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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Vigésimo primer domingo después de Pentecostés - Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos



18 de Octubre de 2026

Vigésimo primer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 96:1-9; Isaías 45:1-7; 1 Tesalonicenses 1:1-10; Mateo 22:15-22

Título: Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos

Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Llegamos hoy al vigésimo primer domingo después de Pentecostés. La lectura del evangelio según San Mateo nos presenta una reflexión de vital importancia para el orden de nuestra vida cotidiana, pero que a menudo nos genera tensiones. El texto nos habla acerca del siempre bien ponderado, y para muchos temido, pago de los impuestos. En esta escena, el escenario cambia. Nos alejamos por un momento de los viñedos, de los obreros de la viña, de los banquetes y de las bodas que veníamos meditando en los domingos anteriores, para sumergirnos de lleno en el conflictivo y terrenal asunto de los tributos y la política.

Es natural que nos encontremos con diferentes puntos de vista sobre si es justo o necesario pagar impuestos. Esta disyuntiva y el escepticismo hacia las autoridades se presenta con especial fuerza en nuestra realidad latinoamericana y en los países del Tercer Mundo, donde la corrupción o la desigualdad a menudo nos hacen cuestionar el destino de nuestros recursos.

El pasaje de hoy comienza revelando una triste constante de la condición humana caída: el pecado une a los enemigos para hacer el mal. Vemos cómo dos bandos que se profesaban un desprecio mutuo absoluto, los fariseos (celosos nacionalistas religiosos) y los herodianos (colaboracionistas del imperio romano), se alían con el único propósito de conspirar contra Jesús.

Hermanos, esto lo vemos en nuestra cotidianidad más de lo que quisiéramos. Dos o más grupos que se odian, que no comparten ideologías ni intereses comunes, de pronto abrazan la misma animadversión hacia una entidad benigna o hacia la verdad misma, configurando un pacto de hostilidad sin igual.

Al acercarse a Jesús, estos hipócritas intentan usar la adulación como trampa. Le dicen que saben que enseña la verdad, el camino de Dios, y que habla sin dejarse llevar por la opinión de los demás. En pocas palabras, intentaban acorralarlo diciéndole: «Habla sin restricciones y dinos si es lícito pagar impuesto al César». Si Jesús decía que no, lo acusaban ante las autoridades romanas como un rebelde sedicioso; si decía que sí, perdía el respeto del pueblo judío que odiaba la ocupación romana.

Pero nuestro Señor Jesucristo, siendo el Dios omnisciente que escudriña los corazones, advierte sus malas intenciones. Les llama directamente «hipócritas» y pide que le muestren la moneda del impuesto, un denario. Tras observar detenidamente la moneda, les pregunta de quién es el rostro y la inscripción acuñada en ella. Al responder ellos que es del emperador, Jesús les da una respuesta enérgica, profunda y revolucionaria: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

¿Qué quiso dar a entender Jesús con estas palabras? ¿Cómo se aplica esto a nuestra fe luterana?

Para comprenderlo, la teología luterana nos ofrece una herramienta maravillosa: la Doctrina de los Dos Reinos. Martín Lutero nos enseñó, basándose en la Escritura, que Dios gobierna el mundo de dos maneras distintas. Por un lado, está el Reino de la Mano Izquierda, el reino terrenal, a través del cual Dios preserva el orden del mundo, la justicia civil y la paz exterior mediante las leyes humanas y el gobierno. Por otro lado, está el Reino de la Mano Derecha, el reino espiritual, donde Dios gobierna las conciencias mediante el Evangelio, la gracia y los sacramentos para darnos la salvación eterna.

Como leemos también en Lucas 12:13-14, cuando alguien le pidió a Jesús que intercediera en una disputa familiar diciendo: «Maestro, dile a mi hermano que me dé mi parte de la herencia», Jesús contestó: «Amigo, ¿quién me ha puesto sobre ustedes como juez o partidor?». Con esto, Jesús delimitó claramente las funciones. Él no vino a este mundo a ser un juez civil o un administrador de fincas. Para eso Dios ha instituido el orden político y las leyes humanas.

Debemos entender que los gobiernos terrenales, las leyes y las instituciones de este planeta han sido designados por Dios para ordenar la sociedad y resolver las materias civiles de la mejor manera posible. De esto se desprende que si hay necesidad de partir una herencia, debemos acudir ante los tribunales y las leyes que Dios ha permitido que existan para mantener el orden. Y si es necesario contribuir a sostener el gasto público de nuestra sociedad, para que haya carreteras, hospitales, educación y seguridad, entonces debemos cumplir con las leyes y pagar los impuestos ante las autoridades correspondientes.

El luteranismo nos enseña que el cristiano no vive aislado del mundo. Dios no nos llama a desentendernos de los asuntos civiles, ni a pretender que el reino de este mundo se gobierne con el Evangelio, ni que la Iglesia se gobierne con la espada del Estado. El Señor no nos está pidiendo que sirvamos a dos amos espirituales; la fidelidad total de nuestro corazón pertenece únicamente a Dios Padre. Sin embargo, honrar a Dios implica también honrar los órdenes civiles que Él ha puesto para nuestro cuidado. Cumplir con nuestros deberes ciudadanos es, en el fondo, un acto de amor al prójimo. A través de nuestros impuestos y del respeto a la ley, cooperamos para que nuestro vecino viva en una sociedad segura y ordenada. Esto es parte de nuestra vocación cristiana en el mundo.

Por lo tanto, en nuestro desenvolvimiento social, debemos recordar que nuestra identidad primera es la de ser ciudadanos del reino de Dios, redimidos por la gracia de Cristo. Y desde esa fe, dimensionamos nuestras actitudes y relaciones con la cultura que nos envuelve. Vamos desde Dios hacia el hombre.

Damos al hombre lo que le corresponde por obediencia y amor a Dios, manteniendo un mismo corazón lleno de fe, pero cuidando de reconocer las esferas correctas: la obediencia civil al César en lo terrenal, y la adoración absoluta a Dios en lo eterno. Si el César llegara a pedirnos lo que solo le pertenece a Dios, nuestra fe, nuestra conciencia o la violación de sus mandamientos, entonces obedeceremos a Dios antes que a los hombres. Pero mientras la autoridad civil cumpla su propósito de mantener el orden, la honramos como un instrumento de la providencia divina.

Oremos:

Dios Padre eterno, te damos gracias por sostener nuestras vidas tanto en lo espiritual como en lo terrenal. Te pedimos que nos colmes de inteligencia y sabiduría para acudir y respetar las instituciones que tú nos has dado para el orden de nuestra sociedad. Ayúdanos a ser ciudadanos responsables y fieles reflejos de tu amor en el mundo, honrándote a ti por encima de todas las cosas y sirviendo a nuestro prójimo con integridad. Por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. 

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Vigésimo domingo después de Pentecostés - El banquete de Dios y nuestro ropaje de fe



11 de Octubre de 2026

Vigésimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas

Lecturas: Isaías 25:1-9; Salmo 23; Filipenses 4:1-9; Mateo 22:1-14

Título: El banquete de Dios y nuestro ropaje de fe 

Muy buenos días, hermanas y hermanos en nuestro Señor Jesucristo. La palabra de Dios nos reúne hoy alrededor de una mesa generosa, un banquete que el Señor mismo ha preparado para nosotros. En la lectura del evangelio de este día, que encontramos en Mateo 22:1-14, Jesús nos regala una parábola que toca lo más profundo de nuestra condición humana y de la gracia divina. Nos habla de un rey que prepara el banquete de bodas para su hijo, una imagen que transforma por completo la forma en que entendemos el reino de los cielos. Ya no se trata solo de la viña, del trabajo de la tierra o del esfuerzo de la siembra. Ahora el Salvador nos introduce directamente a una fiesta, un regalo inmerecido donde todo está listo y pagado por el anfitrión.

El relato nos muestra que el rey envió a sus criados a llamar a los invitados a la boda, pero estos no quisieron ir. El soberano, en su infinita paciencia, volvió a insistir. Les mandó a decir: «Miren, ya tengo preparado el banquete. He mandado matar mis reses y los animales más gordos, y todo está listo; vengan a la fiesta de bodas». Qué insistencia tan conmovedora la de nuestro Dios. Esto nos recuerda lo que el profeta Isaías anunció en el capítulo 25, cuando profetizó que el Señor de los ejércitos prepararía en este monte, para todos los pueblos, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos finos. Es la promesa de una mesa donde se destruirá la muerte para siempre y el Señor secará las lágrimas de todos los rostros. Sin embargo, en la parábola, la reacción humana ante tanta generosidad es de indiferencia y desprecio. Los invitados no hicieron caso. Uno se fue a sus terrenos, otro a sus negocios, y los demás agarraron a los criados del rey, los maltrataron y los mataron.


Esta resistencia a la invitación es el reflejo de un corazón que confía en sus propias fuerzas, en sus posesiones y en sus méritos. El pueblo de Israel, los primeros destinatarios de la promesa, muchas veces prefirieron sus propias seguridades, sus leyes y sus prácticas antes que el llamado de amor de su Dios. Rechazaron a los profetas y endurecieron su caminar. Ante esto, el rey se enojó, envió sus tropas, destruyó a aquellos asesinos y quemó su ciudad. La exclusividad basada en la descendencia o en el cumplimiento externo quedó rota por el rechazo humano. El rey dijo entonces a sus criados: «La fiesta de bodas está dispuesta, pero aquellos invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las calles principales, e inviten a la boda a todos los que encuentren».


Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, tanto malos como buenos, y la sala de la boda se llenó de invitados. Aquí vemos el corazón de nuestra fe: la invitación se vuelve universal, llega a los gentiles, nos alcanza a nosotros. No se nos pide una hoja de vida intachable para entrar; los criados reunieron a malos y buenos por igual. El banquete no se llena de personas que se ganaron el derecho de estar allí, sino de personas que simplemente recibieron la invitación. Esto es puro regalo, pura bondad divina. Es lo que experimentamos cuando recitamos el Salmo 23 y reconocemos que el Señor es nuestro pastor y nada nos faltará. Él prepara una mesa ante nosotros, incluso en presencia de nuestros enemigos, y unge nuestra cabeza con aceite. No estamos en esa mesa por lo bueno que hayamos hecho, sino porque el Pastor nos ha guiado por senderos de justicia por amor a su nombre.


Pero la parábola contiene una advertencia seria en su segunda parte. Cuando el rey entró a ver a los invitados, se fijó en un hombre que no iba vestido con traje de boda. El rey le preguntó: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin el traje de boda?». Y el hombre se quedó callado. El rey entonces ordenó a los sirvientes: «Átenlo de pies y manos, y échenlo a la oscuridad de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».


¿Qué significa este traje de boda? En el contexto de la época, el mismo anfitrión proporcionaba la vestimenta adecuada a sus invitados al llegar. Entrar a la fiesta con las ropas propias, sucias del camino, y rechazar el vestido del rey era un insulto supremo. Significaba decirle al rey que sus ropas eran mejores que el regalo del soberano. Espiritualmente, ese traje de boda es nuestro Señor Jesucristo. El único vestido que nos hace dignos de estar en la presencia del Padre es la justicia de Cristo, la cual recibimos únicamente por medio de la fe. Intentar presentarse ante Dios con nuestras propias ropas, es decir, con nuestras supuestas buenas obras, nuestra moralidad o nuestros propios méritos, es presentarnos desnudos y cubiertos de trapos sucios. El hombre de la parábola se quedó callado porque no tenía excusa; nadie puede justificarse a sí mismo ante el tribunal divino. El único que justifica es Jesucristo. Quien rechaza vestirse de Cristo por la fe, se condena a sí mismo a la oscuridad del infierno, donde el llanto y la desesperación son eternos.


El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, en el capítulo 4, nos exhorta a vivir de una manera coherente con este regalo. Nos dice: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que la bondad de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca». Cuando comprendemos que ya hemos sido vestidos con la justicia de Cristo, nuestra vida cambia. Ya no vivimos con angustia o ansiedad tratando de ganar la salvación. Pablo nos invita a no preocuparnos por nada, sino a presentarlo todo a Dios en oración, y nos promete que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús. El fruto de llevar el traje de boda es una vida que busca lo verdadero, lo respetable, lo justo, lo puro, lo amable y lo que es de buena fama. No para ser salvos, sino porque ya hemos sido salvados y vestidos por el Rey.


Hermanas y hermanos, la invitación al banquete celestial sigue abierta hoy para cada uno de nosotros. Dios nos llama a través de su palabra y nos ofrece gratuitamente el perdón y la vida eterna. No cometamos el error de descuidar este llamado por las ocupaciones cotidianas, ni pretendamos presentarnos ante Él confiando en nuestras propias bondades. Reconozcamos nuestra necesidad diaria de su gracia. Acerquémonos al Pastor de nuestras almas, dejemos que Él nos vista con el ropaje de su Hijo Jesús a través de la fe, y vivamos cada día con la paz y la alegría de saber que nuestros nombres están escritos en los cielos. Que el Señor nos mantenga firmes en esta fe protectora hasta el día en que disfrutemos plenamente del banquete eterno en su presencia.


Oremos:

Te damos gracias, Dios Padre omnipotente, por tu inmensa bondad al invitarnos a formar parte de tu reino y del banquete de bodas de tu amado Hijo. Te rogamos que envíes continuamente tu Santo Espíritu a nuestros corazones, para que por medio de una fe viva nos mantengamos siempre revestidos de nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro único camino, verdad y vida. Concédenos desechar toda confianza en nuestros propios méritos y danos la gracia de permanecer fieles a tu llamado, para que fortalecidos por tu palabra y tu paz, seamos contados entre tus escogidos y alabemos tu santo nombre por toda la eternidad.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Décimo noveno domingo después de Pentecosté - Los labradores de la viña y nuestra responsabilidad hoy



04 de Octubre de 2026

Décimo noveno domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 80:7-15; Isaías 5:1-7; Filipenses 3:4b-14; Mateo 21:33-46

Título: Los labradores de la viña y nuestra responsabilidad hoy

Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según San Mateo, capítulo 21, versículos del 33 al 46.

Para comprender el impacto de las palabras de Jesús, es necesario trasladarnos a la época en que fue escrito este Evangelio. El arrendamiento de un fundo o terreno agrícola constituía una doble obligación contractual. Los arrendatarios no solo debían pagar un canon de alquiler por la tierra, sino que estaban obligados a entregar una parte de la cosecha al legítimo propietario. Como nos narra la parábola, el dueño del viñedo se empeñó en que la tierra fuera productiva: plantó la viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y construyó una torre. Todo estaba dispuesto para el éxito. El terreno dio sus frutos, pero el corazón de los labradores se corrompió.

Jesús, como el maestro incomparable que es, utiliza esta realidad cotidiana para revelarnos una profunda verdad espiritual. Esta parábola no fue dicha al azar; tenía destinatarios muy claros: los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, así como las autoridades religiosas de la época. A ellos se les había confiado la Palabra, las promesas del Reino y el cuidado espiritual del pueblo de Israel. Dios les entregó una viña fértil. Sin embargo, en un acto de vulgar desprecio por los bienes celestiales, estas autoridades rechazaron y mataron, generación tras generación, a los profetas enviados por Dios.

El profeta Isaías ya lo había advertido siglos antes en el canto de la viña, cuando escribió:

«El viñedo del Señor Todopoderoso, su sembrado preferido, es el país de Israel, el pueblo de Judá. El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y sólo encuentra asesinatos; esperaba justicia, y sólo escucha gritos de dolor» (Isaías 5:7).

La paciencia de nuestro Padre Celestial es infinita, pero también reclama justicia. En un último y tierno intento de reconciliación, se dijo: «Enviaré a mi propio Hijo; a Él sí lo respetarán». Pero los labradores, movidos por la codicia y el deseo de quedarse con la herencia, lo sacaron de la viña y lo mataron. El pueblo escogido no reconoció al Heredero; como nos recuerda el evangelista Juan: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:10-11).

Ahora bien, hermanos, esta historia no es solo un registro del pasado. Por la fe y a través de la promesa dada a Abraham, nosotros hemos sido injertados en ese olivo santo. Hoy, nosotros somos el nuevo pueblo de Dios. La viña ha sido confiada a nuestras manos. Nosotros somos los guardianes actuales de la Palabra, los responsables de la predicación y de la expansión del Reino de Dios en la Tierra.

Por eso, la pregunta que nos confronta hoy es inevitable: ¿Qué frutos estamos entregando al dueño de la viña cuando se trata de compartir el amor de Jesús y su sacrificio redentor?

Lamentablemente, si miramos nuestro entorno, la realidad es preocupante. Se evidencia en muchos creyentes una alarmante falta de devoción hacia la herencia divina. Hemos menospreciado el privilegio de leer, estudiar, meditar y honrar las Sagradas Escrituras. En nuestros hogares, el altar familiar ha sido reemplazado. La atención que merece el Señor ha sido desplazada por el mundo moderno, el internet y la adicción silenciosa a las redes sociales. Hemos puesto a un lado la dedicación cristocéntrica que debería gobernar nuestras vidas y la de nuestros hijos.

La advertencia también es severa para el liderazgo de la iglesia. Hoy vemos pastores y líderes que, buscando agradar al mundo, presentan predicaciones aguadas, enseñanzas adulteradas y discursos sin un verdadero basamento bíblico y escritural. Al igual que los labradores de la parábola, corremos el riesgo de querer adueñarnos de la viña y moldearla a nuestro antojo.

Hermanos, cada vez que cerramos la biblia, cada vez que rechazamos la comunión con Dios y decidimos vivir bajo nuestros propios términos, estamos volviendo a apedrear a los profetas y a despreciar el sacrificio del Hijo de Dios. Estamos actuando como los labradores insensatos.

Pero la belleza del Evangelio es que, mientras tengamos vida, la gracia de Dios permanece abierta. No nos desesperemos, porque todavía estamos a tiempo de cambiar nuestra forma de actuar. Al igual que el apóstol Pablo en su carta a los Filipenses, debemos estar dispuestos a estimar todas las cosas como pérdida con tal de ganar a Cristo y ser hallados en Él, prosiguiendo hacia la meta del supremo llamamiento.

Oremos:

Señor y Padre Celestial, te damos gracias porque en tu infinito amor nos has confiado el cuidado de tu viña. Te pedimos perdón por los momentos en que hemos sido labradores infieles, descuidando tu Palabra y dejándonos arrastrar por las distracciones del mundo. Te rogamos, Espíritu Santo, que toques y transformes nuestros corazones en este día. Concédenos el hambre y la sed de tu verdad. Ayúdanos a recuperar nuestro caminar contigo, a fortalecer nuestra comunión familiar en torno al altar de tu Palabra y a vivir una fe viva y activa en nuestro Señor Jesucristo. Que nuestras vidas den los frutos de justicia y amor que tú esperas recibir. En el precioso nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Décimo octavo domingo después de Pentecostés - La autoridad de la gracia frente a la ceguera del orgullo



27 de Septiembre de 2026

Décimo octavo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 25:1-9; Ezequiel 18:1-4, 25-32; Filipenses 2:1-13; Mateo 21:23-32

Título: La autoridad de la gracia frente a la ceguera del orgullo

Introducción: Las apariencias que engañan


Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta hermosa oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según Mateo 21:23-32.

Para comenzar, quiero compartirles una historia sobre el famoso violinista estadounidense Joshua Bell. En el año 2007, como parte de un experimento social, este músico, uno de los mejores del mundo, decidió vestirse con unos jeans viejos, una camiseta corriente y una gorra de béisbol. Se paró en una concurrida estación de metro en Washington D.C., sacó su violín (un instrumento invaluable valorado en más de 3 millones de dólares) y comenzó a tocar algunas de las piezas musicales más complejas y hermosas jamás escritas.

Durante casi una hora, miles de personas pasaron frente a él camino a sus trabajos. La inmensa mayoría ni siquiera volteó a mirarlo; algunos le arrojaron un par de monedas al piso sin detener el paso, asumiendo que era solo un mendigo o un músico callejero más intentando ganarse la vida. Nadie se imaginaba que apenas tres días antes, ese mismo hombre había llenado un prestigioso teatro en Boston, donde la gente pagó cientos de dólares por una sola entrada para poder escuchar exactamente la misma música.

Aquella mañana en el metro, la gente juzgó por la fachada. Creyeron que el lugar, la ropa y la apariencia del músico determinaban el valor de lo que ofrecía. ¡Qué gran verdad es que los prejuicios limitan nuestra capacidad de reconocer la grandeza! Cuando el experimento terminó y se reveló la verdad, muchos de los que pasaron por ahí sintieron una profunda pena y comentaron: «Cómo la mayoría de las veces, atrapados en nuestra propia rutina y creyéndonos superiores, caemos en la enfermedad del orgullo y nos perdemos de lo verdaderamente valioso».


El conflicto en el templo: ¿Con qué autoridad?


Esta historia conecta perfectamente con el pasaje de hoy. En el texto bíblico, observamos a Jesús enseñando en el templo, y lo hace con una autoridad que impactaba a las multitudes. Los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo lo observaban con una mezcla de admiración oculta y envidia revelada. Para ellos, Jesús era solo un predicador itinerante, un hombre del pueblo, proveniente de Nazaret, un lugar del que muchos dudaban que pudiera salir algo bueno. Al igual que la gente en la estación del metro, los religiosos miraban la fachada y no la grandeza de quien tenían enfrente.

Incapaces de aceptar que alguien sin sus credenciales humanas tuviera tanto poder, se le acercan y le preguntan: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?».

¿Será que preguntaban esto con un corazón sincero para buscar la misma fuente divina de Jesús? Lamentablemente, no. Su motivación no era la verdad, sino la trampa; buscaban una excusa legal para acusarlo, desacreditarlo ante el pueblo y apresarlo.

Pero Jesús, que es Dios omnisciente y conoce hasta las intenciones más ocultas de los corazones, desarma su soberbia con una sabiduría divina. Les responde con otra pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?».

Los líderes religiosos quedaron atrapados en su propia red. Empezaron a calcular el costo social y religioso de su respuesta: si decían que venía del cielo, Jesús les reclamaría por qué no le creyeron; y si decían que venía de los hombres, temían al pueblo, que consideraba a Juan un profeta. Anteponiendo su estatus a la verdad, prefirieron mentir y responder: «No sabemos». A lo que Jesús sentenció de forma brillante: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto».


El peligro de ver a Cristo con ojos humanos


Hermanos, este pasaje nos deja una lección profunda. Todo aquel que mira a Cristo únicamente con ojos humanos, desprovisto de la fe que opera el Espíritu Santo, tropieza con su humildad. El orgullo humano se pregunta: «¿Qué me puede dar este personaje histórico? Si lo que veo es a un hombre pobrísimo, que nació en un pesebre maloliente, que no tenía ni dónde recostar la cabeza (Mateo 8:20) y que al final se dejó crucificar sin defenderse».

El mundo, en su soberbia, concluye: «Él no puede hacer nada por mí», y lo rechaza. Sin embargo, al cerrar los ojos a Cristo por culpa del orgullo propio, el ser humano queda atrapado en una condenación eterna, llevando una existencia vacía que nada ni nadie en la tierra puede llenar.


La coherencia y el fruto del discipulado


Para profundizar en esta ceguera, Jesús les relata la parábola de los dos hijos. El primero dice que no va a trabajar a la viña, pero después se arrepiente y va. El segundo dice con mucha elocuencia: «Sí, señor, ya voy», pero se queda de brazos cruzados.

Esta parábola nos recuerda que las promesas verbales y la religión de apariencias no sirven de nada ante Dios. No basta con decir: «¡Oh, sí, el próximo domingo iré a la iglesia!», si al llegar el día nos olvidamos del compromiso. Lo que realmente cuenta para el Señor son las acciones que brotan de una fe viva; un arrepentimiento genuino que da frutos verdaderos en el discipulado diario.

Los recaudadores de impuestos y las prostitutas de la época, que eran los marginados y pecadores más señalados, entendieron su miseria, creyeron en Juan y en Jesús, se arrepintieron y entraron al Reino de los Cielos antes que los religiosos perfectos. Porque las puertas del cielo no se abren por estatus socioeconómico ni por méritos académicos, sino por la milagrosa misericordia de Dios, quien nos regala la fe para reconocer nuestra necesidad de un Salvador.

No seamos como los sacerdotes que, teniendo la verdad frente a ellos, prefirieron cuidar su orgullo. Seamos como el hijo que recapacita, deja atrás sus palabras vacías y camina en obediencia.


Oremos: 


Dios de Gloria y Majestad, te pedimos que arranques de nuestro corazón toda raíz de orgullo y prejuicio. Concédenos la gracia de vivir una existencia coherente, donde nuestras acciones reflejen la fe que confesamos. Abre nuestros ojos espirituales para ver en Jesús no solo a un maestro humilde, sino al Dios Todopoderoso que salva nuestras almas de la perdición eterna y transforma nuestras vidas hoy. En el nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!