03 de Mayo de 2026
Quinto Domingo de Pascua.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 146; Hechos 6–7; 1 Pedro 2; Juan 14
Título: El Camino Trazado por la Piedra Viva
La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús, nuestro Señor. Amén.
Querida familia en Cristo de La Iglesia Jesús El Buen Pastor de Lechería, nos encontramos en la quinta semana de este tiempo de victoria que llamamos Pascua. El ambiente en la iglesia todavía resuena con el eco del sepulcro vacío, pero las lecturas de hoy nos invitan a dar un paso más allá de la tumba abierta. Hoy se nos habla de estructura, de servicio, de identidad y, sobre todo, de un destino seguro. En un mundo donde los cimientos parecen desmoronarse y, donde las directrices que se nos ofrecen son tan variadas como confusas, la Palabra de Dios se levanta hoy con una claridad meridiana.
Si observamos el pasaje de Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado, vemos a la Iglesia primitiva en un momento de tensión. No todo era una armonía angelical. Había quejas, había necesidades desatendidas y había la urgencia de organizar el servicio para que la Palabra no fuera descuidada. Los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, proponen la elección de siete hombres de buen testimonio para el diaconado. Entre ellos destaca Esteban, un hombre lleno de gracia y de poder. Sin embargo, lo que comienza como una solución administrativa termina en el primer martirio de la fe cristiana.
¿Por qué es relevante esto para nosotros hoy? Porque la historia de Esteban nos muestra que seguir a Jesús, el Camino, no es un sendero de comodidad, sino de verdad. Esteban no murió por organizar mesas, murió por dar testimonio de que Jesús es el cumplimiento de toda la historia de la salvación. En su discurso ante el concilio, que la lectura de hoy resume con sus palabras finales, Esteban señala la dureza de corazón de aquellos que resisten al Espíritu Santo. Su muerte, apedreado fuera de la ciudad, refleja de manera casi exacta la pasión de su Maestro. Al igual que Jesús, Esteban se encomienda a Dios y pide perdón por sus ejecutores. Aquí vemos la primera aplicación práctica de ser una «piedra viva» en el edificio de Dios.
Esta metáfora de la construcción nos lleva directamente a la epístola de San Pedro. El apóstol nos dice que nos acerquemos a Él, a la piedra viva, desechada por los hombres, pero para Dios escogida y preciosa. Pedro está usando un lenguaje arquitectónico para describir nuestra identidad espiritual. En el mundo antiguo, la piedra angular era la que determinaba el ángulo y la estabilidad de todo el edificio. Si esa piedra estaba mal colocada, toda la estructura caía. Cristo es esa piedra. Para el mundo, Jesús es a menudo una piedra de tropiezo, algo molesto que interfiere con los planes humanos y la autonomía del ego. Pero para nosotros, los que creemos, él es el fundamento precioso.
Pedro no se detiene ahí. Él nos dice que nosotros también, como piedras vivas, estamos siendo edificados como una casa espiritual. Fíjense en la belleza de esta imagen: no somos piedras sueltas tiradas en un campo, sino que estamos siendo integrados en algo más grande. Hermanos, cada uno de ustedes, con sus talentos, sus sufrimientos y su fe, tiene un lugar específico en este templo que Dios está construyendo. Y el propósito de esta construcción es que seamos un «real sacerdocio» y una «nación santa». El objetivo de nuestra vida no es simplemente sobrevivir o buscar la felicidad personal, sino anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.
Sin embargo, para poder ser ese pueblo escogido, necesitamos saber hacia dónde vamos y en quién confiamos. El Salmo 146 nos da la advertencia necesaria mostrándonos una pequeña brújula vivencial: «no confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación». ¡Cuánta verdad contienen estos versos para nuestra época! Ponemos nuestra esperanza en líderes políticos, en sistemas económicos o en nuestra propia capacidad de gestión, solo para descubrir que, cuando el último aliento del hombre sale de su ser, sus planes perecen. El salmista nos redirige: «bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob». Confiar en el Señor es, nada más y nada menos que confiar en el creador del cielo y de la tierra, aquel que hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos. Este es el Dios que sostiene el edificio de la Iglesia.
Hermanos, todo esto converge en las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan. Veamos la imagen completa: estamos en el aposento alto, en la noche en que fue entregado. Los discípulos están angustiados. Jesús les ha dicho que se va, y el miedo al abandono llena el aire. Es entonces cuando escuchamos una de las promesas más reconfortantes de toda la Escritura: «no se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». Jesús no les ofrece un mapa detallado de los eventos futuros, les ofrece su persona.
«En la casa de mi Padre muchas moradas hay», dice el Señor. Esta frase ha sido a menudo malinterpretada como si el cielo fuera un hotel con muchas habitaciones. Pero en el contexto bíblico, esto habla de pertenencia y de comunión permanente. Ir a la casa del Padre es volver al hogar para el cual fuimos creados. Y cuando Tomás, con esa honestidad que a veces nos falta a nosotros, dice: «Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?» Jesús responde con la declaración central de nuestra fe, poniendo a un lado toda brújula o mapa: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».
Analicemos estas tres palabras: Camino, Verdad y Vida. En un mundo de variedades y diversidades, esta exclusividad de Jesús suele ser vista como una ofensa. Pero para el pecador que está perdido, un camino exclusivo no es una restricción, es un rescate. Si estás perdido en un bosque denso y oscuro, no necesitas diez opciones diferentes de senderos que podrían llevarte a ninguna parte; necesitas el único sendero que realmente sale a la luz. Jesús es el camino porque en su encarnación él unió la tierra con el cielo. Él es el camino porque en su muerte él pagó la deuda que nos impedía el acceso a la presencia de Dios. Él es el camino porque en su resurrección él derrotó al último enemigo, la muerte, abriendo las puertas que estaban cerradas desde la caída en el jardín del Edén.
Él es la verdad. No es simplemente una verdad filosófica o una serie de proposiciones lógicas. Él es la verdad personificada. En un tiempo donde se habla de «mi verdad» y «tu verdad», la Verdad de Cristo permanece inmutable. Él revela quién es Dios realmente: un Padre misericordioso que no escatimó a su propio Hijo. Y también revela quiénes somos nosotros: criaturas amadas, aunque caídas desde el jardín del Edén, que necesitan desesperadamente la gracia. Al estar en Cristo, dejamos de vivir en la ilusión de nuestra propia autosuficiencia y empezamos a caminar en la realidad del reino de Dios.
Y él es la vida. Esta es la vida de la cual habla San Pedro al llamarnos piedras «vivas». No es simplemente una existencia biológica, es la vida eterna que comienza aquí y ahora a través del bautismo. Es una vida que no termina con el último suspiro, como vimos en el caso de Esteban. Cuando Esteban caía de rodillas bajo la lluvia de piedras, no estaba perdiendo la vida, estaba entrando plenamente en la vida eterna de la cual ya disfrutaba. Sus ojos vieron los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios Padre. Jesús es la vida que devora la muerte.
La conexión entre estas lecturas es profunda. Para nosotros ser el pueblo que San Pedro describe, debemos caminar por el sendero que Jesús traza en Juan 14. Ese camino a veces nos llevará a situaciones de conflicto como las de Hechos 6 y 7, donde nuestra fe será puesta a prueba. Pero incluso en medio de la persecución o del rechazo del mundo, no tenemos por qué desfallecer. ¿Por qué? Porque, como dice el salmo y el Antiguo Testamento en general de manera recurrente: el Señor guarda a los extranjeros, sostiene al huérfano y a la viuda, y su reino es por todos los siglos.
Hermanos, a menudo, nuestra vida cristiana se siente como la de los discípulos en el aposento alto: turbada. Nos turban las noticias del mundo, nos turban los problemas de salud, nos turban las divisiones en la sociedad y en la misma iglesia. Jesús nos mira hoy a los ojos a través de su Palabra y nos repite: «no se turbe tu corazón». Él ha ido a preparar lugar para nosotros. El hecho de que Cristo haya ascendido y esté a la diestra del Padre significa que nuestra humanidad ya tiene un lugar en el corazón de la divinidad. Nuestra llegada al hogar celestial no es una posibilidad incierta, es una realidad garantizada por la palabra de aquel que no puede mentir.
Felipe le pidió a Jesús: «Señor, muéstranos el Padre, y nos basta». Nosotros a veces pedimos lo mismo. Queremos una señal espectacular, una visión milagrosa o una prueba irrefutable de que Dios está con nosotros. Jesús le responde a Felipe, y nos responde a nosotros: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Si quieres saber cómo es el corazón de Dios para contigo, mira a la cruz. Si quieres saber cuán dispuesto está Dios a perdonarte, escucha las palabras de Jesús en el evangelio. Si quieres saber qué planes tiene Dios para tu futuro, mira a la tumba vacía. En Jesús tenemos todo lo que necesitamos conocer sobre el Padre.
Por lo tanto, amada congregación, esta semana les invito a vivir como piedras vivas. No os quedéis estancados en el lodo de la desesperanza ni en el polvo de la rutina. Ustedes han sido rescatados de las tinieblas. Tienen un propósito que trasciende su ocupación diaria o su situación familiar. Son parte de un edificio eterno. Cuando sirven al prójimo, como lo hacían los siete diáconos en Hechos, estáis manifestando la luz de Cristo. Cuando mantienen su integridad en un ambiente de trabajo difícil, están mostrando la Verdad. Cuando consuelan al afligido con la esperanza de la resurrección, están compartiendo la vida.
Recuerden que el camino no es una idea, es una persona. Seguir a Jesús significa confiar en su palabra incluso cuando no vemos el final del sendero. Significa orar en su nombre, sabiendo que él es nuestro mediador ante el Padre. Significa acudir a su mesa, donde esa misma Piedra Viva se nos da como pan de vida para fortalecernos en la jornada.
Que este tiempo de Pascua no sea solo un recuerdo histórico, sino una realidad presente en vuestra vida diaria. Que la certeza de que Jesús es el camino les dé paz en la incertidumbre. Que la firmeza de que él es la verdad les dé valor ante la mentira. Y que la alegría de que él es la vida les dé esperanza ante la tumba.
Porque el Señor reina para siempre, tu Dios, oh Sión, de generación en generación, Salmo 146:10
Oremos
Amado Padre celestial, te damos gracias por habernos revelado a tu Hijo, Jesucristo, como el único camino hacia tu presencia. Te pedimos que, por tu Santo Espíritu, nos mantengas firmes en esta fe, para que no nos dejemos engañar por las falsas promesas del mundo ni por la confianza en los hombres. Ayúdanos a ser piedras vivas en tu santa Iglesia, sirviendo con amor y dando testimonio de tu luz en medio de las tinieblas. Fortalece a los que están turbados, consuela a los que sufren y mantén nuestra mirada fija en las moradas que has preparado para nosotros. Que nuestras vidas anuncien siempre tus virtudes, hasta que lleguemos a ver los cielos abiertos y disfrutemos de la vida eterna en tu gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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