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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Cuarto Domingo después de Epifanía - La Sabiduría de la Cruz y la Justicia de Cristo

 



01 de febrero de 2026

Cuarto Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 15; Miqueas 6:1-8; 1 Corintios 1:18-31; Mateo 5:1-12


Tema de Hoy: La Sabiduría de la Cruz y la Justicia de Cristo


Hermanos y hermanas en Cristo,

Las lecturas bíblicas de hoy nos presentan un desafío claro y directo de parte de Dios. Nos preguntan: ¿Cómo podemos acercarnos a un Dios santo? ¿Qué es lo que Él requiere de nosotros para morar en Su tabernáculo, para estar en Su presencia?

La Ley: La Exigencia de Dios y Nuestra Incapacidad

El Salmo 15 y el profeta Miqueas actúan como un martillo de la Ley. Miqueas 6:8 resume de manera concisa lo que Dios exige de Su pueblo: "hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios". El Salmo 15 detalla una lista de virtudes impecables: el que anda en integridad, habla verdad, no calumnia, no hace mal a su prójimo, y más. Y en Mateo 5, Jesús pronuncia las Bienaventuranzas, que si bien son promesas de bendición, también funcionan como una medida de la vida que un ciudadano del Reino de los Cielos debe vivir.

¿Quién, entre nosotros, puede honestamente levantar la mano y decir: "Sí, he cumplido perfectamente con todo esto"? ¿Quién ha amado siempre la misericordia más que su propia conveniencia? ¿Quién se ha humillado perfectamente ante Dios todos los días?

La Ley de Dios es perfecta y santa, pero nosotros no lo somos. Cuando la escuchamos predicada en toda su pureza, nos condena. Nos muestra nuestra hipocresía, nuestro orgullo y nuestra incapacidad total para alcanzar la justicia que Dios requiere. Revela que nuestros mejores esfuerzos por "hacer justicia" están manchados por el pecado.

Esta es la sabiduría del mundo: la idea de que podemos ganarnos el favor de Dios a través de nuestro desempeño moral, nuestro legalismo o nuestra piedad exterior. El mundo dice: "Sé bueno, esfuérzate más, y Dios te aceptará". Pero la Ley de Dios nos grita que estamos fallidos. Si nuestra salvación dependiera de cumplir las demandas de Miqueas 6 u observar perfectamente el Salmo 15, estaríamos perdidos. Estaríamos, como dice Pablo en 1 Corintios 1, buscando una "sabiduría" humana que es necedad a los ojos de Dios.

El Evangelio: La Locura de la Cruz

Aquí es donde el Evangelio interrumpe nuestra desesperación con noticias radicalmente diferentes. El apóstol Pablo lo dice sin rodeos: "la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios".

Dios no nos salvó porque fuimos lo suficientemente sabios o lo suficientemente buenos. Él nos salvó a través de algo que el mundo considera un fracaso y una tontería: un Mesías crucificado.

El Evangelio es que lo que la Ley nos exige y no podemos dar, Cristo Jesús lo proveyó completa y perfectamente. Él es el único que caminó en integridad (Salmo 15). Él fue perfectamente humilde y misericordioso (Miqueas 6). Él encarnó cada una de las Bienaventuranzas de Mateo 5.

Y luego, Él tomó nuestro lugar. En la cruz, la justicia de Dios no encontró una persona justa para recompensar, sino un sustituto perfecto para castigar. Jesús se convirtió en nuestro pecado para que nosotros, en Él, fuésemos hechos justicia de Dios.

Nuestra justificación no se basa en lo que nosotros hacemos, sino en lo que Cristo ha hecho. Es pura gracia, recibida solo por fe. Como dice Pablo: "Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención".

No necesitamos buscar una "señal" o una "sabiduría" mundana para apaciguar a Dios. Necesitamos la locura del Evangelio: que somos perdonados gratuitamente a causa de Cristo.

Vida en el Reino: El Fruto del Evangelio

Entonces, ¿significa esto que las demandas de Miqueas y Mateo ya no importan? ¡De ninguna manera! Pero su función cambia.

Ya no son una escalera que intentamos subir para alcanzar a Dios. Son una descripción de la vida que fluye desde estar en Cristo. Las Bienaventuranzas son promesas para los que ya han sido bendecidos por la gracia de Dios. Los "pobres en espíritu", los que "lloran" por su pecado, los que tienen "hambre y sed de justicia", son aquellos a quienes Dios ha tocado con Su gracia.

Nuestras buenas obras, nuestra justicia y nuestra misericordia son ahora el resultado de nuestra gratitud, no el precio de nuestra entrada. Vivimos una vida que refleja el carácter de Dios no para ganarnos un hogar con Él, sino porque ya moramos en Su presencia por la fe en Jesús.

Hoy, la Palabra de Dios nos quita toda jactancia humana y toda confianza en nuestra propia moralidad. Nos lleva a la cruz, el lugar donde la sabiduría de Dios se revela en toda su gloria, declarando al pecador justificado. Confía en Cristo. Su justicia es tuya.

Oremos

Padre Celestial, te damos gracias por Tu Palabra y por la locura bendita de la cruz, donde revelaste Tu poder y Tu gracia. Ayúdanos a descansar no en nuestra propia sabiduría o justicia, sino únicamente en Cristo Jesús, nuestra sabiduría, justificación, santificación y redención. Guarda nuestros corazones y mentes en esta fe.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Tercer Domingo después de Epifanía - La luz que llama al arrepentimiento



25 de enero de 2026

Tercer Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 27:1, 4-9; Isaías 9:1-4; 1 Corintios 1:10-18; Mateo 4:12-23


Tema de Hoy: La luz que llama al arrepentimiento

Mateo 4:12–23

Amados hermanos en Cristo:

El evangelio de Mateo nos presenta hoy el inicio del ministerio público de nuestro Señor Jesucristo. No es un comienzo espectacular según los criterios humanos. Jesús no aparece en Jerusalén, ni en los palacios, ni entre los poderosos. Él va a Galilea, a una región despreciada, considerada por muchos como tierra de gentiles. Allí, donde hay oscuridad espiritual, el Hijo de Dios hace resplandecer la luz.

Mateo nos recuerda la profecía de Isaías: “El pueblo que estaba sentado en tinieblas vio gran luz.” Esta luz no es una idea, ni una filosofía, ni una reforma moral. Esta luz es una Persona: Jesucristo mismo, el Salvador prometido.

1. El mensaje central: arrepentimiento y fe

El primer sermón de Jesús se resume en una sola frase:
“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”

Aquí encontramos el corazón de la predicación luterana: Ley y Evangelio.

La Ley nos confronta: estamos en tinieblas, somos pecadores, necesitamos arrepentimiento. No se trata solo de cambiar algunas conductas externas, sino de reconocer delante de Dios que nuestro corazón está corrompido por el pecado y que no podemos salvarnos a nosotros mismos.

Pero junto a la Ley, inmediatamente aparece el Evangelio: “El reino de los cielos se ha acercado.”
Esto significa que Dios mismo viene a nosotros en Cristo. No subimos nosotros al cielo por nuestras obras; es el cielo el que desciende hacia nosotros en la persona del Hijo de Dios.

Aquí está la buena noticia: la salvación es por gracia, mediante la fe, a causa de Cristo, y no por mérito humano.

2. El llamado de los primeros discípulos

Jesús ve a Simón y a Andrés, luego a Jacobo y a Juan. Ellos no estaban buscando un nuevo maestro; estaban trabajando. Sin embargo, Cristo los llama con autoridad divina:

“Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.”

Notemos algo importante: no es el discípulo quien elige al Maestro, sino el Maestro quien llama al discípulo. Así también ocurre con nosotros. No hemos conocido a Cristo por nuestra sabiduría o virtud, sino porque Él nos ha llamado por medio de Su Palabra y de los Sacramentos.

En el Bautismo, Dios nos tomó de la muerte y nos hizo Sus hijos.
En la Santa Cena, Cristo nos alimenta con Su propio cuerpo y sangre para el perdón de los pecados.

Este llamado no es solo a creer, sino también a servir. Los discípulos dejan sus redes, no para ganar el favor de Dios, sino porque ya han sido alcanzados por la gracia de Dios.

3. Cristo predica, sana y restaura

El texto nos dice que Jesús recorría Galilea:

  • Enseñando en las sinagogas.

  • Predicando el evangelio del reino.

  • Sanando toda enfermedad y dolencia.

Esto nos muestra el carácter completo de la obra de Cristo. Él no solo habla palabras de consuelo, sino que actúa con poder. Sus milagros no son simples demostraciones de compasión, sino señales de que el Reino de Dios realmente ha llegado.

Sin embargo, el milagro más grande no es la sanidad del cuerpo, sino el perdón del pecado y la reconciliación con Dios. Todas las sanidades apuntan a la cruz, donde Jesús cargaría con nuestra culpa y vencería definitivamente a la muerte.

4. Aplicación para la Iglesia hoy

La Iglesia no está llamada a inventar nuevos mensajes, sino a proclamar fielmente el mismo mensaje de Cristo:

Arrepentimiento y perdón en Su nombre.

No ofrecemos técnicas de superación personal ni promesas vacías de prosperidad. Ofrecemos lo que el mundo realmente necesita:
el Evangelio puro y los Sacramentos correctamente administrados.

Así como Jesús fue luz en Galilea, la Iglesia es hoy luz en medio de un mundo que sigue caminando en tinieblas. No por nuestra santidad, sino porque Cristo vive en medio de Su Iglesia.

Conclusión

Queridos hermanos, el llamado de Jesús sigue resonando hoy:

“Sígueme.”

Él nos llama a arrepentirnos, a confiar únicamente en Su gracia, y a vivir como testigos de Su Reino. La luz ha brillado en la oscuridad, y la oscuridad no la ha vencido.

Oremos

Que el Espíritu Santo nos mantenga firmes en la fe, y nos conceda perseverar hasta el día en que veamos al Salvador cara a cara.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Segundo Domingo después de Epifanía - He aquí el Cordero: El Llamado de la Gracia



18 de enero de 2026

Segundo Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 40:1-11; Isaías 49:1-7; 1 Corintios 1:1-9; Juan 1:29-42


Tema de Hoy: He aquí el Cordero: El Llamado de la Gracia


Introducción

La gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sean con todos ustedes. Amén.

En las lecturas de hoy vemos un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura: el movimiento de Dios hacia el hombre. Desde el siervo profetizado en Isaías hasta el testimonio de Juan el Bautista, la Biblia no es un manual de cómo el hombre escala hacia el cielo, sino el registro de cómo Dios desciende al lodo cenagoso para rescatarnos.

I. El Lodo Cenagoso y el Sacrificio Insuficiente (Salmo 40)

El Salmo 40 nos presenta a alguien que clama desde un "pozo de desesperación". Esta es nuestra condición bajo la Ley. Por más que intentemos cumplir los mandamientos, el salmista nos recuerda una verdad incómoda: “Sacrificio y ofrenda no te agradan”.

Dios no busca rituales vacíos ni una obediencia externa que intente comprar Su favor. Bajo la Ley, estamos atrapados en el lodo de nuestro pecado. Pero el Salmo también profetiza a Cristo, aquel que dice: "He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí". Solo Cristo pudo decir: "El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado". Él es el único que cumplió la Ley perfectamente en nuestro lugar.

II. El Siervo que es Luz para las Naciones (Isaías 49)

En Isaías, escuchamos la voz del Siervo del Señor. Este siervo no fue llamado por sus propios méritos, sino que fue formado desde el vientre. Dios le dice que no solo restaurará a Israel, sino que será "luz de las naciones".

Aquí vemos la Elección y el Llamado. Dios no espera a que el mundo esté listo; Él envía a Su Siervo para ser nuestra salvación. Cristo es ese Siervo que, aunque fue despreciado por los hombres, es el único que puede llevar la salvación de Dios hasta los confines de la tierra.

III. El Cordero que Quita el Pecado (Juan 1)

En el Evangelio de Juan, Juan el Bautista nos entrega la declaración fundamental de nuestra fe: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Para la mente judía, el cordero era el animal del sacrificio, cuya sangre cubría el pecado. Pero este Cordero es diferente: Él no solo "cubre", Él quita el pecado. Como luteranos, confesamos que este sacrificio fue universal. Él quitó el pecado del mundo entero. No hay pecado tan grande que la sangre de este Cordero no haya pagado en la cruz.

Noten la dinámica del llamado en este texto. Andrés y el otro discípulo siguen a Jesús porque escuchan el testimonio de Juan. La fe viene por el oír. Jesús les pregunta: "¿Qué buscáis?". Ellos no sabían lo que necesitaban, pero Jesús los invita: "Venid y ved". Así actúa Dios con nosotros en los Medios de Gracia: nos invita a Su Palabra y a Sus Sacramentos para que veamos y recibamos Su perdón.

IV. Fiel es Dios (1 Corintios 1)

Finalmente, San Pablo nos recuerda en 1 Corintios que nuestra seguridad no reside en nuestra propia firmeza, sino en la fidelidad de Dios. Él nos dice que ustedes han sido "santificados en Cristo Jesús" y llamados a ser santos.

¿Cómo se mantiene un cristiano firme hasta el fin? No es por su fuerza de voluntad. Pablo dice que es Dios quien "os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo". Nuestra confianza luterana es esta: Fiel es Dios. Aquel que te llamó por el Evangelio en tu Bautismo es el mismo que te sostendrá hasta la vida eterna.

Aplicación y Conclusión

Hermanos, las lecturas de hoy nos quitan el peso de encima.

  • No tienes que salir del pozo por tus propias fuerzas (Salmo 40).

  • Tu llamado no depende de tu éxito mundano (Isaías 49).

  • Tu pecado ha sido quitado por el Cordero (Juan 1).

  • Tu perseverancia depende de la fidelidad de Dios (1 Corintios 1).

Vayan hoy con la paz de saber que, así como Andrés encontró al Mesías (o más bien, fue encontrado por Él), ustedes han sido encontrados por Cristo en Su Palabra. Él es su roca, su luz y su cordero. 

Oremos

Señor Dios, te damos gracias por el Cordero, Jesucristo, quien quitó nuestra culpa. Te pedimos que, así como llamaste a los primeros discípulos por el testimonio de Juan, nos mantengas firmes en la confesión de Tu nombre, confiando no en nuestras obras, sino en Tu fidelidad que nos sostiene hasta el fin.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Primer Domingo después de Epifanía - «Este es mi Hijo amado»



11 de enero de 2026

Primer Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno


Lecturas: Salmo 29; Isaías 42:1–9; Hechos 10:34–43; Mateo 3:13–17


Tema de Hoy: «Este es mi Hijo amado»


Introducción

Amados en Cristo: en el Primer Domingo después de Epifanía, la Iglesia contempla una de las más claras manifestaciones de quién es Jesús y para qué ha venido. Epifanía significa revelación, y hoy esa revelación ocurre a la orilla del Jordán. No encontramos espectáculo ni gloria terrenal, sino al Hijo eterno de Dios haciendo fila entre pecadores. El Bautismo del Señor es una epifanía trinitaria: el Padre habla, el Hijo se humilla y el Espíritu desciende. Aquí Dios se revela tal como es para nosotros: no como un juez distante, sino como el Salvador que entra en nuestras aguas para rescatarnos.

Hermanos: las lecturas de hoy nos colocan a la orilla del Jordán. Allí no encontramos espectáculo ni gloria terrenal, sino al Hijo eterno de Dios haciendo fila entre pecadores. El Bautismo del Señor es una epifanía: Dios se revela tal como es para nosotros. No como un juez distante, sino como el Padre que habla, el Hijo que se humilla y el Espíritu que desciende. Aquí vemos quién es Dios y cómo actúa para salvar.

La voz poderosa del Señor (Salmo 29)

El Salmo 29 nos prepara el oído. “La voz del Señor” resuena sobre las aguas; su voz es poderosa, majestuosa, creadora. Esa misma voz que en el principio dijo “Sea la luz” ahora vuelve a oírse sobre las aguas del Jordán. No es casualidad. Dios crea y recrea por su Palabra, y lo hace mediante el agua unida a su voz. El salmo termina con una promesa: “El Señor bendice a su pueblo con paz”. No con miedo, no con confusión, sino con shalom: vida restaurada. En el Bautismo del Señor, esa paz empieza a desplegarse para el mundo.

El Siervo escogido (Isaías 42:1–9)

Isaías anuncia al Siervo del Señor: escogido, sostenido, en quien Dios se complace. “No gritará, ni alzará su voz… no quebrará la caña cascada”. Así actúa Dios. El Mesías no llega aplastando, sino levantando; no apaga el pábilo que humea, sino que lo aviva. Y su misión es clara: traer justicia, ser luz para las naciones, abrir ojos ciegos y sacar a los cautivos.

Cuando el Padre declara en el Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, Isaías se cumple ante nuestros ojos. Jesús es ese Siervo. Pero la justicia que trae no es primero una reforma social ni un programa moral; es la justicia de Dios que justifica al pecador. Es una justicia que se recibe como don.

Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34–43)

Pedro confiesa ante la casa de Cornelio algo revolucionario: “Dios no hace acepción de personas”. El Evangelio no es propiedad de un pueblo, una cultura o una clase. Jesús es Señor de todos. Pedro resume la vida, muerte y resurrección de Cristo y añade: “De este dan testimonio todos los profetas: que todos los que en él creen reciben perdón de pecados por su nombre”.

Obsérvese el centro del mensaje apostólico: perdón de pecados. El Bautismo del Señor apunta a esto. Jesús no necesita arrepentirse, pero se coloca donde nosotros debemos estar para cargar con lo nuestro. Así se abre el camino para que el perdón llegue a judíos y gentiles, a cercanos y lejanos, a nosotros hoy.

Jesús en el Jordán (Mateo 3:13–17)

Mateo nos narra el escándalo santo. Juan se resiste: “Yo necesito ser bautizado por ti”. Jesús responde: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”. ¿Qué justicia es esta? No la justicia que nosotros producimos, sino la justicia que Dios cumple por nosotros.

En el Jordán, Jesús intercambia lugares con los pecadores. Él entra en nuestras aguas para que nosotros entremos en su vida. Allí el cielo se abre. El Espíritu desciende como paloma. El Padre habla. La Trinidad se revela no en abstracción, sino en acción salvadora. Dios se compromete públicamente con nosotros en su Hijo.

Cristo se solidariza con los pecadores

El Bautismo del Señor es el primer paso visible hacia la cruz. El que se sumerge en el Jordán será sumergido en nuestra muerte. El que escucha la voz del Padre será silenciado en el Calvario para que nosotros escuchemos palabras de perdón. Aquí comienza el camino del Siervo sufriente.

Esto nos guarda de dos errores comunes. Primero, pensar que el cristianismo es principalmente un llamado a mejorar. Segundo, creer que Dios nos ama cuando demostramos ser dignos. El Jordán dice lo contrario: Dios ama primero, se acerca primero, carga primero.

Nuestro bautismo en Cristo

Desde una perspectiva luterana, confesamos que el Bautismo no es obra nuestra, sino de Dios. No es símbolo vacío, sino medio de gracia. Porque el mismo Dios que habló sobre las aguas del Jordán habla hoy en su Palabra unida al agua. En el Bautismo, somos unidos a Cristo, a su muerte y a su resurrección.

San Pablo dirá que hemos sido revestidos de Cristo. Así, lo que el Padre dijo de Jesús, por gracia, ahora lo dice de quienes están en él: “Hijo amado”. No porque lo merezcamos, sino porque estamos cubiertos por Cristo.

Vivir desde el Bautismo

¿Qué significa esto para la vida diaria? Significa arrepentimiento continuo y fe. Volver cada día al Bautismo es morir al viejo Adán y resucitar a una vida nueva. No una vida sin luchas, sino una vida sostenida por la promesa.

Cuando la conciencia acusa, el Bautismo responde. Cuando el mundo niega valor, el Bautismo afirma identidad. Cuando el pecado parece tener la última palabra, el Bautismo proclama que pertenecemos a Cristo.

La misión que fluye del Jordán

El Siervo es luz para las naciones. Así también la Iglesia, nacida del agua y la Palabra, es enviada. No con gritos ni imposiciones, sino con el testimonio fiel de Cristo crucificado y resucitado. Como Pedro, confesamos que todo el que cree en él recibe perdón de los pecados.

Nuestra misión no es ofrecer opiniones religiosas, sino entregar a Cristo. No confiamos en técnicas, sino en la voz del Señor que sigue siendo poderosa.

Oremos

Amados hermanos, hoy miramos al Jordán y escuchamos la voz del Padre. Vemos al Hijo que se humilla y al Espíritu que desciende. Aquí está nuestro Dios, actuando para salvar. Pidámosle que nos aferremos a Cristo, volvamos a nuestro Bautismo y caminemos en la paz que el Señor promete a su pueblo.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!