12 de abril de 2026
Segundo Domingo de Pascua.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 118:1-2, 14-24; Jeremías 31:1-6; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-18
Título: Herencia Viva en las Llagas de Cristo
Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre, y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, sea con todos ustedes. Amén.
Queridos hermanos en Cristo:
La escena del Evangelio de hoy, según Juan 20, es una de contraste radical. Comienza con miedo y termina con confesión. Los discípulos están encerrados. Tienen las puertas trabadas no por precaución, sino por pavor. Han visto lo que el mundo le hace a la Verdad: la crucifica. Y temen que ellos sean los siguientes.
Pero en medio de ese encierro, Jesús aparece. No derriba la puerta; simplemente se presenta. Y sus primeras palabras no son de reproche por haberlo abandonado, sino de restauración: «Paz a vosotros».
I. El Testimonio de las Llagas
Jesús les muestra las manos y el costado. ¿Por qué un cuerpo resucitado y glorioso conservaría las cicatrices de la tortura? Porque esas llagas son el recibo pagado de nuestra deuda. Como cristianos, no predicamos a un Jesús abstracto, sino a Cristo crucificado y resucitado. En esas heridas, los discípulos ven que el que está vivo es el mismo que llevó sus pecados en la cruz. Su paz no es un deseo piadoso; es un hecho legal y espiritual: el castigo ha terminado.
II. La Duda de Tomás y la Certeza de la Palabra
Ocho días después, la escena se repite por causa de Tomás. Solemos juzgar a Tomás, pero él solo pedía lo que los otros ya habían tenido: ver para creer. Sin embargo, Jesús usa a Tomás para darnos una bendición a nosotros, los que vivimos dos mil años después: «Bienaventurados los que no vieron, y creyeron»; en esta frase todos nosotros estamos incluídos, porque sin haber visto al Señor hemos recibido la fe que es para salvación eterna.
¿Cómo creemos sin ver? San Pedro nos lo explica en su primera carta (1 Pedro 1:3-9). Él dice que hemos nacido de nuevo para una "esperanza viva" por la resurrección de Jesucristo. Nuestra fe no se basa en nuestra capacidad de visualizar a Jesús, sino en la Palabra de Dios y en la herencia que Él nos ha guardado, una que es «incorruptible, incontaminada e inmarcesible». Aunque ahora no le vemos, le amamos porque su Palabra nos asegura que somos suyos.
III. El Kerigma: La Proclamación de Pedro
En el libro de los Hechos, vemos al Pedro transformado. El hombre que negó a Jesús por miedo ahora se levanta ante la multitud y proclama que a este Jesús, a quien ellos crucificaron, Dios lo ha levantado.
Pedro cita el Salmo 16: «No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción». Pedro aclara que David no hablaba de sí mismo (pues su sepulcro todavía estaba allí), sino que profetizaba sobre Cristo. El Salmo 16 es el grito de confianza del Mesías: «En tu presencia hay plenitud de gozo». Al resucitar a Jesús, Dios Padre ha validado que el camino de la vida está abierto para todos nosotros.
IV. Aplicación: Una Esperanza en el Sufrimiento
San Pedro admite algo real: aunque somos herederos de esta gloria, por un poco de tiempo es necesario que seamos «afligidos en diversas pruebas». La fe cristiana luterana no es una teología de gloria que promete una vida sin problemas. Es una teología de la cruz.
Nuestra fe es probada por el fuego para que sea hallada en alabanza. Cuando sufrimos, cuando dudamos como Tomás, o cuando tenemos miedo como los discípulos tras las puertas cerradas, no miramos hacia adentro de nosotros mismos buscando fuerza. Miramos hacia afuera, a las llagas de Jesús. Miramos al Bautismo, donde fuimos unidos a su resurrección. Miramos a la absolución, donde la misma paz que Jesús dio en el aposento alto se nos entrega hoy: «Tus pecados te son perdonados».
Conclusión
Jesús vino a Tomás no para condenar su duda, sino para darle su presencia. Hoy, Él viene a ti en esta Palabra. No necesitas ver para estar seguro; tienes su promesa, tienes su herencia y tienes su paz.
Cristo ha resucitado, y en Él, tú también has pasado de muerte a vida.
Oremos:
"Señor Dios, Padre de las misericordias, te damos gracias porque por la resurrección de tu Hijo nos has engendrado de nuevo para una esperanza viva. Te rogamos que envíes tu Espíritu Santo a nuestros corazones para que, aunque no veamos ahora a Cristo con nuestros ojos físicos, podamos confesarlo con fe firme como nuestro Señor y nuestro Dios. Guárdanos en la herencia que nos has reservado en los cielos, y fortalécenos en medio de las pruebas de esta vida, hasta que lleguemos a ver tu rostro en la gloria eterna; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor".
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


No hay comentarios.:
Publicar un comentario