01 de Noviembre de 2026
Vigésimo tercer domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 43; Miqueas 3:5-12; 1 Tesalonicenses 2:9-13; Mateo 23:1-12
Título: La Cruz que nivela el suelo
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Que la gracia, la paz y la misericordia de Dios nuestro Padre, y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Amén.
El texto del Evangelio de hoy nos confronta con una de las realidades más dolorosas pero necesarias de la vida cristiana: el peligro de la hipocresía y la tentación del legalismo. En Mateo 23:1-12, Jesús se dirige tanto a la multitud como a sus discípulos para desenmascarar las actitudes de los escribas y fariseos. El Señor reconoce que estos hombres enseñan con una autoridad legítima, la «cátedra de Moisés»; pero de inmediato establece una línea divisoria tajante: una cosa es transmitir la letra de la Ley y otra muy distinta es usarla como un instrumento de opresión y auto exaltación.
Jesús denuncia con absoluta claridad los detalles de esta conducta: imponen cargas pesadas difíciles de soportar, pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas. Buscan la notoriedad pública, ensanchan sus filacterias, alargan los flecos de sus mantos y se deleitan en los primeros asientos de las sinagogas y los banquetes. Desean ser llamados «Maestros», «Padres» y «Guías», no para la gloria de Dios, sino para saciar su propia sed de arrogancia, control y popularidad.
Esta denuncia no es nueva en la historia del pueblo de Dios. Ya el profeta Miqueas, en nuestra primera lectura, alzaba la voz contra los falsos profetas y líderes de su tiempo que adivinaban por dinero y predicaban una falsa paz mientras devoraban al pueblo, diciendo arrogantemente: «¿No está el Señor entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros». Al igual que en los días de Miqueas, el peligro no radica solo en el error doctrinal abierto, sino en la perversión del oficio sagrado para el beneficio propio.
Frente a este abuso de autoridad, la teología luterana nos ofrece una clave fundamental para entender las palabras de Jesús: la correcta distinción entre la Ley y el Evangelio. Los fariseos utilizaban la Ley no para mostrar el pecado y llevar a las personas al arrepentimiento, sino como un sistema de control moralista. Inventaban un cumplimiento exacerbado de normas humanas para dominar la voluntad del creyente, una característica que hoy en día define a las sectas peligrosas.
Martín Lutero nos recordaba con frecuencia que todos nosotros somos simul iustus et peccator (simultáneamente justos y pecadores). Ningún líder eclesiástico, ningún pastor, obispo o laico está exento de la caída. Cuando un predicador se aparta de la comunión diaria con la Palabra y de la gracia de Dios, se vuelve vulnerable al «gran cazador», a ese enemigo que anda como león rugiente buscando a quien devorar. El peligro se duplica cuando estos líderes se tornan «idolatrables», desviando la mirada de la cruz de Cristo hacia sus propias personas y ministerios.
Por eso las palabras de Jesús resuenan con tanta contundencia: «No permitan que los llamen maestros; porque uno solo es su Maestro, el Cristo, y todos ustedes son hermanos. Y no llamen padre a nadie en la tierra; porque uno solo es su Padre, el que está en los cielos».
Esto no anula el orden de la iglesia ni el respeto a los ministerios instituidos por Dios, sino que destruye toda jerarquía espiritual de superioridad. Ante Dios, el suelo está perfectamente nivelado al pie de la cruz. No hay cristianos de «primera clase» ni líderes inmunes al pecado.
Como contraste perfecto a la arrogancia farisaica, el apóstol Pablo nos muestra en la epístola de hoy (1 Tesalonicenses 2:9-13) el verdadero rostro del liderazgo cristiano. Pablo no exigió honores ni buscó ser una carga; al contrario, trabajó de noche y de día proclamando el Evangelio con una actitud tierna, transparente y santa. ¿Por qué? Porque el verdadero servicio no busca ser enaltecido, sino servir. Como concluye Jesús: «El que es el mayor entre ustedes, será su siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Hermanos, la humildad cristiana no es una virtud que podamos fabricar por nuestras propias fuerzas morales. La verdadera humildad nace cuando miramos a Jesucristo, el único y verdadero Guía, quien siendo el más grande se hizo el más pequeño. Él no nos impuso cargas insoportables; al contrario, tomó sobre sus propios hombros la carga insoportable de nuestros pecados y la llevó hasta la cruz para darnos salvación y descanso.
En los momentos de duda o persecución espiritual, podemos orar como el Salmista en el Salmo 43: «Hazme justicia, oh Dios... Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán». Que nuestra confianza no descanse en líderes humanos imperfectos, sino en la luz inalterable de la Palabra de Dios.
Oremos:
Roguemos hoy al Señor que nos preserve de la hipocresía, del legalismo opresor y de las enseñanzas sectarias. Que nos conceda pastores y líderes fieles que sigan el ejemplo de Cristo, y que a cada uno de nosotros nos mantenga siempre firmes en la fe, con corazones humildes y agradecidos, reconociendo que solo en Dios tenemos a nuestro único Maestro, nuestro amado Padre celestial y nuestro eterno Guía.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!

