04 de Octubre de 2026
Décimo noveno domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 80:7-15; Isaías 5:1-7; Filipenses 3:4b-14; Mateo 21:33-46
Título: Los labradores de la viña y nuestra responsabilidad hoy
Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según San Mateo, capítulo 21, versículos del 33 al 46.
Para comprender el impacto de las palabras de Jesús, es necesario trasladarnos a la época en que fue escrito este Evangelio. El arrendamiento de un fundo o terreno agrícola constituía una doble obligación contractual. Los arrendatarios no solo debían pagar un canon de alquiler por la tierra, sino que estaban obligados a entregar una parte de la cosecha al legítimo propietario. Como nos narra la parábola, el dueño del viñedo se empeñó en que la tierra fuera productiva: plantó la viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y construyó una torre. Todo estaba dispuesto para el éxito. El terreno dio sus frutos, pero el corazón de los labradores se corrompió.
Jesús, como el maestro incomparable que es, utiliza esta realidad cotidiana para revelarnos una profunda verdad espiritual. Esta parábola no fue dicha al azar; tenía destinatarios muy claros: los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo, así como las autoridades religiosas de la época. A ellos se les había confiado la Palabra, las promesas del Reino y el cuidado espiritual del pueblo de Israel. Dios les entregó una viña fértil. Sin embargo, en un acto de vulgar desprecio por los bienes celestiales, estas autoridades rechazaron y mataron, generación tras generación, a los profetas enviados por Dios.
El profeta Isaías ya lo había advertido siglos antes en el canto de la viña, cuando escribió:
«El viñedo del Señor Todopoderoso, su sembrado preferido, es el país de Israel, el pueblo de Judá. El Señor esperaba de ellos respeto a su ley, y sólo encuentra asesinatos; esperaba justicia, y sólo escucha gritos de dolor» (Isaías 5:7).
La paciencia de nuestro Padre Celestial es infinita, pero también reclama justicia. En un último y tierno intento de reconciliación, se dijo: «Enviaré a mi propio Hijo; a Él sí lo respetarán». Pero los labradores, movidos por la codicia y el deseo de quedarse con la herencia, lo sacaron de la viña y lo mataron. El pueblo escogido no reconoció al Heredero; como nos recuerda el evangelista Juan: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:10-11).
Ahora bien, hermanos, esta historia no es solo un registro del pasado. Por la fe y a través de la promesa dada a Abraham, nosotros hemos sido injertados en ese olivo santo. Hoy, nosotros somos el nuevo pueblo de Dios. La viña ha sido confiada a nuestras manos. Nosotros somos los guardianes actuales de la Palabra, los responsables de la predicación y de la expansión del Reino de Dios en la Tierra.
Por eso, la pregunta que nos confronta hoy es inevitable: ¿Qué frutos estamos entregando al dueño de la viña cuando se trata de compartir el amor de Jesús y su sacrificio redentor?
Lamentablemente, si miramos nuestro entorno, la realidad es preocupante. Se evidencia en muchos creyentes una alarmante falta de devoción hacia la herencia divina. Hemos menospreciado el privilegio de leer, estudiar, meditar y honrar las Sagradas Escrituras. En nuestros hogares, el altar familiar ha sido reemplazado. La atención que merece el Señor ha sido desplazada por el mundo moderno, el internet y la adicción silenciosa a las redes sociales. Hemos puesto a un lado la dedicación cristocéntrica que debería gobernar nuestras vidas y la de nuestros hijos.
La advertencia también es severa para el liderazgo de la iglesia. Hoy vemos pastores y líderes que, buscando agradar al mundo, presentan predicaciones aguadas, enseñanzas adulteradas y discursos sin un verdadero basamento bíblico y escritural. Al igual que los labradores de la parábola, corremos el riesgo de querer adueñarnos de la viña y moldearla a nuestro antojo.
Hermanos, cada vez que cerramos la biblia, cada vez que rechazamos la comunión con Dios y decidimos vivir bajo nuestros propios términos, estamos volviendo a apedrear a los profetas y a despreciar el sacrificio del Hijo de Dios. Estamos actuando como los labradores insensatos.
Pero la belleza del Evangelio es que, mientras tengamos vida, la gracia de Dios permanece abierta. No nos desesperemos, porque todavía estamos a tiempo de cambiar nuestra forma de actuar. Al igual que el apóstol Pablo en su carta a los Filipenses, debemos estar dispuestos a estimar todas las cosas como pérdida con tal de ganar a Cristo y ser hallados en Él, prosiguiendo hacia la meta del supremo llamamiento.
Oremos:
Señor y Padre Celestial, te damos gracias porque en tu infinito amor nos has confiado el cuidado de tu viña. Te pedimos perdón por los momentos en que hemos sido labradores infieles, descuidando tu Palabra y dejándonos arrastrar por las distracciones del mundo. Te rogamos, Espíritu Santo, que toques y transformes nuestros corazones en este día. Concédenos el hambre y la sed de tu verdad. Ayúdanos a recuperar nuestro caminar contigo, a fortalecer nuestra comunión familiar en torno al altar de tu Palabra y a vivir una fe viva y activa en nuestro Señor Jesucristo. Que nuestras vidas den los frutos de justicia y amor que tú esperas recibir. En el precioso nombre de Jesús.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!



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