26 de Julio de 2026
Noveno domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 119:129-136; 1 Reyes 3:5-12; Romanos 8:26-39; Mateo 13:31-33, 44-52
Título: El valor oculto de la gracia
La gracia, la paz y el amor de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amen.
El verdadero tesoro no se encuentra en las riquezas de este mundo ni en nuestras propias fuerzas, sino en el regalo de la gracia divina que transforma la vida desde lo más pequeño y escondido.
Queridos hermanos y hermanas, nos reunimos hoy con el corazón abierto para escuchar la voz de Dios, una voz que calma nuestras ansiedades y nos revela el valor real de su reino. En nuestra rutina diaria, a menudo nos vemos bombardeados por mensajes que nos exigen ser fuertes, autosuficientes y exitosos según los estándares del mundo. Se nos enseña a buscar la seguridad en lo material, en el conocimiento humano o en el control que podamos ejercer sobre nuestras vidas. Sin embargo, las lecturas de este día nos invitan a dar un giro radical a nuestra mirada y a descansar en una promesa que no depende de nuestros méritos, sino de la pura fidelidad de Dios.
El profeta Salomón, al comienzo de su reinado, se encontró ante una tarea inmensa y reconoció su propia pequeñez. Dios se le apareció en sueños y le ofreció pedir lo que quisiera. En lugar de solicitar larga vida, riquezas o la derrota de sus enemigos, Salomón pidió un corazón sabio y prudente para gobernar al pueblo. Su petición agrada a Dios porque nace del reconocimiento de que, por sí mismo, el ser humano no tiene la capacidad de guiar sus propios pasos con justicia. Necesitamos la sabiduría que viene de lo alto, esa que nos permite discernir entre el bien y el mal. Esta sabiduría no es un trofeo intelectual, sino un don gratuito que nos orienta hacia la voluntad del creador. Como bien expresa el salmista, las enseñanzas de Dios son maravillosas y, al exponerse, difunden luz y dan entendimiento a los sencillos. El conocimiento humano puede inflar el orgullo, pero la palabra divina ilumina el alma y nos hace comprender nuestra total dependencia del amor del Señor.
Esta dependencia absoluta se manifiesta de manera profunda en nuestra debilidad diaria. El apóstol Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos que ni siquiera sabemos cómo orar adecuadamente. Muchas veces nos acercamos a Dios cargados de peticiones egoístas o confundidos por el sufrimiento, sin entender qué es lo que realmente nos conviene. Pero en medio de esa incapacidad, el Espíritu Santo mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Qué consuelo tan grande es saber que nuestra comunión con el Padre no depende de la elocuencia de nuestras oraciones ni de la perfección de nuestra fe. El Espíritu conoce nuestra fragilidad y traduce nuestros suspiros en intercesiones perfectas ante el trono de la gracia.
A partir de esa intervención divina, podemos tener la certeza absoluta de que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman. Esto no significa que los creyentes estemos exentos de dolor, persecución o dificultades. Al contrario, la vida en este mundo está llena de aflicciones. La promesa no es la ausencia de problemas, sino la seguridad de que nada en toda la creación nos podrá separar del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús. Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién podrá estar en nuestra contra? El propio Dios no nos negó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, por lo cual podemos estar seguros de que también nos dará todas las cosas. En medio del tribunal de nuestra propia conciencia y de las acusaciones del mundo, es Cristo quien murió y resucitó para interceder por su pueblo. Por eso, en todas estas cosas salimos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Nuestra victoria está firmada y sellada, no por lo que nosotros hacemos, sino por lo que ya fue hecho en la cruz.
Esta maravillosa realidad del amor divino es la que da sentido a las parábolas que escuchamos en el evangelio de Mateo. Jesús compara el reino de los cielos con cosas sencillas y cotidianas: una semilla de mostaza y un poco de levadura. A los ojos del mundo, una semilla de mostaza es insignificante, casi invisible. Sin embargo, cuando crece, se convierte en un arbusto tan grande que las aves hacen nidos en sus ramas. De igual manera, la levadura, aunque se mezcla en una gran cantidad de harina en forma oculta, termina por fermentar toda la masa. Así es la acción de la gracia en nuestras vidas y en el mundo. Comienza de manera humilde, oculta a los ojos de los soberbios, a través de medios sencillos como el agua del bautismo, una palabra de perdón o un trozo de pan y un poco de vino. El mundo suele buscar lo espectacular, lo ruidoso y lo imponente, pero el reino de Dios opera en la quietud del corazón, transformando la existencia humana desde adentro hacia afuera, de manera irresistible y gratuita.
Jesús también nos habla del reino como un tesoro escondido en un campo o como una perla de gran valor. En ambos casos, quien encuentra ese tesoro se llena de tanta alegría que va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo o aquella perla. Es fundamental comprender la dinámica de esta parábola. El tesoro no se compra con el esfuerzo humano como si fuera una transacción comercial donde pagamos con nuestras buenas obras. El verdadero tesoro y la perla preciosa representan a Cristo y su obra de salvación. Cuando una persona, por la acción del Espíritu Santo, descubre el valor infinito del perdón y de la vida eterna, todo lo demás pasa a un segundo plano. Los logros terrenales, las seguridades materiales y el orgullo personal pierden su brillo ante la belleza del amor redentor. La renuncia a lo anterior no se hace con tristeza ni por obligación, sino con una alegría desbordante, porque se ha encontrado aquello que realmente sacia el alma.
Finalmente, el maestro nos compara el reino con una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Al llegar a la playa, los pescadores se sientan a escoger los peces buenos en canastas y tiran los malos. Esta imagen nos previene contra la tentación de juzgar antes de tiempo y nos recuerda que la iglesia en la tierra es un espacio donde conviven la debilidad y la gracia. La separación final corresponde a Dios y a sus ángeles al fin del mundo. Nuestra tarea hoy no es actuar como jueces, sino anunciar con urgencia y amor el mensaje de salvación. Cada maestro de la ley que ha sido instruido sobre el reino de los cielos es como el dueño de una casa, que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas. Estamos llamados a compartir la riqueza de la palabra, aplicando tanto la ley que nos muestra nuestro pecado como el evangelio que nos levanta y nos da vida.
Hermanos, la invitación de este día es a descansar en la certeza de que el reino de Dios ya está operando en ustedes. No miren sus propias limitaciones con desesperación, sino miren a Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Él es quien los ha buscado, los ha comprado a precio de sangre y los sostiene en medio de cualquier tempestad. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en la fe verdadera.
Oremos
Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias por el don inmerecido de tu palabra y por el tesoro de tu gracia que has depositado en nuestros corazones. Reconocemos nuestra debilidad y nuestra incapacidad para salvarnos por nuestras propias fuerzas, por lo que nos encomendamos por completo a tu infinito amor. Te pedimos que tu Espíritu Santo continúe intercediendo por nosotros, fortaleciendo nuestra fe cuando flaqueamos y recordándonos siempre que nada nos puede separar de tu amor en Cristo Jesús. Permite que la semilla de tu reino crezca en nuestras vidas y que seamos instrumentos de tu paz y de tu perdón en este mundo. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, nuestro salvador.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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