13 de Septiembre de 2026
Decimosexto domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 103:8-13; Génesis 50:15-21; Romanos 14:1-12; Mateo 18:21-35
Título: La lógica de la cruz: Un amor que no lleva la cuenta
Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad vamos a reflexionar acerca de la lectura del santo evangelio según san Mateo, en el capítulo dieciocho, versículos del veintiuno al treinta y cinco. El pasado domingo decíamos que Dios nos invita a llevar una vida de concordia, armonía, amor y reconciliación constantes y perpetuas. Esta reconciliación con nuestro Dios Padre es eterna, pues nuestro Dios Hijo y Señor Jesucristo la ganó de una vez y para siempre con su sacrificial muerte en la cruz para todos nosotros. Se trata de un regalo inmerecido, una gracia divina que transforma nuestra realidad por completo.
Para hoy, el texto sagrado nos sitúa en el versículo inmediatamente posterior al último leído hace una semana. Todo comienza con una pregunta de parte de Pedro a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete veces?». Hermanos, ¿somos de la clase de personas que llevamos una libreta en el bolsillo y escribimos las veces que hemos perdonado a alguien? Es fácil caer en la tentación de pensar: «A fulanito lo he perdonado veinte veces, a zutanito lo he perdonado setenta veces; ya ha sido demasiadas veces perdonado por mí». Podemos suponer que Pedro pensaba de una manera similar y por eso hace la pregunta, buscando establecer un límite legal o una norma humana para el amor.
Nuestro Señor Jesús le responde de forma contundente: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Muchas personas creen erróneamente que Jesús está dando un número limitado de cuatrocientas noventa veces para perdonar. Por el contrario, debemos entender que no existe un límite determinado para el acto liberador del perdón. El punto de vista de Jesús es el mismo de Dios, cuya misericordia sobrepasa todo entendimiento humano. Como nos recuerda el salmista, el Señor es compasivo y bondadoso, lento para enojarse y lleno de amor; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras maldades. Tan alta como el cielo sobre la tierra es su misericordia.
¿Qué sería de nosotros y de nuestro destino eterno si Dios llevara una cuenta de nuestras ofensas hacia él? Si dependiéramos de nuestros propios méritos o de nuestra capacidad para mantenernos limpios, estaríamos completamente perdidos. Es una verdad incuestionable que la Palabra de Dios nos declara perdonados y justificados gratuitamente por la fe en la obra de Cristo. Ante la magnitud de ese amor, no nos queda mejor respuesta que vivir con un corazón agradecido, reflejando de manera natural ese perdón abundante hacia nuestros ofensores. No perdonamos para ganar el favor de Dios, sino porque ya hemos sido favorecidos y transformados por su gracia.
Seguidamente, en el texto del evangelio, el Señor Jesús cuenta una parábola para ilustrar la respuesta dada a Pedro y mostrar cómo se manifiesta el reino de los cielos. El pasaje habla acerca de un rey que decidió revisar las cuentas de sus empleados. Llegó ante él uno que le debía muchísimo dinero, una deuda tan incalculable que equivaldría a millones de monedas, una cifra que habría sido imposible de pagar en toda una vida. Como el empleado no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa e hijos y todo lo que tenía, para exigir el pago. El empleado se arrodilló delante de él y le suplicó: «Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo». El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó libre.
Esta es la perfecta imagen de nuestra condición humana frente a Dios. Nuestra deuda a causa del pecado era impagable, nos conducía a la condenación y a la bancarrota espiritual total. Sin embargo, Dios, movido puramente por su compasión y misericordia, decide borrar nuestra cuenta por medio del sacrificio de Jesús, sin pedirnos nada a cambio más que recibir su gracia por la fe. Así como en la historia de José y sus hermanos en el libro de Génesis, donde el mal fue transformado en bien y se otorgó un perdón absoluto y protector, Dios nos recibe y nos restaura por completo.
La Palabra de Dios continúa diciendo que, al salir de allí, aquel empleado se encontró con un compañero suyo que le debía una cantidad mínima de dinero, apenas el equivalente a unos tres meses de salario. Lo agarró por el cuello y comenzó a ahogarlo, diciéndole: «¡Págame lo que me debes!». Su compañero se arrodilló delante de él y le suplicó: «Tenga paciencia conmigo y se lo pagaré todo». Pero el otro no quiso escuchar, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda.
Los otros compañeros, al ver lo que había pasado, se llenaron de tristeza y fueron a contarle todo al rey. El monarca, al enterarse de todo lo sucedido, hizo llamar a aquel empleado y le dijo: «¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿Por qué no tuviste tú compasión de tu compañero, así como yo la tuve de ti?». El rey, muy enojado, ordenó que lo castigaran hasta que pagara todo lo que debía. El apóstol Pablo nos enseña en su carta a los Romanos que ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, no tenemos derecho a juzgar ni a menospreciar al hermano, porque todos tendremos que presentarnos ante el tribunal de Dios.
Jesús finaliza la narración con una advertencia solemne: «Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de todo corazón a su hermano». Hermanos, si Dios nos ha perdonado de manera absoluta toda nuestra inmensa deuda espiritual producto del pecado, nosotros, como fruto de esa fe viva, estamos llamados a manifestar la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. El perdón que otorgamos al prójimo no es la causa de nuestra salvación, sino la consecuencia directa e inevitable de haber sido perdonados primero. Un corazón que ha comprendido verdaderamente el Evangelio y la cruz de Cristo no puede cerrarse al perdón de sus semejantes.
Por medio del perdón que hemos recibido gratuitamente de Dios, el Espíritu Santo obra en nosotros el querer y el hacer para vivir una vida de reconciliación hacia nuestro prójimo. Negarse a perdonar es rechazar la lógica de la gracia y pretender volver a la lógica de la ley y del cobro, una posición peligrosa que nos desconecta del consuelo evangélico. Que la certeza de que su amor es incondicional nos capacite cada día para perdonar sin límites, reflejando la luz de Cristo en un mundo sediento de paz.
Oremos:
Amantísimo Dios de perdón y de toda gracia. Hoy queremos venir ante tu santa presencia para suplicarte que el Espíritu Santo nos mueva a vivir el perdón en cada situación de nuestra cotidianidad. Permite que, al mirar a quienes nos ofenden, recordemos primero el glorioso, perfecto e inigualable sacrificio hecho por tu Hijo en la cruz por todos nosotros, donde borraste todos nuestros pecados y nos diste vida eterna. Fortalece nuestra fe para que nuestras vidas sean un fiel reflejo de tu amor incondicional. Todo esto te lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Salvador Jesucristo.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!
.jpg)



