20 de Septiembre de 2026
Decimoséptimo domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 145:1-8; Jonás 3:10–4:11; Filipenses 1:21-30; Mateo 20:1-16
Título: Dios reparte sus dones según su soberana voluntad
Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta oportunidad vamos a reflexionar acerca del Evangelio según Mateo, capítulo 20, versículos del 1 al 16.
En una oportunidad me contaron sobre un documental de televisión que describía cómo algunos hacendados en el sur de Francia contratan personal para la cosecha de uvas.
La secuencia era la siguiente: el dueño de la plantación daba instrucciones a su caporal para ir al pueblo más cercano a buscar obreros, en su mayoría migrantes de varios países de Europa, dispuestos a trabajar arduamente en la recolección. En la plaza de la localidad, varios hombres esperaban ansiosos para ganarse el sustento diario. Inmediatamente subían al transporte hacia la hacienda para hospedarse en los dormitorios durante la recolección. Al día siguiente, el mayoral hacía el mismo recorrido, recogía nuevos trabajadores y regresaba a la finca. Al llegar el fin de semana, procedía, como dicta la justicia humana, a pagar a cada uno estrictamente según los días y horas efectivamente laboradas. En nuestra sociedad, este sistema es lógico: se asignan recursos correspondientes al esfuerzo del hombre. De lo contrario, sería imposible sostener la producción.
Sin embargo, el Reino de los Cielos no opera bajo las leyes del mercado humano, sino bajo la economía de la gracia de Dios.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta una parábola donde el dueño de una viña contrata jornaleros a diferentes horas: al amanecer, a las nueve de la mañana, al mediodía, a las tres de la tarde y, finalmente, a las cinco de la tarde. Al llegar la noche, comienza a pagarles empezando por los últimos. La sorpresa, indignación y sentimiento de estafa de quienes habían trabajado todo el día bajo el sol fue enorme, al ver que los que solo trabajaron una hora recibieron exactamente lo mismo: un denario. Cualquiera de nosotros, bajo una lógica puramente humana, diría: «Si yo hubiera sabido eso, me aparezco a la última hora».
La parábola comienza diciendo: «Sucede con el reino de los cielos como…». Esta introducción nos obliga a desaprender nuestros criterios de justicia humana para entender la justicia divina. Jesús nos muestra, en primer lugar, la discriminación en la que caemos cuando una persona es convertida a la fe a una edad avanzada o tras una vida difícil. Muchos suelen comentar, desde una garrafal ignorancia espiritual: «¡Qué fácil! Después de haber vivido una vida desenfrenada, ahora que está viejo se mete a cristiano», añadiendo calificativos maliciosos.
Esas reacciones de queja y envidia no son nuevas; son la misma actitud que vemos en las lecturas de hoy:
La queja de Jonás: El profeta Jonás se enfureció y se quería morir porque Dios tuvo misericordia de la gran ciudad de Nínive cuando esta se arrepintió (Jonás 3:10-4:11). Jonás sentía que ellos no merecían la salvación. Pero Dios le confronta recordando que Él es soberano y que tiene compasión de quien quiere, porque su amor va más allá de nuestros estrechos límites nacionales o morales.
La generosidad del Señor: Ante la protesta de los obreros de la primera hora, el dueño de la viña responde: «¿Es que no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O te da envidia que yo sea bueno?». El Salmo 145:1-8 responde a esto con alabanza, recordándonos que «el Señor es clemente y compasivo, lento para la ira y grande en amor». Su bondad no se calcula con tarjeta de asistencia; se desborda por pura gracia.
La justicia de los hombres da a cada uno lo que merece; la gracia de Dios da lo que no merecemos. Si Dios nos pagara estrictamente por nuestras obras y antigüedad, ninguno de nosotros alcanzaría la salvación. El denario que reciben todos los obreros por igual es el don de la vida eterna, la justificación y el amor del Padre.
Por eso, el apóstol Pablo comprendió perfectamente esta soberanía en su carta a los Filipenses 1:21-30. Para Pablo, la vida ya no se trata de ganar méritos propios, sino de Cristo: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». Él no está compitiendo por quién trabaja más o quién sufre más; su único anhelo es que Cristo sea glorificado, ya sea por su vida o por su muerte, llamando a la iglesia a vivir de una manera digna del evangelio, en unidad y sin temor.
Hermanos, la lección que nos regala Jesús es que Dios es un pagador y mayordomo perfecto. Él reparte sus dones según su soberana voluntad y jamás debemos comparar su proceder con nuestras reglas humanas. Si usted ha sido un discípulo fiel desde su juventud, ¡excelente, gloria a Dios! Pero sepa que la persona que se postra de corazón a los pies del Señor en la tercera edad, o en su último suspiro, tiene el mismo derecho de ser llamada hijo de Dios, porque la salvación es un regalo inmerecido, no un salario acumulado.
Como dice la Escritura: «Los últimos serán primeros, y los primeros, últimos». No midamos el amor de Dios con la regla de nuestro propio egoísmo. Alegrémonos cuando la gracia alcance a otros, porque esa misma gracia es la que nos sostiene a nosotros cada día.
Oremos:
Eterno y amantísimo Padre celestial, hoy venimos a ti para pedirte un corazón humilde, libre de envidias y lleno de gratitud. Te pedimos comprensión y paciencia ante la soberana repartición que haces de tus dones y misericordias. Ayúdanos a no mirar con malos ojos tu infinita bondad hacia los demás, sino a regocijarnos porque tu gracia nos alcanza a todos por igual. Que nuestras vidas sean un reflejo de tu generosidad. En el precioso nombre de tu Hijo Jesús.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


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