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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Domingo de Trinidad - Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia

31 de Mayo de 2026

Domingo de Trinidad.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 8; Génesis 1:1–2:4a; 2 Corintios 13:11–13; Mateo 28:16–20

Título: Bautizados en el Nombre del Dios Trino: La Autoridad, los Medios y la Promesa de Cristo para Su Iglesia.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes. Hoy nos reunimos bajo la luz de la revelación divina para contemplar uno de los misterios más grandes y, a la vez, más consoladores de nuestra fe: el misterio de la Santa Trinidad. Las lecturas de este día nos llevan en un viaje teológico que abarca desde los albores de la creación hasta la culminación de la misión de la iglesia en la tierra. Vemos a Dios actuando en la historia, manifestándose como el Creador del universo, el Redentor de la humanidad caída y el Santificador que sostiene a su pueblo elegidos. A través de estas páginas sagradas, la teología luterana confiesa que no adoramos a un dios lejano o a una fuerza impersonal, sino al Dios trino que se ha inclinado hacia nosotros en amor, misericordia y gracia soberana.

Comenzamos nuestro recorrido en el libro de Génesis, donde se nos presenta el relato de la creación. Las palabras iniciales de la Escritura declaran: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Aquí encontramos el fundamento de todo lo que existe. Dios no necesitó de materia preexistente; él habló y de la nada surgió el cosmos. El texto nos dice que la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Pero en medio de esa oscuridad, el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Aquí ya vemos los primeros destellos de la pluralidad de personas en la unidad de la deidad. Dios habla, su Palabra genera vida y su Espíritu incuba la creación. A lo largo de los seis días de la creación, vemos un orden perfecto y una progresión que culmina con la formación del ser humano. En el consejo divino, Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Este uso del plural «hagamos» ha sido entendido históricamente por la iglesia cristiana como una indicación temprana de la comunión trinitaria. Dios no está solo; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo participan en la deliberación y en la ejecución de la obra creadora. El ser humano fue creado para reflejar esa imagen divina, para vivir en perfecta comunión con su Hacedor y para administrar la creación con justicia y rectitud. Al concluir su obra, Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era bueno en gran manera. El descanso del séptimo día santificó el orden de la creación, estableciendo un recordatorio permanente de la providencia divina.

Esta grandeza de la creación nos lleva de manera natural a las palabras del salmo ocho. El salmista, al contemplar la inmensidad del firmamento, las obras de los dedos de Dios, la luna y las estrellas que él formó, se siente abrumado por la pequeñez humana. Exclama con reverencia: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?». Esta es la paradoja de la existencia humana. Somos criaturas insignificantes en comparación con la vastedad del universo físico, y sin embargo, somos el objeto del amor supremo de Dios. El salmo continúa diciendo que Dios hizo al ser humano un poco menor que los ángeles, y lo coronó de gloria y de honra. Le dio el dominio sobre las obras de sus manos y puso todo bajo sus pies. Para los luteranos, este salmo no es simplemente un poema de alabanza a la naturaleza; es una profecía cristológica profunda. El autor de la epístola a los Hebreos nos enseña que estas palabras encuentran su cumplimiento último en Jesucristo. Fue Jesús quien se humilló a sí mismo, haciéndose un poco menor que los ángeles al asumir nuestra carne humana. Fue Jesús quien sufrió la muerte en la cruz para rescatar a la humanidad del pecado, de la muerte y del poder del diablo. Y, es Jesús quien ahora está coronado de gloria y de honra, sentado a la diestra del Padre, teniendo todas las cosas sujetas bajo sus pies. Por lo tanto, cuando leemos el salmo ocho, vemos el rostro de nuestro Redentor, el hombre perfecto que restauró la imagen de Dios que nosotros habíamos perdido en la caída.

El apóstol Pablo, en su segunda carta a los Corintios, concluye con una exhortación pastoral que resume la vida de la iglesia bajo la bendición trinitaria. Él escribe: «Por lo demás, hermanos, tengan gozo, perfecciónense, consuélense, sean de un mismo sentir, y vivan en paz; y el Dios de paz y de amor estará con ustedes». Esta comunidad de Corinto era una iglesia plagada de divisiones, pecados y conflictos doctrinales. Sin embargo, Pablo no los abandona a su propia suerte, sino que los apunta hacia la fuente de toda paz y unidad. La madurez y el consuelo no provienen de los esfuerzos humanos, sino de la presencia del Dios de paz. La bendición final que Pablo pronuncia es una de las declaraciones trinitarias más explícitas del Nuevo Testamento: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes». Esta fórmula apostólica no es un simple formalismo litúrgico. Es la entrega de los tesoros divinos a la iglesia. La gracia viene a través de Jesucristo, quien entregó su vida por nosotros; el amor es el origen de todo, proveniente del Padre que envió a su Hijo; y la comunión es la obra del Espíritu Santo, que nos une a Cristo y nos une unos con otros en un solo cuerpo. Esta bendición sostiene a la iglesia en medio de las pruebas y nos asegura que estamos envueltos en la vida misma del Dios trino.

Llegamos ahora al corazón de nuestro mensaje, el santo evangelio según San Mateo. El texto nos traslada a una montaña en Galilea, el lugar que Jesús había indicado a sus discípulos. Los once discípulos acudieron a la cita. El texto nos dice que cuando vieron a Jesús, le adoraron; pero algunos dudaban. Esta observación es sumamente reconfortante para nosotros hoy. Los discípulos, que habían caminado con Jesús, que habían visto sus milagros y que incluso eran testigos de su resurrección, todavía experimentaban momentos de flaqueza y duda. Jesús no los rechaza por su debilidad de fe. Él no busca hombres perfectos o héroes de la fe independientes; él busca pecadores que reconozcan su necesidad de él. En medio de sus dudas, Jesús se acerca a ellos. Su acercamiento no es para condenarlos, sino para fortalecerlos y darles una misión que cambiaría el rumbo de la historia humana.

Jesús se acercó y les habló diciendo: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra». Esta declaración de soberanía absoluta es el fundamento de toda la vida y misión de la iglesia. Como luteranos confesionales, sostenemos que el Cristo crucificado es el mismo Cristo resucitado que gobierna el universo. Su autoridad no es tiránica, sino salvífica. Es la potestad del Rey de reyes que ha vencido al pecado, al infierno y a la tumba. Él tiene el derecho legal y divino sobre toda la creación porque la ha comprado no con oro o plata, sino con su sangre preciosa. Esta potestad asegura a la iglesia que, sin importar cuán hostil sea el mundo o cuán poderosas parezcan las fuerzas del mal, Cristo sigue estando en el trono. Las misiones de la iglesia no se realizan confiando en el poder político, los recursos económicos o las estrategias humanas, sino bajo el amparo de la autoridad soberana de nuestro Señor Jesucristo.

Basado en esa potestad incuestionable, Jesús emite el mandato supremo: «Por tanto, vayan, y hagan discípulos a todas las naciones». Aquí encontramos la gran comisión, el motor teológico de la cristiandad. La iglesia existe para testificar de Cristo y llevar las buenas nuevas de salvación a todo rincón del planeta. Hacer discípulos no es un llamado a moralizar a la sociedad o a imponer una cultura particular; es el llamado a traer a las personas al conocimiento salvador de la verdad. Jesús especifica los medios divinos a través de los cuales se cumple este mandato: «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado». Notemos con precisión matemática la redacción del texto bíblico. Jesús dice «en el nombre», en singular, no en los nombres, en plural. Con esta sola frase, el Señor establece la unidad de la esencia divina y la trinidad de las personas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten un solo nombre, una sola naturaleza, una sola majestad y un solo poder, existiendo en una coigualdad eterna.

El santo bautismo no es una mera ceremonia humana de iniciación, ni un símbolo vacío de nuestro compromiso con Dios. En la teología luterana, el bautismo es un medio de gracia real y eficaz. Es el lavamiento de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo. Cuando una persona es bautizada en el nombre del Dios trino, la propiedad de su vida cambia de manos. Dios pone su nombre santo sobre el pecador, adoptándolo como su hijo querido. En el agua bautismal combinada con la palabra de Dios, nuestros pecados son ahogados, la vieja naturaleza es crucificada y nacemos a una vida nueva en Cristo. Es el acto soberano de Dios donde el perdón de los pecados, la liberación de la muerte y la salvación eterna nos son otorgados de manera gratuita. Por eso, el mandato de bautizar abarca a todas las naciones, sin distinción de raza, edad o condición social. El bautismo es el regalo del Padre, comprado por el Hijo y aplicado por el Espíritu Santo a cada alma sedienta de perdón.

Junto al bautismo, Jesús establece el segundo medio para hacer discípulos: «enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado». La iglesia cristiana es, por definición, una iglesia docente. No podemos separar la evangelización de la enseñanza de la sana doctrina. Enseñar a guardar todo lo que Cristo ha mandado significa mantenernos fieles a la totalidad de la Escritura. No tenemos el derecho de seleccionar qué doctrinas nos agradan y cuáles preferimos ignorar para adaptarnos a las corrientes culturales del momento. Debemos proclamar todo el consejo de Dios: el juicio severo de la ley que expone nuestro pecado y la consoladora dulzura del evangelio que nos ofrece el perdón gratuito por los méritos de Cristo. Esta enseñanza continua es la que nutre la fe, protege a la grey de los falsos maestros y capacita a los creyentes para vivir una vida de santidad que glorifique el nombre de Dios.

El evangelio concluye con la promesa más hermosa y sustentadora que Jesús pudo haber dejado a su iglesia: «y he aquí yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Qué palabras tan magníficas para cerrar este evangelio. Jesús no nos deja solos frente a la inmensidad de la tarea. Él no ascendió al cielo para desentenderse de sus siervos en la tierra. Él promete su presencia real, continua y reconfortante. Él está con nosotros «todos los días», lo que significa que está presente tanto en los días de triunfo y alegría como en los días de persecución, dolor, duda y sufrimiento. Esta promesa de su presencia se cumple de manera especial a través de los medios de gracia. Cristo está presente donde se predica fielmente su palabra y donde se administran correctamente sus sacramentos. Cuando escuchamos el mensaje de la absolución, es la voz de Cristo la que nos perdona. Cuando comemos el pan y bebemos el vino en la Santa Cena, recibimos el cuerpo y la sangre verdaderos de nuestro Salvador para el perdón de nuestros pecados y el fortalecimiento de nuestra fe.

Al conectar todas nuestras lecturas de hoy, podemos ver el hilo conductor de la revelación divina. El Dios que creó los cielos y la tierra en el principio, el Dios cuyo nombre es excelso en toda la tierra y que coronó al ser humano de gloria, es el mismo Dios que nos amó de tal manera que envió a su Hijo unigénito al mundo. Ese Hijo, nuestro Señor Jesucristo, después de cumplir la obra de la redención en la cruz y de triunfar sobre la muerte en su resurrección, nos envía al mundo investido con toda potestad para rescatar a los perdidos a través del agua y de la palabra. Y el Espíritu Santo, que se movía sobre la faz de las aguas en la creación, sigue moviéndose hoy a través de la predicación del evangelio, creando fe en los corazones y congregando a la iglesia en la unidad de la fe verdadera.

Por lo tanto, amados hermanos, la doctrina de la Santa Trinidad no es una teoría filosófica abstracta para ser discutida únicamente por teólogos en salones de clase. Es la realidad viva e histórica de nuestra salvación. Confesamos al Dios trino porque es el Dios que nos ha creado, nos ha redimido y nos ha santificado. Vivimos cada día bajo su bendición apostólica, consolados por su gracia, sostenidos por su amor y unidos en su comunión. No caminamos solos en este mundo caído. Aunque veamos que las sociedades cambian, que las instituciones humanas se desmoronan y que la iglesia enfrenta vientos de apostasía y confusión, nos aferramos a la promesa inquebrantable de nuestro Salvador. Él está con nosotros todos los días. Su palabra no fallará. Su bautismo permanece firme como un sello inquebrantable de nuestra adopción eterna. Que el Dios de paz, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sople su aliento de vida sobre cada uno de ustedes, les conceda firmeza en la fe, valentía en el testimonio y un gozo rebosante en su presencia, guardando sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús para la vida eterna.


Oremos:

Señor Dios, Padre celestial, creador del universo y sustentador de nuestras vidas; te damos gracias infinitas porque no te has quedado en el silencio de tu majestad eterna, sino que te has revelado a nosotros como el Dios trino de gracia y misericordia. Te alabamos por tu amor incomprensible que nos formó a tu imagen, y por tu compasión que nos rescató cuando estábamos perdidos en las tinieblas de nuestro pecado. Te rogamos, amado Señor Jesucristo, que nos mantengas siempre firmes en la confesión de la verdadera fe. Concédenos la gracia de acudir siempre a tu santo bautismo para hallar consuelo frente a las acusaciones del enemigo, y nútrenos continuamente con tu palabra y con tu cuerpo y sangre sacramentales. Derrama tu Espíritu Santo sobre tu iglesia, para que proclamemos con valentía y fidelidad tu evangelio a todas las naciones, bautizando y enseñando conforme a tu santo mandato. Fortalece a los que dudan, consuela a los afligidos y mantennos unidos en el lazo de la paz perfecta que solo tú puedes dar. Quédate con nosotros todos los días, conforme a tu promesa fiel, hasta que nos congregues a todos en tu reino celestial para alabarte por los siglos de los siglos en la unidad de la deidad eterna.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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