Translate This Blog

Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel
Disponible en Amazon Kindle - Presiona sobre la imagen

Vigésimo domingo después de Pentecostés - El banquete de Dios y nuestro ropaje de fe



11 de Octubre de 2026

Vigésimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas

Lecturas: Isaías 25:1-9; Salmo 23; Filipenses 4:1-9; Mateo 22:1-14

Título: El banquete de Dios y nuestro ropaje de fe 

Muy buenos días, hermanas y hermanos en nuestro Señor Jesucristo. La palabra de Dios nos reúne hoy alrededor de una mesa generosa, un banquete que el Señor mismo ha preparado para nosotros. En la lectura del evangelio de este día, que encontramos en Mateo 22:1-14, Jesús nos regala una parábola que toca lo más profundo de nuestra condición humana y de la gracia divina. Nos habla de un rey que prepara el banquete de bodas para su hijo, una imagen que transforma por completo la forma en que entendemos el reino de los cielos. Ya no se trata solo de la viña, del trabajo de la tierra o del esfuerzo de la siembra. Ahora el Salvador nos introduce directamente a una fiesta, un regalo inmerecido donde todo está listo y pagado por el anfitrión.

El relato nos muestra que el rey envió a sus criados a llamar a los invitados a la boda, pero estos no quisieron ir. El soberano, en su infinita paciencia, volvió a insistir. Les mandó a decir: «Miren, ya tengo preparado el banquete. He mandado matar mis reses y los animales más gordos, y todo está listo; vengan a la fiesta de bodas». Qué insistencia tan conmovedora la de nuestro Dios. Esto nos recuerda lo que el profeta Isaías anunció en el capítulo 25, cuando profetizó que el Señor de los ejércitos prepararía en este monte, para todos los pueblos, un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos finos. Es la promesa de una mesa donde se destruirá la muerte para siempre y el Señor secará las lágrimas de todos los rostros. Sin embargo, en la parábola, la reacción humana ante tanta generosidad es de indiferencia y desprecio. Los invitados no hicieron caso. Uno se fue a sus terrenos, otro a sus negocios, y los demás agarraron a los criados del rey, los maltrataron y los mataron.


Esta resistencia a la invitación es el reflejo de un corazón que confía en sus propias fuerzas, en sus posesiones y en sus méritos. El pueblo de Israel, los primeros destinatarios de la promesa, muchas veces prefirieron sus propias seguridades, sus leyes y sus prácticas antes que el llamado de amor de su Dios. Rechazaron a los profetas y endurecieron su caminar. Ante esto, el rey se enojó, envió sus tropas, destruyó a aquellos asesinos y quemó su ciudad. La exclusividad basada en la descendencia o en el cumplimiento externo quedó rota por el rechazo humano. El rey dijo entonces a sus criados: «La fiesta de bodas está dispuesta, pero aquellos invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las calles principales, e inviten a la boda a todos los que encuentren».


Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, tanto malos como buenos, y la sala de la boda se llenó de invitados. Aquí vemos el corazón de nuestra fe: la invitación se vuelve universal, llega a los gentiles, nos alcanza a nosotros. No se nos pide una hoja de vida intachable para entrar; los criados reunieron a malos y buenos por igual. El banquete no se llena de personas que se ganaron el derecho de estar allí, sino de personas que simplemente recibieron la invitación. Esto es puro regalo, pura bondad divina. Es lo que experimentamos cuando recitamos el Salmo 23 y reconocemos que el Señor es nuestro pastor y nada nos faltará. Él prepara una mesa ante nosotros, incluso en presencia de nuestros enemigos, y unge nuestra cabeza con aceite. No estamos en esa mesa por lo bueno que hayamos hecho, sino porque el Pastor nos ha guiado por senderos de justicia por amor a su nombre.


Pero la parábola contiene una advertencia seria en su segunda parte. Cuando el rey entró a ver a los invitados, se fijó en un hombre que no iba vestido con traje de boda. El rey le preguntó: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin el traje de boda?». Y el hombre se quedó callado. El rey entonces ordenó a los sirvientes: «Átenlo de pies y manos, y échenlo a la oscuridad de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos».


¿Qué significa este traje de boda? En el contexto de la época, el mismo anfitrión proporcionaba la vestimenta adecuada a sus invitados al llegar. Entrar a la fiesta con las ropas propias, sucias del camino, y rechazar el vestido del rey era un insulto supremo. Significaba decirle al rey que sus ropas eran mejores que el regalo del soberano. Espiritualmente, ese traje de boda es nuestro Señor Jesucristo. El único vestido que nos hace dignos de estar en la presencia del Padre es la justicia de Cristo, la cual recibimos únicamente por medio de la fe. Intentar presentarse ante Dios con nuestras propias ropas, es decir, con nuestras supuestas buenas obras, nuestra moralidad o nuestros propios méritos, es presentarnos desnudos y cubiertos de trapos sucios. El hombre de la parábola se quedó callado porque no tenía excusa; nadie puede justificarse a sí mismo ante el tribunal divino. El único que justifica es Jesucristo. Quien rechaza vestirse de Cristo por la fe, se condena a sí mismo a la oscuridad del infierno, donde el llanto y la desesperación son eternos.


El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, en el capítulo 4, nos exhorta a vivir de una manera coherente con este regalo. Nos dice: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que la bondad de ustedes sea conocida por todos. El Señor está cerca». Cuando comprendemos que ya hemos sido vestidos con la justicia de Cristo, nuestra vida cambia. Ya no vivimos con angustia o ansiedad tratando de ganar la salvación. Pablo nos invita a no preocuparnos por nada, sino a presentarlo todo a Dios en oración, y nos promete que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús. El fruto de llevar el traje de boda es una vida que busca lo verdadero, lo respetable, lo justo, lo puro, lo amable y lo que es de buena fama. No para ser salvos, sino porque ya hemos sido salvados y vestidos por el Rey.


Hermanas y hermanos, la invitación al banquete celestial sigue abierta hoy para cada uno de nosotros. Dios nos llama a través de su palabra y nos ofrece gratuitamente el perdón y la vida eterna. No cometamos el error de descuidar este llamado por las ocupaciones cotidianas, ni pretendamos presentarnos ante Él confiando en nuestras propias bondades. Reconozcamos nuestra necesidad diaria de su gracia. Acerquémonos al Pastor de nuestras almas, dejemos que Él nos vista con el ropaje de su Hijo Jesús a través de la fe, y vivamos cada día con la paz y la alegría de saber que nuestros nombres están escritos en los cielos. Que el Señor nos mantenga firmes en esta fe protectora hasta el día en que disfrutemos plenamente del banquete eterno en su presencia.


Oremos:

Te damos gracias, Dios Padre omnipotente, por tu inmensa bondad al invitarnos a formar parte de tu reino y del banquete de bodas de tu amado Hijo. Te rogamos que envíes continuamente tu Santo Espíritu a nuestros corazones, para que por medio de una fe viva nos mantengamos siempre revestidos de nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro único camino, verdad y vida. Concédenos desechar toda confianza en nuestros propios méritos y danos la gracia de permanecer fieles a tu llamado, para que fortalecidos por tu palabra y tu paz, seamos contados entre tus escogidos y alabemos tu santo nombre por toda la eternidad.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Décimo noveno domingo después de Pentecosté - Los labradores de la viña y nuestra responsabilidad hoy



04 de Octubre de 2026

Décimo noveno domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 80:7-15; Isaías 5:1-7; Filipenses 3:4b-14; Mateo 21:33-46

Título: Los labradores de la viña y nuestra responsabilidad hoy

Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según San Mateo, capítulo 21, versículos del 33 al 46.

Para comprender el impacto de las palabras de Jesús, es necesario trasladarnos a la época en que fue escrito este Evangelio. El arrendamiento de un fundo o terreno agrícola constituía una doble obligación contractual. Los arrendatarios no solo debían pagar un canon de alquiler por la tierra, sino que estaban obligados a entregar una parte de la cosecha al legítimo propietario. Como nos narra la parábola, el dueño del viñedo se empeñó en que la tierra fuera productiva: plantó la viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y construyó una torre. Todo estaba dispuesto para el éxito. El terreno dio sus frutos, pero el corazón de los labradores se corrompió.

Jesús, como el maestro incomparable que es, utiliza esta realidad cotidiana para revelarnos una profunda verdad espiritual. Esta parábola no fue dicha al azar; tenía destinatarios muy claros: los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, así como las autoridades religiosas de la época. A ellos se les había confiado la Palabra, las promesas del Reino y el cuidado espiritual del pueblo de Israel. Dios les entregó una viña fértil. Sin embargo, en un acto de vulgar desprecio por los bienes celestiales, estas autoridades rechazaron y mataron, generación tras generación, a los profetas enviados por Dios.

El profeta Isaías ya lo había advertido siglos antes en el canto de la viña, cuando escribió:

«El viñedo del Señor Todopoderoso, su sembrado preferido, es el país de Israel, el pueblo de Judá. El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y sólo encuentra asesinatos; esperaba justicia, y sólo escucha gritos de dolor» (Isaías 5:7).

La paciencia de nuestro Padre Celestial es infinita, pero también reclama justicia. En un último y tierno intento de reconciliación, se dijo: «Enviaré a mi propio Hijo; a Él sí lo respetarán». Pero los labradores, movidos por la codicia y el deseo de quedarse con la herencia, lo sacaron de la viña y lo mataron. El pueblo escogido no reconoció al Heredero; como nos recuerda el evangelista Juan: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:10-11).

Ahora bien, hermanos, esta historia no es solo un registro del pasado. Por la fe y a través de la promesa dada a Abraham, nosotros hemos sido injertados en ese olivo santo. Hoy, nosotros somos el nuevo pueblo de Dios. La viña ha sido confiada a nuestras manos. Nosotros somos los guardianes actuales de la Palabra, los responsables de la predicación y de la expansión del Reino de Dios en la Tierra.

Por eso, la pregunta que nos confronta hoy es inevitable: ¿Qué frutos estamos entregando al dueño de la viña cuando se trata de compartir el amor de Jesús y su sacrificio redentor?

Lamentablemente, si miramos nuestro entorno, la realidad es preocupante. Se evidencia en muchos creyentes una alarmante falta de devoción hacia la herencia divina. Hemos menospreciado el privilegio de leer, estudiar, meditar y honrar las Sagradas Escrituras. En nuestros hogares, el altar familiar ha sido reemplazado. La atención que merece el Señor ha sido desplazada por el mundo moderno, el internet y la adicción silenciosa a las redes sociales. Hemos puesto a un lado la dedicación cristocéntrica que debería gobernar nuestras vidas y la de nuestros hijos.

La advertencia también es severa para el liderazgo de la iglesia. Hoy vemos pastores y líderes que, buscando agradar al mundo, presentan predicaciones aguadas, enseñanzas adulteradas y discursos sin un verdadero basamento bíblico y escritural. Al igual que los labradores de la parábola, corremos el riesgo de querer adueñarnos de la viña y moldearla a nuestro antojo.

Hermanos, cada vez que cerramos la biblia, cada vez que rechazamos la comunión con Dios y decidimos vivir bajo nuestros propios términos, estamos volviendo a apedrear a los profetas y a despreciar el sacrificio del Hijo de Dios. Estamos actuando como los labradores insensatos.

Pero la belleza del Evangelio es que, mientras tengamos vida, la gracia de Dios permanece abierta. No nos desesperemos, porque todavía estamos a tiempo de cambiar nuestra forma de actuar. Al igual que el apóstol Pablo en su carta a los Filipenses, debemos estar dispuestos a estimar todas las cosas como pérdida con tal de ganar a Cristo y ser hallados en Él, prosiguiendo hacia la meta del supremo llamamiento.

Oremos:

Señor y Padre Celestial, te damos gracias porque en tu infinito amor nos has confiado el cuidado de tu viña. Te pedimos perdón por los momentos en que hemos sido labradores infieles, descuidando tu Palabra y dejándonos arrastrar por las distracciones del mundo. Te rogamos, Espíritu Santo, que toques y transformes nuestros corazones en este día. Concédenos el hambre y la sed de tu verdad. Ayúdanos a recuperar nuestro caminar contigo, a fortalecer nuestra comunión familiar en torno al altar de tu Palabra y a vivir una fe viva y activa en nuestro Señor Jesucristo. Que nuestras vidas den los frutos de justicia y amor que tú esperas recibir. En el precioso nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Décimo octavo domingo después de Pentecostés - La autoridad de la gracia frente a la ceguera del orgullo



27 de Septiembre de 2026

Décimo octavo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 25:1-9; Ezequiel 18:1-4, 25-32; Filipenses 2:1-13; Mateo 21:23-32

Título: La autoridad de la gracia frente a la ceguera del orgullo

Introducción: Las apariencias que engañan


Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta hermosa oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según Mateo 21:23-32.

Para comenzar, quiero compartirles una historia sobre el famoso violinista estadounidense Joshua Bell. En el año 2007, como parte de un experimento social, este músico, uno de los mejores del mundo, decidió vestirse con unos jeans viejos, una camiseta corriente y una gorra de béisbol. Se paró en una concurrida estación de metro en Washington D.C., sacó su violín (un instrumento invaluable valorado en más de 3 millones de dólares) y comenzó a tocar algunas de las piezas musicales más complejas y hermosas jamás escritas.

Durante casi una hora, miles de personas pasaron frente a él camino a sus trabajos. La inmensa mayoría ni siquiera volteó a mirarlo; algunos le arrojaron un par de monedas al piso sin detener el paso, asumiendo que era solo un mendigo o un músico callejero más intentando ganarse la vida. Nadie se imaginaba que apenas tres días antes, ese mismo hombre había llenado un prestigioso teatro en Boston, donde la gente pagó cientos de dólares por una sola entrada para poder escuchar exactamente la misma música.

Aquella mañana en el metro, la gente juzgó por la fachada. Creyeron que el lugar, la ropa y la apariencia del músico determinaban el valor de lo que ofrecía. ¡Qué gran verdad es que los prejuicios limitan nuestra capacidad de reconocer la grandeza! Cuando el experimento terminó y se reveló la verdad, muchos de los que pasaron por ahí sintieron una profunda pena y comentaron: «Cómo la mayoría de las veces, atrapados en nuestra propia rutina y creyéndonos superiores, caemos en la enfermedad del orgullo y nos perdemos de lo verdaderamente valioso».


El conflicto en el templo: ¿Con qué autoridad?


Esta historia conecta perfectamente con el pasaje de hoy. En el texto bíblico, observamos a Jesús enseñando en el templo, y lo hace con una autoridad que impactaba a las multitudes. Los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo lo observaban con una mezcla de admiración oculta y envidia revelada. Para ellos, Jesús era solo un predicador itinerante, un hombre del pueblo, proveniente de Nazaret, un lugar del que muchos dudaban que pudiera salir algo bueno. Al igual que la gente en la estación del metro, los religiosos miraban la fachada y no la grandeza de quien tenían enfrente.

Incapaces de aceptar que alguien sin sus credenciales humanas tuviera tanto poder, se le acercan y le preguntan: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?».

¿Será que preguntaban esto con un corazón sincero para buscar la misma fuente divina de Jesús? Lamentablemente, no. Su motivación no era la verdad, sino la trampa; buscaban una excusa legal para acusarlo, desacreditarlo ante el pueblo y apresarlo.

Pero Jesús, que es Dios omnisciente y conoce hasta las intenciones más ocultas de los corazones, desarma su soberbia con una sabiduría divina. Les responde con otra pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?».

Los líderes religiosos quedaron atrapados en su propia red. Empezaron a calcular el costo social y religioso de su respuesta: si decían que venía del cielo, Jesús les reclamaría por qué no le creyeron; y si decían que venía de los hombres, temían al pueblo, que consideraba a Juan un profeta. Anteponiendo su estatus a la verdad, prefirieron mentir y responder: «No sabemos». A lo que Jesús sentenció de forma brillante: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto».


El peligro de ver a Cristo con ojos humanos


Hermanos, este pasaje nos deja una lección profunda. Todo aquel que mira a Cristo únicamente con ojos humanos, desprovisto de la fe que opera el Espíritu Santo, tropieza con su humildad. El orgullo humano se pregunta: «¿Qué me puede dar este personaje histórico? Si lo que veo es a un hombre pobrísimo, que nació en un pesebre maloliente, que no tenía ni dónde recostar la cabeza (Mateo 8:20) y que al final se dejó crucificar sin defenderse».

El mundo, en su soberbia, concluye: «Él no puede hacer nada por mí», y lo rechaza. Sin embargo, al cerrar los ojos a Cristo por culpa del orgullo propio, el ser humano queda atrapado en una condenación eterna, llevando una existencia vacía que nada ni nadie en la tierra puede llenar.


La coherencia y el fruto del discipulado


Para profundizar en esta ceguera, Jesús les relata la parábola de los dos hijos. El primero dice que no va a trabajar a la viña, pero después se arrepiente y va. El segundo dice con mucha elocuencia: «Sí, señor, ya voy», pero se queda de brazos cruzados.

Esta parábola nos recuerda que las promesas verbales y la religión de apariencias no sirven de nada ante Dios. No basta con decir: «¡Oh, sí, el próximo domingo iré a la iglesia!», si al llegar el día nos olvidamos del compromiso. Lo que realmente cuenta para el Señor son las acciones que brotan de una fe viva; un arrepentimiento genuino que da frutos verdaderos en el discipulado diario.

Los recaudadores de impuestos y las prostitutas de la época, que eran los marginados y pecadores más señalados, entendieron su miseria, creyeron en Juan y en Jesús, se arrepintieron y entraron al Reino de los Cielos antes que los religiosos perfectos. Porque las puertas del cielo no se abren por estatus socioeconómico ni por méritos académicos, sino por la milagrosa misericordia de Dios, quien nos regala la fe para reconocer nuestra necesidad de un Salvador.

No seamos como los sacerdotes que, teniendo la verdad frente a ellos, prefirieron cuidar su orgullo. Seamos como el hijo que recapacita, deja atrás sus palabras vacías y camina en obediencia.


Oremos: 


Dios de Gloria y Majestad, te pedimos que arranques de nuestro corazón toda raíz de orgullo y prejuicio. Concédenos la gracia de vivir una existencia coherente, donde nuestras acciones reflejen la fe que confesamos. Abre nuestros ojos espirituales para ver en Jesús no solo a un maestro humilde, sino al Dios Todopoderoso que salva nuestras almas de la perdición eterna y transforma nuestras vidas hoy. En el nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Decimoséptimo domingo después de Pentecostés - Dios reparte sus dones según su soberana voluntad



20 de Septiembre de 2026

Decimoséptimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 145:1-8; Jonás 3:10–4:11; Filipenses 1:21-30; Mateo 20:1-16


Título: Dios reparte sus dones según su soberana voluntad

Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad vamos a reflexionar acerca del Evangelio según Mateo, capítulo 20, versículos del 1 al 16.


En una oportunidad me contaron sobre un documental de televisión que describía cómo algunos hacendados en el sur de Francia contratan personal para la cosecha de uvas. 


La secuencia era la siguiente: el dueño de la plantación daba instrucciones a su caporal para ir al pueblo más cercano a buscar obreros, en su mayoría migrantes de varios países de Europa, dispuestos a trabajar arduamente en la recolección. En la plaza de la localidad, varios hombres esperaban ansiosos para ganarse el sustento diario. Inmediatamente subían al transporte hacia la hacienda para hospedarse en los dormitorios durante la recolección. Al día siguiente, el mayoral hacía el mismo recorrido, recogía nuevos trabajadores y regresaba a la finca. Al llegar el fin de semana, procedía, como dicta la justicia humana, a pagar a cada uno estrictamente según los días y horas efectivamente laboradas. En nuestra sociedad, este sistema es lógico: se asignan recursos correspondientes al esfuerzo del hombre. De lo contrario, sería imposible sostener la producción.


Sin embargo, el Reino de los Cielos no opera bajo las leyes del mercado humano, sino bajo la economía de la gracia de Dios.


En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta una parábola donde el dueño de una viña contrata jornaleros a diferentes horas: al amanecer, a las nueve de la mañana, al mediodía, a las tres de la tarde y, finalmente, a las cinco de la tarde. Al llegar la noche, comienza a pagarles empezando por los últimos. La sorpresa, indignación y sentimiento de estafa de quienes habían trabajado todo el día bajo el sol fue enorme, al ver que los que solo trabajaron una hora recibieron exactamente lo mismo: un denario. Cualquiera de nosotros, bajo una lógica puramente humana, diría: «Si yo hubiera sabido eso, me aparezco a la última hora».


La parábola comienza diciendo: «Sucede con el reino de los cielos como…». Esta introducción nos obliga a desaprender nuestros criterios de justicia humana para entender la justicia divina. Jesús nos muestra, en primer lugar, la discriminación en la que caemos cuando una persona es convertida a la fe a una edad avanzada o tras una vida difícil. Muchos suelen comentar, desde una garrafal ignorancia espiritual: «¡Qué fácil! Después de haber vivido una vida desenfrenada, ahora que está viejo se mete a cristiano», añadiendo calificativos maliciosos.


Esas reacciones de queja y envidia no son nuevas; son la misma actitud que vemos en las lecturas de hoy:


La queja de Jonás: El profeta Jonás se enfureció y se quería morir porque Dios tuvo misericordia de la gran ciudad de Nínive cuando esta se arrepintió (Jonás 3:10-4:11). Jonás sentía que ellos no merecían la salvación. Pero Dios le confronta recordando que Él es soberano y que tiene compasión de quien quiere, porque su amor va más allá de nuestros estrechos límites nacionales o morales.


La generosidad del Señor: Ante la protesta de los obreros de la primera hora, el dueño de la viña responde: «¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia que yo sea bueno?». El Salmo 145:1-8 responde a esto con alabanza, recordándonos que «el Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor». Su bondad no se calcula con tarjeta de asistencia; se desborda por pura gracia.

La justicia de los hombres da a cada uno lo que merece; la gracia de Dios da lo que no merecemos. Si Dios nos pagara estrictamente por nuestras obras y antigüedad, ninguno de nosotros alcanzaría la salvación. El denario que reciben todos los obreros por igual es el don de la vida eterna, la justificación y el amor del Padre.

Por eso, el apóstol Pablo comprendió perfectamente esta soberanía en su carta a los Filipenses 1:21-30. Para Pablo, la vida ya no se trata de ganar méritos propios, sino de Cristo: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». Él no está compitiendo por quién trabaja más o quién sufre más; su único anhelo es que Cristo sea glorificado, ya sea por su vida o por su muerte, llamando a la iglesia a vivir de una manera digna del evangelio, en unidad y sin temor.

Hermanos, la lección que nos regala Jesús es que Dios es un pagador y mayordomo perfecto. Él reparte sus dones según su soberana voluntad y jamás debemos comparar su proceder con nuestras reglas humanas. Si usted ha sido un discípulo fiel desde su juventud, ¡excelente, gloria a Dios! Pero sepa que la persona que se postra de corazón a los pies del Señor en la tercera edad, o en su último suspiro, tiene el mismo derecho de ser llamada hijo de Dios, porque la salvación es un regalo inmerecido, no un salario acumulado.

Como dice la Escritura: «Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos». No midamos el amor de Dios con la regla de nuestro propio egoísmo. Alegrémonos cuando la gracia alcance a otros, porque esa misma gracia es la que nos sostiene a nosotros cada día.


Oremos:


Eterno y amantísimo Padre celestial, hoy venimos a ti para pedirte un corazón humilde, libre de envidias y lleno de gratitud. Te pedimos comprensión y paciencia ante la soberana repartición que haces de tus dones y misericordias. Ayúdanos a no mirar con malos ojos tu infinita bondad hacia los demás, sino a regocijarnos porque tu gracia nos alcanza a todos por igual. Que nuestras vidas sean un reflejo de tu generosidad. En el precioso nombre de tu Hijo Jesús.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!