27 de Septiembre de 2026
Décimo octavo domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 25:1-9; Ezequiel 18:1-4, 25-32; Filipenses 2:1-13; Mateo 21:23-32
Título: La autoridad de la gracia frente a la ceguera del orgullo
Introducción: Las apariencias que engañan
Muy buenos días, hermanos y hermanas en nuestro Señor Jesucristo. En esta hermosa oportunidad, nos reunimos para reflexionar en torno al Evangelio según Mateo 21:23-32.
Para comenzar, quiero compartirles una historia sobre el famoso violinista estadounidense Joshua Bell. En el año 2007, como parte de un experimento social, este músico, uno de los mejores del mundo, decidió vestirse con unos jeans viejos, una camiseta corriente y una gorra de béisbol. Se paró en una concurrida estación de metro en Washington D.C., sacó su violín (un instrumento invaluable valorado en más de 3 millones de dólares) y comenzó a tocar algunas de las piezas musicales más complejas y hermosas jamás escritas.
Durante casi una hora, miles de personas pasaron frente a él camino a sus trabajos. La inmensa mayoría ni siquiera volteó a mirarlo; algunos le arrojaron un par de monedas al piso sin detener el paso, asumiendo que era solo un mendigo o un músico callejero más intentando ganarse la vida. Nadie se imaginaba que apenas tres días antes, ese mismo hombre había llenado un prestigioso teatro en Boston, donde la gente pagó cientos de dólares por una sola entrada para poder escuchar exactamente la misma música.
Aquella mañana en el metro, la gente juzgó por la fachada. Creyeron que el lugar, la ropa y la apariencia del músico determinaban el valor de lo que ofrecía. ¡Qué gran verdad es que los prejuicios limitan nuestra capacidad de reconocer la grandeza! Cuando el experimento terminó y se reveló la verdad, muchos de los que pasaron por ahí sintieron una profunda pena y comentaron: «Cómo la mayoría de las veces, atrapados en nuestra propia rutina y creyéndonos superiores, caemos en la enfermedad del orgullo y nos perdemos de lo verdaderamente valioso».
El conflicto en el templo: ¿Con qué autoridad?
Esta historia conecta perfectamente con el pasaje de hoy. En el texto bíblico, observamos a Jesús enseñando en el templo, y lo hace con una autoridad que impactaba a las multitudes. Los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo lo observaban con una mezcla de admiración oculta y envidia revelada. Para ellos, Jesús era solo un predicador itinerante, un hombre del pueblo, proveniente de Nazaret, un lugar del que muchos dudaban que pudiera salir algo bueno. Al igual que la gente en la estación del metro, los religiosos miraban la fachada y no la grandeza de quien tenían enfrente.
Incapaces de aceptar que alguien sin sus credenciales humanas tuviera tanto poder, se le acercan y le preguntan: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te dio esta autoridad?».
¿Será que preguntaban esto con un corazón sincero para buscar la misma fuente divina de Jesús? Lamentablemente, no. Su motivación no era la verdad, sino la trampa; buscaban una excusa legal para acusarlo, desacreditarlo ante el pueblo y apresarlo.
Pero Jesús, que es Dios omnisciente y conoce hasta las intenciones más ocultas de los corazones, desarma su soberbia con una sabiduría divina. Les responde con otra pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?».
Los líderes religiosos quedaron atrapados en su propia red. Empezaron a calcular el costo social y religioso de su respuesta: si decían que venía del cielo, Jesús les reclamaría por qué no le creyeron; y si decían que venía de los hombres, temían al pueblo, que consideraba a Juan un profeta. Anteponiendo su estatus a la verdad, prefirieron mentir y responder: «No sabemos». A lo que Jesús sentenció de forma brillante: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto».
El peligro de ver a Cristo con ojos humanos
Hermanos, este pasaje nos deja una lección profunda. Todo aquel que mira a Cristo únicamente con ojos humanos, desprovisto de la fe que opera el Espíritu Santo, tropieza con su humildad. El orgullo humano se pregunta: «¿Qué me puede dar este personaje histórico? Si lo que veo es a un hombre pobrísimo, que nació en un pesebre maloliente, que no tenía ni dónde recostar la cabeza (Mateo 8:20) y que al final se dejó crucificar sin defenderse».
El mundo, en su soberbia, concluye: «Él no puede hacer nada por mí», y lo rechaza. Sin embargo, al cerrar los ojos a Cristo por culpa del orgullo propio, el ser humano queda atrapado en una condenación eterna, llevando una existencia vacía que nada ni nadie en la tierra puede llenar.
La coherencia y el fruto del discipulado
Para profundizar en esta ceguera, Jesús les relata la parábola de los dos hijos. El primero dice que no va a trabajar a la viña, pero después se arrepiente y va. El segundo dice con mucha elocuencia: «Sí, señor, ya voy», pero se queda de brazos cruzados.
Esta parábola nos recuerda que las promesas verbales y la religión de apariencias no sirven de nada ante Dios. No basta con decir: «¡Oh, sí, el próximo domingo iré a la iglesia!», si al llegar el día nos olvidamos del compromiso. Lo que realmente cuenta para el Señor son las acciones que brotan de una fe viva; un arrepentimiento genuino que da frutos verdaderos en el discipulado diario.
Los recaudadores de impuestos y las prostitutas de la época, que eran los marginados y pecadores más señalados, entendieron su miseria, creyeron en Juan y en Jesús, se arrepintieron y entraron al Reino de los Cielos antes que los religiosos perfectos. Porque las puertas del cielo no se abren por estatus socioeconómico ni por méritos académicos, sino por la milagrosa misericordia de Dios, quien nos regala la fe para reconocer nuestra necesidad de un Salvador.
No seamos como los sacerdotes que, teniendo la verdad frente a ellos, prefirieron cuidar su orgullo. Seamos como el hijo que recapacita, deja atrás sus palabras vacías y camina en obediencia.
Oremos:
Dios de Gloria y Majestad, te pedimos que arranques de nuestro corazón toda raíz de orgullo y prejuicio. Concédenos la gracia de vivir una existencia coherente, donde nuestras acciones reflejen la fe que confesamos. Abre nuestros ojos espirituales para ver en Jesús no solo a un maestro humilde, sino al Dios Todopoderoso que salva nuestras almas de la perdición eterna y transforma nuestras vidas hoy. En el nombre de Jesús.
Amén. Dios los bendiga y recuerden: ¡Solo Dios Salva!


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