10 de Mayo de 2026
Sexto Domingo de Pascua.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmos 66:8-20; Hechos 17:22-31; 1 Pedro 3:13-22; Juan 14:15-21
Título: La promesa del Consolador: Nunca más huérfanos
Amados hermanos y hermanas en nuestro señor Jesucristo, que la gracia y la paz de Dios el padre, de su Hijo nuestro salvador y del Espíritu Santo, el Consolador prometido, estén con cada uno de ustedes hoy y siempre. Nos reunimos hoy bajo el amparo de la Palabra eterna, esa Palabra que es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino. En este día, las lecturas que la Iglesia nos propone nos llevan a considerar la profundidad de la relación que Dios ha establecido con nosotros, una relación que no se basa en nuestros méritos, sino en su amor incondicional y en la obra redentora de Cristo. Nuestra Iglesia, y específicamente nuestras confesiones, se aferran con firmeza a la distinción entre la ley y el evangelio, y en los textos de hoy vemos esta distinción brillar con una claridad que nos da vida.
Al observar el libro de los hechos de los apóstoles, encontramos al apóstol Pablo en Atenas. Él está rodeado de ídolos y de personas que buscan ansiosamente la verdad en la sabiduría humana. Pablo les habla del Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay. Les dice que Dios no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres como si necesitara de algo, pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Este pasaje nos confronta con la majestad de Dios y nuestra total dependencia de él. Pablo señala que Dios ha fijado un día en el cual juzgará al mundo con justicia por aquel varón a quien designó, acreditándolo ante todos al haberlo levantado de los muertos. Aquí vemos la ley que nos llama al arrepentimiento y el evangelio que nos presenta a Cristo resucitado como nuestra única esperanza ante el juicio venidero.
El salmo 66 nos invita a bendecir a nuestro Dios y a hacer oír la voz de su alabanza. El salmista reconoce que Dios ha preservado la vida de nuestra alma y no permitió que nuestros pies resbalaran. Aunque nos ha probado como se prueba la plata, y nos ha hecho pasar por el fuego y por el agua, al final nos ha sacado a la abundancia. Esta es la experiencia del cristiano: una vida de pruebas bajo el cuidado soberano de Dios. No es una vida libre de dolor, sino una vida donde el dolor tiene un propósito y donde la liberación es segura gracias a la fidelidad de nuestro padre celestial. Dios escucha nuestra oración y no aparta de nosotros su misericordia, una misericordia que encuentra su máxima expresión en el sacrificio de Jesús.
En la primera epístola de San Pedro, se nos recuerda que Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Pedro conecta esta obra de Cristo con el bautismo, el cual ahora nos salva. En nuestra doctrina luterana, el bautismo no es una simple representación simbólica o una obra que nosotros hacemos para demostrar nuestra fe. El bautismo es un medio de gracia, una obra de Dios en la cual él nos lava, nos regenera y nos da una buena conciencia mediante la resurrección de Jesucristo. Es el arca que nos pone a salvo del juicio, uniendo nuestra vida a la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Por eso, aun cuando suframos por causa de la justicia, podemos estar tranquilos, sabiendo que nuestra identidad y nuestro destino están sellados en las aguas del bautismo.
Llegamos ahora al corazón de nuestra meditación en el evangelio de Juan. Jesús dice: «si me aman, obedezcan mis mandamientos». A menudo, estas palabras se malinterpretan como una condición legalista, como si el amor de Dios dependiera de nuestra obediencia. Pero en la teología luterana, entendemos que la obediencia es el fruto de la fe, no su causa. El amor por Jesús nace de haber sido amados por él primero. Cuando comprendemos que él dio su vida por nosotros, que él nos perdonó y nos rescató de la condenación, nuestro corazón responde con un deseo natural de vivir de acuerdo con su voluntad. Guardar sus mandamientos no es una carga pesada para el que ha sido liberado por el evangelio; es la expresión gozosa de una nueva criatura que encuentra su delicia en la palabra de su Señor.
Jesús sabe que no podemos vivir esta vida de fe por nuestras propias fuerzas. Nuestra naturaleza humana está inclinada al pecado y nuestra voluntad es débil. Por eso, él nos hace una promesa asombrosa: «Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre». Este otro consolador es el espíritu de verdad. La palabra que jesús usa es paracleto, alguien que es llamado a estar al lado de nosotros para ayudarnos, defendernos y fortalecernos. El mundo no puede recibir a este espíritu porque no lo ve ni lo conoce, pero nosotros lo conocemos porque mora con nosotros y estará en nosotros. Esta presencia del Espíritu Santo es lo que nos permite perseverar en medio de un mundo que a menudo es hostil a la fe cristiana.
La promesa continúa con palabras de un consuelo inefable: «no los dejaré huérfanos; vendré a ustedes». En la cultura de aquel tiempo, ser huérfano significaba estar desprotegido, sin herencia y sin identidad. Jesús nos asegura que nunca estaremos en esa condición. Aunque él iba a la cruz, y luego ascendería al cielo, su presencia con su Iglesia es real y constante. Él viene a nosotros hoy a través de su Palabra predicada y a través del Sacramento del Altar. No somos una comunidad que recuerda a un líder muerto del pasado; somos el cuerpo de un Cristo vivo que se manifiesta a los suyos. «Dentro de poco, el mundo no me verá más; pero ustedes me verán; y porque yo vivo, ustedes también vivirán». Nuestra vida está injertada en la vida de Jesús. Su resurrección es la garantía de la nuestra.
Jesús explica que en aquel día conoceremos que él está en su Padre, y nosotros en él, y él en nosotros. Esta unión mística es el regalo supremo de la salvación. A través de la fe, somos uno con Cristo. Sus méritos son nuestros méritos, su justicia es nuestra justicia. Cuando el Padre nos mira, no ve nuestros trapos de inmundicia ni nuestras fallas constantes; ve la perfección de su hijo amado cubriéndonos. Esta es la esencia de la justificación por la fe, el artículo sobre el cual la Iglesia se mantiene en pie o cae. No hay mayor consuelo que saber que nuestra posición ante Dios es segura debido a la obra de Jesús y a la presencia del Espíritu Santo que nos mantiene unidos a él.
El Señor recalca: «El que tiene mis mandamientos, y los obedece, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y me manifestaré a él». Aquí Jesús une el amor, la obediencia y la comunión íntima con Dios. Esta manifestación de Jesús no es algo reservado para unos pocos religiosos, sino que es la realidad diaria de cada cristiano que vive en el arrepentimiento y la fe. Jesús se manifiesta a usted cuando, en medio de su angustia, usted encuentra paz en una promesa bíblica. Él se manifiesta a usted cuando, al recibir la Santa Cena, usted escucha las palabras «dado y derramado por usted para el perdón de los pecados». Esa es la manifestación de Cristo: su gracia aplicada personalmente a su necesidad.
Como Cristianos Luteranos, valoramos profundamente la claridad de las escrituras. Pablo en Atenas no predicó una filosofía oscura, sino que llamó al arrepentimiento basado en hechos históricos. Pedro no nos dio reglas morales abstractas, sino que nos recordó el poder del Bautismo. Y Jesús no nos dejó un sistema de leyes imposibles de cumplir, sino que nos envió al Espíritu Santo. El Espíritu es quien nos convence del pecado, nos señala a Cristo y nos da el poder para amar a nuestro prójimo. Sin el Espíritu Santo, el cristianismo sería solo otra religión de esfuerzos humanos. Con el Espíritu Santo, el cristianismo es la vida de Dios fluyendo a través de personas redimidas.
En el mundo actual, enfrentamos muchos desafíos que intentan hacernos sentir como huérfanos. La presión social, los problemas económicos, las crisis familiares y la misma duda que surge de nuestro propio corazón pueden hacernos pensar que estamos solos. Pero la palabra de hoy nos dice lo contrario. Usted no está solo. El Espíritu de verdad habita en usted. El Padre lo ama con el mismo amor con que ama a su Hijo. Jesús intercede por usted constantemente. Esta es la realidad objetiva de su vida como hijo de Dios, sin importar cómo se sienta en un momento determinado. Los sentimientos cambian, las circunstancias fluctúan, pero la promesa de Jesús permanece firme: «estaré con ustedes para siempre».
Por lo tanto, vivamos con la esperanza que Pedro menciona. Si el mundo nos pide razón de nuestra esperanza, hablemos de aquel que murió y resucitó. Hagámoslo con mansedumbre, sabiendo que nosotros también somos pecadores que dependen totalmente de la gracia. No tenemos nada que no hayamos recibido. Nuestra sabiduría, nuestra fe y nuestra capacidad de amar son regalos del Espíritu Santo. Al compartir nuestra fe, simplemente estamos invitando a otros a participar de la misma mesa de gracia donde nosotros somos alimentados cada semana.
Que esta palabra de Jesús penetre profundamente en sus almas. Que el Espíritu Santo los fortalezca en la fe y los guíe a toda verdad. Recuerden que en su bautismo fueron adoptados en la familia de Dios; ya no son huérfanos, sino herederos del reino de los cielos. Vayan al mundo con la paz que solo Cristo puede dar, sabiendo que el Consolador está con ustedes en cada paso del camino, transformando su obediencia en un acto de amor y su vida en un testimonio vivo de la gloria de Dios.
Oremos
Padre celestial, te damos gracias por tu palabra que nos da vida y por la promesa de tu Hijo de no dejarnos huérfanos; te rogamos que envíes tu Espíritu Santo a nuestros corazones para que, fortalecidos por tu gracia, podamos guardar tus mandamientos con alegría y dar testimonio de nuestra esperanza ante un mundo que te necesita; líbranos de la desesperación y mantennos firmes en la fe hasta el día en que veamos a Jesús cara a cara; por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo dios, por los siglos de los siglos.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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