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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Día de Pentecostés - Las llagas de la paz y el soplo del perdón



24 de Mayo de 2026

Día de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 104:24-34, 35b; Hechos 2:1-21; 1 Corintios 12:3b-13; Juan 20:19-23

Título: Las llagas de la paz y el soplo del perdón

En el nombre de Jesús, queridos hermanos, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde hoy y siempre sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús, nuestro único Señor y Salvador.

Hoy nos reunimos para celebrar la maravillosa fiesta de Pentecostés, un día que con frecuencia definimos como el nacimiento de la iglesia cristiana, pero que en realidad es la manifestación pública del cumplimiento de la promesa de nuestro señor. Las lecturas de esta jornada, que abarcan desde la vibrante alabanza del Salmo 104 hasta el relato histórico de Hechos 2 y la instrucción teológica de 1 Corintios 12, encuentran su centro, su ancla y su verdadera interpretación en las palabras del santo evangelio según san Juan, en el capítulo 20, versículos del 19 al 23. Es allí, en el aposento alto, donde la teología luterana de la cruz se muestra en toda su pureza y consuelo, revelándonos que el Espíritu Santo no viene a nosotros a través de especulaciones místicas o glorias humanas, sino mediante las heridas de Cristo, la proclamación de la paz y el beneficio directo del perdón de los pecados.

Para comprender la magnitud de lo que ocurre en Pentecostés, debemos primero mirar el escenario sombrío que nos presenta el evangelio de Juan. Es el atardecer del primer día de la semana, el mismo día en que la tumba fue encontrada vacía. Los discípulos no están celebrando una victoria ni organizando un movimiento global; al contrario, están escondidos. El texto nos dice explícitamente que las puertas estaban cerradas por temor a los judíos. El miedo es una fuerza paralizante que distorsiona la realidad y encierra al ser humano en su propio egoísmo y desesperación. Aquellos hombres habían visto los milagros de Jesús, habían escuchado sus promesas sobre la resurrección; pero en ese momento el peso de la ley, el peso del pecado por haber abandonado a su maestro y el miedo a sufrir el mismo destino violento los mantenía en una prisión autoimpuesta.

Esta condición de los discípulos es un vivo reflejo del ser humano caído bajo el juicio de la ley divina. Según nuestra doctrina luterana, expresada con claridad en las confesiones de Augsburgo y en la fórmula de concordia, el hombre por sus propias fuerzas, por su propia razón o elección, no puede creer en Jesucristo ni acudir a él. Nuestra voluntad natural está cautiva, muerta en delitos y pecados, y detrás de nuestras puertas cerradas solo hay temor, duda y una total incapacidad para salvarnos a nosotros mismos. Los discípulos no abrieron la puerta para que Jesús entrara; no prepararon un ambiente de oración ferviente para atraer la presencia divina. La iniciativa pertenece enteramente a Dios.

En medio de ese encierro y de ese miedo abrumador, Jesús se presentó en medio de ellos. Ninguna barrera física, ningún cerrojo humano y ningún corazón endurecido por el temor pueden impedir que el Cristo resucitado sature el espacio con su presencia. Sus primeras palabras no son de reproche, no reprende a Pedro por su negación, ni a los demás por haber huido en el huerto de Getsemaní. Su saludo es la declaración definitiva del evangelio: «Paz a ustedes». Esta frase no es un simple deseo cortés ni un saludo superficial de la época; es una proclamación judicial y objetiva. Es la paz que se ha comprado con un precio infinito, la reconciliación vertical entre el creador y la criatura que había sido rota en el Edén.

Inmediatamente después de saludarlos, el evangelista nos dice que Jesús les mostró las manos y el costado. Este detalle es fundamental para nuestra fe luterana, la cual se aferra con firmeza a los medios de gracia visibles e históricos. Jesús no se presenta como un espíritu incorpóreo o como una idea abstracta; se muestra en su carne resucitada que aún conserva las marcas de la crucifixión. Las heridas de Cristo son las credenciales de su victoria y la prueba innegable de que el mismo que murió en la cruz por nuestros pecados es el que ahora vive para siempre. Al ver sus heridas, los discípulos comprendieron que la deuda de su pecado estaba completamente pagada. La visión de las llagas transformó el miedo en un gozo desbordante. La alegría de la iglesia no proviene de mirar hacia adentro, hacia sus propias virtudes o hacia su fidelidad, sino de mirar hacia afuera, hacia las marcas del sacrificio de su redentor.

Es en este contexto de paz ganada en la cruz y confirmada en la resurrección donde Jesús repite el saludo y les confiere su misión divina: «Como me envió el Padre, así también yo los envío». La iglesia no inventa su propio mensaje ni define su propio propósito; la iglesia es enviada a continuar la entrega de los bienes que Cristo adquirió en el Calvario. Y para que esta misión sea posible, el texto nos regala una acción sumamente profunda y deliberada de nuestro señor: sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo».

Este acto de soplar nos remite de manera directa al Génesis, cuando Dios sopló aliento de vida en la nariz del primer hombre y este se convirtió en un ser viviente. En el aposento alto, Jesús está realizando una nueva creación. La antigua humanidad, muerta por el pecado de Adán, recibe ahora el aliento del segundo Adán, el Espíritu Santo, que es el dador de la vida espiritual. Este soplo es el mismo viento recio que más tarde, en el día de Pentecostés descrito por el evangelista Lucas en el libro de los Hechos, llenaría toda la casa con lenguas de fuego. El evangelio de Juan nos muestra la fuente teológica de ese viento: el Espíritu Santo procede del Hijo y es soplado sobre la iglesia a través de la palabra viva de Jesús.

Aquí debemos detenernos para enfatizar la consistencia de las escrituras respecto al obrar del Espíritu Santo. En la lectura de Hechos 2, vemos la manifestación espectacular del Espíritu que capacita a los apóstoles para hablar en diferentes lenguas. Los hombres que estaban en Jerusalén, provenientes de todas las naciones conocidas bajo el cielo, los oían hablar en sus propios idiomas las maravillas de Dios. Este milagro no tenía como fin el espectáculo o el entretenimiento emocional, sino la comunicación clara y comprensible del evangelio. El Espíritu Santo opera siempre mediante la palabra exterior, articulada y proclamada. Pentecostés es la reversión de la torre de Babel; allí donde el orgullo humano causó la confusión de lenguas y la dispersión, el Espíritu Santo trae la unidad mediante la predicación de la cruz en un lenguaje que cada persona puede entender y atesorar en su corazón.

Cuando el apóstol Pedro se levanta ante la multitud en ese primer Pentecostés, no predica sobre sus propias experiencias místicas ni exalta el poder de las lenguas; su sermón se centra firmemente en Jesucristo, el crucificado y resucitado, demostrando mediante las escrituras que él es el Mesías prometido. El punto cumbre de la profecía de Joel, citada por Pedro, nos recuerda que «todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvado». Esta salvación es el fruto directo de la obra del Espíritu Santo, quien nos llama mediante el evangelio, nos ilumina con sus dones, y nos santifica y conserva en la verdadera fe.

Esta misma verdad es desarrollada por el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios. Pablo escribe a una iglesia que estaba profundamente dividida por causa de malentendidos sobre los dones espirituales, donde algunos pretendían ser superiores a otros debido a ciertas manifestaciones externas. El apóstol los corrige de inmediato al establecer el criterio fundamental: «Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: ¡Sea anatema Jesús!; y nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor!, sino por el Espíritu Santo». El papel del Espíritu Santo es siempre cristocéntrico. Su obra principal no es llamar la atención sobre sí mismo, sino glorificar a Jesucristo, apuntar hacia él y darnos la fe necesaria para confesar que ese Jesús colgado en la cruz es nuestro dueño absoluto y salvador.

El texto de 1 Corintios nos recuerda que hay diversidad de dones, de ministerios y de actividades, pero el Dios que hace todas las cosas en todos es el mismo. El bautismo es el gran nivelador y unificador de la iglesia. Pablo afirma con absoluta claridad que «por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu». En las aguas del santo bautismo, Dios destruye las barreras raciales, sociales y económicas. No hay cristianos de primera o segunda clase; cada uno de ustedes ha sido sumergido en la muerte de Cristo y resucitado a una nueva vida, recibiendo el mismo Espíritu Santo que los une en un solo cuerpo místico, que es la iglesia.

Esta unidad y provisión de Dios no es algo nuevo en la historia de la creación. El Salmo 104 nos eleva la mirada hacia la soberanía y la providencia de Dios sobre todo el universo. El salmista contempla la inmensa variedad de las criaturas en la tierra y en el mar, reconociendo que todas ellas esperan que el creador les dé su comida a su tiempo. El pasaje poético señala que si Dios les quita el hálito, mueren y vuelven al polvo, pero si envía su Espíritu, son creadas, y así se renueva la faz de la tierra. Hay una hermosa continuidad entre el Espíritu que flotaba sobre las aguas en la creación inicial, el Espíritu que preserva la vida natural de cada criatura, y el Espíritu Santo que sopla Jesús en el aposento alto para la recreación de la humanidad. El Dios que sustenta sus vidas físicas mediante el sol, la lluvia y el alimento diario, es el mismo Dios que sustenta sus vidas espirituales mediante la palabra y los sacramentos.

Regresando al evangelio de Juan, después de soplar sobre los discípulos y entregarles el Espíritu Santo, Jesús pronuncia unas palabras que constituyen la base del ministerio pastoral y de la práctica de la absolución en nuestra iglesia luterana: «A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos». Estas palabras instituyen el oficio de las llaves, un poder soberano y divino que Cristo confía a su iglesia en la tierra para el beneficio de las conciencias angustiadas.

Para la teología de la iglesia luterana, este pasaje no se interpreta como un poder arbitrario otorgado a hombres particulares para que gobiernen tiránicamente sobre las almas, sino como el regalo supremo del evangelio aplicado individualmente. Cuando el pastor llamado por la iglesia se sitúa ante la congregación y dice: «Por mandato de mi señor Jesucristo, te perdono todos tus pecados», no está hablando por sí mismo, sino en el lugar y por orden de Cristo. El perdón que se pronuncia en la tierra tiene validez total en el cielo, porque está respaldado por la sangre de Jesús y por la autoridad de su propia palabra. El Espíritu Santo utiliza la voz humana del ministro para entregar de manera concreta, objetiva y real la reconciliación lograda en la cruz.

Por otra parte, la retención de los pecados, el declarar que los pecados de alguien no están perdonados mientras persista en la impenitencia, es el uso de la ley en su función más severa. No se hace por malicia, sino como un llamado urgente al arrepentimiento. Si una persona rechaza el sacrificio de Cristo y desea permanecer en su pecado, la iglesia tiene la obligación amorosa pero firme de advertirle que se encuentra bajo el juicio de Dios, con el único propósito de que su corazón sea quebrantado y pueda, finalmente, recibir el consuelo del perdón.

El evangelio de hoy nos muestra que el centro de la fiesta de Pentecostés es el perdón de los pecados. El Espíritu Santo no viene para infundirnos un entusiasmo pasajero, ni para empujarnos a buscar experiencias emocionales extraordinarias que dejen el alma en la incertidumbre al día siguiente. El consuelo luterano descansa en el hecho de que el Espíritu Santo trabaja de manera humilde y escondida a través de los medios que cristo nos dejó. Viene a nosotros en el agua del bautismo, donde fuimos regenerados; viene en la palabra de la absolución, que limpia nuestra conciencia; y viene en el pan y el vino del santo altar, donde comemos y bebemos el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro señor para el perdón de los pecados y el fortalecimiento de nuestra fe.

Es común que en el mundo actual nos encontremos a menudo como los discípulos en aquel primer día de la semana: con las puertas del corazón cerradas por el miedo, la ansiedad, la culpa y la incertidumbre del futuro. Miramos a nuestro alrededor y vemos una sociedad fragmentada, llena de hostilidad, donde la verdad se distorsiona y la desesperanza parece ganar terreno. Incluso dentro de nuestras familias o en nuestro fuero interno, cargamos con el peso de nuestros errores, con el remordimiento de las palabras que no debimos decir y con la culpa de las acciones que ofendieron a Dios y al prójimo. El diablo utiliza ese temor para susurrarnos que estamos solos, que Dios nos ha abandonado debido a nuestra infidelidad y que nuestras puertas cerradas son definitivas.

Pero hoy, la palabra de Dios rasga ese velo de mentiras. El mismo Jesús que entró en el aposento alto se presenta hoy aquí, en medio de esta congregación, a través de la lectura y la predicación de su palabra. Él se coloca en el centro de sus vidas y les dice con total autoridad: «Paz a ustedes». Sus heridas siguen hablando en su favor ante el trono celestial y en la comunión de los santos. El Espíritu Santo, soplado desde la cruz y derramado en Pentecostés, está obrando en este preciso instante en sus corazones, derribando los muros del miedo y recordándoles que su identidad no se basa en lo que ustedes hacen por Dios, sino en lo que Dios ya hizo por ustedes en su hijo Jesucristo.

La fe que el Espíritu Santo engendra en nosotros nos permite mirar las escrituras con una armonía perfecta. Nos une al coro del Salmo 104 para alabar la inmensa sabiduría del creador, sabiendo que el mismo Dios que cuida de las aves y de las criaturas del mar nos ha redimido a nosotros, sus hijos amados. Nos une a la multitud de Hechos 2, permitiéndonos escuchar la predicación apostólica no como un relato del pasado, sino como una realidad presente que nos rescata del juicio y nos da la salvación. Y nos integra al cuerpo descrito en 1 Corintios 12, donde cada uno de ustedes, con sus diferentes talentos, personalidades y llamados específicos en la vida cotidiana, es un miembro valioso y necesario para el servicio al prójimo y la edificación mutua.

Queridos hermanos, no busquen al Espíritu Santo en las nubes de la especulación ni en el fuego de las emociones humanas inconstantes. Búsquenlo donde él ha prometido estar: en las palabras del evangelio que perdonan sus faltas, en el agua que los adoptó como hijos de Dios y en la santa cena que los alimenta para la vida eterna. Allí, el Espíritu Santo realiza su obra más grandiosa: mantenerlos unidos a Cristo, el Salvador resucitado. Que la paz del Señor, que sobrepasa todo entendimiento, llene por completo sus hogares, alivie sus tensiones, disipe sus temores y los conserve firmes en la única fe verdadera hasta el día de su venida gloriosa.

Oremos

Señor Dios, Padre celestial, te damos gracias infinitas porque no nos dejaste en la orfandad ni atrapados detrás de las puertas del temor y del pecado, sino que nos enviaste a tu Hijo amado para ganar nuestra paz en la cruz y nos diste el don inefable de tu Espíritu Santo mediante la predicación de tu santa palabra. Te suplicamos humildemente que derrames siempre este buen Espíritu en nuestros corazones, para que por su gracia permanezcamos firmes en la verdadera fe, confesando con valentía que Jesucristo es el Señor de nuestras vidas. Concede a tu iglesia fidelidad en la administración del oficio de las llaves, para que las conciencias heridas encuentren siempre el alivio del perdón absoluto. Renueva la faz de la tierra mediante la difusión de tu evangelio en todas las naciones y mantennos unidos en el lazo de la paz como un solo cuerpo en Cristo. Cuida de nosotros en medio de las pruebas de este mundo, danos el gozo de tu salvación y condúcenos finalmente a la gloria eterna, donde junto con el Espíritu Santo te alabaremos por los siglos de los siglos, en el sagrado nombre de Jesús.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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