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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Último Domingo después de Epifanía - “Escúchenlo”



15 de febrero de 2026

Último Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 2; Éxodo 24:12-18; 2 Pedro 1:16-21; Mateo 17:1-9


Tema de Hoy: “Escúchenlo” (Mateo 17:1–9)

Gracia, misericordia y paz a ustedes, de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

En el monte de la Transfiguración, Jesús lleva a Pedro, Jacobo y Juan a un lugar alto. Allí, delante de ellos, su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Moisés y Elías aparecen hablando con Él. Y entonces, una nube luminosa los cubre, y se oye la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oigan”.

Este acontecimiento no es un espectáculo para impresionar, sino una revelación para sostener la fe. Jesús deja ver, por un momento, la gloria que siempre le pertenece como verdadero Dios, para fortalecer a sus discípulos antes del escándalo de la cruz. Porque el mismo Señor que brilla en el monte es el que pronto será entregado, azotado y crucificado.

Las lecturas del Antiguo Testamento nos ayudan a entender lo que sucede. En Éxodo 24, Moisés sube al monte y la gloria del Señor cubre el Sinaí. La nube, el fuego, la presencia santa de Dios: todo eso aparece también en la Transfiguración. Pero hay una diferencia decisiva. En el Sinaí, la gloria está separada del pueblo; sólo Moisés se acerca. En el monte de la Transfiguración, la gloria está en una Persona: Jesucristo. Ya no es sólo fuego y nube; es el Hijo encarnado. Dios se ha acercado en carne y sangre.

El Salmo 2 proclama: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy”. Ese salmo mesiánico resuena en la voz del Padre desde la nube. Jesús no es simplemente un profeta más, no es sólo un maestro moral. Él es el Hijo eterno, el Rey ungido, ante quien las naciones se inclinan. Cuando el Padre dice: “Este es mi Hijo amado”, está declarando públicamente quién es Jesús. Y cuando añade: “A Él oigan”, está llamando a toda la Iglesia a recibir su palabra con fe.

Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas. Toda la Escritura del Antiguo Testamento apunta a Cristo. No hablan de sí mismos; hablan con Él y acerca de su “partida”, es decir, de su muerte y resurrección. Como dice el apóstol Pedro en su segunda carta, ellos no siguieron “fábulas artificiosas”, sino que fueron testigos oculares de su majestad. Pedro entendió, con el tiempo, que aquella gloria en el monte confirmaba la palabra profética. Y añade algo importante: tenemos la palabra profética más segura. Es decir, la Escritura inspirada por el Espíritu Santo.

Aquí encontramos un énfasis central de nuestra confesión luterana: Dios se da a conocer y actúa por medio de su Palabra. No dependemos de experiencias místicas ni de emociones pasajeras. La voz del Padre dirige nuestra atención a Cristo y a su Palabra. “A Él oigan.” La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Cristo.

Pedro, en su entusiasmo, propone hacer tres enramadas, como si pudiera prolongar ese momento glorioso. Pero la gloria no se queda en el monte. El camino de Jesús desciende hacia Jerusalén, hacia la cruz. La verdadera obra de salvación no ocurre en el resplandor visible, sino en la humillación del Gólgota.

Esto es crucial para nosotros. A menudo buscamos a Dios en lo espectacular, en lo que impresiona los sentidos. Pero el Señor nos dirige a Cristo crucificado. La misma voz que dice “Este es mi Hijo amado” es la que permite que ese Hijo sea entregado por nosotros. La gloria y la cruz no se contradicen; se pertenecen. En la cruz, el Hijo amado carga con nuestros pecados. Allí, el Santo se hace pecado por nosotros. Allí, el Rey del Salmo 2 reina desde un madero.

Cuando los discípulos caen rostro en tierra, llenos de temor, Jesús se acerca y los toca: “Levántense, y no teman”. Esa palabra también es para nosotros. Ante la santidad de Dios, reconocemos nuestro pecado y nuestra indignidad. La Ley, representada por Moisés, nos muestra nuestra culpa. Pero el Evangelio nos muestra a Cristo que nos toca, nos levanta y nos consuela.

Al final, los discípulos no ven a nadie más que a Jesús solo. Moisés y Elías desaparecen. La visión extraordinaria termina. Queda Jesús. Esto es profundamente consolador. Para la Iglesia, en medio de un mundo cambiante, lo esencial permanece: Jesús solo. Su Palabra. Su promesa. Su obra cumplida.

Desde la perspectiva de nuestra fe luterana, confesamos que este mismo Cristo glorioso y crucificado viene hoy a nosotros de manera humilde pero real: en la predicación del Evangelio y en los santos sacramentos. No vemos su rostro resplandeciente, pero oímos su voz. No estamos cubiertos por una nube luminosa, pero somos cubiertos por su gracia en el Bautismo. No contemplamos vestiduras blancas como la luz, pero recibimos su verdadero cuerpo y sangre bajo el pan y el vino para el perdón de nuestros pecados.

La Transfiguración nos recuerda quién es Jesús: verdadero Dios y verdadero hombre. Nos recuerda escucharle por encima de todas las voces del mundo. Y nos prepara para entender que la cruz no es fracaso, sino el cumplimiento del plan eterno de salvación.

Hoy, mientras descendemos del monte con los discípulos, llevamos en el corazón esta certeza: el Hijo amado ha venido por nosotros. Ha cumplido la Ley, ha llevado nuestro pecado, ha vencido la muerte y ha resucitado en gloria. La majestad que brilló por un instante en el monte es la misma que ahora reina a la diestra del Padre y que un día veremos plenamente cuando Él vuelva.

Hasta entonces, escuchamos su voz. Confiamos en su Palabra profética segura. Y, aun en medio de pruebas, sabemos que el Cristo que se reveló en gloria es el mismo que nos sostiene con su gracia.

Oremos:

Señor Jesucristo, Hijo amado del Padre, que revelaste tu gloria en el monte y, sin embargo, descendiste para llevar la cruz por nuestra salvación, te damos gracias porque te has dado a conocer a nosotros por tu santa Palabra. Concédenos oírte con fe, confiar en tus promesas y permanecer firmes cuando el camino nos lleve por valles de prueba y sufrimiento.

Padre celestial, que desde la nube declaraste a tu Hijo como el Amado, fortalece en nosotros la certeza de que, por medio de Él, también somos tus hijos por gracia. Perdona nuestros pecados por causa de su sacrificio y renueva en nosotros el gozo de tu salvación.

Espíritu Santo, que inspiraste a los profetas y apóstoles, guarda a tu Iglesia en la verdad de tu Palabra. Ilumina nuestros corazones para que, contemplando por la fe la gloria de Cristo, seamos transformados a su imagen y vivamos como testigos fieles en el mundo.

Llévanos finalmente a contemplar su gloria eternamente en tu reino, donde con el Padre y el Hijo vives y reinas, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!





Quinto Domingo después de Epifanía - La Sal y la Luz en la Justicia de Cristo



08 de febrero de 2026

Quinto Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 112:1-9; Isaías 58:1-9a; 1 Corintios 2:1-12; Mateo 5:13-20


Tema de Hoy: La Sal y la Luz en la Justicia de Cristo


Queridos hermanos en el Señor:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes.

El pasaje de hoy del Sermón del Monte suele malinterpretarse como una carga moralista. Escuchamos "ustedes son la sal y la luz" y pensamos inmediatamente en una lista de tareas para "no perder el sabor". Pero en la teología luterana, entendemos que Jesús no está dándote un manual de autoayuda, sino declarando quién eres tú en Él.


1. El diagnóstico de la Ley

En Isaías 58, vemos el peligro de la justicia propia. El pueblo ayunaba y se preguntaba por qué Dios no los miraba. Dios les responde que su "luz" era falsa porque brotaba del orgullo. La Ley nos muestra que, por nosotros mismos, somos "sal insípida". Si dependiéramos de nuestra propia justicia para entrar en el reino de los cielos (Mateo 5:20), estaríamos perdidos, porque nuestra justicia nunca superará la de los escribas y fariseos por esfuerzo propio.

2. La Sabiduría de la Cruz

San Pablo, en 1 Corintios 2, nos da la solución. Él no confía en su retórica, sino en Cristo crucificado. Esa es la "sabiduría secreta de Dios". El mundo busca poder, pero Dios se revela en la debilidad de la cruz.

Cristo es la verdadera Sal de la Tierra que preserva a la humanidad de la destrucción del pecado. Él es la Luz del Mundo que las tinieblas no pudieron apagar. En la cruz, Jesús cumplió "la ley y los profetas" (Mateo 5:17) hasta el último detalle, para que esa perfección te sea acreditada a ti por la fe.

3. El Indicativo de la Gracia

Jesús dice: "Ustedes son la sal". Es un hecho. Por tu Bautismo, has sido sazonado con la santidad de Cristo. Como dice el Catecismo Menor de Lutero, el Espíritu Santo te ha llamado por el Evangelio e iluminado con sus dones.

Ser sal y luz no es un intento de ganar el favor de Dios (eso ya lo tienes en Cristo), sino el resultado natural de ser una "nueva criatura". La luz no se esfuerza por brillar, simplemente brilla porque es luz. Así, el cristiano, libre de la condena, comparte su pan con el hambriento y practica la justicia (Isaías 58), no para ser salvo, sino porque ya es salvo.


Conclusión

No salgas de aquí hoy intentando fabricar tu propia luz. Mira a la Cruz. Ahí está tu justicia. Eres sal porque Cristo te ha dado sabor; eres luz porque la Luz de la Vida habita en ti. Vive en esa libertad, sirviendo al prójimo con el gozo de saber que tu lugar en el Reino está asegurado por la obra terminada de Jesús.

Oremos:

Omnipotente Dios, Padre de toda misericordia, te damos gracias porque no nos dejaste en nuestras tinieblas, sino que nos enviaste a tu Hijo para ser nuestra luz y justicia. Te pedimos que nos concedas tu Espíritu Santo para que, confiando solo en los méritos de Cristo, podamos vivir como sal que preserva la verdad y como luz que guía a otros hacia tu gracia. Protege a tu Iglesia y mantennos firmes en la confesión de tu Palabra hasta el día de nuestro encuentro contigo; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Cuarto Domingo después de Epifanía - La Sabiduría de la Cruz y la Justicia de Cristo

 



01 de febrero de 2026

Cuarto Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 15; Miqueas 6:1-8; 1 Corintios 1:18-31; Mateo 5:1-12


Tema de Hoy: La Sabiduría de la Cruz y la Justicia de Cristo


Hermanos y hermanas en Cristo,

Las lecturas bíblicas de hoy nos presentan un desafío claro y directo de parte de Dios. Nos preguntan: ¿Cómo podemos acercarnos a un Dios santo? ¿Qué es lo que Él requiere de nosotros para morar en Su tabernáculo, para estar en Su presencia?

La Ley: La Exigencia de Dios y Nuestra Incapacidad

El Salmo 15 y el profeta Miqueas actúan como un martillo de la Ley. Miqueas 6:8 resume de manera concisa lo que Dios exige de Su pueblo: "hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios". El Salmo 15 detalla una lista de virtudes impecables: el que anda en integridad, habla verdad, no calumnia, no hace mal a su prójimo, y más. Y en Mateo 5, Jesús pronuncia las Bienaventuranzas, que si bien son promesas de bendición, también funcionan como una medida de la vida que un ciudadano del Reino de los Cielos debe vivir.

¿Quién, entre nosotros, puede honestamente levantar la mano y decir: "Sí, he cumplido perfectamente con todo esto"? ¿Quién ha amado siempre la misericordia más que su propia conveniencia? ¿Quién se ha humillado perfectamente ante Dios todos los días?

La Ley de Dios es perfecta y santa, pero nosotros no lo somos. Cuando la escuchamos predicada en toda su pureza, nos condena. Nos muestra nuestra hipocresía, nuestro orgullo y nuestra incapacidad total para alcanzar la justicia que Dios requiere. Revela que nuestros mejores esfuerzos por "hacer justicia" están manchados por el pecado.

Esta es la sabiduría del mundo: la idea de que podemos ganarnos el favor de Dios a través de nuestro desempeño moral, nuestro legalismo o nuestra piedad exterior. El mundo dice: "Sé bueno, esfuérzate más, y Dios te aceptará". Pero la Ley de Dios nos grita que estamos fallidos. Si nuestra salvación dependiera de cumplir las demandas de Miqueas 6 u observar perfectamente el Salmo 15, estaríamos perdidos. Estaríamos, como dice Pablo en 1 Corintios 1, buscando una "sabiduría" humana que es necedad a los ojos de Dios.

El Evangelio: La Locura de la Cruz

Aquí es donde el Evangelio interrumpe nuestra desesperación con noticias radicalmente diferentes. El apóstol Pablo lo dice sin rodeos: "la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios".

Dios no nos salvó porque fuimos lo suficientemente sabios o lo suficientemente buenos. Él nos salvó a través de algo que el mundo considera un fracaso y una tontería: un Mesías crucificado.

El Evangelio es que lo que la Ley nos exige y no podemos dar, Cristo Jesús lo proveyó completa y perfectamente. Él es el único que caminó en integridad (Salmo 15). Él fue perfectamente humilde y misericordioso (Miqueas 6). Él encarnó cada una de las Bienaventuranzas de Mateo 5.

Y luego, Él tomó nuestro lugar. En la cruz, la justicia de Dios no encontró una persona justa para recompensar, sino un sustituto perfecto para castigar. Jesús se convirtió en nuestro pecado para que nosotros, en Él, fuésemos hechos justicia de Dios.

Nuestra justificación no se basa en lo que nosotros hacemos, sino en lo que Cristo ha hecho. Es pura gracia, recibida solo por fe. Como dice Pablo: "Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención".

No necesitamos buscar una "señal" o una "sabiduría" mundana para apaciguar a Dios. Necesitamos la locura del Evangelio: que somos perdonados gratuitamente a causa de Cristo.

Vida en el Reino: El Fruto del Evangelio

Entonces, ¿significa esto que las demandas de Miqueas y Mateo ya no importan? ¡De ninguna manera! Pero su función cambia.

Ya no son una escalera que intentamos subir para alcanzar a Dios. Son una descripción de la vida que fluye desde estar en Cristo. Las Bienaventuranzas son promesas para los que ya han sido bendecidos por la gracia de Dios. Los "pobres en espíritu", los que "lloran" por su pecado, los que tienen "hambre y sed de justicia", son aquellos a quienes Dios ha tocado con Su gracia.

Nuestras buenas obras, nuestra justicia y nuestra misericordia son ahora el resultado de nuestra gratitud, no el precio de nuestra entrada. Vivimos una vida que refleja el carácter de Dios no para ganarnos un hogar con Él, sino porque ya moramos en Su presencia por la fe en Jesús.

Hoy, la Palabra de Dios nos quita toda jactancia humana y toda confianza en nuestra propia moralidad. Nos lleva a la cruz, el lugar donde la sabiduría de Dios se revela en toda su gloria, declarando al pecador justificado. Confía en Cristo. Su justicia es tuya.

Oremos

Padre Celestial, te damos gracias por Tu Palabra y por la locura bendita de la cruz, donde revelaste Tu poder y Tu gracia. Ayúdanos a descansar no en nuestra propia sabiduría o justicia, sino únicamente en Cristo Jesús, nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención. Guarda nuestros corazones y mentes en esta fe.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Tercer Domingo después de Epifanía - La luz que llama al arrepentimiento



25 de enero de 2026

Tercer Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 27:1, 4-9; Isaías 9:1-4; 1 Corintios 1:10-18; Mateo 4:12-23


Tema de Hoy: La luz que llama al arrepentimiento

Mateo 4:12–23

Amados hermanos en Cristo:

El evangelio de Mateo nos presenta hoy el inicio del ministerio público de nuestro Señor Jesucristo. No es un comienzo espectacular según los criterios humanos. Jesús no aparece en Jerusalén, ni en los palacios, ni entre los poderosos. Él va a Galilea, a una región despreciada, considerada por muchos como tierra de gentiles. Allí, donde hay oscuridad espiritual, el Hijo de Dios hace resplandecer la luz.

Mateo nos recuerda la profecía de Isaías: “El pueblo que estaba sentado en tinieblas vio gran luz.” Esta luz no es una idea, ni una filosofía, ni una reforma moral. Esta luz es una Persona: Jesucristo mismo, el Salvador prometido.

1. El mensaje central: arrepentimiento y fe

El primer sermón de Jesús se resume en una sola frase:
“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”

Aquí encontramos el corazón de la predicación luterana: Ley y Evangelio.

La Ley nos confronta: estamos en tinieblas, somos pecadores, necesitamos arrepentimiento. No se trata solo de cambiar algunas conductas externas, sino de reconocer delante de Dios que nuestro corazón está corrompido por el pecado y que no podemos salvarnos a nosotros mismos.

Pero junto a la Ley, inmediatamente aparece el Evangelio: “El reino de los cielos se ha acercado.”
Esto significa que Dios mismo viene a nosotros en Cristo. No subimos nosotros al cielo por nuestras obras; es el cielo el que desciende hacia nosotros en la persona del Hijo de Dios.

Aquí está la buena noticia: la salvación es por gracia, mediante la fe, a causa de Cristo, y no por mérito humano.

2. El llamado de los primeros discípulos

Jesús ve a Simón y a Andrés, luego a Jacobo y a Juan. Ellos no estaban buscando un nuevo maestro; estaban trabajando. Sin embargo, Cristo los llama con autoridad divina:

“Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.”

Notemos algo importante: no es el discípulo quien elige al Maestro, sino el Maestro quien llama al discípulo. Así también ocurre con nosotros. No hemos conocido a Cristo por nuestra sabiduría o virtud, sino porque Él nos ha llamado por medio de Su Palabra y de los Sacramentos.

En el Bautismo, Dios nos tomó de la muerte y nos hizo Sus hijos.
En la Santa Cena, Cristo nos alimenta con Su propio cuerpo y sangre para el perdón de los pecados.

Este llamado no es solo a creer, sino también a servir. Los discípulos dejan sus redes, no para ganar el favor de Dios, sino porque ya han sido alcanzados por la gracia de Dios.

3. Cristo predica, sana y restaura

El texto nos dice que Jesús recorría Galilea:

  • Enseñando en las sinagogas.

  • Predicando el evangelio del reino.

  • Sanando toda enfermedad y dolencia.

Esto nos muestra el carácter completo de la obra de Cristo. Él no solo habla palabras de consuelo, sino que actúa con poder. Sus milagros no son simples demostraciones de compasión, sino señales de que el Reino de Dios realmente ha llegado.

Sin embargo, el milagro más grande no es la sanidad del cuerpo, sino el perdón del pecado y la reconciliación con Dios. Todas las sanidades apuntan a la cruz, donde Jesús cargaría con nuestra culpa y vencería definitivamente a la muerte.

4. Aplicación para la Iglesia hoy

La Iglesia no está llamada a inventar nuevos mensajes, sino a proclamar fielmente el mismo mensaje de Cristo:

Arrepentimiento y perdón en Su nombre.

No ofrecemos técnicas de superación personal ni promesas vacías de prosperidad. Ofrecemos lo que el mundo realmente necesita:
el Evangelio puro y los Sacramentos correctamente administrados.

Así como Jesús fue luz en Galilea, la Iglesia es hoy luz en medio de un mundo que sigue caminando en tinieblas. No por nuestra santidad, sino porque Cristo vive en medio de Su Iglesia.

Conclusión

Queridos hermanos, el llamado de Jesús sigue resonando hoy:

“Sígueme.”

Él nos llama a arrepentirnos, a confiar únicamente en Su gracia, y a vivir como testigos de Su Reino. La luz ha brillado en la oscuridad, y la oscuridad no la ha vencido.

Oremos

Que el Espíritu Santo nos mantenga firmes en la fe, y nos conceda perseverar hasta el día en que veamos al Salvador cara a cara.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!