25 de Octubre de 2026
Vigésimo segundo domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 1; Levítico 19:1-2, 15-18; 1 Tesalonicenses 2:1-8;
Mateo 22:34-46
Título: La distinción entre la Ley (que nos exige y condena) y el Evangelio (que nos rescata y libera en Cristo).
Introducción: El contexto de la trampa
Amados hermanos y hermanas en Cristo:
El pasaje que nos convoca hoy nos sitúa en un ambiente de alta tensión. Venimos de presenciar los intensos debates sobre la autoridad de Jesús, las parábolas de confrontación —como la de los dos hijos, los labradores malvados y el banquete de bodas— y el cuestionamiento sobre los impuestos que meditamos el domingo pasado. Los líderes religiosos están acorralados. Por eso, en esta oportunidad, los fariseos vuelven a la carga con una nueva trampa. Envían a un experto, un maestro de la ley, con una pregunta capciosa: «Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?».
Jesús responde con absoluta claridad, resumiendo toda la voluntad divina en dos dimensiones inseparables: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» y «Ama a tu prójimo como a ti mismo».
1. La Ley: El orgullo del cumplimiento y la desaparición del amor
Los fariseos y maestros de la ley esperaban una discusión teológica abstracta o una justificación para su propio sistema de méritos. En las distintas sectas israelitas de la época, lo realmente valioso era cumplir con una lista interminable de mandatos conductuales. Al centrarse tanto en el esfuerzo propio y en las apariencias externas, el orgullo religioso se apoderó de ellos. Trágicamente, en las vidas de estos personajes, la verdadera manifestación del amor y de la gracia había desaparecido por completo. Confiaban tanto en sus propias obras que terminaron ciegos; para ellos se volvió increíble e insignificante la idea de que el Mesías estuviera frente a sus ojos.
Hoy, en el Día de la Reforma Protestante, recordamos que este es exactamente el mismo peligro que denunció el monje Martín Lutero en el siglo XVI. En la Edad Media, los representantes de la iglesia dominante sometían al pueblo a una tiranía espiritual a través del pago de indulgencias. Por una cantidad de dinero, se prometía disminuir los años de sufrimiento en el purgatorio de un familiar difunto. Se comerciaba con la fe vendiendo reliquias absurdas, como plumas de ganso asegurando que pertenecían al ángel Gabriel. Se utilizaba la Ley de Dios no para guiar, sino para exprimir y manipular la culpa del ser humano.
2. El espejo actual: Los nuevos fariseos
Hermanos, no nos engañemos pensando que el fariseísmo se quedó en el siglo I o en el medioevo. En nuestras iglesias en la actualidad, seguimos conviviendo con fariseos, maestros de la ley y abusadores de la fe. No es necesario profundizar demasiado en los abusos en los que incurren muchas congregaciones hoy en día; basta con mirar unos minutos cualquier plataforma de videos como YouTube para convencernos de lo horroroso de sus prácticas.
Líderes que exigen lo que no dan, que imponen cargas insoportables, que mercantilizan el favor de Dios y que sustituyen el amor al prójimo por el control conductual. La advertencia del Señor resuena firme: «Por sus frutos los conoceréis». Cuando la religión se convierte solo en exigencia humana y manipulación, el Evangelio se apaga y la Ley se deforma.
3. El Evangelio: ¿Quién es el Mesías?
Pero nuestro Señor Jesús no deja la conversación en el terreno de nuestras exigencias. En la segunda parte de nuestro texto, Él toma la iniciativa y confronta a los fariseos con una pregunta clave sobre la identidad del Salvador: «¿Qué piensan del Cristo? ¿De quién es hijo?». Ellos responden mecánicamente lo que dicta la tradición: «De David».
Es entonces cuando Jesús desarma su teología basada en la autosuficiencia humana citando el Salmo 110: «¿Pues cómo es que David, inspirado por el Espíritu, lo llama Señor? Porque David dijo: “El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que yo ponga a tus enemigos debajo de tus pies”. ¿Cómo puede el Mesías descender de David, si David mismo lo llama Señor?».
Aquí brilla el corazón del Evangelio y el misterio de la Encarnación. Sí, Jesús es el Hijo de David en el sentido de su descendencia humana, la naturaleza que asumió por amor a nosotros para poder morir en nuestro lugar. Pero en el ámbito divino, Jesús no es inferior a David; Él es el Dios Eterno, el Hijo de Dios. David mismo dobla la rodilla ante su descendiente porque reconoce que su salvación no proviene de su linaje real, sino de la soberanía de ese Mesías. El Salvador no viene a ayudarnos a cumplir la Ley para salvarnos; viene a cumplirla Él mismo porque nosotros somos incapaces de hacerlo.
Queridos hermanos, la Reforma Protestante no fue una simple discusión histórica; es una necesidad diaria en el corazón del cristiano. La Ley nos muestra la santidad de Dios y acusa nuestro pecado, revelando que jamás podremos amar a Dios y al prójimo a la perfección por nuestras propias fuerzas. Pero allí donde la Ley nos deja mudos y convictos, el Evangelio nos levanta declarando que Cristo ya lo pagó todo en la cruz.
Oración
Roguemos hoy a Dios nos conceda el discernimiento y la sabiduría del Espíritu Santo para identificar cuándo se nos está burlando nuestra fe al predicarnos una religión de puras leyes, méritos y abusos. Pidamos al Señor que sepamos diferenciar siempre la Ley del Evangelio en la práctica, para que vivamos libres en la gracia, firmes en la fe de que somos justificados solo por los méritos de Cristo, y movidos, ahora sí, a un amor genuino hacia nuestro prójimo.
Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


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