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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Segundo domingo después de Pentecostés - El Médico de pecadores y la justicia de la fe



07 de Junio de 2026

Segundo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 50:7-15; Oseas 5:15-6:6; Romanos 4:13-25; Mateo 9:9-13, 18-26

Título: El Médico de pecadores y la justicia de la fe

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios el Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amén.

La Palabra de Dios que convoca nuestra atención en este día nos sumerge en el núcleo mismo de la fe cristiana y de nuestra teología reformada, aquella que redescubrió el consuelo del evangelio puro mediante la proclamación de la justificación por la sola gracia, recibida únicamente por medio de la fe en los méritos de Cristo. Cuando nos acercamos a las Sagradas Escrituras, la teología luterana nos enseña a discernir con claridad meridiana entre dos palabras fundamentales que Dios nos dirige: la ley y el evangelio. La ley nos muestra nuestra total incapacidad, nuestro pecado y la justa ira divina frente a nuestra rebelión, mientras que el evangelio nos anuncia, sin mérito alguno de nuestra parte, el favor inmerecido, el perdón completo y la vida eterna que nos han sido otorgados en los brazos abiertos de Jesús. Las lecturas preparadas para este día trazan este camino con una precisión maravillosa, guiándonos desde el fracaso de nuestros intentos religiosos de autojustificación hasta el glorioso descanso que hallamos en la misericordia del Salvador que sale a nuestro encuentro en el camino de la vida.

Comenzamos nuestra meditación considerando las palabras del Salmo cincuenta, versículos del siete al quince, donde el Dios soberano confronta a su pueblo con una verdad que hace tambalear toda religión basada en el esfuerzo humano. El texto nos muestra al Creador declarando que no necesita los sacrificios materiales ni los holocaustos de animales como si tuviera hambre o careciera de algo, porque todo lo que existe en el universo entero ya le pertenece. La advertencia divina es tajante cuando dice: «Si yo tuviera hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud». El error del pueblo radicaba en pensar que podían comprar el favor de Dios o apaciguar su conciencia mediante el cumplimiento externo de ritos, ofreciendo cosas que, en última instancia, provenían de la propia creación de Dios. Esta inclinación es la esencia misma de la justicia propia legalista, la cual sobrevive con fuerza en nuestros corazones caídos, impulsándonos a creer que nuestras oraciones largas, nuestras contribuciones financieras o nuestra moralidad externa pueden obligar a Dios a bendecirnos o a salvarnos. El salmista derriba esta ilusión y nos redirige hacia el verdadero culto que agrada al Altísimo: «Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás». La verdadera adoración cristiana no consiste en darle algo a Dios para enriquecerlo, sino en reconocer nuestra absoluta bancarrota espiritual, acudir a él con acción de gracias por sus bondades y llamarlo en medio de nuestra miseria para que sea él quien nos rescate. Dios encuentra gloria no en lo que nosotros pretendemos ofrecerle para salvarnos, sino en la oportunidad de manifestar su poder rescatándonos cuando estamos completamente perdidos y sin fuerzas.

Esta misma tensión entre la religión externa y la verdadera necesidad del corazón se agudiza en la lectura del profeta Oseas, capítulo cinco, versículo quince, extendiéndose hasta el capítulo seis, versículo seis. El pasaje describe a un pueblo que sufre las consecuencias de su infidelidad espiritual, experimentando el abandono divino y el dolor del juicio. Ante esta crisis, la respuesta humana inicial parece piadosa cuando dicen entre sí: «Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará». Sin embargo, el diagnóstico divino expone la superficialidad de este arrepentimiento, revelando que la piedad de Efraín y de Judá es como la nube de la mañana, o como el rocío de la madrugada que se evapora rápidamente con los primeros rayos del sol. Era un remordimiento pasajero motivado únicamente por el deseo de eludir el castigo, una manipulación religiosa que buscaba una restauración rápida sin reconocer la gravedad del pecado ni la necesidad de una transformación interior obrada por el Espíritu. La declaración final de esta sección profética constituye uno de los pilares de la revelación bíblica y resuena con fuerza en las enseñanzas de Cristo: «Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos». Dios rechaza los rituales cuando estos se utilizan como una máscara para ocultar un corazón frío, distante y desprovisto de fe activa. Los sacrificios sin fe y sin amor al prójimo son una abominación ante los ojos de aquel que escudriña las intenciones más profundas de nuestra mente. Lo que el Señor requiere no es el cumplimiento meticuloso de un código para tranquilizar la mente herida, sino un entendimiento vivo de su carácter santo y un corazón quebrantado que se rinda ante su gracia soberana.

Frente a la insuficiencia de la ley y de nuestras obras, el apóstol Pablo nos presenta en la Epístola a los Romanos, capítulo cuatro, versículos del trece al veinticinco, la gran alternativa divina: la justicia que es por la fe, ilustrada de manera insuperable en la vida del patriarca Abraham. El apóstol explica con absoluta claridad que la promesa dada a Abraham y a su descendencia de que sería heredero del mundo no le fue concedida por medio de la ley, sino a través de la justicia de la fe. Si la herencia dependiera de aquellos que cumplen la ley, la fe carecería de valor y la promesa divina quedaría completamente anulada, porque la ley, por su propia naturaleza santa, lo único que produce en el ser humano pecador es la ira, al poner en evidencia nuestra transgresión constante. Por lo tanto, la salvación procede de la fe, para que sea por pura gracia, garantizando así la promesa para toda la descendencia, no solo para los que vivían bajo la ley mosaica, sino también para aquellos que comparten la fe de Abraham, quien es el padre espiritual de todos nosotros ante Dios. El texto nos invita a contemplar la fe de este hombre, quien creyó en esperanza contra toda esperanza, mirando más allá de las limitaciones biológicas de su propio cuerpo ya envejecido y de la esterilidad del vientre de Sara. Abraham no dudó de la promesa de Dios por incredulidad, sino que se fortaleció en la fe dando gloria a Dios, plenamente convencido de que aquel que había hecho la promesa era también poderosamente capaz de cumplirla con creces. Esta fe confianza, que no se apoya en las circunstancias visibles ni en los recursos humanos, le fue contada por justicia, y el apóstol nos asegura que estas palabras no se escribieron únicamente para él, sino también para nosotros. La justicia nos será contada a todos los que creemos en aquel que levantó de los muertos a Jesús, nuestro Señor, el cual fue entregado a la muerte por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra completa justificación. Aquí encontramos el corazón del evangelio paulino y luterano: Cristo asume nuestro lugar bajo la maldición de la ley, muere por nuestros pecados reales y resucita para declarar ante el tribunal celestial que nuestra deuda ha sido cancelada para siempre, imputándonos una justicia perfecta que no nos pertenece, pero que recibimos como un regalo gratuito mediante la fe.

Teniendo este trasfondo de la insuficiencia humana y de la sobreabundancia de la gracia divina, nos adentramos en el texto central de nuestra liturgia, el santo evangelio según san Mateo, capítulo nueve, versículos del nueve al trece y del dieciocho al veintiséis. El relato comienza con un encuentro directo, transformador y soberano en el que Jesús, al pasar por un lugar determinado, ve a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de la recaudación de impuestos. Los recaudadores de impuestos en aquella época, conocidos como publicanos, no eran simplemente empleados públicos comunes; eran considerados traidores a su propia patria, colaboradores directos del imperio opresor romano y extorsionadores profesionales que se enriquecían a expensas del sufrimiento de sus compatriotas. En la estructura social y religiosa del judaísmo de aquel tiempo, un hombre en la posición de Mateo ocupaba el escalón más bajo de la degradación moral y espiritual, siendo excluido de la comunión de la sinagoga y etiquetado permanentemente como un pecador irrecuperable. Sin embargo, el evangelio brilla con esplendor cuando observamos que Jesús no pasa de largo, ni se detiene para pronunciar una palabra de condena o para exigirle una reforma moral previa antes de hablarle. Con una autoridad divina que despierta la vida donde hay muerte espiritual, Jesús le dirige una sola palabra directa: «Sígueme». La respuesta de Mateo es el resultado inmediato de la gracia eficaz que opera a través de la palabra de Cristo; el texto nos dice simplemente que él se levantó y lo siguió, abandonando su mesa de ganancias ilícitas y su antigua identidad para adentrarse en una realidad completamente nueva.

Este milagro de la conversión se traslada de inmediato al ámbito de la comunión, pues encontramos a Jesús sentado a la mesa en la casa de Mateo, compartiendo los alimentos y la vida con una gran multitud de publicanos y pecadores que habían acudido al lugar para estar con él y con sus discípulos. La mesa compartida en el antiguo Oriente Medio era el signo más profundo de aceptación, amistad, paz y reconciliación mutua. Ver a un maestro religioso de la estatura de Jesús comiendo voluntariamente con las personas marginadas de la sociedad causó un escándalo mayúsculo entre los fariseos, quienes representaban la cumbre de la observancia legalista y de la pureza ritual de la época. Los fariseos, horrorizados por esta flagrante violación de sus normas de separación e impulsados por su espíritu de justicia propia, no se atreven a confrontar a Jesús directamente, sino que interrogan a sus discípulos preguntando: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». En su mentalidad meritocrática, la santidad se preservaba mediante el aislamiento y el desprecio hacia los impuros, creyendo que la justicia divina consistía en recompensar a los que se esforzaban por cumplir la ley y en apartar a los infractores.

Jesús, escuchando la recriminación velada de los religiosos, interviene con una declaración que redefine por completo la misión del Hijo de Dios en el mundo y resume la esencia misma del evangelio: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos». Con esta metáfora médica, Jesús desarma la lógica farisaica y establece el propósito de su encarnación. Un médico no pasa sus jornadas entre personas robustas y llenas de salud, sino que busca activamente los hospitales, los lechos de dolor y los hogares donde las enfermedades causan estragos, porque es allí donde su conocimiento y su medicina son verdaderamente necesarios. Al identificarse como el médico de las almas, Jesús revela que su presencia entre los pecadores no significa una aprobación de la maldad, sino la llegada del remedio divino para sanar la condición humana caída. Inmediatamente después, Jesús confronta el orgullo intelectual y espiritual de los fariseos enviándolos a estudiar sus propias escrituras con una frase incisiva: «Andad, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento». Citando directamente el pasaje de Oseas que meditamos anteriormente, Jesús les demuestra que, a pesar de su conocimiento técnico de la ley, ignoraban por completo el corazón de Dios. El Señor les hace ver que la verdadera justicia no se encuentra en el cumplimiento de sacrificios externos que fomentan el orgullo y la exclusión, sino en la recepción de la misericordia divina que nos mueve a compadecernos de los perdidos. La afirmación de que no vino a llamar a justos, sino a pecadores, contiene una ironía profunda y un juicio teológico severo; no es que existieran personas verdaderamente justas en sí mismas ante Dios, pues la Escritura afirma que no hay ni siquiera uno solo que haga el bien de manera perfecta. Lo que Jesús está señalando es que aquellos que se consideran a sí mismos justos, sanos y sin tacha debido a sus méritos religiosos, se autoexcluyen voluntariamente de la obra de la salvación, ya que un hombre que se cree sano jamás acudirá al médico para recibir curación. El evangelio es una buena noticia única y exclusivamente para aquellos que reconocen su propia enfermedad espiritual, su pecado, su incapacidad total y su necesidad desesperada de un Salvador.

El relato evangélico avanza de inmediato para mostrarnos el poder sanador y vivificante de este médico celestial en acción a través de dos milagros entrelazados que ilustran de forma visible lo que significa la justificación por la fe. Mientras Jesús enseñaba estas verdades, un alto jefe de la sinagoga, un hombre respetable llamado Jairo, se presenta ante él y, postrándose en un acto de profunda humildad y desesperación, le suplica: «Señor, mi hija acaba de morir; pero ven e impón tu mano sobre ella, y vivirá». La fe de este padre desafía la realidad fría y definitiva de la muerte física; él no pide una oración a la distancia ni un consuelo moral para sobrellevar el luto, sino que confía en que el contacto físico de la mano de Jesús posee la autoridad soberana para infundir vida en un cadáver. Jesús, movido por la compasión, se levanta de inmediato y lo sigue acompañado por sus discípulos, encaminándose hacia el hogar del dolor. En el trayecto hacia la casa del oficial, la marcha de la comitiva se interrumpe por un suceso imprevisto que introduce otra dimensión de la miseria humana y de la fe que se aferra al Salvador. Una mujer que padecía de un flujo de sangre continuo desde hacía doce largos años se acerca sigilosamente por detrás de Jesús entre la multitud. Esta enfermedad no solo le causaba un sufrimiento físico constante y un debilitamiento corporal profundo, sino que, de acuerdo con las leyes de pureza del libro de Levítico, la mantenía en un estado de impureza ritual permanente. Todo lo que ella tocaba quedaba impuro; no podía participar en el culto público, estaba privada de la comunión social y su matrimonio, si es que lo tenía, estaba destruido. Había gastado todos sus recursos buscando ayuda en la ciencia humana sin obtener alivio, siendo marginada y considerada un castigo viviente. En su corazón, encendido por la fe en la bondad del Mesías, pensaba para que: «Si solamente toco su manto, seré salva». No había en sus palabras un intento de negociación legalista, ni una presentación de méritos morales; era la fe pura que se extiende desde la más absoluta debilidad para tocar la fuente de la gracia. Jesús se vuelve, la mira con ternura y le dirige unas palabras que disipan todo temor y condenación: «Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado». En ese preciso instante, el flujo de sangre se detiene y la mujer queda completamente sana. Es crucial notar que Jesús no atribuye la sanación a un poder mágico intrínseco en la tela de su ropa, sino a la fe que confió en su persona; la fe fue el instrumento que unió la profunda necesidad de la mujer con el poder restaurador del Hijo de Dios, transformando su condición de marginada social en una realidad de paz, salud y adopción familiar, al llamarla explícitamente con el tierno nombre de hija.

Una vez reanudado el camino, Jesús llega finalmente a la casa del jefe de la sinagoga, encontrándose con el escenario típico del duelo oriental de la época: flautistas que tocaban melodías fúnebres y una multitud de personas que hacían un gran alboroto llorando y lamentándose en alta voz por la pérdida de la niña. La muerte reinaba en ese hogar con toda su aparente victoria irreversible. Al entrar, Jesús asume el control absoluto de la situación y les dice con autoridad: «Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme». Estas palabras provocan de inmediato la burla y el desprecio de los presentes, quienes, confiados en sus sentidos humanos y en la certeza médica de la muerte, se ríen de él con incredulidad. Para el mundo sumido en el pecado, la muerte es el final absoluto, el enemigo invencible que destruye toda esperanza. Sin embargo, para el Creador de la vida, la muerte de un creyente no es más que un sueño temporal del cual puede ser despertado con la misma facilidad con la que una madre despierta a su hijo por la mañana. Después de hacer salir a la multitud incrédula, Jesús entra en la habitación donde yacía el cuerpo sin vida, toma a la niña de la mano con delicadeza pero con poder omnipotente, y la niña se levanta inmediatamente llena de vida y vigor. La noticia de este milagro portentoso se difunde con rapidez por toda aquella tierra, dejando un testimonio innegable de que en Jesús el reino de Dios ha irrumpido con poder para derrotar las consecuencias más extremas del pecado, que son la enfermedad y la muerte misma.

Cuando analizamos estos relatos milagrosos a la luz de la doctrina luterana de la justificación por la fe, descubrimos una hermosa y profunda analogía espiritual de nuestra propia salvación. La condición de la mujer con el flujo de sangre y el estado de la niña muerta representan de forma perfecta la condición espiritual de toda la humanidad después de la caída en el pecado. El ser humano no se encuentra simplemente enfermo o debilitado moralmente por causa del pecado original, de modo que conserve un remanente de libre albedrío que le permita colaborar con Dios en su propia salvación. La teología de la Reforma, basada en las declaraciones explícitas del apóstol Pablo, afirma que estamos espiritualmente muertos en nuestros delitos y pecados. Un cadáver no puede tomar la iniciativa para buscar un médico, no puede cooperar con el tratamiento, no puede extender la mano para solicitar ayuda ni puede tomar la decisión de resucitar a sí mismo por sus propias fuerzas. La iniciativa de la salvación pertenece de manera exclusiva y absoluta a la gracia soberana de Dios. Es Jesús quien se levanta, es Jesús quien camina hacia nuestra miseria, es Jesús quien nos mira con compasión y es Jesús quien nos toma de la mano muerta para infundirnos la vida del Espíritu a través de la proclamación de su palabra eficaz. Nuestra justificación no es un proceso en el que nosotros aportamos una parte y Dios aporta el resto; es un acto de justicia absoluta y divino en el que el Salvador nos declara justos basándose únicamente en su obra perfecta consumada en la cruz del Calvario.

La fe que salva, tal como la vemos reflejada en la mujer herida y en el oficial de la sinagoga, no es una obra buena que nosotros realizamos para convencer a Dios de que nos salve; la fe es en sí misma un don gratuito del Espíritu Santo obrado en nuestros corazones mediante la escucha del evangelio. La fe no se enfoca en su propia intensidad ni en la dignidad del sujeto que la posee, sino que encuentra todo su valor y eficacia en el objeto al cual se aferra, que es la persona y la obra de Jesucristo. Así como la mano temblorosa y temerosa de la mujer impura tocó el borde del manto de Jesús y recibió de inmediato la plenitud de la sanación, de la misma manera nuestra fe, por débil, pequeña o vacilante que pueda parecernos en momentos de prueba y de tentación, nos une de forma indisoluble al Salvador omnipotente. No es la fuerza de nuestra fe lo que nos salva, sino el Cristo perfecto en quien está depositada nuestra fe. Al estar unidos a él, se produce lo que nuestro reformador Martín Lutero denominaba el gran intercambio: Cristo toma sobre sí toda nuestra impureza, nuestro pecado, nuestra culpa y la condenación que merecíamos bajo la ley, sufriendo el castigo en su propio cuerpo en la cruz; al mismo tiempo, él nos viste gratuitamente con su justicia perfecta, su santidad inmaculada, su pureza y su vida eterna. Cuando el Padre celestial nos mira a los ojos, ya no ve los trapos de inmundicia de nuestras transgresiones, sino que ve la vestidura resplandeciente de la justicia de su Hijo amado que nos cubre por completo.

Esta maravillosa realidad del evangelio transforma radicalmente la forma en que vivimos la vida cristiana y nos reunimos como iglesia en la actualidad. La iglesia no es, ni debe pretender ser jamás, un museo exclusivo para exhibir a santos perfectos que se enorgullecen de su propia moralidad o un club social cerrado para personas que se consideran superiores a los demás debido a sus prácticas religiosas externas. La iglesia es, por definición divina, el hospital de Cristo, un refugio de gracia y de misericordia donde los pecadores quebrantados, los heridos por la vida, los marginados por el mundo y los conscientes de su propia debilidad espiritual acuden constantemente para recibir la medicina sanadora del perdón de los pecados. Cada vez que nos reunimos alrededor de los medios de gracia, que son la Palabra puramente predicada y los santos sacramentos instituidos por el Señor, Jesús el gran médico de las almas se hace presente en medio de nosotros para ejercer su oficio sanador. En la proclamación de la absolución nos dice de nuevo: «Hijo, hija, tus pecados te son perdonados; ten ánimo». En el santo bautismo nos rescata de las garras de la muerte y del diablo, uniéndonos a su resurrección gloriosa y dándonos una nueva identidad eterna. En el sacramento del altar, en la santa cena, nos invita a sentarnos a su mesa de gracia, no porque seamos dignos en nosotros mismos, sino precisamente porque somos pecadores necesitados de su comunión y del alimento espiritual que sostiene nuestra fe en medio de las batallas de este mundo.

Por lo tanto, la palabra del evangelio nos libera por completo del peso insoportable del legalismo y del temor constante a la condenación. Los fariseos de todas las épocas continuarán preguntando con desprecio por qué nuestro maestro come con publicanos y pecadores, por qué la iglesia luterana insiste tanto en anunciar una gracia tan radical que justifica al impío de manera gratuita por medio de la fe sin las obras de la ley. Respondemos con confianza y con gozo absoluto repitiendo las palabras de nuestro Salvador: nos gloriamos en nuestra debilidad porque sabemos que no vino a llamar a justos, sino a pecadores. Si fuéramos personas sanas que hubieran logrado cumplir la ley divina a la perfección por sus propias fuerzas, la muerte de Cristo habría sido en vano y la promesa carecería de sentido. Nuestra única gloria y nuestro único descanso se encuentran en el hecho de que reconocemos nuestra enfermedad espiritual y nos arrojamos sin reservas en los brazos de aquel que tiene el poder de darnos vida eterna. Esta certeza nos impulsa a vivir una vida de verdadera libertad cristiana, una vida que ya no está motivada por el miedo al castigo ni por el deseo egoísta de acumular méritos ante Dios para ganar el cielo, sino que brota de un corazón lleno de gratitud espontánea, de amor y de alabanza hacia nuestro Redentor. Libres de la necesidad de salvarnos a nosotros mismos, el Espíritu Santo nos capacita para volver la mirada hacia nuestros semejantes, convirtiéndonos en instrumentos de esa misma misericordia divina que hemos recibido de forma tan abundante, sirviendo a nuestro prójimo en amor, consolando a los afligidos y anunciando a un mundo sumido en la desesperación que el médico celestial sigue sanando y resucitando a los muertos espirituales por medio de su maravillosa palabra de gracia.


Oremos 


Omnipotente y eterno Dios, Padre celestial, te damos gracias con todo nuestro corazón porque en tu infinito amor no nos abandonaste en nuestra condición de enfermedad espiritual y muerte eterna causada por el pecado, sino que enviaste a tu Hijo amado, Jesucristo, como el gran médico de nuestras almas para rescatarnos y darnos vida nueva. Te rogamos humildemente que por medio de tu Santo Espíritu mantengas siempre viva en nosotros la verdadera fe que se aferra únicamente a sus méritos y a su justicia perfecta. Concédenos la gracia de reconocer diariamente nuestra necesidad de tu perdón, alejando de nuestros corazones todo orgullo farisaico y toda confianza en nuestras propias obras o méritos religiosos. Danos un entendimiento profundo de tu santa palabra para que comprendamos el verdadero valor de tu misericordia y podamos manifestarla con alegría hacia aquellos que nos rodean, sirviendo a nuestro prójimo con amor sincero. Sostén a tu iglesia en la proclamación fiel del evangelio puro, para que los pecadores encuentren en ella un refugio de paz, consuelo y salvación. Te pedimos que nos fortalezcas en la esperanza de la resurrección final, confiando plenamente en que aquel que fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación nos guiará con seguridad hasta tu presencia celestial, donde te alabaremos por toda la eternidad. Todo esto te lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Domingo de Trinidad - Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia

31 de Mayo de 2026

Domingo de Trinidad.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 8; Génesis 1:1–2:4a; 2 Corintios 13:11–13; Mateo 28:16–20

Título: Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes. Hoy nos reunimos bajo la luz de la revelación divina para contemplar uno de los misterios más grandes y, a la vez, más consoladores de nuestra fe: el misterio de la Santa Trinidad. Las lecturas de este día nos llevan en un viaje teológico que abarca desde los albores de la creación hasta la culminación de la misión de la iglesia en la tierra. Vemos a Dios actuando en la historia, manifestándose como el Creador del universo, el Redentor de la humanidad caída y el Santificador que sostiene a su pueblo elegidos. A través de estas páginas sagradas, la teología luterana confiesa que no adoramos a un dios lejano o a una fuerza impersonal, sino al Dios trino que se ha inclinado hacia nosotros en amor, misericordia y gracia soberana.

Comenzamos nuestro recorrido en el libro de Génesis, donde se nos presenta el relato de la creación. Las palabras iniciales de la Escritura declaran: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Aquí encontramos el fundamento de todo lo que existe. Dios no necesitó de materia preexistente; él habló y de la nada surgió el cosmos. El texto nos dice que la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Pero en medio de esa oscuridad, el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Aquí ya vemos los primeros destellos de la pluralidad de personas en la unidad de la deidad. Dios habla, su Palabra genera vida y su Espíritu incuba la creación. A lo largo de los seis días de la creación, vemos un orden perfecto y una progresión que culmina con la formación del ser humano. En el consejo divino, Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Este uso del plural «hagamos» ha sido entendido históricamente por la iglesia cristiana como una indicación temprana de la comunión trinitaria. Dios no está solo; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo participan en la deliberación y en la ejecución de la obra creadora. El ser humano fue creado para reflejar esa imagen divina, para vivir en perfecta comunión con su Hacedor y para administrar la creación con justicia y rectitud. Al concluir su obra, Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era bueno en gran manera. El descanso del séptimo día santificó el orden de la creación, estableciendo un recordatorio permanente de la providencia divina.

Esta grandeza de la creación nos lleva de manera natural a las palabras del salmo ocho. El salmista, al contemplar la inmensidad del firmamento, las obras de los dedos de Dios, la luna y las estrellas que él formó, se siente abrumado por la pequeñez humana. Exclama con reverencia: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?». Esta es la paradoja de la existencia humana. Somos criaturas insignificantes en comparación con la vastedad del universo físico, y sin embargo, somos el objeto del amor supremo de Dios. El salmo continúa diciendo que Dios hizo al ser humano un poco menor que los ángeles, y lo coronó de gloria y de honra. Le dio el dominio sobre las obras de sus manos y puso todo bajo sus pies. Para los luteranos, este salmo no es simplemente un poema de alabanza a la naturaleza; es una profecía cristológica profunda. El autor de la epístola a los Hebreos nos enseña que estas palabras encuentran su cumplimiento último en Jesucristo. Fue Jesús quien se humilló a sí mismo, haciéndose un poco menor que los ángeles al asumir nuestra carne humana. Fue Jesús quien sufrió la muerte en la cruz para rescatar a la humanidad del pecado, de la muerte y del poder del diablo. Y, es Jesús quien ahora está coronado de gloria y de honra, sentado a la diestra del Padre, teniendo todas las cosas sujetas bajo sus pies. Por lo tanto, cuando leemos el salmo ocho, vemos el rostro de nuestro Redentor, el hombre perfecto que restauró la imagen de Dios que nosotros habíamos perdido en la caída.

El apóstol Pablo, en su segunda carta a los Corintios, concluye con una exhortación pastoral que resume la vida de la iglesia bajo la bendición trinitaria. Él escribe: «Por lo demás, hermanos, tengan gozo, perfecciónense, consuélense, sean de un mismo sentir, y vivan en paz; y el Dios de paz y de amor estará con ustedes». Esta comunidad de Corinto era una iglesia plagada de divisiones, pecados y conflictos doctrinales. Sin embargo, Pablo no los abandona a su propia suerte, sino que los apunta hacia la fuente de toda paz y unidad. La madurez y el consuelo no provienen de los esfuerzos humanos, sino de la presencia del Dios de paz. La bendición final que Pablo pronuncia es una de las declaraciones trinitarias más explícitas del Nuevo Testamento: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes». Esta fórmula apostólica no es un simple formalismo litúrgico. Es la entrega de los tesoros divinos a la iglesia. La gracia viene a través de Jesucristo, quien entregó su vida por nosotros; el amor es el origen de todo, proveniente del Padre que envió a su Hijo; y la comunión es la obra del Espíritu Santo, que nos une a Cristo y nos une unos con otros en un solo cuerpo. Esta bendición sostiene a la iglesia en medio de las pruebas y nos asegura que estamos envueltos en la vida misma del Dios trino.

Llegamos ahora al corazón de nuestro mensaje, el santo evangelio según San Mateo. El texto nos traslada a una montaña en Galilea, el lugar que Jesús había indicado a sus discípulos. Los once discípulos acudieron a la cita. El texto nos dice que cuando vieron a Jesús, le adoraron; pero algunos dudaban. Esta observación es sumamente reconfortante para nosotros hoy. Los discípulos, que habían caminado con Jesús, que habían visto sus milagros y que incluso eran testigos de su resurrección, todavía experimentaban momentos de flaqueza y duda. Jesús no los rechaza por su debilidad de fe. Él no busca hombres perfectos o héroes de la fe independientes; él busca pecadores que reconozcan su necesidad de él. En medio de sus dudas, Jesús se acerca a ellos. Su acercamiento no es para condenarlos, sino para fortalecerlos y darles una misión que cambiaría el rumbo de la historia humana.

Jesús se acercó y les habló diciendo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Esta declaración de soberanía absoluta es el fundamento de toda la vida y misión de la iglesia. Como luteranos confesionales, sostenemos que el Cristo crucificado es el mismo Cristo resucitado que gobierna el universo. Su autoridad no es tiránica, sino salvífica. Es la potestad del Rey de reyes que ha vencido al pecado, al infierno y a la tumba. Él tiene el derecho legal y divino sobre toda la creación porque la ha comprado no con oro o plata, sino con su sangre preciosa. Esta potestad asegura a la iglesia que, sin importar cuán hostil sea el mundo o cuán poderosas parezcan las fuerzas del mal, Cristo sigue estando en el trono. Las misiones de la iglesia no se realizan confiando en el poder político, los recursos económicos o las estrategias humanas, sino bajo el amparo de la autoridad soberana de nuestro Señor Jesucristo.

Basado en esa potestad incuestionable, Jesús emite el mandato supremo: «Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones». Aquí encontramos la gran comisión, el motor teológico de la cristiandad. La iglesia existe para testificar de Cristo y llevar las buenas nuevas de salvación a todo rincón del planeta. Hacer discípulos no es un llamado a moralizar a la sociedad o a imponer una cultura particular; es el llamado a traer a las personas al conocimiento salvador de la verdad. Jesús especifica los medios divinos a través de los cuales se cumple este mandato: «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». Notemos con precisión matemática la redacción del texto bíblico. Jesús dice «en el nombre», en singular, no en los nombres, en plural. Con esta sola frase, el Señor establece la unidad de la esencia divina y la trinidad de las personas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten un solo nombre, una sola naturaleza, una sola majestad y un solo poder, existiendo en una coigualdad eterna.

El santo bautismo no es una mera ceremonia humana de iniciación, ni un símbolo vacío de nuestro compromiso con Dios. En la teología luterana, el bautismo es un medio de gracia real y eficaz. Es el lavamiento de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo. Cuando una persona es bautizada en el nombre del Dios trino, la propiedad de su vida cambia de manos. Dios pone su nombre santo sobre el pecador, adoptándolo como su hijo querido. En el agua bautismal combinada con la palabra de Dios, nuestros pecados son ahogados, la vieja naturaleza es crucificada y nacemos a una vida nueva en Cristo. Es el acto soberano de Dios donde el perdón de los pecados, la liberación de la muerte y la salvación eterna nos son otorgados de manera gratuita. Por eso, el mandato de bautizar abarca a todas las naciones, sin distinción de raza, edad o condición social. El bautismo es el regalo del Padre, comprado por el Hijo y aplicado por el Espíritu Santo a cada alma sedienta de perdón.

Junto al bautismo, Jesús establece el segundo medio para hacer discípulos: «enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado». La iglesia cristiana es, por definición, una iglesia docente. No podemos separar la evangelización de la enseñanza de la sana doctrina. Enseñar a guardar todo lo que Cristo ha mandado significa mantenernos fieles a la totalidad de la Escritura. No tenemos el derecho de seleccionar qué doctrinas nos agradan y cuáles preferimos ignorar para adaptarnos a las corrientes culturales del momento. Debemos proclamar todo el consejo de Dios: el juicio severo de la ley que expone nuestro pecado y la consoladora dulzura del evangelio que nos ofrece el perdón gratuito por los méritos de Cristo. Esta enseñanza continua es la que nutre la fe, protege a la grey de los falsos maestros y capacita a los creyentes para vivir una vida de santidad que glorifique el nombre de Dios.

El evangelio concluye con la promesa más hermosa y sustentadora que Jesús pudo haber dejado a su iglesia: «y he aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Qué palabras tan magníficas para cerrar este evangelio. Jesús no nos deja solos frente a la inmensidad de la tarea. Él no ascendió al cielo para desentenderse de sus siervos en la tierra. Él promete su presencia real, continua y reconfortante. Él está con nosotros «todos los días», lo que significa que está presente tanto en los días de triunfo y alegría como en los días de persecución, dolor, duda y sufrimiento. Esta promesa de su presencia se cumple de manera especial a través de los medios de gracia. Cristo está presente donde se predica fielmente su palabra y donde se administran correctamente sus sacramentos. Cuando escuchamos el mensaje de la absolución, es la voz de Cristo la que nos perdona. Cuando comemos el pan y bebemos el vino en la Santa Cena, recibimos el cuerpo y la sangre verdaderos de nuestro Salvador para el perdón de nuestros pecados y el fortalecimiento de nuestra fe.

Al conectar todas nuestras lecturas de hoy, podemos ver el hilo conductor de la revelación divina. El Dios que creó los cielos y la tierra en el principio, el Dios cuyo nombre es excelso en toda la tierra y que coronó al ser humano de gloria, es el mismo Dios que nos amó de tal manera que envió a su Hijo unigénito al mundo. Ese Hijo, nuestro Señor Jesucristo, después de cumplir la obra de la redención en la cruz y de triunfar sobre la muerte en su resurrección, nos envía al mundo investido con toda potestad para rescatar a los perdidos a través del agua y de la palabra. Y el Espíritu Santo, que se movía sobre la faz de las aguas en la creación, sigue moviéndose hoy a través de la predicación del evangelio, creando fe en los corazones y congregando a la iglesia en la unidad de la fe verdadera.

Por lo tanto, amados hermanos, la doctrina de la Santa Trinidad no es una teoría filosófica abstracta para ser discutida únicamente por teólogos en salones de clase. Es la realidad viva e histórica de nuestra salvación. Confesamos al Dios trino porque es el Dios que nos ha creado, nos ha redimido y nos ha santificado. Vivimos cada día bajo su bendición apostólica, consolados por su gracia, sostenidos por su amor y unidos en su comunión. No caminamos solos en este mundo caído. Aunque veamos que las sociedades cambian, que las instituciones humanas se desmoronan y que la iglesia enfrenta vientos de apostasía y confusión, nos aferramos a la promesa inquebrantable de nuestro Salvador. Él está con nosotros todos los días. Su palabra no fallará. Su bautismo permanece firme como un sello inquebrantable de nuestra adopción eterna. Que el Dios de paz, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sople su aliento de vida sobre cada uno de ustedes, les conceda firmeza en la fe, valentía en el testimonio y un gozo rebosante en su presencia, guardando sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús para la vida eterna.


Oremos:

Señor Dios, Padre celestial, creador del universo y sustentador de nuestras vidas; te damos gracias infinitas porque no te has quedado en el silencio de tu majestad eterna, sino que te has revelado a nosotros como el Dios trino de gracia y misericordia. Te alabamos por tu amor incomprensible que nos formó a tu imagen, y por tu compasión que nos rescató cuando estábamos perdidos en las tinieblas de nuestro pecado. Te rogamos, amado Señor Jesucristo, que nos mantengas siempre firmes en la confesión de la verdadera fe. Concédenos la gracia de acudir siempre a tu santo bautismo para hallar consuelo frente a las acusaciones del enemigo, y nútrenos continuamente con tu palabra y con tu cuerpo y sangre sacramentales. Derrama tu Espíritu Santo sobre tu iglesia, para que proclamemos con valentía y fidelidad tu evangelio a todas las naciones, bautizando y enseñando conforme a tu santo mandato. Fortalece a los que dudan, consuela a los afligidos y mantennos unidos en el lazo de la paz perfecta que solo tú puedes dar. Quédate con nosotros todos los días, conforme a tu promesa fiel, hasta que nos congregues a todos en tu reino celestial para alabarte por los siglos de los siglos en la unidad de la deidad eterna.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Día de Pentecostés - Las llagas de la paz y el soplo del perdón



24 de Mayo de 2026

Día de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 104:24-34, 35b; Hechos 2:1-21; 1 Corintios 12:3b-13; Juan 20:19-23

Título: Las llagas de la paz y el soplo del perdón

En el nombre de Jesús, queridos hermanos, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde hoy y siempre sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús, nuestro único Señor y Salvador.

Hoy nos reunimos para celebrar la maravillosa fiesta de Pentecostés, un día que con frecuencia definimos como el nacimiento de la iglesia cristiana, pero que en realidad es la manifestación pública del cumplimiento de la promesa de nuestro señor. Las lecturas de esta jornada, que abarcan desde la vibrante alabanza del Salmo 104 hasta el relato histórico de Hechos 2 y la instrucción teológica de 1 Corintios 12, encuentran su centro, su ancla y su verdadera interpretación en las palabras del santo evangelio según san Juan, en el capítulo 20, versículos del 19 al 23. Es allí, en el aposento alto, donde la teología luterana de la cruz se muestra en toda su pureza y consuelo, revelándonos que el Espíritu Santo no viene a nosotros a través de especulaciones místicas o glorias humanas, sino mediante las heridas de Cristo, la proclamación de la paz y el beneficio directo del perdón de los pecados.

Para comprender la magnitud de lo que ocurre en Pentecostés, debemos primero mirar el escenario sombrío que nos presenta el evangelio de Juan. Es el atardecer del primer día de la semana, el mismo día en que la tumba fue encontrada vacía. Los discípulos no están celebrando una victoria ni organizando un movimiento global; al contrario, están escondidos. El texto nos dice explícitamente que las puertas estaban cerradas por temor a los judíos. El miedo es una fuerza paralizante que distorsiona la realidad y encierra al ser humano en su propio egoísmo y desesperación. Aquellos hombres habían visto los milagros de Jesús, habían escuchado sus promesas sobre la resurrección; pero en ese momento el peso de la ley, el peso del pecado por haber abandonado a su maestro y el miedo a sufrir el mismo destino violento los mantenía en una prisión autoimpuesta.

Esta condición de los discípulos es un vivo reflejo del ser humano caído bajo el juicio de la ley divina. Según nuestra doctrina luterana, expresada con claridad en las confesiones de Augsburgo y en la fórmula de concordia, el hombre por sus propias fuerzas, por su propia razón o elección, no puede creer en Jesucristo ni acudir a él. Nuestra voluntad natural está cautiva, muerta en delitos y pecados, y detrás de nuestras puertas cerradas solo hay temor, duda y una total incapacidad para salvarnos a nosotros mismos. Los discípulos no abrieron la puerta para que Jesús entrara; no prepararon un ambiente de oración ferviente para atraer la presencia divina. La iniciativa pertenece enteramente a Dios.

En medio de ese encierro y de ese miedo abrumador, Jesús se presentó en medio de ellos. Ninguna barrera física, ningún cerrojo humano y ningún corazón endurecido por el temor pueden impedir que el Cristo resucitado sature el espacio con su presencia. Sus primeras palabras no son de reproche, no reprende a Pedro por su negación, ni a los demás por haber huido en el huerto de Getsemaní. Su saludo es la declaración definitiva del evangelio: «Paz a ustedes». Esta frase no es un simple deseo cortés ni un saludo superficial de la época; es una proclamación judicial y objetiva. Es la paz que se ha comprado con un precio infinito, la reconciliación vertical entre el creador y la criatura que había sido rota en el Edén.

Inmediatamente después de saludarlos, el evangelista nos dice que Jesús les mostró las manos y el costado. Este detalle es fundamental para nuestra fe luterana, la cual se aferra con firmeza a los medios de gracia visibles e históricos. Jesús no se presenta como un espíritu incorpóreo o como una idea abstracta; se muestra en su carne resucitada que aún conserva las marcas de la crucifixión. Las heridas de Cristo son las credenciales de su victoria y la prueba innegable de que el mismo que murió en la cruz por nuestros pecados es el que ahora vive para siempre. Al ver sus heridas, los discípulos comprendieron que la deuda de su pecado estaba completamente pagada. La visión de las llagas transformó el miedo en un gozo desbordante. La alegría de la iglesia no proviene de mirar hacia adentro, hacia sus propias virtudes o hacia su fidelidad, sino de mirar hacia afuera, hacia las marcas del sacrificio de su redentor.

Es en este contexto de paz ganada en la cruz y confirmada en la resurrección donde Jesús repite el saludo y les confiere su misión divina: «Como me envió el Padre, así también yo los envío». La iglesia no inventa su propio mensaje ni define su propio propósito; la iglesia es enviada a continuar la entrega de los bienes que Cristo adquirió en el Calvario. Y para que esta misión sea posible, el texto nos regala una acción sumamente profunda y deliberada de nuestro señor: sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo».

Este acto de soplar nos remite de manera directa al Génesis, cuando Dios sopló aliento de vida en la nariz del primer hombre y este se convirtió en un ser viviente. En el aposento alto, Jesús está realizando una nueva creación. La antigua humanidad, muerta por el pecado de Adán, recibe ahora el aliento del segundo Adán, el Espíritu Santo, que es el dador de la vida espiritual. Este soplo es el mismo viento recio que más tarde, en el día de Pentecostés descrito por el evangelista Lucas en el libro de los Hechos, llenaría toda la casa con lenguas de fuego. El evangelio de Juan nos muestra la fuente teológica de ese viento: el Espíritu Santo procede del Hijo y es soplado sobre la iglesia a través de la palabra viva de Jesús.

Aquí debemos detenernos para enfatizar la consistencia de las escrituras respecto al obrar del Espíritu Santo. En la lectura de Hechos 2, vemos la manifestación espectacular del Espíritu que capacita a los apóstoles para hablar en diferentes lenguas. Los hombres que estaban en Jerusalén, provenientes de todas las naciones conocidas bajo el cielo, los oían hablar en sus propios idiomas las maravillas de Dios. Este milagro no tenía como fin el espectáculo o el entretenimiento emocional, sino la comunicación clara y comprensible del evangelio. El Espíritu Santo opera siempre mediante la palabra exterior, articulada y proclamada. Pentecostés es la reversión de la torre de Babel; allí donde el orgullo humano causó la confusión de lenguas y la dispersión, el Espíritu Santo trae la unidad mediante la predicación de la cruz en un lenguaje que cada persona puede entender y atesorar en su corazón.

Cuando el apóstol Pedro se levanta ante la multitud en ese primer Pentecostés, no predica sobre sus propias experiencias místicas ni exalta el poder de las lenguas; su sermón se centra firmemente en Jesucristo, el crucificado y resucitado, demostrando mediante las escrituras que él es el Mesías prometido. El punto cumbre de la profecía de Joel, citada por Pedro, nos recuerda que «todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvado». Esta salvación es el fruto directo de la obra del Espíritu Santo, quien nos llama mediante el evangelio, nos ilumina con sus dones, y nos santifica y conserva en la verdadera fe.

Esta misma verdad es desarrollada por el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios. Pablo escribe a una iglesia que estaba profundamente dividida por causa de malentendidos sobre los dones espirituales, donde algunos pretendían ser superiores a otros debido a ciertas manifestaciones externas. El apóstol los corrige de inmediato al establecer el criterio fundamental: «Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: ¡Sea anatema Jesús!; y nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor!, sino por el Espíritu Santo». El papel del Espíritu Santo es siempre cristocéntrico. Su obra principal no es llamar la atención sobre sí mismo, sino glorificar a Jesucristo, apuntar hacia él y darnos la fe necesaria para confesar que ese Jesús colgado en la cruz es nuestro dueño absoluto y salvador.

El texto de 1 Corintios nos recuerda que hay diversidad de dones, de ministerios y de actividades, pero el Dios que hace todas las cosas en todos es el mismo. El bautismo es el gran nivelador y unificador de la iglesia. Pablo afirma con absoluta claridad que «por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu». En las aguas del santo bautismo, Dios destruye las barreras raciales, sociales y económicas. No hay cristianos de primera o segunda clase; cada uno de ustedes ha sido sumergido en la muerte de Cristo y resucitado a una nueva vida, recibiendo el mismo Espíritu Santo que los une en un solo cuerpo místico, que es la iglesia.

Esta unidad y provisión de Dios no es algo nuevo en la historia de la creación. El Salmo 104 nos eleva la mirada hacia la soberanía y la providencia de Dios sobre todo el universo. El salmista contempla la inmensa variedad de las criaturas en la tierra y en el mar, reconociendo que todas ellas esperan que el creador les dé su comida a su tiempo. El pasaje poético señala que si Dios les quita el hálito, mueren y vuelven al polvo, pero si envía su Espíritu, son creadas, y así se renueva la faz de la tierra. Hay una hermosa continuidad entre el Espíritu que flotaba sobre las aguas en la creación inicial, el Espíritu que preserva la vida natural de cada criatura, y el Espíritu Santo que sopla Jesús en el aposento alto para la recreación de la humanidad. El Dios que sustenta sus vidas físicas mediante el sol, la lluvia y el alimento diario, es el mismo Dios que sustenta sus vidas espirituales mediante la palabra y los sacramentos.

Regresando al evangelio de Juan, después de soplar sobre los discípulos y entregarles el Espíritu Santo, Jesús pronuncia unas palabras que constituyen la base del ministerio pastoral y de la práctica de la absolución en nuestra iglesia luterana: «A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos». Estas palabras instituyen el oficio de las llaves, un poder soberano y divino que Cristo confía a su iglesia en la tierra para el beneficio de las conciencias angustiadas.

Para la teología de la iglesia luterana, este pasaje no se interpreta como un poder arbitrario otorgado a hombres particulares para que gobiernen tiránicamente sobre las almas, sino como el regalo supremo del evangelio aplicado individualmente. Cuando el pastor llamado por la iglesia se sitúa ante la congregación y dice: «Por mandato de mi señor Jesucristo, te perdono todos tus pecados», no está hablando por sí mismo, sino en el lugar y por orden de Cristo. El perdón que se pronuncia en la tierra tiene validez total en el cielo, porque está respaldado por la sangre de Jesús y por la autoridad de su propia palabra. El Espíritu Santo utiliza la voz humana del ministro para entregar de manera concreta, objetiva y real la reconciliación lograda en la cruz.

Por otra parte, la retención de los pecados, el declarar que los pecados de alguien no están perdonados mientras persista en la impenitencia, es el uso de la ley en su función más severa. No se hace por malicia, sino como un llamado urgente al arrepentimiento. Si una persona rechaza el sacrificio de Cristo y desea permanecer en su pecado, la iglesia tiene la obligación amorosa pero firme de advertirle que se encuentra bajo el juicio de Dios, con el único propósito de que su corazón sea quebrantado y pueda, finalmente, recibir el consuelo del perdón.

El evangelio de hoy nos muestra que el centro de la fiesta de Pentecostés es el perdón de los pecados. El Espíritu Santo no viene para infundirnos un entusiasmo pasajero, ni para empujarnos a buscar experiencias emocionales extraordinarias que dejen el alma en la incertidumbre al día siguiente. El consuelo luterano descansa en el hecho de que el Espíritu Santo trabaja de manera humilde y escondida a través de los medios que cristo nos dejó. Viene a nosotros en el agua del bautismo, donde fuimos regenerados; viene en la palabra de la absolución, que limpia nuestra conciencia; y viene en el pan y el vino del santo altar, donde comemos y bebemos el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro señor para el perdón de los pecados y el fortalecimiento de nuestra fe.

Es común que en el mundo actual nos encontremos a menudo como los discípulos en aquel primer día de la semana: con las puertas del corazón cerradas por el miedo, la ansiedad, la culpa y la incertidumbre del futuro. Miramos a nuestro alrededor y vemos una sociedad fragmentada, llena de hostilidad, donde la verdad se distorsiona y la desesperanza parece ganar terreno. Incluso dentro de nuestras familias o en nuestro fuero interno, cargamos con el peso de nuestros errores, con el remordimiento de las palabras que no debimos decir y con la culpa de las acciones que ofendieron a Dios y al prójimo. El diablo utiliza ese temor para susurrarnos que estamos solos, que Dios nos ha abandonado debido a nuestra infidelidad y que nuestras puertas cerradas son definitivas.

Pero hoy, la palabra de Dios rasga ese velo de mentiras. El mismo Jesús que entró en el aposento alto se presenta hoy aquí, en medio de esta congregación, a través de la lectura y la predicación de su palabra. Él se coloca en el centro de sus vidas y les dice con total autoridad: «Paz a ustedes». Sus heridas siguen hablando en su favor ante el trono celestial y en la comunión de los santos. El Espíritu Santo, soplado desde la cruz y derramado en Pentecostés, está obrando en este preciso instante en sus corazones, derribando los muros del miedo y recordándoles que su identidad no se basa en lo que ustedes hacen por Dios, sino en lo que Dios ya hizo por ustedes en su hijo Jesucristo.

La fe que el Espíritu Santo engendra en nosotros nos permite mirar las escrituras con una armonía perfecta. Nos une al coro del Salmo 104 para alabar la inmensa sabiduría del creador, sabiendo que el mismo Dios que cuida de las aves y de las criaturas del mar nos ha redimido a nosotros, sus hijos amados. Nos une a la multitud de Hechos 2, permitiéndonos escuchar la predicación apostólica no como un relato del pasado, sino como una realidad presente que nos rescata del juicio y nos da la salvación. Y nos integra al cuerpo descrito en 1 Corintios 12, donde cada uno de ustedes, con sus diferentes talentos, personalidades y llamados específicos en la vida cotidiana, es un miembro valioso y necesario para el servicio al prójimo y la edificación mutua.

Queridos hermanos, no busquen al Espíritu Santo en las nubes de la especulación ni en el fuego de las emociones humanas inconstantes. Búsquenlo donde él ha prometido estar: en las palabras del evangelio que perdonan sus faltas, en el agua que los adoptó como hijos de Dios y en la santa cena que los alimenta para la vida eterna. Allí, el Espíritu Santo realiza su obra más grandiosa: mantenerlos unidos a Cristo, el Salvador resucitado. Que la paz del Señor, que sobrepasa todo entendimiento, llene por completo sus hogares, alivie sus tensiones, disipe sus temores y los conserve firmes en la única fe verdadera hasta el día de su venida gloriosa.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias infinitas porque no nos dejaste en la orfandad ni atrapados detrás de las puertas del temor y del pecado, sino que nos enviaste a tu Hijo amado para ganar nuestra paz en la cruz y nos diste el don inefable de tu Espíritu Santo mediante la predicación de tu santa palabra. Te suplicamos humildemente que derrames siempre este buen Espíritu en nuestros corazones, para que por su gracia permanezcamos firmes en la verdadera fe, confesando con valentía que Jesucristo es el Señor de nuestras vidas. Concede a tu iglesia fidelidad en la administración del oficio de las llaves, para que las conciencias heridas encuentren siempre el alivio del perdón absoluto. Renueva la faz de la tierra mediante la difusión de tu evangelio en todas las naciones y mantennos unidos en el lazo de la paz como un solo cuerpo en Cristo. Cuida de nosotros en medio de las pruebas de este mundo, danos el gozo de tu salvación y condúcenos finalmente a la gloria eterna, donde junto con el Espíritu Santo te alabaremos por los siglos de los siglos, en el sagrado nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


Séptimo Domingo de Pascua - La gloria de la cruz y el amparo del padre: la seguridad de la iglesia en la oración de cristo



17 de Mayo de 2026

Séptimo Domingo de Pascua.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmos 68:1-10, 32-35; Hechos 1:6-14; 1 Pedro 4:12-14; 5:6-11; Juan 17:1-11

Título: La gloria de la cruz y el amparo del padre: la seguridad de la iglesia en la oración de cristo

Queridos hermanos en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador, la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de aquel que fue glorificado en la cruz para nuestra redención estén con todos ustedes. Hoy nos reunimos bajo la sombra de la ascensión del Señor, en ese tiempo de espera donde la iglesia aguarda la promesa del Espíritu Santo, pero sobre todo, donde escuchamos las palabras más profundas de nuestro maestro antes de entregarse por nosotros. La doctrina luterana nos enseña que la Escritura es la única fuente de fe y vida, y en los textos de este día encontramos un hilo conductor maravilloso: la gloria de Dios manifestada en la debilidad humana y el consuelo divino en medio de la prueba. Nuestra iglesia siempre ha enfatizado la distinción clara entre la ley y el evangelio, y es bajo esa luz que debemos escudriñar estas lecturas.

Empezamos con el Salmo sesenta y ocho, un himno de victoria que nos recuerda que cuando Dios se levanta, sus enemigos huyen. Pero, ¿quiénes son esos enemigos? No son simplemente ejércitos terrenales, sino el pecado, la muerte y el diablo. El salmista nos dice que Dios es padre de huérfanos y defensor de viudas. Esta es una característica fundamental de nuestro Dios: él no se revela en la pompa mundana, sino en el cuidado de los que no tienen esperanza. Él da a los solitarios un hogar y saca a los cautivos a la prosperidad. Esta imagen del Dios que desciende para elevar al caído es el preludio perfecto para entender la encarnación y la obra de Cristo. Los reinos de la tierra son llamados a cantar a Dios porque el poder y la majestad pertenecen a él, pero ese poder se manifiesta en su santuario, que para nosotros es su palabra y sus sacramentos.

En el libro de los Hechos vemos a los discípulos todavía confundidos por la naturaleza del reino de Dios. Ellos preguntan si es este el tiempo en que se restaurará el reino a Israel. Ellos buscaban un reino político, una liberación de la opresión romana, una gloria visible. Pero Jesús los corrige suavemente. No les toca a ellos saber los tiempos o las razones. Su tarea no es gobernar un lugar terrenal, sino ser testigos. Y aquí está la clave: recibirán poder cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo. El poder de la iglesia cristiana no reside en su organización o en su influencia social, sino en el testimonio fiel de la muerte y resurrección de Jesús. Tras la ascensión, los discípulos no se dispersan ni se desesperan; regresan a Jerusalén y perseveran unánimes en oración. Estaban esperando, confiando en la promesa. Esta es la actitud de la iglesia militante: una espera activa, cimentada en la oración y en la comunión, sabiendo que el Cristo que ascendió es el mismo que prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo.

Pedro, en su epístola, nos prepara para la realidad de vivir en un mundo caído. Nos dice que no nos sorprendamos del fuego de prueba que nos ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña nos aconteciese. Para el cristiano, el sufrimiento por el nombre de Cristo no es una señal de la ausencia de Dios, sino más bien una participación en sus padecimientos. La iglesia cristiana luterana sostiene firmemente que la teología de la cruz debe prevalecer sobre cualquier teología de la gloria. El mundo nos dice que si Dios nos ama, todo debe ir bien; la Escritura nos dice que si somos de Cristo, el mundo nos odiará. Pedro nos insta a humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, para que él nos exalte cuando sea tiempo. La ansiedad que carcome nuestra sociedad moderna encuentra aquí su remedio: echen toda su ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de ustedes. Debemos ser sobrios y velar, porque el diablo, como león rugiente, busca a quién devorar. Pero nuestra resistencia no es por nuestra propia fuerza, sino por la fe en aquel que ya venció al león. Dios, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después de que hayamos padecido un poco de tiempo, él mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá.

Llegamos ahora al corazón de nuestro sermón, el evangelio de Juan capítulo diecisiete. Estamos ante la oración sumo sacerdotal de Jesús. Es un momento sagrado donde se nos permite escuchar la conversación íntima entre el hijo y el padre. Jesús levanta sus ojos al cielo y dice: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu hijo, para que también tu hijo te glorifique a ti». ¿Cuál es esa hora? Es la hora de la cruz. Para el mundo, la cruz es el colmo de la vergüenza y el fracaso; para Jesús, es su glorificación. Aquí vemos la paradoja central de nuestra fe. La gloria de Dios no se ve en un trono de oro, sino en un madero sangriento. Es allí donde se cumple la vida eterna, que consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien él ha enviado. El conocimiento del que habla Juan no es una mera información intelectual, sino una relación de confianza y entrega, un reconocimiento de que toda nuestra vida depende de la obra de cristo.

Jesús afirma haber acabado la obra que el padre le dio que hiciese. Esta es la base de nuestra justificación por la sola fe. Si Jesús acabó la obra, no queda nada que nosotros podamos añadir. No hay méritos humanos, no hay buenas obras que puedan completar la redención. Todo está consumado. Jesús ha manifestado el nombre de Dios a los hombres que el padre le dio del mundo. Nosotros, que por naturaleza estábamos muertos en delitos y pecados, hemos sido apartados por la palabra de Dios. Jesús ora específicamente por nosotros, no por el mundo en abstracto, sino por aquellos que han recibido sus palabras y han creído que él salió de Dios. Esta distinción es vital: la iglesia es el cuerpo de aquellos que se aferran a la palabra de cristo en medio de un mundo hostil.

La oración de Jesús continúa con una petición de protección: «Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros». La unidad de la iglesia no es algo que nosotros fabricamos mediante acuerdos humanos o compromisos doctrinales que diluyen la verdad. La unidad es un don de Dios, una participación en la unidad que existe entre el padre y el hijo. Somos guardados en el nombre de Dios, que es su revelación, su palabra y su bautismo. En un tiempo donde la iglesia parece fragmentada y débil, estas palabras nos dan una seguridad inquebrantable. No somos nosotros quienes sostenemos a la iglesia; es la oración intercesora de nuestro sumo sacerdote la que nos mantiene firmes.

Al meditar en estas lecturas, vemos que nuestra identidad no está definida por nuestras circunstancias, sino por nuestra relación con Cristo. El Salmo nos dio la visión del Dios victorioso; Hechos nos mostró la misión de la iglesia; Pedro nos enseñó a sufrir con esperanza; y Juan nos reveló la fuente de toda nuestra fuerza: la intercesión de Jesús. Como luteranos, nos gloriamos solo en la cruz. Reconocemos que somos pecadores y santos al mismo tiempo. Pecadores por nosotros mismos, afligidos por la ansiedad y la tentación que Pedro describe, pero santos por la declaración de Dios en el evangelio, protegidos por la oración de Jesús.

El mundo en el que vivimos hoy no es muy diferente del mundo de los apóstoles. Sigue habiendo confusión sobre el reino de Dios, sigue habiendo persecución y sigue habiendo la necesidad desesperada de escuchar que hay un Dios que tiene cuidado de nosotros. La respuesta a todos estos desafíos no es un nuevo programa social o una espiritualidad subjetiva, sino el retorno constante a las palabras de Jesús en el aposento alto. Él ya ha pedido por ti. Él ya ha vencido. La gloria que él compartió con el Padre desde antes de la fundación del mundo es la misma gloria que ahora, por pura gracia, se nos imputa a nosotros.

Por lo tanto, no teman a las pruebas de fuego. No se dejen abatir por la ansiedad de este siglo. Su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando sientan que el león rugiente se acerca, recuerden que ustedes pertenecen a aquel que ascendió a lo alto llevando cautiva la cautividad. Cuando duden de su salvación, escuchen a Jesús diciendo al Padre: «He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra». Ustedes son del Padre porque el Hijo los ha reclamado. Esa es la certeza que nos permite vivir con alegría incluso en medio de las lágrimas. Es la fe que profesamos en nuestros credos y que confesamos ante el mundo. Que el Espíritu Santo sella en sus corazones esta verdad: que Cristo es su vida, su gloria y su paz eterna.

Oremos

Dios todopoderoso y eterno, te damos gracias porque en tu infinito amor enviaste a tu Hijo para que fuera nuestro mediador y abogado. Te pedimos que, así como él oró por sus discípulos, continúes guardándonos en tu nombre y protegiéndonos de todo mal. Fortalece nuestra fe para que no desmayemos ante las pruebas y danos tu Espíritu para que seamos testigos fieles de tu verdad. Que la gloria de Cristo brille en nuestras vidas y que, al final de nuestro camino terrenal, podamos participar de la plenitud de tu reino. Por Jesucristo, tu hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!