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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Sexto Domingo en Cuaresma - El Rey que se Entrega: De la Humillación a la Victoria



29 de marzo de 2026

Sexto Domingo en Cuaresma.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 31:9-16; Isaías 50:4-9a; Filipenses 2:5-11; Mateo 26:14–27:66

Título: El Rey que se Entrega: De la Humillación a la Victoria

Gracia, misericordia y paz a ustedes, de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Queridos hermanos en Cristo:

Hoy entramos en la Semana Santa, la semana que cambió el cosmos. Las lecturas de hoy nos presentan un contraste violento. Comenzamos con palmas y gritos de "Hosanna", pero rápidamente nos encontramos en medio de la oscuridad de la traición, el abandono y la muerte.

Para entender lo que sucede en la Pasión según San Mateo, debemos mirar a través del lente que nos dan el Profeta Isaías y el Apóstol Pablo. Porque lo que vemos en la cruz no es un accidente trágico, sino el cumplimiento exacto de la voluntad de Dios para nuestra salvación.

I. El Siervo Sufriente: La Ley que nos expone

El Profeta Isaías nos habla de un Siervo que "no fue rebelde" ni "volvió atrás". Dice: "Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos".

Cuando miramos el relato de la Pasión en Mateo, vemos a este Siervo en la persona de Jesús. Vemos a Judas vendiendo a su Maestro por treinta piezas de plata. Vemos a los discípulos durmiendo en Getsemaní y luego huyendo. Vemos a Pedro negándolo tres veces. Vemos a la multitud, que hace poco gritaba "Hosanna", gritando ahora "¡Sea crucificado!".

Aquí la Ley nos habla directamente. En los discípulos, en Pedro y en la multitud, nos vemos a nosotros mismos. Nuestra fe a menudo es débil; nuestra lealtad es voluble. Preferimos nuestra comodidad al sacrificio. Como Barabbás, somos culpables de rebelión contra Dios, y merecemos el castigo que la justicia divina exige. La Ley nos muestra que no tenemos fuerzas para salvarnos a nosotros mismos de la muerte que nuestro pecado ha sembrado.

II. El Gran Intercambio: El Evangelio de la Sustitución

Pero en medio de esta oscuridad, brilla el Evangelio. San Pablo nos explica en Filipenses el misterio de lo que está ocurriendo: Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, "se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo... y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz".

¿Por qué se humilló así? No fue solo para darnos un ejemplo de humildad. Fue para realizar el "Dulce Intercambio".

  • Él tomó nuestro lugar bajo la ira de Dios para que nosotros tuviéramos su lugar bajo el favor del Padre.

  • Él fue contado entre los pecadores para que nosotros fuéramos contados entre los santos.

En la cruz, Jesús no está simplemente sufriendo; está conquistando. Está cargando con cada uno de tus pecados, cada una de tus dudas y cada una de tus caídas. Cuando clama: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?", es porque Él está recibiendo el abandono que nosotros merecíamos, para que Dios nunca nos abandone a nosotros.

III. La Victoria en la Humillación

El Salmo 31 nos da las palabras de confianza del Salvador en su momento más amargo: "Mas yo en ti confío, oh Jehová; digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos". Jesús confió plenamente en su Padre, sabiendo que la muerte no tendría la última palabra.

Y por eso, la lectura de Filipenses termina en un crescendo de victoria. Debido a su obediencia perfecta, Dios lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre. El Jesús que fue escupido y azotado es el Señor ante quien toda rodilla se doblará.

Esta es nuestra esperanza. Nuestra salvación no depende de la intensidad de nuestro sentimiento religioso, sino de la realidad histórica de que Cristo murió por nosotros y resucitó. Su victoria es tu victoria. En tu Bautismo, fuiste unido a este Cristo sufriente y victorioso. Sus méritos son ahora tus méritos.

Conclusión

Al caminar por esta Semana Santa, no mires hacia adentro buscando tu propia bondad. Mira hacia afuera, a la Cruz. Escucha al Centurión decir: "Verdaderamente este era Hijo de Dios". Y confía en que ese Hijo de Dios entregó su vida por ti, para que tú vivas para siempre con Él.

La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. Amén.

Oremos

Señor Dios, Padre Celestial, te damos gracias porque enviaste a tu Hijo unigénito a humillarse hasta la muerte de cruz por nuestra salvación. Te suplicamos que, por medio de tu Espíritu Santo, mantengas nuestros corazones firmes en esta fe durante toda nuestra vida. Cuando nos sintamos atribulados por nuestros pecados o rodeados por la oscuridad del mundo, recuérdanos que en las manos de Cristo estamos seguros y que su victoria sobre la muerte es nuestra herencia eterna. Llévanos a través de esta Semana Santa con arrepentimiento sincero y fe gozosa, hasta que nos unamos al coro celestial que confiesa que Jesucristo es el Señor, para gloria tuya. Por el mismo Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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