11 de enero de 2026
Primer Domingo después de Epifanía.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno
Lecturas: Salmo 29; Isaías 42:1–9; Hechos 10:34–43; Mateo 3:13–17
Tema de Hoy: «Este es mi Hijo amado»
Introducción
Amados en Cristo: en el Primer Domingo después de Epifanía, la Iglesia contempla una de las más claras manifestaciones de quién es Jesús y para qué ha venido. Epifanía significa revelación, y hoy esa revelación ocurre a la orilla del Jordán. No encontramos espectáculo ni gloria terrenal, sino al Hijo eterno de Dios haciendo fila entre pecadores. El Bautismo del Señor es una epifanía trinitaria: el Padre habla, el Hijo se humilla y el Espíritu desciende. Aquí Dios se revela tal como es para nosotros: no como un juez distante, sino como el Salvador que entra en nuestras aguas para rescatarnos.
Hermanos: las lecturas de hoy nos colocan a la orilla del Jordán. Allí no encontramos espectáculo ni gloria terrenal, sino al Hijo eterno de Dios haciendo fila entre pecadores. El Bautismo del Señor es una epifanía: Dios se revela tal como es para nosotros. No como un juez distante, sino como el Padre que habla, el Hijo que se humilla y el Espíritu que desciende. Aquí vemos quién es Dios y cómo actúa para salvar.
La voz poderosa del Señor (Salmo 29)
El Salmo 29 nos prepara el oído. “La voz del Señor” resuena sobre las aguas; su voz es poderosa, majestuosa, creadora. Esa misma voz que en el principio dijo “Sea la luz” ahora vuelve a oírse sobre las aguas del Jordán. No es casualidad. Dios crea y recrea por su Palabra, y lo hace mediante el agua unida a su voz. El salmo termina con una promesa: “El Señor bendice a su pueblo con paz”. No con miedo, no con confusión, sino con shalom: vida restaurada. En el Bautismo del Señor, esa paz empieza a desplegarse para el mundo.
El Siervo escogido (Isaías 42:1–9)
Isaías anuncia al Siervo del Señor: escogido, sostenido, en quien Dios se complace. “No gritará, ni alzará su voz… no quebrará la caña cascada”. Así actúa Dios. El Mesías no llega aplastando, sino levantando; no apaga el pábilo que humea, sino que lo aviva. Y su misión es clara: traer justicia, ser luz para las naciones, abrir ojos ciegos y sacar a los cautivos.
Cuando el Padre declara en el Jordán: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, Isaías se cumple ante nuestros ojos. Jesús es ese Siervo. Pero la justicia que trae no es primero una reforma social ni un programa moral; es la justicia de Dios que justifica al pecador. Es una justicia que se recibe como don.
Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34–43)
Pedro confiesa ante la casa de Cornelio algo revolucionario: “Dios no hace acepción de personas”. El Evangelio no es propiedad de un pueblo, una cultura o una clase. Jesús es Señor de todos. Pedro resume la vida, muerte y resurrección de Cristo y añade: “De este dan testimonio todos los profetas: que todos los que en él creen reciben perdón de pecados por su nombre”.
Obsérvese el centro del mensaje apostólico: perdón de pecados. El Bautismo del Señor apunta a esto. Jesús no necesita arrepentirse, pero se coloca donde nosotros debemos estar para cargar con lo nuestro. Así se abre el camino para que el perdón llegue a judíos y gentiles, a cercanos y lejanos, a nosotros hoy.
Jesús en el Jordán (Mateo 3:13–17)
Mateo nos narra el escándalo santo. Juan se resiste: “Yo necesito ser bautizado por ti”. Jesús responde: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia”. ¿Qué justicia es esta? No la justicia que nosotros producimos, sino la justicia que Dios cumple por nosotros.
En el Jordán, Jesús intercambia lugares con los pecadores. Él entra en nuestras aguas para que nosotros entremos en su vida. Allí el cielo se abre. El Espíritu desciende como paloma. El Padre habla. La Trinidad se revela no en abstracción, sino en acción salvadora. Dios se compromete públicamente con nosotros en su Hijo.
Cristo se solidariza con los pecadores
El Bautismo del Señor es el primer paso visible hacia la cruz. El que se sumerge en el Jordán será sumergido en nuestra muerte. El que escucha la voz del Padre será silenciado en el Calvario para que nosotros escuchemos palabras de perdón. Aquí comienza el camino del Siervo sufriente.
Esto nos guarda de dos errores comunes. Primero, pensar que el cristianismo es principalmente un llamado a mejorar. Segundo, creer que Dios nos ama cuando demostramos ser dignos. El Jordán dice lo contrario: Dios ama primero, se acerca primero, carga primero.
Nuestro bautismo en Cristo
Desde una perspectiva luterana, confesamos que el Bautismo no es obra nuestra, sino de Dios. No es símbolo vacío, sino medio de gracia. Porque el mismo Dios que habló sobre las aguas del Jordán habla hoy en su Palabra unida al agua. En el Bautismo, somos unidos a Cristo, a su muerte y a su resurrección.
San Pablo dirá que hemos sido revestidos de Cristo. Así, lo que el Padre dijo de Jesús, por gracia, ahora lo dice de quienes están en él: “Hijo amado”. No porque lo merezcamos, sino porque estamos cubiertos por Cristo.
Vivir desde el Bautismo
¿Qué significa esto para la vida diaria? Significa arrepentimiento continuo y fe. Volver cada día al Bautismo es morir al viejo Adán y resucitar a una vida nueva. No una vida sin luchas, sino una vida sostenida por la promesa.
Cuando la conciencia acusa, el Bautismo responde. Cuando el mundo niega valor, el Bautismo afirma identidad. Cuando el pecado parece tener la última palabra, el Bautismo proclama que pertenecemos a Cristo.
La misión que fluye del Jordán
El Siervo es luz para las naciones. Así también la Iglesia, nacida del agua y la Palabra, es enviada. No con gritos ni imposiciones, sino con el testimonio fiel de Cristo crucificado y resucitado. Como Pedro, confesamos que todo el que cree en él recibe perdón de los pecados.
Nuestra misión no es ofrecer opiniones religiosas, sino entregar a Cristo. No confiamos en técnicas, sino en la voz del Señor que sigue siendo poderosa.
Oremos
Amados hermanos, hoy miramos al Jordán y escuchamos la voz del Padre. Vemos al Hijo que se humilla y al Espíritu que desciende. Aquí está nuestro Dios, actuando para salvar. Pidámosle que nos aferremos a Cristo, volvamos a nuestro Bautismo y caminemos en la paz que el Señor promete a su pueblo.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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