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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Vigésimo primer domingo después de Pentecostés - Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos



18 de Octubre de 2026

Vigésimo primer domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 96:1-9; Isaías 45:1-7; 1 Tesalonicenses 1:1-10; Mateo 22:15-22

Título: Honremos las instituciones creadas por Dios: Nuestra ciudadanía en los Dos Reinos

Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Llegamos hoy al vigésimo primer domingo después de Pentecostés. La lectura del evangelio según San Mateo nos presenta una reflexión de vital importancia para el orden de nuestra vida cotidiana, pero que a menudo nos genera tensiones. El texto nos habla acerca del siempre bien ponderado, y para muchos temido, pago de los impuestos. En esta escena, el escenario cambia. Nos alejamos por un momento de los viñedos, de los obreros de la viña, de los banquetes y de las bodas que veníamos meditando en los domingos anteriores, para sumergirnos de lleno en el conflictivo y terrenal asunto de los tributos y la política.

Es natural que nos encontremos con diferentes puntos de vista sobre si es justo o necesario pagar impuestos. Esta disyuntiva y el escepticismo hacia las autoridades se presenta con especial fuerza en nuestra realidad latinoamericana y en los países del Tercer Mundo, donde la corrupción o la desigualdad a menudo nos hacen cuestionar el destino de nuestros recursos.

El pasaje de hoy comienza revelando una triste constante de la condición humana caída: el pecado une a los enemigos para hacer el mal. Vemos cómo dos bandos que se profesaban un desprecio mutuo absoluto, los fariseos (celosos nacionalistas religiosos) y los herodianos (colaboracionistas del imperio romano), se alían con el único propósito de conspirar contra Jesús.

Hermanos, esto lo vemos en nuestra cotidianidad más de lo que quisiéramos. Dos o más grupos que se odian, que no comparten ideologías ni intereses comunes, de pronto abrazan la misma animadversión hacia una entidad benigna o hacia la verdad misma, configurando un pacto de hostilidad sin igual.

Al acercarse a Jesús, estos hipócritas intentan usar la adulación como trampa. Le dicen que saben que enseña la verdad, el camino de Dios, y que habla sin dejarse llevar por la opinión de los demás. En pocas palabras, intentaban acorralarlo diciéndole: «Habla sin restricciones y dinos si es lícito pagar impuesto al César». Si Jesús decía que no, lo acusaban ante las autoridades romanas como un rebelde sedicioso; si decía que sí, perdía el respeto del pueblo judío que odiaba la ocupación romana.

Pero nuestro Señor Jesucristo, siendo el Dios omnisciente que escudriña los corazones, advierte sus malas intenciones. Les llama directamente «hipócritas» y pide que le muestren la moneda del impuesto, un denario. Tras observar detenidamente la moneda, les pregunta de quién es el rostro y la inscripción acuñada en ella. Al responder ellos que es del emperador, Jesús les da una respuesta enérgica, profunda y revolucionaria: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

¿Qué quiso dar a entender Jesús con estas palabras? ¿Cómo se aplica esto a nuestra fe luterana?

Para comprenderlo, la teología luterana nos ofrece una herramienta maravillosa: la Doctrina de los Dos Reinos. Martín Lutero nos enseñó, basándose en la Escritura, que Dios gobierna el mundo de dos maneras distintas. Por un lado, está el Reino de la Mano Izquierda, el reino terrenal, a través del cual Dios preserva el orden del mundo, la justicia civil y la paz exterior mediante las leyes humanas y el gobierno. Por otro lado, está el Reino de la Mano Derecha, el reino espiritual, donde Dios gobierna las conciencias mediante el Evangelio, la gracia y los sacramentos para darnos la salvación eterna.

Como leemos también en Lucas 12:13-14, cuando alguien le pidió a Jesús que intercediera en una disputa familiar diciendo: «Maestro, dile a mi hermano que me dé mi parte de la herencia», Jesús contestó: «Amigo, ¿quién me ha puesto sobre ustedes como juez o partidor?». Con esto, Jesús delimitó claramente las funciones. Él no vino a este mundo a ser un juez civil o un administrador de fincas. Para eso Dios ha instituido el orden político y las leyes humanas.

Debemos entender que los gobiernos terrenales, las leyes y las instituciones de este planeta han sido designados por Dios para ordenar la sociedad y resolver las materias civiles de la mejor manera posible. De esto se desprende que si hay necesidad de partir una herencia, debemos acudir ante los tribunales y las leyes que Dios ha permitido que existan para mantener el orden. Y si es necesario contribuir a sostener el gasto público de nuestra sociedad, para que haya carreteras, hospitales, educación y seguridad, entonces debemos cumplir con las leyes y pagar los impuestos ante las autoridades correspondientes.

El luteranismo nos enseña que el cristiano no vive aislado del mundo. Dios no nos llama a desentendernos de los asuntos civiles, ni a pretender que el reino de este mundo se gobierne con el Evangelio, ni que la Iglesia se gobierne con la espada del Estado. El Señor no nos está pidiendo que sirvamos a dos amos espirituales; la fidelidad total de nuestro corazón pertenece únicamente a Dios Padre. Sin embargo, honrar a Dios implica también honrar los órdenes civiles que Él ha puesto para nuestro cuidado. Cumplir con nuestros deberes ciudadanos es, en el fondo, un acto de amor al prójimo. A través de nuestros impuestos y del respeto a la ley, cooperamos para que nuestro vecino viva en una sociedad segura y ordenada. Esto es parte de nuestra vocación cristiana en el mundo.

Por lo tanto, en nuestro desenvolvimiento social, debemos recordar que nuestra identidad primera es la de ser ciudadanos del reino de Dios, redimidos por la gracia de Cristo. Y desde esa fe, dimensionamos nuestras actitudes y relaciones con la cultura que nos envuelve. Vamos desde Dios hacia el hombre.

Damos al hombre lo que le corresponde por obediencia y amor a Dios, manteniendo un mismo corazón lleno de fe, pero cuidando de reconocer las esferas correctas: la obediencia civil al César en lo terrenal, y la adoración absoluta a Dios en lo eterno. Si el César llegara a pedirnos lo que solo le pertenece a Dios, nuestra fe, nuestra conciencia o la violación de sus mandamientos, entonces obedeceremos a Dios antes que a los hombres. Pero mientras la autoridad civil cumpla su propósito de mantener el orden, la honramos como un instrumento de la providencia divina.

Oremos:

Dios Padre eterno, te damos gracias por sostener nuestras vidas tanto en lo espiritual como en lo terrenal. Te pedimos que nos colmes de inteligencia y sabiduría para acudir y respetar las instituciones que tú nos has dado para el orden de nuestra sociedad. Ayúdanos a ser ciudadanos responsables y fieles reflejos de tu amor en el mundo, honrándote a ti por encima de todas las cosas y sirviendo a nuestro prójimo con integridad. Por Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. 

Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


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