestros corazones mediante la escucha del evangelio. La fe no se enfoca en su propia intensidad ni en la dignidad del sujeto que la posee, sino que encuentra todo su valor y eficacia en el objeto al cual se aferra, que es la persona y la obra de Jesucristo. Así como la mano temblorosa y temerosa de la mujer impura tocó el borde del manto de Jesús y recibió de inmediato la plenitud de la sanación, de la misma manera nuestra fe, por débil, pequeña o vacilante que pueda parecernos en momentos de prueba y de tentación, nos une de forma indisoluble al Salvador omnipotente. No es la fuerza de nuestra fe lo que nos salva, sino el Cristo perfecto en quien está depositada nuestra fe. Al estar unidos a él, se produce lo que nuestro reformador Martín Lutero denominaba el gran intercambio: Cristo toma sobre sí toda nuestra impureza, nuestro pecado, nuestra culpa y la condenación que merecíamos bajo la ley, sufriendo el castigo en su propio cuerpo en la cruz; al mismo tiempo, él nos viste gratuitamente con su justicia perfecta, su santidad inmaculada, su pureza y su vida eterna. Cuando el Padre celestial nos mira a los ojos, ya no ve los trapos de inmundicia de nuestras transgresiones, sino que ve la vestidura resplandeciente de la justicia de su Hijo amado que nos cubre por completo.

Esta maravillosa realidad del evangelio transforma radicalmente la forma en que vivimos la vida cristiana y nos reunimos como iglesia en la actualidad. La iglesia no es, ni debe pretender ser jamás, un museo exclusivo para exhibir a santos perfectos que se enorgullecen de su propia moralidad o un club social cerrado para personas que se consideran superiores a los demás debido a sus prácticas religiosas externas. La iglesia es, por definición divina, el hospital de Cristo, un refugio de gracia y de misericordia donde los pecadores quebrantados, los heridos por la vida, los marginados por el mundo y los conscientes de su propia debilidad espiritual acuden constantemente para recibir la medicina sanadora del perdón de los pecados. Cada vez que nos reunimos alrededor de los medios de gracia, que son la Palabra puramente predicada y los santos sacramentos instituidos por el Señor, Jesús el gran médico de las almas se hace presente en medio de nosotros para ejercer su oficio sanador. En la proclamación de la absolución nos dice de nuevo: «Hijo, hija, tus pecados te son perdonados; ten ánimo». En el santo bautismo nos rescata de las garras de la muerte y del diablo, uniéndonos a su resurrección gloriosa y dándonos una nueva identidad eterna. En el sacramento del altar, en la santa cena, nos invita a sentarnos a su mesa de gracia, no porque seamos dignos en nosotros mismos, sino precisamente porque somos pecadores necesitados de su comunión y del alimento espiritual que sostiene nuestra fe en medio de las batallas de este mundo.

Por lo tanto, la palabra del evangelio nos libera por completo del peso insoportable del legalismo y del temor constante a la condenación. Los fariseos de todas las épocas continuarán preguntando con desprecio por qué nuestro maestro come con publicanos y pecadores, por qué la iglesia luterana insiste tanto en anunciar una gracia tan radical que justifica al impío de manera gratuita por medio de la fe sin las obras de la ley. Respondemos con confianza y con gozo absoluto repitiendo las palabras de nuestro Salvador: nos gloriamos en nuestra debilidad porque sabemos que no vino a llamar a justos, sino a pecadores. Si fuéramos personas sanas que hubieran logrado cumplir la ley divina a la perfección por sus propias fuerzas, la muerte de Cristo habría sido en vano y la promesa carecería de sentido. Nuestra única gloria y nuestro único descanso se encuentran en el hecho de que reconocemos nuestra enfermedad espiritual y nos arrojamos sin reservas en los brazos de aquel que tiene el poder de darnos vida eterna. Esta certeza nos impulsa a vivir una vida de verdadera libertad cristiana, una vida que ya no está motivada por el miedo al castigo ni por el deseo egoísta de acumular méritos ante Dios para ganar el cielo, sino que brota de un corazón lleno de gratitud espontánea, de amor y de alabanza hacia nuestro Redentor. Libres de la necesidad de salvarnos a nosotros mismos, el Espíritu Santo nos capacita para volver la mirada hacia nuestros semejantes, convirtiéndonos en instrumentos de esa misma misericordia divina que hemos recibido de forma tan abundante, sirviendo a nuestro prójimo en amor, consolando a los afligidos y anunciando a un mundo sumido en la desesperación que el médico celestial sigue sanando y resucitando a los muertos espirituales por medio de su maravillosa palabra de gracia.


Oremos 


Omnipotente y eterno Dios, Padre celestial, te damos gracias con todo nuestro corazón porque en tu infinito amor no nos abandonaste en nuestra condición de enfermedad espiritual y muerte eterna causada por el pecado, sino que enviaste a tu Hijo amado, Jesucristo, como el gran médico de nuestras almas para rescatarnos y darnos vida nueva. Te rogamos humildemente que por medio de tu Santo Espíritu mantengas siempre viva en nosotros la verdadera fe que se aferra únicamente a sus méritos y a su justicia perfecta. Concédenos la gracia de reconocer diariamente nuestra necesidad de tu perdón, alejando de nuestros corazones todo orgullo farisaico y toda confianza en nuestras propias obras o méritos religiosos. Danos un entendimiento profundo de tu santa palabra para que comprendamos el verdadero valor de tu misericordia y podamos manifestarla con alegría hacia aquellos que nos rodean, sirviendo a nuestro prójimo con amor sincero. Sostén a tu iglesia en la proclamación fiel del evangelio puro, para que los pecadores encuentren en ella un refugio de paz, consuelo y salvación. Te pedimos que nos fortalezcas en la esperanza de la resurrección final, confiando plenamente en que aquel que fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación nos guiará con seguridad hasta tu presencia celestial, donde te alabaremos por toda la eternidad. Todo esto te lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Domingo de Trinidad - Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia

31 de Mayo de 2026

Domingo de Trinidad.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 8; Génesis 1:1–2:4a; 2 Corintios 13:11–13; Mateo 28:16–20

Título: Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes. Hoy nos reunimos bajo la luz de la revelación divina para contemplar uno de los misterios más grandes y, a la vez, más consoladores de nuestra fe: el misterio de la Santa Trinidad. Las lecturas de este día nos llevan en un viaje teológico que abarca desde los albores de la creación hasta la culminación de la misión de la iglesia en la tierra. Vemos a Dios actuando en la historia, manifestándose como el Creador del universo, el Redentor de la humanidad caída y el Santificador que sostiene a su pueblo elegidos. A través de estas páginas sagradas, la teología luterana confiesa que no adoramos a un dios lejano o a una fuerza impersonal, sino al Dios trino que se ha inclinado hacia nosotros en amor, misericordia y gracia soberana.

Comenzamos nuestro recorrido en el libro de Génesis, donde se nos presenta el relato de la creación. Las palabras iniciales de la Escritura declaran: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Aquí encontramos el fundamento de todo lo que existe. Dios no necesitó de materia preexistente; él habló y de la nada surgió el cosmos. El texto nos dice que la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Pero en medio de esa oscuridad, el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Aquí ya vemos los primeros destellos de la pluralidad de personas en la unidad de la deidad. Dios habla, su Palabra genera vida y su Espíritu incuba la creación. A lo largo de los seis días de la creación, vemos un orden perfecto y una progresión que culmina con la formación del ser humano. En el consejo divino, Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Este uso del plural «hagamos» ha sido entendido históricamente por la iglesia cristiana como una indicación temprana de la comunión trinitaria. Dios no está solo; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo participan en la deliberación y en la ejecución de la obra creadora. El ser humano fue creado para reflejar esa imagen divina, para vivir en perfecta comunión con su Hacedor y para administrar la creación con justicia y rectitud. Al concluir su obra, Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era bueno en gran manera. El descanso del séptimo día santificó el orden de la creación, estableciendo un recordatorio permanente de la providencia divina.

Esta grandeza de la creación nos lleva de manera natural a las palabras del salmo ocho. El salmista, al contemplar la inmensidad del firmamento, las obras de los dedos de Dios, la luna y las estrellas que él formó, se siente abrumado por la pequeñez humana. Exclama con reverencia: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?». Esta es la paradoja de la existencia humana. Somos criaturas insignificantes en comparación con la vastedad del universo físico, y sin embargo, somos el objeto del amor supremo de Dios. El salmo continúa diciendo que Dios hizo al ser humano un poco menor que los ángeles, y lo coronó de gloria y de honra. Le dio el dominio sobre las obras de sus manos y puso todo bajo sus pies. Para los luteranos, este salmo no es simplemente un poema de alabanza a la naturaleza; es una profecía cristológica profunda. El autor de la epístola a los Hebreos nos enseña que estas palabras encuentran su cumplimiento último en Jesucristo. Fue Jesús quien se humilló a sí mismo, haciéndose un poco menor que los ángeles al asumir nuestra carne humana. Fue Jesús quien sufrió la muerte en la cruz para rescatar a la humanidad del pecado, de la muerte y del poder del diablo. Y, es Jesús quien ahora está coronado de gloria y de honra, sentado a la diestra del Padre, teniendo todas las cosas sujetas bajo sus pies. Por lo tanto, cuando leemos el salmo ocho, vemos el rostro de nuestro Redentor, el hombre perfecto que restauró la imagen de Dios que nosotros habíamos perdido en la caída.

El apóstol Pablo, en su segunda carta a los Corintios, concluye con una exhortación pastoral que resume la vida de la iglesia bajo la bendición trinitaria. Él escribe: «Por lo demás, hermanos, tengan gozo, perfecciónense, consuélense, sean de un mismo sentir, y vivan en paz; y el Dios de paz y de amor estará con ustedes». Esta comunidad de Corinto era una iglesia plagada de divisiones, pecados y conflictos doctrinales. Sin embargo, Pablo no los abandona a su propia suerte, sino que los apunta hacia la fuente de toda paz y unidad. La madurez y el consuelo no provienen de los esfuerzos humanos, sino de la presencia del Dios de paz. La bendición final que Pablo pronuncia es una de las declaraciones trinitarias más explícitas del Nuevo Testamento: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes». Esta fórmula apostólica no es un simple formalismo litúrgico. Es la entrega de los tesoros divinos a la iglesia. La gracia viene a través de Jesucristo, quien entregó su vida por nosotros; el amor es el origen de todo, proveniente del Padre que envió a su Hijo; y la comunión es la obra del Espíritu Santo, que nos une a Cristo y nos une unos con otros en un solo cuerpo. Esta bendición sostiene a la iglesia en medio de las pruebas y nos asegura que estamos envueltos en la vida misma del Dios trino.

Llegamos ahora al corazón de nuestro mensaje, el santo evangelio según San Mateo. El texto nos traslada a una montaña en Galilea, el lugar que Jesús había indicado a sus discípulos. Los once discípulos acudieron a la cita. El texto nos dice que cuando vieron a Jesús, le adoraron; pero algunos dudaban. Esta observación es sumamente reconfortante para nosotros hoy. Los discípulos, que habían caminado con Jesús, que habían visto sus milagros y que incluso eran testigos de su resurrección, todavía experimentaban momentos de flaqueza y duda. Jesús no los rechaza por su debilidad de fe. Él no busca hombres perfectos o héroes de la fe independientes; él busca pecadores que reconozcan su necesidad de él. En medio de sus dudas, Jesús se acerca a ellos. Su acercamiento no es para condenarlos, sino para fortalecerlos y darles una misión que cambiaría el rumbo de la historia humana.

Jesús se acercó y les habló diciendo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Esta declaración de soberanía absoluta es el fundamento de toda la vida y misión de la iglesia. Como luteranos confesionales, sostenemos que el Cristo crucificado es el mismo Cristo resucitado que gobierna el universo. Su autoridad no es tiránica, sino salvífica. Es la potestad del Rey de reyes que ha vencido al pecado, al infierno y a la tumba. Él tiene el derecho legal y divino sobre toda la creación porque la ha comprado no con oro o plata, sino con su sangre preciosa. Esta potestad asegura a la iglesia que, sin importar cuán hostil sea el mundo o cuán poderosas parezcan las fuerzas del mal, Cristo sigue estando en el trono. Las misiones de la iglesia no se realizan confiando en el poder político, los recursos económicos o las estrategias humanas, sino bajo el amparo de la autoridad soberana de nuestro Señor Jesucristo.

Basado en esa potestad incuestionable, Jesús emite el mandato supremo: «Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones». Aquí encontramos la gran comisión, el motor teológico de la cristiandad. La iglesia existe para testificar de Cristo y llevar las buenas nuevas de salvación a todo rincón del planeta. Hacer discípulos no es un llamado a moralizar a la sociedad o a imponer una cultura particular; es el llamado a traer a las personas al conocimiento salvador de la verdad. Jesús especifica los medios divinos a través de los cuales se cumple este mandato: «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». Notemos con precisión matemática la redacción del texto bíblico. Jesús dice «en el nombre», en singular, no en los nombres, en plural. Con esta sola frase, el Señor establece la unidad de la esencia divina y la trinidad de las personas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten un solo nombre, una sola naturaleza, una sola majestad y un solo poder, existiendo en una coigualdad eterna.

El santo bautismo no es una mera ceremonia humana de iniciación, ni un símbolo vacío de nuestro compromiso con Dios. En la teología luterana, el bautismo es un medio de gracia real y eficaz. Es el lavamiento de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo. Cuando una persona es bautizada en el nombre del Dios trino, la propiedad de su vida cambia de manos. Dios pone su nombre santo sobre el pecador, adoptándolo como su hijo querido. En el agua bautismal combinada con la palabra de Dios, nuestros pecados son ahogados, la vieja naturaleza es crucificada y nacemos a una vida nueva en Cristo. Es el acto soberano de Dios donde el perdón de los pecados, la liberación de la muerte y la salvación eterna nos son otorgados de manera gratuita. Por eso, el mandato de bautizar abarca a todas las naciones, sin distinción de raza, edad o condición social. El bautismo es el regalo del Padre, comprado por el Hijo y aplicado por el Espíritu Santo a cada alma sedienta de perdón.

Junto al bautismo, Jesús establece el segundo medio para hacer discípulos: «enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado». La iglesia cristiana es, por definición, una iglesia docente. No podemos separar la evangelización de la enseñanza de la sana doctrina. Enseñar a guardar todo lo que Cristo ha mandado significa mantenernos fieles a la totalidad de la Escritura. No tenemos el derecho de seleccionar qué doctrinas nos agradan y cuáles preferimos ignorar para adaptarnos a las corrientes culturales del momento. Debemos proclamar todo el consejo de Dios: el juicio severo de la ley que expone nuestro pecado y la consoladora dulzura del evangelio que nos ofrece el perdón gratuito por los méritos de Cristo. Esta enseñanza continua es la que nutre la fe, protege a la grey de los falsos maestros y capacita a los creyentes para vivir una vida de santidad que glorifique el nombre de Dios.

El evangelio concluye con la promesa más hermosa y sustentadora que Jesús pudo haber dejado a su iglesia: «y he aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Qué palabras tan magníficas para cerrar este evangelio. Jesús no nos deja solos frente a la inmensidad de la tarea. Él no ascendió al cielo para desentenderse de sus siervos en la tierra. Él promete su presencia real, continua y reconfortante. Él está con nosotros «todos los días», lo que significa que está presente tanto en los días de triunfo y alegría como en los días de persecución, dolor, duda y sufrimiento. Esta promesa de su presencia se cumple de manera especial a través de los medios de gracia. Cristo está presente donde se predica fielmente su palabra y donde se administran correctamente sus sacramentos. Cuando escuchamos el mensaje de la absolución, es la voz de Cristo la que nos perdona. Cuando comemos el pan y bebemos el vino en la Santa Cena, recibimos el cuerpo y la sangre verdaderos de nuestro Salvador para el perdón de nuestros pecados y el fortalecimiento de nuestra fe.

Al conectar todas nuestras lecturas de hoy, podemos ver el hilo conductor de la revelación divina. El Dios que creó los cielos y la tierra en el principio, el Dios cuyo nombre es excelso en toda la tierra y que coronó al ser humano de gloria, es el mismo Dios que nos amó de tal manera que envió a su Hijo unigénito al mundo. Ese Hijo, nuestro Señor Jesucristo, después de cumplir la obra de la redención en la cruz y de triunfar sobre la muerte en su resurrección, nos envía al mundo investido con toda potestad para rescatar a los perdidos a través del agua y de la palabra. Y el Espíritu Santo, que se movía sobre la faz de las aguas en la creación, sigue moviéndose hoy a través de la predicación del evangelio, creando fe en los corazones y congregando a la iglesia en la unidad de la fe verdadera.

Por lo tanto, amados hermanos, la doctrina de la Santa Trinidad no es una teoría filosófica abstracta para ser discutida únicamente por teólogos en salones de clase. Es la realidad viva e histórica de nuestra salvación. Confesamos al Dios trino porque es el Dios que nos ha creado, nos ha redimido y nos ha santificado. Vivimos cada día bajo su bendición apostólica, consolados por su gracia, sostenidos por su amor y unidos en su comunión. No caminamos solos en este mundo caído. Aunque veamos que las sociedades cambian, que las instituciones humanas se desmoronan y que la iglesia enfrenta vientos de apostasía y confusión, nos aferramos a la promesa inquebrantable de nuestro Salvador. Él está con nosotros todos los días. Su palabra no fallará. Su bautismo permanece firme como un sello inquebrantable de nuestra adopción eterna. Que el Dios de paz, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sople su aliento de vida sobre cada uno de ustedes, les conceda firmeza en la fe, valentía en el testimonio y un gozo rebosante en su presencia, guardando sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús para la vida eterna.


Oremos:

Señor Dios, Padre celestial, creador del universo y sustentador de nuestras vidas; te damos gracias infinitas porque no te has quedado en el silencio de tu majestad eterna, sino que te has revelado a nosotros como el Dios trino de gracia y misericordia. Te alabamos por tu amor incomprensible que nos formó a tu imagen, y por tu compasión que nos rescató cuando estábamos perdidos en las tinieblas de nuestro pecado. Te rogamos, amado Señor Jesucristo, que nos mantengas siempre firmes en la confesión de la verdadera fe. Concédenos la gracia de acudir siempre a tu santo bautismo para hallar consuelo frente a las acusaciones del enemigo, y nútrenos continuamente con tu palabra y con tu cuerpo y sangre sacramentales. Derrama tu Espíritu Santo sobre tu iglesia, para que proclamemos con valentía y fidelidad tu evangelio a todas las naciones, bautizando y enseñando conforme a tu santo mandato. Fortalece a los que dudan, consuela a los afligidos y mantennos unidos en el lazo de la paz perfecta que solo tú puedes dar. Quédate con nosotros todos los días, conforme a tu promesa fiel, hasta que nos congregues a todos en tu reino celestial para alabarte por los siglos de los siglos en la unidad de la deidad eterna.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!