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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Tercer domingo después de Pentecostés - Compasión inmerecida: El regalo de la pura gracia



14 de Junio de 2026

Tercer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 100; Éxodo 19:2-8a; Romanos 5:1-8, Mateo 9:35-10:8

Título: Compasión inmerecida: El regalo de la pura gracia

La gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo sean con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amén.

La palabra de Dios nos invita a contemplar la inmensa compasión de nuestro Salvador y el fundamento de nuestra fe. En el evangelio de Mateo encontramos una descripción conmovedora del ministerio de Jesús. Al recorrer las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas y sanando toda enfermedad, la escritura nos dice que al ver a las multitudes, Jesús «tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor». Esta imagen nos revela el corazón mismo de Dios. El término compasión en los evangelios no es una simple lástima pasajera, sino una conmoción interna profunda que mueve a la acción. Jesús no mira a la humanidad con juicio o desprecio por su extravío, sino con un amor pastoral que busca socorrer al caído. Las ovejas sin pastor están expuestas al peligro, no tienen rumbo y no pueden alimentarse por sí mismas. Esa era la condición del pueblo y, desde la perspectiva de la teología luterana, esa es la condición espiritual de toda la humanidad separada de Dios por el pecado: un estado de total desamparo e incapacidad para salvarse a sí misma.

Frente a esta gran necesidad, Jesús no se queda de brazos cruzados. Él le dice a sus discípulos: «Ciertamente, la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Por lo tanto, pidan al Señor de la mies que envíe obreros a su mies». La iniciativa de la salvación y de la misión pertenece exclusivamente a Dios. Él es el dueño de la mies. La iglesia no inventa su propia misión, sino que participa en la obra que el Padre ya está realizando en el mundo a través del Hijo y por el poder del Espíritu Santo. Acto seguido, Jesús llama a sus doce discípulos y les da autoridad para expulsar a los espíritus impuros y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Es digno de notar que los elegidos no eran personas con títulos académicos extraordinarios ni santos perfectos. Eran hombres comunes, pescadores, recaudadores de impuestos, personas con fallas y dudas. Dios no llama a los capacitados, sino que capacita a los llamados. Su autoridad no proviene de sus propios méritos, sino de la palabra y del mandato de aquel que los envía.

Las instrucciones que reciben los discípulos son claras y directas. Jesús los envía diciendo: «Vayan y prediquen: “El reino de los cielos se ha acercado”». Este mensaje es el núcleo de la proclamación cristiana. El reino no es algo que los seres humanos construyen con sus propias fuerzas o reformas morales. El reino se ha acercado en la persona de Jesús. Donde está Cristo, allí está el reino de Dios infundiendo perdón, vida y salvación. Los discípulos reciben también el encargo de sanar enfermos, limpiar leprosos, resucitar muertos y expulsar demonios. Estas señales visibles manifiestan que el poder de la muerte y del pecado está siendo derrotado por la presencia del Mesías. La culminación de este mandato pastoral contiene una frase que condensa la teología de la gracia: «De gracia recibieron; den de gracia». Nada de lo que los discípulos van a ofrecer les pertenece por derecho propio. Todo es un regalo inmerecido de Dios. Por lo tanto, no pueden comercializar con los dones divinos ni buscar el beneficio propio, sino transmitir generosamente ese mismo amor gratuito que han experimentado.

Esta verdad central de la pura gracia se conecta profundamente con la lectura de la carta a los Romanos. El apóstol Pablo nos recuerda el núcleo del mensaje de la justificación por la fe, que es el pilar de nuestra doctrina: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». La paz de la que habla la escritura no es un sentimiento pasajero de tranquilidad mental, sino un cambio de estatus legal y espiritual ante el Creador. Ya no somos enemigos debido a nuestra rebelión, sino que hemos sido reconciliados. Esta paz no se basa en la calidad de nuestra obediencia ni en la intensidad de nuestros sentimientos, sino enteramente en la obra objetiva de Jesucristo en la cruz. Por medio de él tenemos acceso por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Incluso en medio de las tribulaciones podemos tener esperanza, porque el sufrimiento produce paciencia, la paciencia prueba el carácter, y el carácter produce una esperanza que no nos avergüenza. La razón de esta seguridad es que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

El pasaje de Romanos nos muestra la maravillosa temporalidad de la gracia divina cuando afirma: «Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos». Dios no esperó a que la humanidad mejorara, se arrepintiera por completo o mostrara señales de bondad para enviar a su Hijo. Cristo murió por nosotros cuando éramos completamente incapaces de salvarnos, cuando éramos pecadores y rebeldes. Pablo argumenta que difícilmente alguien muere por un justo, aunque tal vez alguien se atreva a morir por una persona buena. «Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que su unigénito Hijo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores». Esta es la definición suprema del amor de Dios. No es un amor condicionado al valor del objeto amado, sino un amor gratuito que otorga valor al que no lo tiene. En la cruz vemos al buen pastor dando su vida por las ovejas desamparadas y dispersas que se mencionan en el evangelio. Nuestra seguridad descansa en que el amor de su hijo es incondicional y eterno.

Cuando miramos hacia el Antiguo Testamento, en el libro del Éxodo, encontramos el eco de este tierno cuidado pastoral en los inicios de la historia de Israel. Al llegar al desierto de Sinaí, Dios le habla a Moisés para que le comunique al pueblo una analogía hermosa: «Ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo los he tomado a ustedes y los he traído a mí sobre alas de águila». Antes de dar cualquier mandamiento o de establecer los términos de la alianza, Dios les recuerda lo que él ya ha hecho por ellos. El rescate de la esclavitud en Egipto fue un acto de pura iniciativa y misericordia divina. Israel no se liberó a sí mismo con armas ni estrategias, sino que fue cargado por Dios con el cuidado y la ternura con que un águila lleva a sus crías. La obediencia que Dios pide a continuación, al decir que si escuchan su voz y guardan su pacto serán su especial tesoro sobre todas las naciones, no es la causa para ser amados, sino la respuesta natural de un pueblo que ya ha sido redimido. El propósito de Dios es que sean un reino de sacerdotes y una gente santa, es decir, un pueblo dedicado a reflejar su luz y su misericordia ante el resto del mundo, tal como los discípulos fueron enviados a reflejar la compasión de Jesús.

Ante un Dios tan compasivo, que nos rescata sobre alas de águila, que muere por nosotros cuando aún somos pecadores y que nos mira con entrañable misericordia, la única respuesta lógica de la iglesia es la alabanza y la gratitud sincera. Esto es precisamente lo que entonamos con las palabras del Salmo 100. El salmista nos invita a cantar con alegría al Señor, a servirle con regocijo y a presentarnos ante su presencia con regocijo. La base de nuestra adoración no es el temor al castigo ni la obligación legalista, sino el reconocimiento de su soberanía amorosa: «Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; somos su pueblo, y ovejas de su prado». Nosotros no nos creamos a nosotros mismos, ni física ni espiritualmente. Somos las ovejas de su prado porque él nos compró, no con oro o plata, sino con la preciosa sangre de Jesucristo. Entramos por sus puertas con acción de gracias y por sus atrios con alabanza, bendiciendo su nombre porque el Señor es bueno, su misericordia es para siempre y su fidelidad permanece por todas las generaciones.

Queridos hermanos, el mensaje del evangelio para nosotros hoy es una invitación a descansar en la compasión de Jesús y a mirar al mundo con sus mismos ojos. A menudo nos encontramos cansados, abrumados por las exigencias de la vida, sintiéndonos como ovejas desamparadas y dispersas ante los problemas familiares, de salud o económicos. En esos momentos de debilidad, la palabra nos recuerda que Cristo ya murió por nosotros y que su Espíritu Santo habita en nuestros corazones. No estamos solos ni desamparados. El buen pastor nos conoce por nuestro nombre, nos alimenta con su palabra y sacramentos, y nos sostiene firmes en su gracia. Su mirada sobre sus vidas hoy no es de condenación, sino de una profunda y restauradora compasión.

Al mismo tiempo, este texto nos desafía a ser los obreros que el Señor envía a su mies. A nuestro alrededor hay un mundo lleno de personas que caminan heridas, desorientadas y sin esperanza, viviendo como ovejas que no tienen pastor. La misión de la iglesia no es opcional ni es un club social; es la extensión de las manos sanadoras y de la voz consoladora de Cristo en medio de la sociedad. Fuimos llamados a proclamar que el reino de los cielos se ha acercado, a llevar consuelo al afligido, perdón al arrepentido y esperanza al desesperado. Recordando siempre el principio fundamental de nuestra fe: de gracia recibimos la salvación, el perdón y la vida eterna; por lo tanto, demos de gracia, compartiendo el amor de Dios sin condiciones, sin acepción de personas y con un corazón alegre. Que la certeza de su amor infinito nos impulse cada día a vivir como su especial tesoro, anunciando las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos infinitas gracias porque nos has mirado con profunda compasión cuando estábamos perdidos y sin esperanza en nuestros pecados. Gracias por enviarnos a tu amado Hijo Jesucristo para ser nuestro buen pastor, quien dio su vida por nosotros en la cruz para justificarnos por la fe y darnos paz eterna contigo. Te pedimos que derrames abundantemente tu Espíritu Santo en nuestros corazones, para que podamos permanecer firmes en tu gracia inmerecida en medio de cualquier tribulación. Capacita a tu iglesia con poder y concédenos un corazón lleno de amor y misericordia para ver la necesidad del prójimo. Envía obreros fieles a tu mies y permítenos ser instrumentos de tu paz, proclamando con valentía que tu reino se ha acercado y compartiendo de gracia lo que de gracia hemos recibido de tus manos. Guarda a tu pueblo en la verdadera fe y mantén nuestra alabanza constante a tu santo nombre, porque tú eres bueno, tu misericordia es eterna y tu fidelidad nunca falla. Todo esto lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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