08 de Noviembre de 2026
Vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 70; Amos 5:18-24; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13
Tema de hoy: El aceite de la fe y la hora inesperada
Queridos hermanos y hermanas en la fe, la gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo estén con cada uno de ustedes hoy y siempre.
Nos reunimos en este vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés, un tiempo propicio para reflexionar en las promesas eternas de Dios y en la realidad de nuestra vida terrenal a la luz de su palabra. La liturgia de este día nos invita a levantar la mirada hacia el horizonte de la eternidad, llamándonos a una santa expectación. El clamor de nuestros corazones se une al del antiguo salmista cuando en el Salmo 70 exclama con urgencia: «¡Dios mío, ven a salvarme! ¡Señor, ven pronto a socorrerme!». Este ruego no nace de la desesperación sin rumbo, sino del reconocimiento absoluto de nuestra propia debilidad y de la total dependencia que tenemos de la intervención salvadora de nuestro Dios. Es el grito de un corazón que sabe que no puede salvarse a sí mismo y que aguarda con fe el auxilio divino.
El profeta Amós, en el Antiguo Testamento, nos lanza una advertencia sumamente seria y profunda que sacude toda falsa seguridad religiosa. En Amós 5:18-24, el profeta confronta a aquellos que desean con ligereza el día del Señor, pensando que ese momento será de victoria automática por el simple hecho de pertenecer exteriormente al pueblo elegido. El profeta nos recuerda que el día del Señor es oscuridad y no luz. Dios mismo declara a través de su mensajero que rechaza las fiestas solemnes y los sacrificios externos cuando estos están vacíos de un verdadero fruto, y nos dice de manera contundente: «¡Quiero ver correr la justicia como el agua, y la rectitud como un torrente inagotable!». Esta palabra nos confronta de forma directa, pues nos muestra que el juicio de Dios penetra las apariencias y busca la verdad en lo íntimo, desenmascarando cualquier intento humano de justificarse por medio de ritos, obras propias o méritos externos.
Por otro lado, la epístola de hoy nos ofrece un bálsamo de consuelo inquebrantable frente a la muerte y la incertidumbre del futuro. En 1 Tesalonicenses 4:13-18, el apóstol Pablo nos instruye con ternura para que no estemos tristes como los otros, los que no tienen esperanza. La base de nuestra confianza es sólida y descansa enteramente en la obra de Cristo, pues la escritura afirma con poder: «Si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios unirá a Jesús a los que murieron creyendo en él». Esta es la gran promesa que sostiene a la iglesia visible en la tierra: la muerte no tiene la última palabra. Cuando nuestro Salvador regrese, los que murieron en él resucitarán primero, y nosotros seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire. La consecuencia final de esta maravillosa obra de gracia se resume en una frase eterna: «Y así estaremos siempre con el Señor». Esta certeza debe ser nuestro consuelo mutuo en medio de las tribulaciones del tiempo presente.
Sin embargo, el núcleo de la instrucción divina para nosotros hoy, se encuentra de manera muy especial en el santo evangelio según Mateo 25:1-13. Jesús nos introduce en los misterios del fin de los tiempos utilizando una parábola que dibuja simbólicamente los acontecimientos finales, bajo el tema de unas damas de honor descuidadas. El Salvador inicia su relato diciendo: «Sucederá entonces con el reino de los cielos lo que sucedió con diez muchachas que tomaron sus lámparas y salieron a recibir al novio». En el contexto de las bodas de la época judía, las jóvenes solteras de la comunidad solían acompañar y atender a la novia, esperando la llegada del esposo. Al colocar a estas diez muchachas esperando directamente al novio, nuestro Señor utiliza un recurso pedagógico muy inteligente. Exagera e invierte los detalles cotidianos con el único propósito de captar la atención absoluta de sus oyentes y manifestar el interés profundo que tiene en que el mensaje de salvación sea asimilado con toda fidelidad por cada uno de nosotros.
La narración divide a estas diez jóvenes en dos grupos claramente definidos por su actitud: «Cinco de ellas eran descuidadas y cinco previsivas». El texto bíblico nos aclara de inmediato en qué consistía la diferencia fundamental entre ambos grupos: «Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite de reserva; en cambio, las previsivas llevaron vasijas con aceite, además de sus lámparas». A primera vista, todas las muchachas parecían exactamente iguales. Todas vestían ropas de fiesta, todas tenían lámparas en sus manos, todas formaban parte del cortejo nupcial y todas compartían el mismo propósito de recibir al esposo. Ninguna de las diez pretendía quedarse fuera de la celebración.
El elemento que pone a prueba la realidad de cada una de ellas es el tiempo y la aparente tardanza del esposo. La parábola continúa relatando que: «Como el novio tardaba, todas se cansaron y se durmieron». Debemos notar con suma atención que el sueño afectó a las diez por igual. Tanto las previsivas como las descuidadas se durmieron ante la demora. Esto nos enseña que el sueño aquí no representa necesariamente un pecado de pereza espiritual, sino que simboliza nuestra condición humana y mortal. Vivimos en un mundo donde el tiempo transcurre, donde la iglesia pasa por épocas de espera prolongada y donde todos los seres humanos, creyentes y no creyentes, debemos enfrentar el cansancio físico, el desgaste de los años y, finalmente, el sueño de la muerte física. El problema central no radicó en que se durmieran, sino en lo que poseían dentro de sus vasijas para cuando llegara el momento de despertar.
La calma de la noche se rompe de forma imprevista y estruendosa en medio de la oscuridad profunda: «A medianoche se oyó gritar: ¡Ya viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!». Este grito representa el anuncio escatológico del fin, el retorno glorioso de nuestro Redentor en su segunda venida, un evento que ocurrirá de manera súbita e inesperada para el mundo entero. Al escuchar la voz de alerta, todas aquellas jóvenes se levantaron inmediatamente y comenzaron a preparar sus lámparas para que brillaran con fuerza en el camino. Fue en ese preciso instante de la verdad cuando la terrible realidad de las cinco muchachas descuidadas quedó completamente al descubierto. Al encender las mechas, se dieron cuenta de que la luz se extinguía rápidamente porque no había combustible que la sostuviera.
Desesperadas ante la inminencia del encuentro, las descuidadas recurrieron a sus compañeras y les dijeron: «Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando». La respuesta de las jóvenes previsivas puede parecer a simple vista un acto de egoísmo o falta de caridad, pero encierra una verdad espiritual de un valor absoluto e intransferible: «No, porque entonces no alcanzará ni para nosotras ni para ustedes. Es mejor que vayan a donde lo venden, y compren para ustedes mismas». Hermanos, hay cosas en la vida cristiana que no se pueden prestar ni compartir en el último momento. Nadie puede vivir de la fe de sus padres, nadie puede salvarse por la piedad de su cónyuge y ningún ser humano puede transferir su relación con Dios a otra persona cuando el día del juicio se ha hecho presente. La relación con el Salvador es personal y es un regalo que debe recibirse y custodiarse individualmente en el tiempo de la gracia.
El desenlace de la parábola es trágico para las negligentes. Mientras ellas iban apresuradamente a comprar el aceite, llegó el novio. El texto nos dice con solemnidad: «Las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta». Cuando las otras muchachas llegaron finalmente, tocaron desesperadas a la puerta diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!». Pero la respuesta del esposo fue tajante, terrible y definitiva: «Les aseguro que no las conozco». La oportunidad había pasado para siempre. La puerta de la gracia, que estuvo abierta de par en par durante tanto tiempo, se cerró de forma irrevocable. Jesús concluye la parábola con una aplicación directa para la vida de cada uno de sus oyentes de todos los tiempos: «Manténganse despiertos, porque no saben ni el día ni la hora».
¿Qué es lo que verdaderamente aprendemos en este relato tan profundo de nuestro Señor Jesucristo? Esta es una narración que visiona con claridad los hechos escatológicos y el destino final de la humanidad. El novio de la parábola es, sin lugar a dudas, nuestro Señor Jesús en su segunda venida gloriosa. Las muchachas negligentes representan a aquellas personas que, ignorando el tiempo de la segunda venida de Cristo, se descuidan gravemente en el desempeño de su vida de devoción y adoración a Dios, confiando en una pertenencia puramente externa o nominal a la iglesia.
En cuanto al significado del aceite, a lo largo de la historia de la iglesia se han propuesto diversas explicaciones. Muchos maestros hablan de que se trata de la llenura del Espíritu Santo y de nuestra comunión constante con él; otros opinan que representa la perseverancia final de la que mucho nos hablara Jesús en sus sermones. Haciendo un pequeño corolario de todas estas teorías, se pudiera resumir que el aceite tiene el significado profundo de nuestra devoción a Dios, la cual viene dada única y exclusivamente por el Espíritu Santo que obra la fe en nuestros corazones a través de la palabra y de los sacramentos. El aceite no representa nuestros méritos humanos, sino el don gratuito de la fe verdadera que enciende la lámpara de nuestra vida.
Sin embargo, la triste realidad de nuestra naturaleza humana nos muestra que esta fe suele enfriarse de manera alarmante. La comunión con Dios y la acción del Espíritu Santo en nosotros a veces parece cesar debido al abandono, la apatía y el descuido nuestro por las cosas celestiales. Nos dejamos arrastrar con extrema facilidad por el amor a los asuntos de este mundo, por las ansiedades de la vida cotidiana, por la búsqueda de riquezas materiales y por los placeres temporales que ofrece una sociedad que vive de espaldas a su Creador. Cuando descuidamos la lectura de la palabra de Dios, cuando abandonamos la oración y nos alejamos de la comunión fraterna donde se nos entrega el perdón de los pecados, el aceite comienza a escasear en nuestras vasijas y nuestra lámpara empieza a agonizar.
Estar preparados no significa vivir con un miedo paralizante o hacer cálculos matemáticos sobre el fin del mundo. Estar preparados significa vivir cada día de nuestra existencia confiando plenamente en la promesa del perdón y de la redención que se nos ha otorgado por pura gracia. Significa acudir constantemente a la fuente del combustible divino, que es Cristo mismo expuesto en su palabra de amor. La fe viva que el Espíritu Santo sostiene en nosotros es la que mantiene la lámpara encendida en medio de la noche más oscura de este mundo.
Por lo tanto, si no conocemos ni el día ni la hora en que volverá nuestro Señor y Redentor, mantengámonos preparados con nuestros corazones firmes en una devoción genuina y sincera, una devoción que no busque la aprobación de los hombres ni se apoye en la hipocresía externa, sino que rinda frutos abundantes al reino de los cielos como consecuencia natural de la fe que opera por el amor. Que la paciencia del Señor nos encuentre ocupados en las obras de su amor, compartiendo el evangelio con el prójimo y viviendo en la gozosa esperanza de que aquel que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de su regreso triunfal. Amén.
Oremos:
Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque a través de tu santa palabra has encendido en nuestros corazones la lámpara de la fe verdadera por medio de tu Espíritu Santo. Te rogamos humildemente que nos mires con compasión en nuestra debilidad y nos concedas la gracia de tu auxilio constante. Líbranos del descuido, de la indiferencia espiritual y de las distracciones de este mundo que buscan apagar nuestra luz. Concédenos tu Espíritu para que nuestras vasijas estén siempre llenas de tu verdad, y mantén nuestros corazones firmes y vigilantes en la oración. Que cuando tu amado Hijo regrese en su gloria, nos encuentre preparados, con las lámparas encendidas, listos para entrar con él en el banquete eterno de la salvación. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, quien vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


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