25 de enero de 2026
Tercer Domingo después de Epifanía.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 27:1, 4-9; Isaías 9:1-4; 1 Corintios 1:10-18; Mateo 4:12-23
Tema de Hoy: La luz que llama al arrepentimiento
Mateo 4:12–23
Amados hermanos en Cristo:
El evangelio de Mateo nos presenta hoy el inicio del ministerio público de nuestro Señor Jesucristo. No es un comienzo espectacular según los criterios humanos. Jesús no aparece en Jerusalén, ni en los palacios, ni entre los poderosos. Él va a Galilea, a una región despreciada, considerada por muchos como tierra de gentiles. Allí, donde hay oscuridad espiritual, el Hijo de Dios hace resplandecer la luz.
Mateo nos recuerda la profecía de Isaías: “El pueblo que estaba sentado en tinieblas vio gran luz.” Esta luz no es una idea, ni una filosofía, ni una reforma moral. Esta luz es una Persona: Jesucristo mismo, el Salvador prometido.
1. El mensaje central: arrepentimiento y fe
El primer sermón de Jesús se resume en una sola frase:
“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”
Aquí encontramos el corazón de la predicación luterana: Ley y Evangelio.
La Ley nos confronta: estamos en tinieblas, somos pecadores, necesitamos arrepentimiento. No se trata solo de cambiar algunas conductas externas, sino de reconocer delante de Dios que nuestro corazón está corrompido por el pecado y que no podemos salvarnos a nosotros mismos.
Pero junto a la Ley, inmediatamente aparece el Evangelio: “El reino de los cielos se ha acercado.”
Esto significa que Dios mismo viene a nosotros en Cristo. No subimos nosotros al cielo por nuestras obras; es el cielo el que desciende hacia nosotros en la persona del Hijo de Dios.
Aquí está la buena noticia: la salvación es por gracia, mediante la fe, a causa de Cristo, y no por mérito humano.
2. El llamado de los primeros discípulos
Jesús ve a Simón y a Andrés, luego a Jacobo y a Juan. Ellos no estaban buscando un nuevo maestro; estaban trabajando. Sin embargo, Cristo los llama con autoridad divina:
“Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.”
Notemos algo importante: no es el discípulo quien elige al Maestro, sino el Maestro quien llama al discípulo. Así también ocurre con nosotros. No hemos conocido a Cristo por nuestra sabiduría o virtud, sino porque Él nos ha llamado por medio de Su Palabra y de los Sacramentos.
En el Bautismo, Dios nos tomó de la muerte y nos hizo Sus hijos.
En la Santa Cena, Cristo nos alimenta con Su propio cuerpo y sangre para el perdón de los pecados.
Este llamado no es solo a creer, sino también a servir. Los discípulos dejan sus redes, no para ganar el favor de Dios, sino porque ya han sido alcanzados por la gracia de Dios.
3. Cristo predica, sana y restaura
El texto nos dice que Jesús recorría Galilea:
Enseñando en las sinagogas.
Predicando el evangelio del reino.
Sanando toda enfermedad y dolencia.
Esto nos muestra el carácter completo de la obra de Cristo. Él no solo habla palabras de consuelo, sino que actúa con poder. Sus milagros no son simples demostraciones de compasión, sino señales de que el Reino de Dios realmente ha llegado.
Sin embargo, el milagro más grande no es la sanidad del cuerpo, sino el perdón del pecado y la reconciliación con Dios. Todas las sanidades apuntan a la cruz, donde Jesús cargaría con nuestra culpa y vencería definitivamente a la muerte.
4. Aplicación para la Iglesia hoy
La Iglesia no está llamada a inventar nuevos mensajes, sino a proclamar fielmente el mismo mensaje de Cristo:
Arrepentimiento y perdón en Su nombre.
No ofrecemos técnicas de superación personal ni promesas vacías de prosperidad. Ofrecemos lo que el mundo realmente necesita:
el Evangelio puro y los Sacramentos correctamente administrados.
Así como Jesús fue luz en Galilea, la Iglesia es hoy luz en medio de un mundo que sigue caminando en tinieblas. No por nuestra santidad, sino porque Cristo vive en medio de Su Iglesia.
Conclusión
Queridos hermanos, el llamado de Jesús sigue resonando hoy:
“Sígueme.”
Él nos llama a arrepentirnos, a confiar únicamente en Su gracia, y a vivir como testigos de Su Reino. La luz ha brillado en la oscuridad, y la oscuridad no la ha vencido.
Oremos
Que el Espíritu Santo nos mantenga firmes en la fe, y nos conceda perseverar hasta el día en que veamos al Salvador cara a cara.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


No hay comentarios.:
Publicar un comentario