02 de Agosto de 2026
Décimo domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 145:8-9, 14-21; Isaías 55:1-5; Romanos 9:1-5; Mateo 14:13-21
Título: El banquete de la gracia gratuita
La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.
El Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor. El Señor es bueno para con todos y es cariñoso con todas sus criaturas.
Queridos hermanos y hermanas, hoy las lecturas de la Escritura nos invitan a contemplar el corazón de nuestro Creador. Vivimos en un mundo que constantemente nos mide por nuestras capacidades, por lo que podemos comprar o por los méritos que logramos acumular. Sin embargo, la voz del profeta Isaías interrumpe nuestra rutina con una invitación que desafía toda lógica humana: «¡vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo de balde y coman; consigan vino y leche sin pagar nada!».
Esta invitación divina nos muestra la esencia misma de Dios. Su gracia no se vende ni se negocia; se regala. El profeta nos pregunta por qué gastamos el dinero en lo que no alimenta y nuestro trabajo en lo que no satisface. Muchas veces buscamos llenar los vacíos del alma con cosas temporales, con logros humanos o con esfuerzos propios para sentirnos dignos ante Dios. Pero la verdadera vida y la satisfacción plena provienen únicamente de escuchar su voz y recibir su pacto eterno. Su amor hacia nosotros es firme y seguro.
El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, expresa un dolor profundo por aquellos que no han comprendido este misterio de la gracia. Siente una gran tristeza y un dolor continuo en el corazón por sus propios compatriotas. Ellos tenían los privilegios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. De su propia línea de descendencia humana vino el Cristo, quien está por encima de todas las cosas. Este pasaje nos recuerda el peligro de confiar en la herencia, en la religión externa o en nuestra propia justicia. La bendición no proviene de nuestros antecedentes, sino de aquel que sostiene el universo y se entrega por nosotros.
Esta realidad se manifiesta con total claridad en el relato del evangelio según San Mateo. Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús decide retirarse en una barca a un lugar solitario para estar tranquilo. Pero la gente lo sabe, y de todos los pueblos lo siguen a pie por tierra. Cuando Jesús desembarca y ve aquella gran multitud, no siente fastidio ni cansancio. Al contrario, las Escrituras nos dicen que tuvo compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban.
La compasión de Jesús no es un simple sentimiento pasajero. Es el amor divino en acción, el mismo amor del que nos habla el salmista cuando dice que el Señor ayuda a todos los que caen y levanta a todos los que están oprimidos. Los ojos de todos se dirigen a Dios con esperanza, y él les da la comida a su debido tiempo. Él abre la mano y calma con su bondad el hambre de todo ser viviente.
Al atardecer, los discípulos se acercan a Jesús con una mentalidad muy humana y pragmática. Le dicen que el lugar es solitario, que ya se está haciendo tarde y que es mejor despedir a la gente para que vayan a las aldeas y compren su propia comida. Los discípulos ven un problema imposible de resolver con sus propios recursos. Miran la escasez, calculan los costos y deciden que lo más seguro es que cada persona se haga cargo de sí misma.
Pero la respuesta de Jesús rompe todos sus esquemas: «No necesitan irse; denles ustedes de comer». Los discípulos, asombrados, responden desde su limitación: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». Esta respuesta refleja muchas veces nuestra propia actitud ante la vida y ante la fe. Miramos nuestras fuerzas, nuestras virtudes, nuestras billeteras o nuestras capacidades y concluimos que no es suficiente. Nos sentimos vacíos y desamparados frente a las exigencias del mundo y de la propia ley de Dios.
Jesús les dice simplemente: «Tráiganmelos acá». Entonces manda a la multitud que se siente sobre la hierba. Toma los cinco panes y los dos pescados, mira al cielo, da gracias a Dios, parte los panes y se los da a los discípulos, y ellos los reparten a la gente. Todos comen hasta quedar satisfechos. Y cuando recogen los pedazos que sobran, llenan doce canastas. Los que comen son unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
Este milagro es una proclamación viva del evangelio. Jesús no les pide a las personas que paguen por el pan, ni les exige un certificado de buena conducta para alimentarlas. Su compasión abraza a todos los que tienen hambre, tanto física como espiritual. Él toma lo poco que tenemos y lo transforma en una abundancia que sobrepasa todo entendimiento. En las manos de Jesús, la escasez se convierte en un banquete gratuito.
Los discípulos querían que la gente fuera a comprar, pero Jesús prefiere regalar. Esta es la gran diferencia entre la religión del esfuerzo humano y la buena noticia de la salvación. No podemos comprar el favor de Dios, no podemos ganar el perdón con nuestras buenas obras ni podemos alimentar nuestra propia alma. Todo lo que realmente necesitamos nos es dado por pura bondad divina, por medio de la fe en aquel que multiplica los panes y que, más adelante, entregará su propio cuerpo y su sangre por la vida del mundo.
Las doce canastas que sobran nos recuerdan que la gracia de Dios nunca se agota. Siempre hay más que suficiente para todos. El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todo lo que hace. Él está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan de corazón. Él cumple los deseos de los que le honran, escucha sus gritos de dolor y los salva.
Hoy somos invitados a dejar de gastar nuestras vidas en aquello que no sacia. Se nos invita a dejar de confiar en nuestras propias fuerzas y a descansar en la provisión del Salvador. Vengan a él sin dinero, vengan a él con sus manos vacías, con sus dudas, con sus enfermedades y con su cansancio. Él no los va a despedir con las manos vacías. Él tiene compasión, sana nuestras heridas y alimenta nuestras vidas con su presencia amorosa y eterna. Que su paz, que sobrepasa todo cálculo humano, guarde hoy y siempre sus corazones.
Oremos
Amado Dios y Padre celestial, te damos gracias porque tu bondad no tiene límites y tu compasión se renueva cada mañana. Confesamos que muchas veces nos cansamos buscando saciar nuestra vida con las cosas de este mundo y nos olvidamos de que solo en ti se encuentra el verdadero descanso. Te pedimos que nos concedas siempre la fe para confiar en tu provisión gratuita y para recibir con agradecimiento el pan de tu palabra y de tu gracia. Mira nuestras necesidades, fortalece a los que están oprimidos, levanta a los que han caído y enséñanos a compartir con generosidad los dones que de ti hemos recibido. Todo esto te lo pedimos confiando plenamente en tu amor eterno.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!




