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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Duodécimo domingo después de Pentecostés - Migajas que salvan: el alcance universal del amor de Dios



16 de Agosto de 2026

Duodécimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 67; Isaías 56:1, 6-8; Romanos 11:1-2a, 29-32; Mateo 15:21-28

Título: Migajas que salvan: el alcance universal del amor de Dios 

Queridos hermanos en Cristo, la palabra de Dios nos reúne hoy para revelarnos la profundidad de su misericordia y derribar las fronteras que nosotros mismos construimos. A veces pensamos que el amor del Señor es un tesoro exclusivo para unos pocos, pero la Escritura nos demuestra de manera constante que sus brazos están abiertos para toda la humanidad.

El profeta Isaías nos recuerda la instrucción clara del Señor: «Vivan recta y justamente, porque pronto voy a salvarlos, pronto voy a manifestar mi justicia». Dios no se limita a un grupo cerrado. Él mismo afirma sobre los extranjeros que se unen a su causa: «Yo los traeré a mi monte santo y los haré felices en mi casa de oración». La casa del Señor es, por definición, una casa de oración para todos los pueblos. El plan divino siempre ha sido la inclusión y la reunión de los dispersos, llamando a los que estaban lejos para que formen parte de su familia.

Esta misma realidad se refleja en el clamor del salmista, quien eleva una petición universal: «Que el Señor tenga compasión y nos bendiga, que nos mire con buenos ojos, para que todas las naciones de la tierra conozcan su voluntad y salvación». La bendición que Dios nos da no es para que la guardemos en secreto, sino para que sea un testimonio vivo que atraiga a otros hacia su luz. Queremos que los pueblos le alaben, porque su justicia y su guía alcanzan a cada rincón del planeta.

Sin embargo, nuestra naturaleza humana tiende a la exclusión. El apóstol Pablo aborda esta tensión al hablar de la fidelidad de Dios. Él explica que Dios no ha rechazado a su pueblo, porque «Pues lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento». Lo más hermoso y profundo de este mensaje es cómo opera la gracia divina. Pablo nos dice que todos fuimos desobedientes en algún momento, pero esa misma desobediencia abrió paso para que Dios tuviera compasión de nosotros. Al final, el plan de Dios es perfecto en su misericordia: «Porque Dios sujetó a todos por igual a la desobediencia, con el fin de tener compasión de todos por igual». No dependemos de nuestros méritos, de nuestra herencia o de nuestra supuesta fidelidad, sino únicamente de la compasión divina.

Esta verdad se manifiesta con toda su fuerza y tensión en el evangelio según san Mateo. Jesús se retira a la región de Tiro y de Sidón, un territorio pagano, fuera de las fronteras habituales. Allí, una mujer cananea, una extranjera que no pertenecía al pueblo escogido, se le acerca gritando: «¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! ¡Mi hija tiene un demonio que la hace sufrir mucho!».

La primera respuesta de Jesús nos desconcierta. Él se queda callado, y sus discípulos, molestos por los gritos, le piden que la despida. Incluso Jesús menciona que su misión inicial está dirigida a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Para nuestra lógica humana, esto parece un rechazo definitivo. Pero esa mujer no busca un derecho legal; ella busca gracia. Ella se arrodilla ante él y le suplica: «¡¡Señor, ayúdame!».

Jesús le habla con una parábola dura sobre el pan de los hijos y los cachorros. En lugar de ofenderse o retirarse indignada, la mujer muestra una fe profunda y humilde. Ella acepta su realidad, no reclama méritos propios y responde: «Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Esta mujer entendió lo que muchos religiosos de la época no lograban comprender. Ella descubrió que la gracia de Dios es tan abundante que incluso una sola migaja de la mesa de Jesús es más que suficiente para sanar, salvar y restaurar. Ella no confía en su origen, sino en la bondad del maestro.

Al escuchar esto, Jesús exclama con admiración: «¡Mujer, qué grande es tu fe! Hágase como quieres». Y en ese mismo instante, su hija quedó sana.

El evangelio rompe nuestras estructuras. Nos enseña que la fe verdadera no se fundamenta en nuestra pureza, en nuestra historia familiar o en cumplir una lista de normas perfectas. La fe es la mano vacía de un mendigo que se extiende para recibir el regalo inmerecido de Dios. Frente a Jesús, todos somos como esa mujer cananea. Ninguno de nosotros tiene derecho a sentarse a la mesa por cuenta propia. Todos nos acercamos a Dios necesitados de su compasión, reconociendo que solo su amor gratuito nos puede salvar.

Jesús transforma el límite en un puente. Al sanar a la hija de la mujer extranjera, él anticipa la gran victoria de la cruz, donde los muros de separación quedaron destruidos para siempre. En la cruz, Cristo pagó por la desobediencia de todos, para que la compasión de Dios llegara a cada ser humano.

Hoy somos llamados a revisar nuestro propio corazón. ¿A quiénes estamos dejando fuera de nuestras oraciones o de nuestra comunidad? ¿Qué fronteras hemos construido en nuestra mente para decidir quién es digno del amor de Dios y quién no? El Señor nos invita a mirar al prójimo con los ojos de Jesús, reconociendo que la mesa del altar está lista para recibir a todo aquel que clama por su auxilio. Vivamos con la seguridad de que su gracia nos alcanza, nos abraza y nos envía a compartir ese mismo amor con un mundo sediento de esperanza.

Oremos:

Dios todopoderoso y de eterna misericordia, te damos gracias porque tu amor no conoce fronteras y tu compasión llega a todos los pueblos. Te pedimos que sanes nuestro corazón de todo prejuicio y egoísmo, para que podamos ver a los demás con tu mirada de amor. Fortalece nuestra fe en los momentos de prueba, para que aprendamos a confiar únicamente en tu gracia inmerecida, como lo hizo la mujer cananea. Permite que nuestra vida sea un testimonio vivo de tu salvación, de modo que tu camino sea conocido en toda la tierra. Ponemos nuestras necesidades, nuestras familias y nuestras comunidades en tus manos, confiando en tu fidelidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Undécimo domingo después de Pentecostés - La mano que nos sostiene en la tormenta



09 de Agosto de 2026

Undécimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 85:8-13; 1 Reyes 19:9-18; Romanos 10:5-15; Mateo 14:22-33

Título: La mano que nos sostiene en la tormenta 

Amados hermanos y hermanas en Cristo, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde hoy y siempre sus corazones y sus mentes en Jesús, nuestro Señor.


La vida nos coloca a menudo en medio de tormentas inesperadas. Pasamos de la tranquilidad al caos en cuestión de segundos, y es en esos momentos de profunda sacudida cuando nuestro corazón se llena de preguntas. Nos preguntamos dónde está Dios cuando el viento sopla en nuestra contra, cuando las olas de la enfermedad, de la pérdida, de la incertidumbre o del miedo amenazan con hundir nuestra pequeña barca. Las lecturas de este día nos muestran que esta experiencia no es nueva, sino que es parte de la condición humana, pero también nos revelan la manera maravillosa en que Dios responde a nuestro clamor.


En el libro de los Reyes encontramos al profeta Elías, un hombre de fe que, sin embargo, se encuentra huyendo por su vida, sumido en el miedo y el desánimo. Elías busca a Dios en lo espectacular y en lo violento. Espera encontrarlo en un viento poderoso que rompe las montañas, pero el Señor no está en el viento. Espera encontrarlo en un terremoto que sacude la tierra, pero el Señor no está en el terremoto. Espera encontrarlo en un fuego abrasador, pero el Señor tampoco está en el fuego. Finalmente, Dios se manifiesta en un susurro suave y delicado. Dios no se revela en el poder destructor que Elías imaginaba, sino en la sutileza de su palabra, en la calma que devuelve la esperanza al corazón que ha perdido el rumbo.


Ese mismo Dios que habla en el susurro es el que describe el salmista cuando dice: «Escucharé lo que el Señor va a decir; pues va a hablar de paz a su pueblo, a los que le son fieles, para que no vuelvan a hacer locuras». La paz no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios que sale a nuestro encuentro. El salmo nos asegura que la fidelidad y el amor se encontrarán, que la justicia y la paz se besarán. Esta hermosa promesa se cumple plenamente en la persona de Jesucristo. En él, la justicia de Dios y su inmenso amor por la humanidad se unieron para darnos salvación y reconciliación.


El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos explica cómo esta salvación se hace realidad en nuestra propia vida. No es el resultado de nuestros propios esfuerzos, ni de cumplir una larga lista de reglas para intentar alcanzar el cielo. Pablo es muy claro al decir: «Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación». Todo se reduce a la obra de Dios recibida a través de la fe. La fe es un regalo que nace en nosotros cuando escuchamos el mensaje de las buenas noticias. La escritura nos asegura que «todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo». No hay distinción, no hay barreras; el amor de Dios está disponible para todo aquel que reconoce su necesidad de un Salvador.


Esta verdad se vuelve visible y palpable en el relato del evangelio de Mateo. Los discípulos se encuentran en medio del mar, en una barca azotada por las olas, luchando contra un viento contrario. Está oscuro, es la madrugada, y el cansancio físico se suma al miedo colectivo. En el momento de mayor desesperación, Jesús se acerca a ellos caminando sobre el agua. Al verlo, los discípulos se asustan aún más y gritan de terror, pensando que se trata de un fantasma. Pero Jesús les habla de inmediato y les dice: «¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo!».


Estas palabras transforman la tormenta. Jesús no elimina el viento de inmediato, sino que se identifica como el Dios que tiene el control absoluto. Pedro, impulsado por una mezcla de audacia y fe, le hace una petición atrevida: «Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua». Y Jesús le da una sola palabra de invitación: «Ven». Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua, manteniendo sus ojos fijos en el Maestro. Mientras su mirada está puesta en Jesús, lo imposible se hace posible; las olas no lo hunden.


Sin embargo, el relato nos muestra la debilidad de nuestra propia naturaleza humana. Pedro desvía la mirada de Jesús y se fija en la fuerza del viento. Al ver el peligro real que lo rodea, el miedo desplaza a la fe, y en ese mismo instante comienza a hundirse. ¿Cuántas veces nos ha pasado exactamente lo mismo? Empezamos a caminar con confianza, pero cuando miramos la gravedad de nuestros problemas, la magnitud de las dificultades económicas o el dolor de una crisis familiar, sentimos que nos hundimos en la desesperación.


Lo hermoso de este pasaje es lo que sucede cuando Pedro reconoce su total incapacidad para salvarse a sí mismo. Él no intenta nadar por sus propios medios ni confía en sus habilidades de pescador. Pedro simplemente grita: «¡Sálvame, Señor!». La respuesta de Jesús es inmediata. El texto no dice que Jesús esperó a que Pedro diera una explicación, ni lo dejó sufrir un poco para darle una lección. El evangelio afirma que, al momento, Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?».


A menudo leemos este reproche de Jesús como un castigo, pero en realidad es un tierno recordatorio de su fidelidad. Jesús le está diciendo a Pedro, y nos está diciendo a nosotros hoy, que no hay razón para dudar de su presencia y de su poder, incluso cuando el viento parece destructivo. Cuando subieron a la barca, el viento se calmó, y los que estaban allí se postraron ante él diciendo: «¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!».


Este milagro nos enseña que nuestra seguridad no depende de la firmeza de nuestra fe, sino de la fidelidad del Salvador en quien confiamos. Cuando nos hundimos, no es nuestra mano la que sostiene a Dios, sino su mano poderosa e invisible la que nos sostiene a nosotros. Su gracia nos rescata de las profundidades de nuestras dudas, de nuestros pecados y de nuestros temores. No tenemos que escalar hasta el cielo ni bajar al abismo para encontrar la salvación; la palabra de fe está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón, recordándonos que somos amados, perdonados y sostenidos por puro amor divino.


Que en esta semana, cuando escuchen el rugido de los vientos en sus vidas cotidianas, puedan recordar el susurro apacible de Dios que promete paz. Que puedan apartar la mirada de las olas amenazantes y fijarla en aquel que camina sobre nuestras tormentas. Jesús está aquí, extiende su mano hacia cada uno de ustedes, libre de reproches, lleno de misericordia, listo para rescatarlos y llevarlos a puerto seguro.


Oremos:

Dios de misericordia y de paz, te damos gracias porque en medio de nuestras dudas y debilidades nunca nos dejas solos. Te pedimos que fortalezcas nuestra fe para que podamos mantener nuestros ojos fijos en tu hijo Jesucristo, especialmente cuando los vientos de la vida soplan en nuestra contra. Sostennos con tu mano poderosa, rescátanos cuando sintamos que nos hundimos y concédenos la paz que solo tú puedes dar. Que tu palabra sea el susurro que calme nuestros temores y guíe nuestros pasos cada día, por los méritos de Jesucristo, nuestro Salvador.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Décimo domingo después de Pentecostés - El banquete de la gracia gratuita



02 de Agosto de 2026

Décimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 145:8-9, 14-21; Isaías 55:1-5; Romanos 9:1-5; Mateo 14:13-21

Título: El banquete de la gracia gratuita 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.


El Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor. El Señor es bueno para con todos y es cariñoso con todas sus criaturas.


Queridos hermanos y hermanas, hoy las lecturas de la Escritura nos invitan a contemplar el corazón de nuestro Creador. Vivimos en un mundo que constantemente nos mide por nuestras capacidades, por lo que podemos comprar o por los méritos que logramos acumular. Sin embargo, la voz del profeta Isaías interrumpe nuestra rutina con una invitación que desafía toda lógica humana: «¡vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo de balde y coman; consigan vino y leche sin pagar nada!».


Esta invitación divina nos muestra la esencia misma de Dios. Su gracia no se vende ni se negocia; se regala. El profeta nos pregunta por qué gastamos el dinero en lo que no alimenta y nuestro trabajo en lo que no satisface. Muchas veces buscamos llenar los vacíos del alma con cosas temporales, con logros humanos o con esfuerzos propios para sentirnos dignos ante Dios. Pero la verdadera vida y la satisfacción plena provienen únicamente de escuchar su voz y recibir su pacto eterno. Su amor hacia nosotros es firme y seguro.


El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, expresa un dolor profundo por aquellos que no han comprendido este misterio de la gracia. Siente una gran tristeza y un dolor continuo en el corazón por sus propios compatriotas. Ellos tenían los privilegios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. De su propia línea de descendencia humana vino el Cristo, quien está por encima de todas las cosas. Este pasaje nos recuerda el peligro de confiar en la herencia, en la religión externa o en nuestra propia justicia. La bendición no proviene de nuestros antecedentes, sino de aquel que sostiene el universo y se entrega por nosotros.


Esta realidad se manifiesta con total claridad en el relato del evangelio según San Mateo. Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús decide retirarse en una barca a un lugar solitario para estar tranquilo. Pero la gente lo sabe, y de todos los pueblos lo siguen a pie por tierra. Cuando Jesús desembarca y ve aquella gran multitud, no siente fastidio ni cansancio. Al contrario, las Escrituras nos dicen que tuvo compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban.


La compasión de Jesús no es un simple sentimiento pasajero. Es el amor divino en acción, el mismo amor del que nos habla el salmista cuando dice que el Señor ayuda a todos los que caen y levanta a todos los que están oprimidos. Los ojos de todos se dirigen a Dios con esperanza, y él les da la comida a su debido tiempo. Él abre la mano y calma con su bondad el hambre de todo ser viviente.


Al atardecer, los discípulos se acercan a Jesús con una mentalidad muy humana y pragmática. Le dicen que el lugar es solitario, que ya se está haciendo tarde y que es mejor despedir a la gente para que vayan a las aldeas y compren su propia comida. Los discípulos ven un problema imposible de resolver con sus propios recursos. Miran la escasez, calculan los costos y deciden que lo más seguro es que cada persona se haga cargo de sí misma.


Pero la respuesta de Jesús rompe todos sus esquemas: «No necesitan irse; denles ustedes de comer». Los discípulos, asombrados, responden desde su limitación: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». Esta respuesta refleja muchas veces nuestra propia actitud ante la vida y ante la fe. Miramos nuestras fuerzas, nuestras virtudes, nuestras billeteras o nuestras capacidades y concluimos que no es suficiente. Nos sentimos vacíos y desamparados frente a las exigencias del mundo y de la propia ley de Dios.


Jesús les dice simplemente: «Tráiganmelos acá». Entonces manda a la multitud que se siente sobre la hierba. Toma los cinco panes y los dos pescados, mira al cielo, da gracias a Dios, parte los panes y se los da a los discípulos, y ellos los reparten a la gente. Todos comen hasta quedar satisfechos. Y cuando recogen los pedazos que sobran, llenan doce canastas. Los que comen son unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.


Este milagro es una proclamación viva del evangelio. Jesús no les pide a las personas que paguen por el pan, ni les exige un certificado de buena conducta para alimentarlas. Su compasión abraza a todos los que tienen hambre, tanto física como espiritual. Él toma lo poco que tenemos y lo transforma en una abundancia que sobrepasa todo entendimiento. En las manos de Jesús, la escasez se convierte en un banquete gratuito.


Los discípulos querían que la gente fuera a comprar, pero Jesús prefiere regalar. Esta es la gran diferencia entre la religión del esfuerzo humano y la buena noticia de la salvación. No podemos comprar el favor de Dios, no podemos ganar el perdón con nuestras buenas obras ni podemos alimentar nuestra propia alma. Todo lo que realmente necesitamos nos es dado por pura bondad divina, por medio de la fe en aquel que multiplica los panes y que, más adelante, entregará su propio cuerpo y su sangre por la vida del mundo.


Las doce canastas que sobran nos recuerdan que la gracia de Dios nunca se agota. Siempre hay más que suficiente para todos. El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todo lo que hace. Él está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan de corazón. Él cumple los deseos de los que le honran, escucha sus gritos de dolor y los salva.


Hoy somos invitados a dejar de gastar nuestras vidas en aquello que no sacia. Se nos invita a dejar de confiar en nuestras propias fuerzas y a descansar en la provisión del Salvador. Vengan a él sin dinero, vengan a él con sus manos vacías, con sus dudas, con sus enfermedades y con su cansancio. Él no los va a despedir con las manos vacías. Él tiene compasión, sana nuestras heridas y alimenta nuestras vidas con su presencia amorosa y eterna. Que su paz, que sobrepasa todo cálculo humano, guarde hoy y siempre sus corazones.


Oremos


Amado Dios y Padre celestial, te damos gracias porque tu bondad no tiene límites y tu compasión se renueva cada mañana. Confesamos que muchas veces nos cansamos buscando saciar nuestra vida con las cosas de este mundo y nos olvidamos de que solo en ti se encuentra el verdadero descanso. Te pedimos que nos concedas siempre la fe para confiar en tu provisión gratuita y para recibir con agradecimiento el pan de tu palabra y de tu gracia. Mira nuestras necesidades, fortalece a los que están oprimidos, levanta a los que han caído y enséñanos a compartir con generosidad los dones que de ti hemos recibido. Todo esto te lo pedimos confiando plenamente en tu amor eterno. 


Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Noveno domingo después de Pentecostés - El valor oculto de la gracia



26 de Julio de 2026

Noveno domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 119:129-136; 1 Reyes 3:5-12; Romanos 8:26-39; Mateo 13:31-33, 44-52

Título: El valor oculto de la gracia 

La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.

El verdadero tesoro no se encuentra en las riquezas de este mundo ni en nuestras propias fuerzas, sino en el regalo de la gracia divina que transforma la vida desde lo más pequeño y escondido.

Queridos hermanos y hermanas, nos reunimos hoy con el corazón abierto para escuchar la voz de Dios, una voz que calma nuestras ansiedades y nos revela el valor real de su reino. En nuestra rutina diaria, a menudo nos vemos bombardeados por mensajes que nos exigen ser fuertes, autosuficientes y exitosos según los estándares del mundo. Se nos enseña a buscar la seguridad en lo material, en el conocimiento humano o en el control que podamos ejercer sobre nuestras vidas. Sin embargo, las lecturas de este día nos invitan a dar un giro radical a nuestra mirada y a descansar en una promesa que no depende de nuestros méritos, sino de la pura fidelidad de Dios.

El profeta Salomón, al comienzo de su reinado, se encontró ante una tarea inmensa y reconoció su propia pequeñez. Dios se le apareció en sueños y le ofreció pedir lo que quisiera. En lugar de solicitar larga vida, riquezas o la derrota de sus enemigos, Salomón pidió un corazón sabio y prudente para gobernar al pueblo. Su petición agrada a Dios porque nace del reconocimiento de que, por sí mismo, el ser humano no tiene la capacidad de guiar sus propios pasos con justicia. Necesitamos la sabiduría que viene de lo alto, esa que nos permite discernir entre el bien y el mal. Esta sabiduría no es un trofeo intelectual, sino un don gratuito que nos orienta hacia la voluntad del creador. Como bien expresa el salmista, las enseñanzas de Dios son maravillosas y, al exponerse, difunden luz y dan entendimiento a los sencillos. El conocimiento humano puede inflar el orgullo, pero la palabra divina ilumina el alma y nos hace comprender nuestra total dependencia del amor del Señor.

Esta dependencia absoluta se manifiesta de manera profunda en nuestra debilidad diaria. El apóstol Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos que ni siquiera sabemos cómo orar adecuadamente. Muchas veces nos acercamos a Dios cargados de peticiones egoístas o confundidos por el sufrimiento, sin entender qué es lo que realmente nos conviene. Pero en medio de esa incapacidad, el Espíritu Santo mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Qué consuelo tan grande es saber que nuestra comunión con el Padre no depende de la elocuencia de nuestras oraciones ni de la perfección de nuestra fe. El Espíritu conoce nuestra fragilidad y traduce nuestros suspiros en intercesiones perfectas ante el trono de la gracia.

A partir de esa intervención divina, podemos tener la certeza absoluta de que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman. Esto no significa que los creyentes estemos exentos de dolor, persecución o dificultades. Al contrario, la vida en este mundo está llena de aflicciones. La promesa no es la ausencia de problemas, sino la seguridad de que nada en toda la creación nos podrá separar del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús. Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién podrá estar en nuestra contra? El propio Dios no nos negó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, por lo cual podemos estar seguros de que también nos dará todas las cosas. En medio del tribunal de nuestra propia conciencia y de las acusaciones del mundo, es Cristo quien murió y resucitó para interceder por su pueblo. Por eso, en todas estas cosas salimos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Nuestra victoria está firmada y sellada, no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que ya fue hecho en la cruz.

Esta maravillosa realidad del amor divino es la que da sentido a las parábolas que escuchamos en el evangelio de Mateo. Jesús compara el reino de los cielos con cosas sencillas y cotidianas: una semilla de mostaza y un poco de levadura. A los ojos del mundo, una semilla de mostaza es insignificante, casi invisible. Sin embargo, cuando crece, se convierte en un arbusto tan grande que las aves hacen nidos en sus ramas. De igual manera, la levadura, aunque se mezcla en una gran cantidad de harina en forma oculta, termina por fermentar toda la masa. Así es la acción de la gracia en nuestras vidas y en el mundo. Comienza de manera humilde, oculta a los ojos de los soberbios, a través de medios sencillos como el agua del bautismo, una palabra de perdón o un trozo de pan y un poco de vino. El mundo suele buscar lo espectacular, lo ruidoso y lo imponente, pero el reino de Dios opera en la quietud del corazón, transformando la existencia humana desde adentro hacia afuera, de manera irresistible y gratuita.

Jesús también nos habla del reino como un tesoro escondido en un campo o como una perla de gran valor. En ambos casos, quien encuentra ese tesoro se llena de tanta alegría que va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo o aquella perla. Es fundamental comprender la dinámica de esta parábola. El tesoro no se compra con el esfuerzo humano como si fuera una transacción comercial donde pagamos con nuestras buenas obras. El verdadero tesoro y la perla preciosa representan a Cristo y su obra de salvación. Cuando una persona, por la acción del Espíritu Santo, descubre el valor infinito del perdón y de la vida eterna, todo lo demás pasa a un segundo plano. Los logros terrenales, las seguridades materiales y el orgullo personal pierden su brillo ante la belleza del amor redentor. La renuncia a lo anterior no se hace con tristeza ni por obligación, sino con una alegría desbordante, porque se ha encontrado aquello que realmente sacia el alma.

Finalmente, el maestro nos compara el reino con una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Al llegar a la playa, los pescadores se sientan a escoger los peces buenos en canastas y tiran los malos. Esta imagen nos previene contra la tentación de juzgar antes de tiempo y nos recuerda que la iglesia en la tierra es un espacio donde conviven la debilidad y la gracia. La separación final corresponde a Dios y a sus ángeles al fin del mundo. Nuestra tarea hoy no es actuar como jueces, sino anunciar con urgencia y amor el mensaje de salvación. Cada maestro de la ley que ha sido instruido sobre el reino de los cielos es como el dueño de una casa, que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas. Estamos llamados a compartir la riqueza de la palabra, aplicando tanto la ley que nos muestra nuestro pecado como el evangelio que nos levanta y nos da vida.

Hermanos, la invitación de este día es a descansar en la certeza de que el reino de Dios ya está operando en ustedes. No miren sus propias limitaciones con desesperación, sino miren a Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Él es quien los ha buscado, los ha comprado a precio de sangre y los sostiene en medio de cualquier tempestad. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en la fe verdadera.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias por el don inmerecido de tu palabra y por el tesoro de tu gracia que has depositado en nuestros corazones. Reconocemos nuestra debilidad y nuestra incapacidad para salvarnos por nuestras propias fuerzas, por lo que nos encomendamos por completo a tu infinito amor. Te pedimos que tu Espíritu Santo continúe intercediendo por nosotros, fortaleciendo nuestra fe cuando flaqueamos y recordándonos siempre que nada nos puede separar de tu amor en Cristo Jesús. Permite que la semilla de tu reino crezca en nuestras vidas y que seamos instrumentos de tu paz y de tu perdón en este mundo. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, nuestro salvador. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!