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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Quinto Domingo en Cuaresma - De la Tumba al Triunfo: La Palabra que Recrea la Vida



22 de marzo de 2026

Quinto Domingo en Cuaresma.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 130; Ezequiel 37:1-14; Romanos 8:6-11; Juan 11:1-45.

De la Tumba al Triunfo: La Palabra que Recrea la Vida

Gracia, misericordia y paz a ustedes, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

I. El Diagnóstico Divino: Un Valle de Huesos Secos

El profeta Ezequiel es conducido por el Espíritu a un lugar que nadie desea visitar: un valle lleno de huesos. No son cuerpos recién fallecidos; el texto enfatiza que estaban "secos en gran manera". Esta no es solo una imagen poética de la derrota militar de Israel; es el diagnóstico divino de la condición humana tras la Caída.

Doctrinalmente, como luteranos confesionales, entendemos que el pecado original no es una simple "debilidad" o una "imperfección" que podemos corregir con esfuerzo moral. El pecado es muerte espiritual. San Pablo lo confirma en nuestra segunda lectura: “la mentalidad de la carne es muerte”. Un hueso seco no puede decidir hidratarse; un muerto no puede elegir resucitar.

Aquí la Ley hace su trabajo más severo. Nos pone frente al espejo de la eternidad y nos muestra que, por nosotros mismos, estamos desamparados. El Salmo 130 clama: “Desde lo profundo, oh Jehová, a ti clamo”. Ese "profundo" es el abismo del juicio de Dios contra el pecado. Si Dios llevara cuenta de nuestros pecados, ¿quién podría mantenerse en pie? Nadie. Ni el más piadoso, ni el más activo en la iglesia. Ante la santidad de Dios, todos somos esos huesos calcinados por el sol del juicio.

II. La Pregunta Imposible y la Respuesta de la Fe

Dios le pregunta a Ezequiel: “¿Vivirán estos huesos?”. La lógica humana dice "no". La ciencia dice "no". Pero Ezequiel, en una muestra de humildad teológica, responde: “Señor Jehová, tú lo sabes”.

Esta es la esencia de la fe que confesamos. La vida no depende de la posibilidad humana, sino del conocimiento y la voluntad de Dios. En el Evangelio de Juan, vemos esta misma tensión. Marta sabe que su hermano Lázaro resucitará "en el día postrero", pero Jesús la confronta con una realidad presente: “Yo SOY la resurrección y la vida”.

La muerte de Lázaro no fue un accidente que tomó a Jesús por sorpresa. Él esperó dos días a propósito. ¿Por qué? Para que la gloria de Dios fuera manifestada. Jesús permite que la situación llegue al punto del "hedor" (v. 39), para que no quede duda de que lo que está por suceder no es una recuperación médica, sino una creación nueva.

III. El Medio de Gracia: La Palabra Proclamada

¿Cómo cobran vida los huesos en Ezequiel? ¿Acaso el profeta les dio una charla motivacional? ¿Les pidió que "abrieran su corazón"? No. Dios le ordena: “Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová”.

Para el cristiano, la eficacia de la Palabra es fundamental. Creemos que la Palabra de Dios no solo informa, sino que ejecuta lo que dice. Cuando el pastor dice "Yo te perdono tus pecados", no es un deseo, es un hecho porque es la Palabra de Cristo.

En el valle, mientras Ezequiel hablaba, hubo un ruido, un temblor, y los huesos se juntaron. Pero faltaba algo: el Ruaj, el aliento, el Espíritu.

Esto nos lleva a la centralidad del Espíritu Santo. Como explicamos en el Catecismo Menor, "no puedo, por mi propia razón ni por mis propias fuerzas, creer en Jesucristo, mi Señor, ni venir a él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado por el Evangelio". El Espíritu entra en nosotros a través del oído, a través de la Palabra predicada y los Sacramentos.

IV. El Cristo que Llora y el Cristo que Manda

En el camino a la tumba de Lázaro, vemos la humanidad de nuestro Señor: “Jesús lloró”. Él no es un Dios lejano e impasible. Él se conmueve ante el dolor que el pecado ha traído a su creación. Sus lágrimas son un juicio contra la muerte. Él odia la muerte porque es la enemiga de Su obra creadora.

Pero inmediatamente después de su llanto, vemos Su deidad absoluta. Ante la tumba, da una orden: “¡Lázaro, ven fuera!”. San Agustín decía que Jesús tuvo que llamar a Lázaro por su nombre, porque si solo hubiera dicho "¡Ven fuera!", todos los muertos del cementerio habrían resucitado en ese instante. Tal es el poder de Su voz.

Esta es la promesa para ustedes hoy. Esa misma voz que llamó a Lázaro les llama a ustedes en su Bautismo. En la fuente bautismal, el viejo hombre —ese montón de huesos secos— fue ahogado, y un nuevo hombre fue creado. Como dice Romanos 8, si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús mora en ustedes, Él también dará vida a sus cuerpos mortales.

V. La Vida en el Espíritu (La Vida Cristiana)

¿Qué significa esto para mañana lunes por la mañana? San Pablo distingue entre vivir según la carne y vivir según el Espíritu. Vivir según la carne no es solo cometer pecados "sucios"; es confiar en uno mismo, vivir para este mundo, estar atrapado en la desesperanza de los huesos secos.

Vivir según el Espíritu es vivir en la justificación. Es saber que, aunque mis huesos se cansen y mi cuerpo envejezca, mi vida está segura en Cristo. El Salmo 130 nos recuerda: “En Jehová hay misericordia, y abundante redención con él”.

Nosotros no somos personas que "intentan" ser buenas para que Dios nos dé vida. Somos personas a las que Dios ya dio vida mediante el Evangelio, y por lo tanto, ahora vivimos para Él. Como Lázaro, salimos de la tumba todavía "atados" con las vendas de nuestras debilidades, pero Cristo ordena a Su Iglesia: "Desatadle, y dejadle ir". A través de la confesión y la absolución mutua, nos ayudamos a quitarnos las vendas del pecado que aún nos estorban.

VI. La Esperanza Final

La historia de Ezequiel termina con una promesa nacional que apunta a una realidad universal: “Pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis... y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice”.

Hermanos, el mundo está lleno de "valles de huesos secos": depresión, guerras, soledad, y finalmente, la tumba fría. Pero nosotros no somos un pueblo sin esperanza. Nuestra esperanza no es un "ojalá", es una certeza anclada en la tumba vacía de Jesucristo.

Si el Espíritu de Dios habita en ti, la muerte ya no tiene la última palabra. Tu enfermedad no tiene la última palabra. Tu pasado no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Aquel que es la Resurrección y la Vida. Él ha prometido abrir sus sepulcros y hacerlos subir de ellos.

Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús, hasta el día en que todos oigamos su voz llamándonos a la resurrección eterna. Amén.


Oremos

Oh Dios Todopoderoso, Padre de toda consuelo, te damos infinitas gracias porque a través de tu Palabra viva nos has sacado de la tumba del pecado y de la desesperación. Te rogamos que, así como diste vida a los huesos secos por la profecía de Ezequiel, y así como llamaste a Lázaro de su sepulcro, continúes llamándonos diariamente por tu Evangelio a una vida de arrepentimiento y fe.

Fortalece a los que están en el "valle de la sombra de muerte", consuela a los que lloran como Marta y María, y recuérdanos siempre que nuestro cuerpo es templo de tu Espíritu Santo. Que al salir de este lugar, llevemos con nosotros la victoria de Cristo sobre la muerte, viviendo no según la carne, sino según el Espíritu, en servicio a nuestro prójimo y en alabanza a tu santo Nombre.

Guárdanos en la verdadera fe hasta el día en que nos reúnas con todos los santos en la luz de tu presencia, donde ya no habrá llanto, ni dolor, ni muerte. Todo esto te lo pedimos en el nombre de aquel que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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