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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Cuarto domingo después de Pentecostés - El valor del discipulado en la debilidad y la gracia



21 de Junio de 2026

Cuarto domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 69:7-10, 16-18; Jeremías 20:7-13; Romanos 6:1b-11; Mateo 10:24-39


Título: El valor del discipulado en la debilidad y la gracia


Gracia y paz a cada uno de ustedes de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo. Amén.


La palabra de Dios nos invita hoy a reflexionar sobre una realidad profunda que cruza toda la Escritura: el costo de seguir a Dios en un mundo quebrantado, pero por sobre todo, el regalo inmerecido de su gracia que nos sostiene. Como iglesia luterana, volvemos siempre nuestra mirada al corazón del mensaje bíblico: la justificación por la fe, no por nuestros propios méritos, sino por los méritos de Cristo que murió y resucitó por nosotros. Las lecturas de este día nos confrontan con el sufrimiento y el rechazo que muchas veces experimentan los creyentes, pero también nos llenan de consuelo al mostrarnos a un Dios fiel que nos cuida minuciosamente.


Comenzamos nuestro recorrido con el Salmo sesenta y nueve, donde el salmista clama con dolor: «Por ti he sufrido afrentas; mi rostro se ha cubierto de oprobio. ¡Soy un extraño para mis propios hermanos! ¡Soy un advenedizo para los hijos de mi madre! Me consume el celo por tu casa; ¡sobre mí han caído los insultos de los que te ofenden!» (Salmo 69:7-9). Estas palabras nos muestran que la fidelidad a Dios puede generar distancia e incomprensión incluso en nuestros círculos más íntimos. El salmista no oculta su angustia ni finge una falsa fortaleza; se presenta ante Dios con total honestidad. Su consuelo no está en sus propias fuerzas, sino en la naturaleza compasiva del Creador, como añade más adelante: «¡Respóndeme, Señor, por tu bondad y misericordia! ¡Mírame, por tu inmensa ternura! No escondas tu rostro de este siervo tuyo» (Salmo 69:16-17). Desde la perspectiva de nuestra fe, reconocemos que este lamento halla su cumplimiento perfecto en Jesucristo, quien cargó con nuestras afrentas y experimentó el abandono absoluto para rescatarnos.


Esta misma tensión entre la obediencia y el sufrimiento la encontramos en el profeta Jeremías. En un tono que casi parece una queja desesperada, el profeta expresa: «¡Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir! ¡Fuiste más fuerte que yo, y me venciste! ¡Todo el día soy la burla de todos! ¡Todos se burlan de mí!» (Jeremías 20:7). Jeremías experimenta el peso del ministerio profético; anunciar la verdad de Dios en un entorno hostil le acarrea aislamiento y persecución. Siente el impulso de callar, de abandonar su tarea para evitar el conflicto, pero descubre que la palabra divina es más fuerte que sus miedos: «Si digo: "No me acordaré más de él, ni volveré a hablar en su nombre", entonces su palabra en mi corazón se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. Hago todo lo posible por contenerlo, pero no puedo» (Jeremías 20:9). Aquí vemos reflejado el obrar del Espíritu Santo. La fe y el llamado no son decisiones humanas que sostenemos con nuestra fuerza de voluntad; son un don de Dios, un fuego encendido por su Espíritu que nos mueve a testificar aun en medio de la adversidad. Jeremías termina su lamento transformándolo en un canto de alabanza, seguro de que el Señor defiende al necesitado frente a los opresores.

¿Cómo podemos vivir bajo este llamado exigente sin caer en la desesperación? El apóstol Pablo nos ofrece la respuesta teológica fundamental en su carta a los Romanos, recordándonos nuestra identidad en Cristo. Pablo aborda una pregunta crucial sobre la gracia: «¿Qué diremos, entonces? ¿Seguiremos pecando para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?» (Romanos 6:1-2). El bautismo es el eje central de este pasaje. A través del agua y la palabra, somos unidos espiritualmente a la muerte y resurrección de Jesús. Pablo explica que «por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Romanos 6:4). Esto significa que nuestra vieja naturaleza pecaminosa fue crucificada con Cristo. Ya no estamos bajo el dominio del pecado. Al mirarnos a nosotros mismos, muchas veces vemos caídas, miedos e imperfecciones, pero ante los ojos del Padre, estamos revestidos de la justicia de su Hijo. Nuestra seguridad no depende de lo que hacemos para Dios, sino de lo que Dios ya hizo por nosotros en la cruz. Vivir esta vida nueva implica andar en libertad, sabiendo que su amor nos sostiene cada día.


Este trasfondo nos prepara para comprender el pasaje del evangelio según san Mateo, donde Jesús instruye a sus discípulos antes de enviarlos a la misión. El Salvador les advierte con total franqueza: «El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Al discípulo debe bastarle ser como su maestro, y al siervo ser como su señor» (Mateo 10:24-25). Si Cristo sufrió incomprensión y persecución, la iglesia no debe sorprenderse al enfrentar situaciones similares. Seguir a Jesús implica asumir el costo del discipulado, un camino que muchas veces contradice los valores de poder y autoexaltación del mundo. Sin embargo, en lugar de dejarnos llevar por el temor, el evangelio nos inunda de una profunda paz. Tres veces en este texto Jesús nos repite la misma orden: «No les tengan miedo». El fundamento de esta valentía no es la temeridad humana, sino el cuidado paternal de Dios. Jesús ilustra esta verdad con un ejemplo sencillo de la creación: «¿No se venden dos pajarillos por muy poco dinero? Sin embargo, ni uno de solo de ellos cae a tierra sin la voluntad del Padre de ustedes. En el caso de ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. Así que no teman; ustedes valen más que muchos pajarillos» (Mateo 10:29-31).


Qué declaración tan consoladora para nuestra fe. Dios conoce cada detalle de nuestras vidas, incluso aquellos que nosotros mismos ignoramos o consideramos insignificantes, como el número de nuestros cabellos. Si él cuida de las aves del cielo, cuánto más cuidará de sus hijos, comprados a precio de la sangre de Cristo. Este conocimiento disipa todo temor al rechazo o al sufrimiento. No caminamos solos; el Padre celestial está al tanto de cada aflicción que atravesamos por causa de su nombre.


El texto concluye con demandas radicales que sacuden nuestra comodidad: «Cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 10:32-33). Jesús nos llama a una fidelidad total, que se sitúa por encima de los lazos familiares más queridos y de nuestro propio instinto de conservación: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mateo 10:37-38). Al escuchar estas palabras, la ley de Dios nos confronta directamente. ¿Quién de nosotros puede afirmar que ama a Dios por sobre todas las cosas de manera perfecta en su vida diaria? ¿Quién no ha callado por temor al qué dirán, negando al Señor con sus actitudes? Si dependiéramos de la perfección de nuestro discipulado para ser salvos, estaríamos completamente perdidos.


Es precisamente en nuestra incapacidad donde brilla con más fuerza el mensaje de la reforma luterana: el evangelio puro. Jesús describe la paradoja del reino diciendo: «El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 10:39). Perder la vida significa renunciar a la ilusión de salvarnos a nosotros mismos por medio de nuestras obras, nuestra moralidad o nuestros propios esfuerzos. Significa reconocer nuestra bancarrota espiritual y dejar caer toda confianza propia a los pies de la cruz. Al morir a nuestras pretensiones de autojustificación, hallamos la verdadera vida en Cristo. Él tomó nuestro lugar, él cargó la cruz de manera perfecta, él permaneció fiel ante el Padre cuando nosotros fallamos y él nos confiesa delante del trono celestial como sus hermanos redimidos.


Por lo tanto, queridos hermanos y hermanas, no enfrentamos los desafíos del discipulado con angustia o desesperación. La palabra de hoy no viene a cargarnos con una nueva lista de deberes imposibles, sino a recordarnos quiénes somos en Cristo. Somos los bautizados, los que hemos muerto al pecado y vivimos para Dios. Somos aquellos cuyos cabellos están contados por un Padre amoroso. Inspirados por este amor incondicional, podemos proclamar su verdad con valentía, sabiendo que nuestro valor y nuestra eternidad están seguros en sus manos. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús para vida eterna.


Oremos


Dios omnipotente y Padre misericordioso, te damos gracias por tu santa palabra, que nos confronta con nuestra debilidad pero nos levanta con el consuelo de tu gracia. Te pedimos que fortalezcas nuestra fe por medio de tu Santo Espíritu, para que no temamos a las dificultades de este mundo ni al rechazo de los hombres. Recordando siempre las promesas de nuestro bautismo, ayúdanos a vivir la vida nueva que nos regalaste en Cristo, perdiendo nuestra confianza propia para hallar nuestra seguridad eterna solo en ti. Cuida de tu iglesia, sostén a los que sufren persecución o desánimo y recuérdanos cada día que valemos más que las aves del cielo a tus ojos. Todo esto te lo pedimos en el nombre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Salvador. 

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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