28 de Junio de 2026
Quinto domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 89:1-4, 15-18; Jeremías 28:5-9; Romanos 6:12-23; Mateo 10:40-42
Título: La dádiva de la gracia y el vaso de agua de la fe
Gracia a ustedes y paz de parte de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo.
El pasaje del evangelio de hoy nos sitúa en un momento crucial del ministerio de Jesús. Él está instruyendo a sus discípulos antes de enviarlos a la misión. Les advierte sobre los desafíos, pero concluye con una promesa asombrosa sobre la hospitalidad y la recompensa. Escuchamos en Mateo capítulo 10, versículos del 40 al 42: «El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta porque es profeta, recibirá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, recibirá recompensa de justo. Y cualquiera que dé un vaso de agua fría a uno de estos pequeñitos, por ser mi discípulo, de cierto les digo que no perderá su recompensa».
Esta breve instrucción contiene el núcleo de la teología luterana de la gracia y de la vocación. Jesús no está estableciendo un sistema de méritos humanos para comprar la salvación. Al contrario, nos está mostrando cómo la gracia divina se encarna en las relaciones más cotidianas y sencillas de nuestra vida. Al decir que recibir a sus enviados es recibirlo a él mismo y al Padre, Jesús elimina toda distancia entre lo divino y lo humano en el servicio al prójimo.
Como luteranos, confesamos que no podemos acercarnos a Dios por nuestras propias fuerzas, méritos u obras. La salvación es un regalo absoluto, una justificación por la fe sola que nos es dada por los méritos de Cristo en la cruz. Sin embargo, esta fe nunca se queda estática ni aislada. La fe verdadera es viva y operante por el amor. Cuando Jesús habla de recibir al profeta, al justo o de dar un vaso de agua fría a un pequeñito, está describiendo la manifestación natural de una fe que ha sido transformada por el evangelio. El vaso de agua no es la causa de la salvación, sino el fruto espontáneo de quien ya posee la vida eterna y ve la necesidad de su hermano. El creyente no actúa para ser salvo, sino porque ya ha sido salvado por su pura gracia.
Esta dinámica de la fe se comprende mejor cuando miramos la lectura de la carta a los Romanos. El apóstol Pablo nos recuerda de manera contundente la realidad de nuestra condición. Antes estábamos bajo el dominio del pecado, pero ahora hemos sido libertados por la gracia de Dios. Romanos capítulo 6, versículo 13 nos exhorta: «Tampoco presenten sus miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y presenten sus miembros a Dios como instrumentos de justicia».
Pablo utiliza la fuerte metáfora de la esclavitud para que entendamos que la neutralidad espiritual no existe. O somos esclavos del pecado, cuyo resultado final es la muerte, o somos siervos de la justicia para santificación. Pero observemos con atención el remate teológico que hace el apóstol en el versículo 23, el cual define perfectamente el pensamiento luterano: «Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». El pecado paga un salario, algo que el ser humano se ha ganado a pulso mediante su rebelión. En cambio, la vida eterna no es un salario, es una dádiva, un regalo inmerecido de Dios que desmantela cualquier intento humano de jactancia.
Una vez que hemos recibido este regalo por su misericordia, nuestra perspectiva de la vida cambia por completo. Ya no obedecemos los mandamientos de Dios por temor al castigo ni por el deseo egoísta de ganar el cielo. Servimos a Dios sirviendo a nuestro prójimo en el mundo cotidiano. Aquí es donde se conecta el vaso de agua fría de Mateo con los instrumentos de justicia de Romanos. Nuestras manos, nuestros pies, nuestras palabras y nuestros recursos dejan de ser herramientas para satisfacer nuestro propio egoísmo y se convierten en los medios físicos a través de los cuales Dios cuida de su creación. En la tradición luterana esto se conoce como la santificación y la doctrina de la vocación: Dios no necesita de nuestras buenas obras, pero nuestro prójimo sí las necesita con urgencia.
Por supuesto, vivir esta fidelidad al evangelio puro no siempre es fácil, y el mundo ofrece muchas alternativas atractivas pero falsas que intentan diluir el mensaje de la cruz. La lectura del profeta Jeremías nos pone en guardia contra la constante tentación de buscar un mensaje barato que solo agrade al oído y evite el arrepentimiento. Jeremías se enfrenta al falso profeta Hananías, quien anunciaba una paz rápida, superficial y sin conversión. Jeremías le responde que la verdadera profecía debe alinearse con la verdad y la justicia divina. Escuchamos en Jeremías capítulo 28, versículo 9: «En cuanto al profeta que profetiza paz, cuando su palabra se cumpla se sabrá que el Señor verdaderamente lo envió».
El peligro en nuestro tiempo es muy similar. Muchas veces preferimos escuchar un mensaje que nos diga que todo está bien, que no necesitamos examinar nuestra conciencia y que podemos seguir viviendo según los deseos de nuestro viejo ser. El evangelio verdadero, la teología de la cruz, nos confronta primero con la ley. La ley nos muestra nuestro pecado como un espejo y derriba nuestro orgullo, revelando que somos incapaces de salvarnos a nosotros mismos. Solo cuando la ley ha hecho su labor de quebrantamiento, el evangelio puede sanarnos con la promesa del perdón incondicional en Cristo. El falso profeta ofrece una falsa paz que evita la cruz. El verdadero discípulo abraza su cruz, sabiendo que en ella se encuentra la única y verdadera paz que sobrepasa todo entendimiento.
Esa paz y esa seguridad absoluta en sus promesas es lo que nos permite cantar con alegría las palabras del salmista. El Salmo 89 es un himno a su fidelidad eterna, un recordatorio de que su pacto no depende de nuestra fidelidad inconstante, sino de su carácter inmutable. Los versículos 1 y 2 declaran con júbilo: «Señor, yo siempre cantaré las bondades de tu amor; con mis labios proclamaré tu fidelidad de generación en generación. Yo sé que tu amor es eterno; ¡tú has afirmado tu fidelidad en los cielos!».
Cuando flaqueamos, cuando sentimos que las exigencias del discipulado son muy altas o cuando nos cuesta ver su rostro en el necesitado, debemos volver nuestra mirada al pacto bautismal. En el bautismo, Dios selló su amor eterno con cada uno de ustedes. Su fidelidad está firmemente establecida en los cielos y manifestada en la cruz de su hijo. No estamos caminando solos en esta jornada de fe. Es el Espíritu Santo quien nos capacita mediante la palabra y los sacramentos, nos consuela y nos impulsa a la acción de gracias. El consuelo luterano descansa en que su promesa es inquebrantable a pesar de nuestras debilidades.
Al concluir esta reflexión, regresemos al gesto del vaso de agua fría. Jesús menciona de forma muy tierna a «estos pequeñitos». En el contexto del evangelio, los pequeñitos no son solo los niños, sino todos aquellos que son vulnerables, los marginados, los perseguidos por causa de la fe, los débiles y los que el mundo considera insignificantes. Recibir a un discípulo de Cristo, por muy humilde que sea, es recibir al mismo Salvador que se identifica con el desamparado.
Cada día se nos presentan múltiples oportunidades para dar ese vaso de agua fría. Puede ser una palabra de consuelo a alguien de nuestra familia que está deprimido, un acto de honestidad en nuestro lugar de trabajo, el apoyo material a un desconocido o el simple hecho de escuchar con paciencia y respeto a quien piensa diferente. En todas estas acciones cotidianas, su gracia fluye a través de sus vidas. Ustedes se convierten en las manos de Cristo que sostienen el vaso y en los labios de Cristo que bendicen.
No busquen grandes glorias humanas ni los aplausos del mundo. La recompensa ya es de ustedes en Cristo Jesús: la vida eterna y la libertad de los hijos de Dios. Que la certeza de este regalo inmerecido los mueva a presentarse ante Dios como personas vivas de entre los muertos, listas para servir con alegría, generosidad y amor sincero.
Oremos
Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias porque por medio de tu gracia nos has librado de la esclavitud del pecado y nos has regalado la vida eterna en tu amado hijo Jesús. Te pedimos que fortalezcas nuestra fe para que nunca busquemos falsas seguridades ni mensajes que acomoden nuestro egoísmo. Concédenos tu Espíritu Santo para que nuestros miembros sean siempre instrumentos de tu justicia en este mundo. Ayúdanos a ver tu rostro en los más pequeños y necesitados, y danos un corazón generoso para ofrecer siempre el vaso de agua fría de la compasión y la hospitalidad. Mantennos firmes en tu pacto de amor y fidelidad eterna, confiando siempre en que nuestra recompensa está segura en ti. Todo esto te lo pedimos en el precioso nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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