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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Decimosexto domingo después de Pentecostés - La lógica de la cruz: Un amor que no lleva la cuenta



13 de Septiembre de 2026

Decimosexto domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 103:8-13; Génesis 50:15-21; Romanos 14:1-12; Mateo 18:21-35


Título: La lógica de la cruz: Un amor que no lleva la cuenta

Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad vamos a reflexionar acerca de la lectura del santo evangelio según san Mateo, en el capítulo dieciocho, versículos del veintiuno al treinta y cinco. El pasado domingo decíamos que Dios nos invita a llevar una vida de concordia, armonía, amor y reconciliación constantes y perpetuas. Esta reconciliación con nuestro Dios Padre es eterna, pues nuestro Dios Hijo y Señor Jesucristo la ganó de una vez y para siempre con su sacrificial muerte en la cruz para todos nosotros. Se trata de un regalo inmerecido, una gracia divina que transforma nuestra realidad por completo.

Para hoy, el texto sagrado nos sitúa en el versículo inmediatamente posterior al último leído hace una semana. Todo comienza con una pregunta de parte de Pedro a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete veces?». Hermanos, ¿somos de la clase de personas que llevamos una libreta en el bolsillo y escribimos las veces que hemos perdonado a alguien? Es fácil caer en la tentación de pensar: «A fulanito lo he perdonado veinte veces, a zutanito lo he perdonado setenta veces; ya ha sido demasiadas veces perdonado por mí». Podemos suponer que Pedro pensaba de una manera similar y por eso hace la pregunta, buscando establecer un límite legal o una norma humana para el amor.

Nuestro Señor Jesús le responde de forma contundente: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Muchas personas creen erróneamente que Jesús está dando un número limitado de cuatrocientas noventa veces para perdonar. Por el contrario, debemos entender que no existe un límite determinado para el acto liberador del perdón. El punto de vista de Jesús es el mismo de Dios, cuya misericordia sobrepasa todo entendimiento humano. Como nos recuerda el salmista, el Señor es compasivo y bondadoso, lento para enojarse y lleno de amor; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras maldades. Tan alta como el cielo sobre la tierra es su misericordia.

¿Qué sería de nosotros y de nuestro destino eterno si Dios llevara una cuenta de nuestras ofensas hacia él? Si dependiéramos de nuestros propios méritos o de nuestra capacidad para mantenernos limpios, estaríamos completamente perdidos. Es una verdad incuestionable que la Palabra de Dios nos declara perdonados y justificados gratuitamente por la fe en la obra de Cristo. Ante la magnitud de ese amor, no nos queda mejor respuesta que vivir con un corazón agradecido, reflejando de manera natural ese perdón abundante hacia nuestros ofensores. No perdonamos para ganar el favor de Dios, sino porque ya hemos sido favorecidos y transformados por su gracia.

Seguidamente, en el texto del evangelio, el Señor Jesús cuenta una parábola para ilustrar la respuesta dada a Pedro y mostrar cómo se manifiesta el reino de los cielos. El pasaje habla acerca de un rey que decidió revisar las cuentas de sus empleados. Llegó ante él uno que le debía muchísimo dinero, una deuda tan incalculable que equivaldría a millones de monedas, una cifra que habría sido imposible de pagar en toda una vida. Como el empleado no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa e hijos y todo lo que tenía, para exigir el pago. El empleado se arrodilló delante de él y le suplicó: «Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo». El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó libre.

Esta es la perfecta imagen de nuestra condición humana frente a Dios. Nuestra deuda a causa del pecado era impagable, nos conducía a la condenación y a la bancarrota espiritual total. Sin embargo, Dios, movido puramente por su compasión y misericordia, decide borrar nuestra cuenta por medio del sacrificio de Jesús, sin pedirnos nada a cambio más que recibir su gracia por la fe. Así como en la historia de José y sus hermanos en el libro de Génesis, donde el mal fue transformado en bien y se otorgó un perdón absoluto y protector, Dios nos recibe y nos restaura por completo.

La Palabra de Dios continúa diciendo que, al salir de allí, aquel empleado se encontró con un compañero suyo que le debía una cantidad mínima de dinero, apenas el equivalente a unos tres meses de salario. Lo agarró por el cuello y comenzó a ahogarlo, diciéndole: «¡Págame lo que me debes!». Su compañero se arrodilló delante de él y le suplicó: «Tenga paciencia conmigo y se lo pagaré todo». Pero el otro no quiso escuchar, sino que lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda.

Los otros compañeros, al ver lo que había pasado, se llenaron de tristeza y fueron a contarle todo al rey. El monarca, al enterarse de todo lo sucedido, hizo llamar a aquel empleado y le dijo: «¡Malvado! Yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿Por qué no tuviste tú compasión de tu compañero, así como yo la tuve de ti?». El rey, muy enojado, ordenó que lo castigaran hasta que pagara todo lo que debía. El apóstol Pablo nos enseña en su carta a los Romanos que ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, no tenemos derecho a juzgar ni a menospreciar al hermano, porque todos tendremos que presentarnos ante el tribunal de Dios.

Jesús finaliza la narración con una advertencia solemne: «Así hará también con ustedes mi Padre celestial, si cada uno de ustedes no perdona de todo corazón a su hermano». Hermanos, si Dios nos ha perdonado de manera absoluta toda nuestra inmensa deuda espiritual producto del pecado, nosotros, como fruto de esa fe viva, estamos llamados a manifestar la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. El perdón que otorgamos al prójimo no es la causa de nuestra salvación, sino la consecuencia directa e inevitable de haber sido perdonados primero. Un corazón que ha comprendido verdaderamente el Evangelio y la cruz de Cristo no puede cerrarse al perdón de sus semejantes.

Por medio del perdón que hemos recibido gratuitamente de Dios, el Espíritu Santo obra en nosotros el querer y el hacer para vivir una vida de reconciliación hacia nuestro prójimo. Negarse a perdonar es rechazar la lógica de la gracia y pretender volver a la lógica de la ley y del cobro, una posición peligrosa que nos desconecta del consuelo evangélico. Que la certeza de que su amor es incondicional nos capacite cada día para perdonar sin límites, reflejando la luz de Cristo en un mundo sediento de paz.

Oremos

Amantísimo Dios de perdón y de toda gracia. Hoy queremos venir ante tu santa presencia para suplicarte que el Espíritu Santo nos mueva a vivir el perdón en cada situación de nuestra cotidianidad. Permite que, al mirar a quienes nos ofenden, recordemos primero el glorioso, perfecto e inigualable sacrificio hecho por tu Hijo en la cruz por todos nosotros, donde borraste todos nuestros pecados y nos diste vida eterna. Fortalece nuestra fe para que nuestras vidas sean un fiel reflejo de tu amor incondicional. Todo esto te lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Salvador Jesucristo. 

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


Decimoquinto domingo después de Pentecostés - ¡Oh, Señor, llena mi corazón para perdonar!



06 de Septiembre de 2026

Decimoquinto domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 119:33-40; Ezequiel 33:7-11; Romanos 13:8-14; Mateo 18:15-20


Título: ¡Oh, Señor, llena mi corazón para perdonar!

Hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo; en esta oportunidad vamos a disertar sobre la lectura del evangelio que hemos escuchado hoy.

Primeramente vamos a mirar tres versículos atrás para entender el contexto del pasaje. Jesus les dice a sus discípulos: ¿qué les parece si un hombre que es dueño de cien ovejas y pierde una de ellas, no deja a las noventa nueve restantes y sale en busca de la única que se ha extraviado? Y, luego, si la halla, estoy seguro que se llena de más alegría por la que estando perdida ha sido encontrada que por las noventa y nueve que nunca estuvieron perdidas. De esta misma manera, no es la voluntad de vuestro Padre celestial que ninguno de estos pequeños se pierda.

Ahora bien, ya entrando en la reflexión para hoy, Jesús nos muestra el procedimiento para tratar las ofensas y las reconciliaciones. Dice que, si tu hermano peca contra ti, es decir, tu hermano cristiano, porque creo que para el hermano de sangre, incrédulo, no aplicarían estos mandatos, ya que éste, no tendría iglesia alguna de adscripción a donde llevarlo para aplicar el procedimiento correctivo, que se prescribe en el texto sagrado.

Dice nuestro Señor, si tu hermano peca contra ti, anda y llámale la atención a solas; pero si no te hace caso, búscate a una o dos personas que puedan dar testimonio de su renuencia a corregir o reconocer su mal proceder. En primera instancia a solas y con discreción, porque el amor cristiano nos debe impulsar a evitar esparcir rumores sobre el proceder que nos incomoda. Debemos  tener claro algo, estos testigos deben ser personas de comprobada seriedad y solvencia moral. Nuestro Dios es un ser de amor, que en base a ello procura que todos busquemos la reconciliación y el entendimiento franco y sincero. Ya lo vemos en Mateo, Capítulo 5 Versículos desde el 25 hasta el 27, donde nos conmina a ponernos de acuerdo con quien tengamos un desacuerdo en el camino, no sea que este sujeto nos entregue a la autoridades judiciales y terminemos presos. Pablo en su Carta a los Romanos leída hoy, nos recuerda que: «el que tiene amor no hace mal al prójimo; así que en el amor se cumple perfectamente la ley».

Continúa Jesus y dice que, si ante estos testigos el ofensor no te hiciera caso, entonces dilo a la iglesia y, si aún no atendiera a la iglesia, debes considerarlo como a un incrédulo o un renegado. Seguidamente, Jesús les recuerda a sus discípulos lo ya enseñado relacionado con el Oficio de Las Llaves, acerca del anuncio del perdón o retención de los pecados que puede practicar la iglesia sobre él sujeto cuya conducta ha sido evaluada por ésta. En el segundo caso, cuando no se le anuncia el perdón, es cuando se produce, mis queridos hermanos, la lamentable excomunión del individuo de la comunidad de los santos.

El Señor también nos habla acerca de la importancia de orar los unos por los otros y de unir esfuerzos en la oración. Y para aquellos hermanos que prefieren asistir a las grandes y numerosas congregaciones…Jesús los decepciona al decirles que: donde estén solamente dos o más reunidos en su nombre, ahí estará él.

Hermanos, Dios nos invita a llevar una vida de concordia, armonía, amor y reconciliación constantes y perpetuas; así como es eterna la reconciliación con nuestro Dios Padre, que nuestro Dios Hijo y Señor Jesucristo ganó con su sacrificial muerte en la Cruz para todos nosotros.

Oremos:

Oh, Dios de amor y reconciliación, haznos entender que, mediante la fe que es en tu Hijo Jesucristo, debemos y podemos vivir en completa paz y armonía. Enséñanos a resolver nuestros conflictos y diferencias para de esta manera mostrarles a todos, que tú vives en nuestros corazones hasta la eternidad.

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!

 


Decimocuarto domingo después de Pentecostés - Nuestro Señor Jesuscristo también sabe identificar



30 de Agosto de 2026

Decimocuarto domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 26:1-8; Jeremías 15:15-21; Romanos 12:9-21; Mateo 16:21-28

Título: Nuestro Señor Jesuscristo también sabe identificar.

Estimados Hermanos en Cristo, siendo hoy el decimocuarto domingo después del día de pentecostés, tenemos una predicación que espero nos sirva de ejemplo para nuestro diario vivir.

El pasado domingo tratamos los ejemplos de una promesa cumplida, las declaraciones seculares por un lado y la evidencia propia de Dios declarando  por medio de Pedro que Jesús es el Hijo del Dios viviente.

Venimos de una confesión identificadora y común, asistida y comunicada por el Padre que debió merecer los más entusiastas aplausos de quienes presenciaban esa manifestación. Sí, Pedro dijo a una voz: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» Mateo 16:16; fácil de recordar; ¿verdad que sí? Promete cosas maravillosas, la edificación de su iglesia sobre esa roca de fe, y también promete las llaves del cielo, con el poder de atar y desatar en el cielo y la tierra y viceversa, ¡qué palabras tan esperanzadoras!

A partir de ese momento Jesús empezó a explicarle a sus discípulos todos los hechos proféticos que iban a cumplirse en él y de los cuales ellos serían testigos; pero algunos de ellos tristes, ya que moriría y resucitaría al tercer día. Esto chocaba con lo dicho antes, ya que era muy diferente a las palabras llenas de triunfo de la inauguración de su iglesia y, del poder en la tierra y el cielo que no hacía mucho les declarase como promesa. La muerte, sí, el duro hecho de morir y más aún, resucitar. Ellos habían disfrutado del amor, la paz y sabiduría que transmitía su maestro, quien había sido confirmado que era el Hijo del Dios viviente, y de pronto cambiaba su panorama y su futuro en uno oscuro, compungido, con la esperanza muy lejana para ellos de un resucitar, de un volver a la vida. Pedro, sobre cuya fe se edificará la iglesia de Jesucristo, esta vez siente vergüenza, porque va a decir lo que nadie le ha pedido que diga, por lo menos, los que están con él.

Y le dice a Jesús, tal vez en voz baja: «Señor, ¡ten compasión de ti mismo! ¡Que esto jamás te suceda!» ¿Cuántas veces y en qué momentos somos como Pedro? En la celebración de la Semana Santa, hay personas que lloran mucho, se sienten muy tristes por el hecho de la muerte de Cristo; pero para el cristiano bien adoctrinado es un hecho irrepetible que causa gozo, porque significa el perdón total del pecado y la vida eterna. En el fondo, con esos pensamientos de desconocimiento, estos cristianos actuales piensan como Pedro: «¡que esto jamás hubiese sucedido, qué triste!» Y no debemos decirles como le dice Jesús a Pedro: «¡Aléjate de mi vista, Satanás!» ya que Jesús efectivamente sabe que el diablo ha tomado a su discípulo, para tratar de frenar su sacrificio en la cruz por la humanidad caída y su victoria sobre la muerte, mientras que nosotros, simples humanos carecemos de cuáles pudieran ser las motivaciones para que alguien se exprese así, lo más probable es que sea por ignorancia. Continúa el diálogo: —Tú no piensas en las cosas de Dios sino en cuestiones humanas. De allí que nuestro Señor le anuncia que para seguirlo debemos negarnos a nosotros mismos y tomar su cruz. Ese negarse a sí mismo es tomado con muchas interpretaciones, y el tomar la cruz de manera literal, y sólo debe entenderse poner la mirada en nuestro Señor y tomar la cruz de la salvación para tener vida por ella.

¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde su alma? ¿O qué va a dar el hombre a cambio de su alma? Si nos vamos detrás del mundo y su algarabía, corremos el riesgo cierto de perder nuestra alma por descuidar a Jesús y su sacrificio expiatorio en la cruz del Calvario. Roguemos a Dios Padre que nos haga personas de reflexión en lo que significa seguir a Jesús, cómo seguirlo y valorar en su justa dimensión su ofrenda perfecta por nuestras almas.

Oremos

Señor de Sabaot, cuán infinitas son tus maravillosas obras; permite que el sacrificio de tu hijo en la cruz sea un hecho histórico e irrepetible que nos colme de gozo desde hoy y hasta la eternidad. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Decimotercer domingo después de Pentecostés - La identidad de Dios, la identidad de la Iglesia de Jesucristo.



23 de Agosto de 2026

Decimotercer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 138; Isaías 51:1-6; Romanos 12:1-8; Mateo 16:13-20

Título: La identidad de Dios, la identidad de la Iglesia de Jesucristo.

Estimados Hermanos en Cristo, siendo hoy el decimotercer domingo después del día de pentecostés, tenemos una predicación que espero nos sirva de ejemplo para nuestro diario vivir.

Son los ejemplos de una promesa cumplida, las declaraciones seculares por un lado y la evidencia propia de Dios declarando  que Jesús es el Hijo del Dios viviente.

Para poner las lecturas de la Palabra de Dios en orden y que nos sean de edificación y ulterior provecho a todos, vamos a ir desglosando lo que el leccionario nos asigna en el día de hoy; pero primero quiero hacer un paréntesis de una reflexión que hacía alguien en la radio, que por normal lo tomamos como sobreentendido, y es el carácter y naturaleza de la Biblia. El locutor decía algo como: por el hecho de ser la Biblia un libro que suele reposar en una biblioteca, muchas han sido las personas que le dan la misma categorización de los demás libros y, como máximo valor solo logran nivelarlo a los libros de los grandes filósofos de todos los tiempos. El ser humano en su diario vivir, perteneciendo o no como miembro a una iglesia en específico, también incurre en este error de apreciación y valoración. 

Cualquiera de nosotros que quiera aprender bien alguna profesión, oficio o manualidad, muchas veces ha optado por comprarse un libro o una guía atinente a la materia deseada. El autor del material adquirido en la librería es quien te habla, te enseña y, tal vez vuelves al libro una y otra vez para repasar los conocimientos. Llevas el libro contigo, los colocas en la mesa de noche, de copiloto en tu auto y así vives apegado a tu literatura porque sientes que el autor te está nutriendo y te haces más conocedor.

Con la Biblia debemos entender que la escribieron varios personajes a lo largo de los siglos; mas fue inspirada en la sapiencia y voluntad de Dios Todopoderoso, quien les guió fielmente en su escritura. Es aquí donde tenemos que forzosamente entender que la Biblia es la Palabra de Dios, y que ella tiene el poder sobrenatural de crear la fe en nuestras vidas, porque es el Espíritu Santo quien nos habla por medio de ésta. De lo anteriormente señalado, podemos decir que es inutil decirle a alguien que tenga fe si no ha conocido de Dios por medio de su Palabra. 

Bueno, esta era una introducción propicia para entender que en Isaias, Dios nos invita a recordar su fidelidad histórica y salvación eterna preparada desde el comienzo de los siglos en nuestro Señor Jesucristo. En Abraham, cuando y donde no existía esperanza de una descendencia, Jehová la creó de la nada. Mi justicia será la luz de los pueblos, dice nuestro Señor, refiriéndose claramente a Jesús, quien es la luz y justicia para la humanidad caída.

El Salmo 138 nos dice que Dios en su fidelidad responde a los humildes. En la actualidad y para muchos, el hecho de que Jesús escogió las personas más humildes de su época, pescadores, constituye una pérdida de tiempo y nada agradable; piensan que Jesús debió relacionarse con los príncipes y reyes, sin reparar en que el Salmo expresa: Señor, que todos los reyes de la tierra te alaben al escuchar tu Palabra.

Lo anterior sucede porque, al leer un libro escrito por humanos acoplamos lo leído fundamentado en criterios equiparables a los nuestros y, al leer la Biblia, queremos continuar aplicando estos patrones de valoración, sin detenernos a pensar en la naturaleza de quien la escribió, Dios, Todopoderoso, creador de los cielos y de la tierra, de todo lo visible e invisible, como lo confesamos con propiedad en nuestro Credo.

En el evangelio de Mateo podemos apreciar la plena identificación de que Jesús es el Hijo de Dios.

A todos, sin temor a equivocarme, nos gusta que nos identifiquen bien. Vamos a ver. Cuando estamos haciendo una diligencia para realizar un trámite en una dependencia pública y, vemos al mal encarado funcionario que nos atiende, que luego de tomar nuestra identificación y revisar en su base de datos mueve la cabeza en señal de negación, en ese preciso momento empezamos a inquietarnos al sospechar que algo anda mal con nosotros. Al rato escuchamos: qué va, lo siento mucho pero usted no aparece en el sistema, es ahí cuando nos damos cuenta que hemos perdido como mínimo, el tiempo en trasladarnos hasta ese lugar. Y, ¿cuando la historia con su desenlace es lo contrario? ¿Cómo nos sentimos, qué pensamos?

En nuestro pasaje Bíblico de hoy observamos algo similar: Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús pasa a interrogar a sus discípulos en lo relacionado a qué decían los pobladores acerca de su identidad, uno a uno o al unísono van diciendo que: unos dicen que eres Juan el Bautista; otros dicen que eres Elías; y otros que eres Jeremías o alguno de los profetas (a este punto es correcto recordar que como cristianos creemos que el hombre a de morir una vez y luego vendrá el juicio; por tanto no creemos en reencarnaciones), ellos están diciendo y profesando las creencias judías de resurrección y el retorno profético de ese tiempo y nada más allá.

Ahora bien, dice Jesús: y ustedes, ¿quién creen que soy yo? a lo que Pedro, saliendo al paso con inmediatez, responde: !Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!

Jesús le contestó, y creo que lleno de gozo: Bienaventurado eres, porque no te lo reveló ningún ser mortal, sino mi Padre que está en los cielos.

Y luego Jesús le declara que sobre esta fe que ha mostrado, la cual no proviene de sí mismo sino de Dios, él, Jesús, edificará su Iglesia y las puertas del Hades, es decir del infierno, no podrán vencerla.

Al igual que ante el llamado de Jesús, los discípulos lo siguieron inmediatamente, Pedro confiesa a Jesús como Hijo de Dios de manera inmediata; queda por pensar que: ¿las persona deben reaccionar con esa misma premura ante la predicación del evangelio y la confesión de Jesús como verdadero Dios? Creo que deberíamos ver este proceder como la excepción, ya que la naturaleza pecaminosa del ser humano, en la mayoría de las oportunidades va a tratar de resistirse, tanto a seguir a Jesús como a confesarlo como su Señor y redentor, echando mano al libre albedrío que corresponde a todo humano. No confundamos que acciones inmediatas corresponden a una fe genuina per se, por que el enemigo a veces se esconde detrás de esto para lograr sus objetivos de malignidad dentro de la misma Iglesia de Cristo.

Estemos atentos, siempre evangelizando con la Palabra de Dios y con el ejemplo. Y tengamos presente Mateo 10:16, sean pues prudentes como serpientes y sencillos como palomas.

Oremos:

Padre eterno de gloria y majestad. Haz que en nuestros corazones y mentes estemos atentos a declarar que Jesús es el Hijo de Dios y, que por ser Hijo no es inferior al Padre, sino conformante de la Santa Trinidad en el Dios Uno y Trino. Padre, Hijo y Espíritu Santo, siempre un solo Dios por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!