15 de marzo de 2026
Cuarto Domingo en Cuaresma.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 23; 1 Samuel 16:1-13; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41
Título: De la Oscuridad a la Luz: El Regalo de la Vista Espiritual
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
La gracia, la misericordia y la paz de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sean con todos ustedes. Amén.
En el Evangelio de hoy, nos encontramos con un hombre que nació en la oscuridad total. No conocía los colores, ni el rostro de sus padres, ni el brillo del sol. Para los discípulos, este hombre no era una persona sufriente que necesitaba consuelo, sino un problema teológico que resolver. "¿Quién pecó, este o sus padres?", preguntaron.
Esta pregunta revela el corazón humano legalista. Queremos que el sufrimiento sea una ecuación matemática: "Si sufres, es porque hiciste algo malo". Pero Jesús rompe ese esquema. Él no mira el pecado pasado para condenar, sino que mira la miseria humana como el escenario donde las obras de Dios se manifiestan.
I. La Ceguera que no se Ve
Como luteranos, confesamos que, por naturaleza, todos nacemos como este ciego. No solo "un poco cortos de vista", sino, como dice San Pablo en Efesios, éramos tinieblas. No estábamos en la oscuridad; éramos la oscuridad.
El ciego de Juan 9 no podía "decidir" ver. No podía "aceptar la luz" por su propia voluntad. Estaba muerto a la vista. Así es nuestra condición espiritual ante Dios. Nuestra razón y voluntad están tan dañadas por el pecado que, si dependiera de nosotros, nos quedaríamos mendigando en el camino, ciegos a la gracia de Dios.
Peor aún es la ceguera de los fariseos. Ellos tenían ojos físicos, pero estaban sumergidos en la oscuridad del auto-justificación. Ellos creían que veían porque conocían la Ley, pero usaron la Ley no para arrepentirse, sino para juzgar al Salvador. El pecado más peligroso no es ser ciego y saberlo, sino ser ciego y pretender que se ve perfectamente.
II. El Ungüento de la Gracia
¿Cómo actúa Jesús? Él no da un discurso sobre la superación personal. Él actúa físicamente. Escupe en la tierra, hace lodo y lo pone sobre los ojos del hombre. Es un acto extraño, casi "sucio". Pero así es como trabaja nuestro Dios: Él usa medios terrenales y humildes para impartir Sus dones celestiales.
Jesús envía al hombre al estanque de Siloé (que significa "Enviado"). Aquí vemos un eco de nuestro Santo Bautismo. El ciego es lavado y, por la palabra de Jesús unida al agua, regresa viendo. La vista no fue un logro del hombre; fue un regalo puramente gratuito de Cristo, el Enviado del Padre.
En la lectura de 1 Samuel, vemos que Dios no elige según las apariencias externas. Los hermanos de David eran altos y fuertes, pero Dios eligió al pastorcito. Dios no mira lo que el hombre mira; Dios mira el corazón. Y para que podamos ver, Él primero debe darnos un corazón nuevo a través de Su Palabra y Sus Sacramentos.
III. El Buen Pastor en el Valle de Sombra
Una vez que el hombre recupera la vista, su vida no se vuelve más fácil. Es interrogado, sus padres lo abandonan por miedo y, finalmente, los líderes religiosos lo expulsan de la sinagoga.
Aquí es donde el Salmo 23 cobra vida. El hombre está caminando por el "valle de sombra de muerte". Ha sido rechazado por el mundo. Pero el Buen Pastor no lo deja solo. Jesús lo busca. Cuando Jesús se entera de que lo han expulsado, lo encuentra y le pregunta: "¿Crees tú en el Hijo del Hombre?".
El hombre, que ahora ve tanto física como espiritualmente, responde: "Creo, Señor", y le adora. Esta es la fe que el Espíritu Santo obra: una fe que confiesa a Cristo incluso cuando el mundo nos expulsa.
IV. Caminando como Hijos de la Luz
San Pablo nos exhorta en Efesios: "En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; caminen como hijos de luz".
Ser un "hijo de luz" no significa que seamos perfectos por nosotros mismos. Significa que vivimos en el arrepentimiento diario. Significa que cuando la Ley nos muestra nuestra ceguera persistente y nuestro pecado, no huimos de Dios, sino que corremos hacia Cristo, nuestra Luz.
Jesús es la Luz del mundo que fue oscurecida en la Cruz para que nosotros nunca tuviéramos que enfrentar la oscuridad eterna. Él sufrió la ceguera del abandono del Padre para que nosotros pudiéramos ver el rostro de Dios sonriéndonos en gracia.
Conclusión
Hoy, Jesús pasa por aquí a través de Su Palabra. Quizás te sientes como el ciego, mendigando misericordia. Quizás te sientes expulsado o solo. Escucha la voz de tu Pastor. Él te ha lavado en las aguas del Bautismo. Él ha puesto Su Palabra en tus oídos.
No confíes en tu propia "visión" o en tu propia justicia. Confía en Aquel que abrió los ojos del ciego y que ha prometido guiarte por sendas de justicia por amor de Su nombre. La luz de Cristo brilla sobre ti, y en esa luz, caminamos seguros hasta que lo veamos cara a cara en la gloria eterna.
Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús.
Oremos
Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque en tu infinita misericordia has enviado a tu Hijo como la Luz del mundo para rescatarnos de nuestra ceguera espiritual. Te rogamos que, por medio de tu Santo Espíritu, mantengas encendida esa luz en nuestros corazones; para que, purificados por tu gracia y fortalecidos en la fe, podamos caminar seguros entre las sombras de este mundo hasta llegar a tu presencia eterna, donde te veremos cara a cara. Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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