04 de enero de 2026
Segundo Domingo después de Navidad.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno
Lecturas: Salmo 147:12–20; Jeremías 31:7–14; Efesios 1:3–14; Juan 1:1–18
Tema de Hoy: Dios se hizo hombre para salvar a los hombres
Todavía estamos celebrando la Navidad. El mundo ya ha pasado página: las luces se apagan, la música cesa, y la rutina vuelve. Pero la Iglesia permanece contemplando un misterio que no se agota en una sola noche: el Verbo eterno se hizo carne y habitó entre nosotros.
Este Segundo Domingo después de Navidad nos invita a mirar más profundamente quién es ese Niño nacido en Belén y qué significa su venida para nosotros hoy.
El Dios que habla a su pueblo
El Salmo 147 nos recuerda que Dios no es un dios silencioso ni distante. “Él envía su palabra a la tierra; veloz corre su palabra”. El Señor habla, actúa y gobierna por medio de su Palabra. A Israel le dio sus estatutos y mandamientos, algo que no concedió a otras naciones.
Pero aquí la Ley nos confronta. Porque aunque Dios ha hablado con claridad, su pueblo, entonces y ahora, muchas veces no ha escuchado.
Hermanos, Dios nos ha dado su Palabra santa, pero la hemos ignorado, relativizado o subordinado a nuestras propias opiniones. Hemos preferido nuestras voces a la suya.
La Navidad no es solo una historia tierna; es también un juicio: Dios vino al mundo, y el mundo no le recibió.
Un pueblo en exilio que es reunido
Jeremías 31 nos sitúa en un momento de profundo dolor. Israel está en el exilio, disperso, humillado, cargando las consecuencias de su pecado. Sin embargo, Dios habla palabras inesperadas: “El que esparció a Israel lo reunirá”.
Hermanos, el Señor no abandona a su pueblo. Él promete consuelo, restauración y abundancia. “Cambiaré su duelo en gozo”. No porque el pueblo lo haya merecido, sino porque Dios es fiel a sus promesas.
Este pasaje apunta más allá del retorno físico del exilio. Apunta a una restauración mayor, definitiva: la venida del Mesías, que reúne no solo a Israel, sino a todos los pueblos.
Bendecidos antes de la fundación del mundo
El apóstol Pablo, en Efesios, eleva nuestra mirada aún más. Nos dice que en Cristo fuimos bendecidos antes de la fundación del mundo, elegidos, adoptados, redimidos por su sangre.
Hermanos, aquí desaparece toda jactancia humana. Nuestra salvación no comienza en el pesebre, ni siquiera en la cruz, sino en el eterno consejo de Dios. Todo es gracia. Todo es don. Todo es “para alabanza de su gloria”.
La Navidad no es el inicio del plan de Dios, sino su cumplimiento visible.
El Verbo eterno se hizo carne
Y entonces escuchamos el majestuoso prólogo de Juan: “En el principio era el Verbo”. Antes de María, antes de Belén, antes de la creación, Cristo ya era. Él no comienza a existir en Navidad; simplemente entra en nuestra historia.
Hermanos, el Verbo se hizo carne. No apariencia. No símbolo. Carne real. Vida humana real. Dolor real. Tentación real. Muerte real.
Aquí está el corazón, el centro del Evangelio navideño: Dios se hizo hombre para salvar a los hombres.
Pero Juan no oculta la tragedia: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”. El rechazo a Cristo no es solo un problema del pasado. Es una realidad presente. Nuestro pecado aún resiste su señorío.
Hijos de Dios por gracia
Sin embargo, el Evangelio resplandece con fuerza: “Mas a todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. No por herencia humana, no por decisión personal autónoma, sino por Dios.
Hermanos, esto es pura gracia. En Cristo, Dios nos adopta, nos da un nuevo nombre, una nueva identidad. Ya no somos huérfanos espirituales ni exiliados sin esperanza. Somos hijos amados del Padre.
Juan lo resume con palabras gloriosas: “De su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia”. No una gracia que se agota, sino una gracia que fluye constantemente desde Cristo hacia su Iglesia.
Navidad continúa hoy
Queridos hermanos, este Segundo Domingo después de Navidad nos recuerda que Cristo sigue habitando entre nosotros. No lo vemos envuelto en pañales, pero lo encontramos donde Él ha prometido estar: en su Palabra, en el Bautismo, en la Santa Cena.
El Verbo hecho carne sigue viniendo a nosotros con perdón, vida y salvación. En medio de un mundo que corre rápido y olvida pronto, la Iglesia permanece recibiendo “gracia sobre gracia”.
Oremos
Te alabamos Señor, como dice el salmo, porque nos ha dado tu Palabra, no escrita solamente, sino encarnada. En Cristo tenemos luz en la oscuridad, consuelo en el exilio y vida eterna más allá de la muerte.
Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!

