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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Segundo Domingo después de Epifanía - He aquí el Cordero: El Llamado de la Gracia



18 de enero de 2026

Segundo Domingo después de Epifanía.


Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 40:1-11; Isaías 49:1-7; 1 Corintios 1:1-9; Juan 1:29-42


Tema de Hoy: He aquí el Cordero: El Llamado de la Gracia


Introducción

La gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sean con todos ustedes. Amén.

En las lecturas de hoy vemos un hilo conductor que atraviesa toda la Escritura: el movimiento de Dios hacia el hombre. Desde el siervo profetizado en Isaías hasta el testimonio de Juan el Bautista, la Biblia no es un manual de cómo el hombre escala hacia el cielo, sino el registro de cómo Dios desciende al lodo cenagoso para rescatarnos.

I. El Lodo Cenagoso y el Sacrificio Insuficiente (Salmo 40)

El Salmo 40 nos presenta a alguien que clama desde un "pozo de desesperación". Esta es nuestra condición bajo la Ley. Por más que intentemos cumplir los mandamientos, el salmista nos recuerda una verdad incómoda: “Sacrificio y ofrenda no te agradan”.

Dios no busca rituales vacíos ni una obediencia externa que intente comprar Su favor. Bajo la Ley, estamos atrapados en el lodo de nuestro pecado. Pero el Salmo también profetiza a Cristo, aquel que dice: "He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí". Solo Cristo pudo decir: "El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado". Él es el único que cumplió la Ley perfectamente en nuestro lugar.

II. El Siervo que es Luz para las Naciones (Isaías 49)

En Isaías, escuchamos la voz del Siervo del Señor. Este siervo no fue llamado por sus propios méritos, sino que fue formado desde el vientre. Dios le dice que no solo restaurará a Israel, sino que será "luz de las naciones".

Aquí vemos la Elección y el Llamado. Dios no espera a que el mundo esté listo; Él envía a Su Siervo para ser nuestra salvación. Cristo es ese Siervo que, aunque fue despreciado por los hombres, es el único que puede llevar la salvación de Dios hasta los confines de la tierra.

III. El Cordero que Quita el Pecado (Juan 1)

En el Evangelio de Juan, Juan el Bautista nos entrega la declaración fundamental de nuestra fe: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Para la mente judía, el cordero era el animal del sacrificio, cuya sangre cubría el pecado. Pero este Cordero es diferente: Él no solo "cubre", Él quita el pecado. Como luteranos, confesamos que este sacrificio fue universal. Él quitó el pecado del mundo entero. No hay pecado tan grande que la sangre de este Cordero no haya pagado en la cruz.

Noten la dinámica del llamado en este texto. Andrés y el otro discípulo siguen a Jesús porque escuchan el testimonio de Juan. La fe viene por el oír. Jesús les pregunta: "¿Qué buscáis?". Ellos no sabían lo que necesitaban, pero Jesús los invita: "Venid y ved". Así actúa Dios con nosotros en los Medios de Gracia: nos invita a Su Palabra y a Sus Sacramentos para que veamos y recibamos Su perdón.

IV. Fiel es Dios (1 Corintios 1)

Finalmente, San Pablo nos recuerda en 1 Corintios que nuestra seguridad no reside en nuestra propia firmeza, sino en la fidelidad de Dios. Él nos dice que ustedes han sido "santificados en Cristo Jesús" y llamados a ser santos.

¿Cómo se mantiene un cristiano firme hasta el fin? No es por su fuerza de voluntad. Pablo dice que es Dios quien "os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo". Nuestra confianza luterana es esta: Fiel es Dios. Aquel que te llamó por el Evangelio en tu Bautismo es el mismo que te sostendrá hasta la vida eterna.

Aplicación y Conclusión

Hermanos, las lecturas de hoy nos quitan el peso de encima.

  • No tienes que salir del pozo por tus propias fuerzas (Salmo 40).

  • Tu llamado no depende de tu éxito mundano (Isaías 49).

  • Tu pecado ha sido quitado por el Cordero (Juan 1).

  • Tu perseverancia depende de la fidelidad de Dios (1 Corintios 1).

Vayan hoy con la paz de saber que, así como Andrés encontró al Mesías (o más bien, fue encontrado por Él), ustedes han sido encontrados por Cristo en Su Palabra. Él es su roca, su luz y su cordero. 

Oremos

Señor Dios, te damos gracias por el Cordero, Jesucristo, quien quitó nuestra culpa. Te pedimos que, así como llamaste a los primeros discípulos por el testimonio de Juan, nos mantengas firmes en la confesión de Tu nombre, confiando no en nuestras obras, sino en Tu fidelidad que nos sostiene hasta el fin.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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