30 de Agosto de 2026
Decimocuarto domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 26:1-8; Jeremías 15:15-21; Romanos 12:9-21; Mateo 16:21-28
Título: Nuestro Señor Jesuscristo también sabe identificar.
Estimados Hermanos en Cristo, siendo hoy el decimocuarto domingo después del día de pentecostés, tenemos una predicación que espero nos sirva de ejemplo para nuestro diario vivir.
El pasado domingo tratamos los ejemplos de una promesa cumplida, las declaraciones seculares por un lado y la evidencia propia de Dios declarando por medio de Pedro que Jesús es el Hijo del Dios viviente.
Venimos de una confesión identificadora y común, asistida y comunicada por el Padre que debió merecer los más entusiastas aplausos de quienes presenciaban esa manifestación. Sí, Pedro dijo a una voz: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» Mateo 16:16; fácil de recordar; ¿verdad que sí? Promete cosas maravillosas, la edificación de su iglesia sobre esa roca de fe, y también promete las llaves del cielo, con el poder de atar y desatar en el cielo y la tierra y viceversa, ¡qué palabras tan esperanzadoras!
A partir de ese momento Jesús empezó a explicarle a sus discípulos todos los hechos proféticos que iban a cumplirse en él y de los cuales ellos serían testigos; pero algunos de ellos tristes, ya que moriría y resucitaría al tercer día. Esto chocaba con lo dicho antes, ya que era muy diferente a las palabras llenas de triunfo de la inauguración de su iglesia y, del poder en la tierra y el cielo que no hacía mucho les declarase como promesa. La muerte, sí, el duro hecho de morir y más aún, resucitar. Ellos habían disfrutado del amor, la paz y sabiduría que transmitía su maestro, quien había sido confirmado que era el Hijo del Dios viviente, y de pronto cambiaba su panorama y su futuro en uno oscuro, compungido, con la esperanza muy lejana para ellos de un resucitar, de un volver a la vida. Pedro, sobre cuya fe se edificará la iglesia de Jesucristo, esta vez siente vergüenza, porque va a decir lo que nadie le ha pedido que diga, por lo menos, los que están con él.
Y le dice a Jesús, tal vez en voz baja: «Señor, ¡ten compasión de ti mismo! ¡Que esto jamás te suceda!» ¿Cuántas veces y en qué momentos somos como Pedro? En la celebración de la Semana Santa, hay personas que lloran mucho, se sienten muy tristes por el hecho de la muerte de Cristo; pero para el cristiano bien adoctrinado es un hecho irrepetible que causa gozo, porque significa el perdón total del pecado y la vida eterna. En el fondo, con esos pensamientos de desconocimiento, estos cristianos actuales piensan como Pedro: «¡que esto jamás hubiese sucedido, qué triste!» Y no debemos decirles como le dice Jesús a Pedro: «¡Aléjate de mi vista, Satanás!» ya que Jesús efectivamente sabe que el diablo ha tomado a su discípulo, para tratar de frenar su sacrificio en la cruz por la humanidad caída y su victoria sobre la muerte, mientras que nosotros, simples humanos carecemos de cuáles pudieran ser las motivaciones para que alguien se exprese así, lo más probable es que sea por ignorancia. Continúa el diálogo: —Tú no piensas en las cosas de Dios sino en cuestiones humanas. De allí que nuestro Señor le anuncia que para seguirlo debemos negarnos a nosotros mismos y tomar su cruz. Ese negarse a sí mismo es tomado con muchas interpretaciones, y el tomar la cruz de manera literal, y sólo debe entenderse poner la mirada en nuestro Señor y tomar la cruz de la salvación para tener vida por ella.
¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde su alma? ¿O qué va a dar el hombre a cambio de su alma? Si nos vamos detrás del mundo y su algarabía, corremos el riesgo cierto de perder nuestra alma por descuidar a Jesús y su sacrificio expiatorio en la cruz del Calvario. Roguemos a Dios Padre que nos haga personas de reflexión en lo que significa seguir a Jesús, cómo seguirlo y valorar en su justa dimensión su ofrenda perfecta por nuestras almas.
Oremos:
Señor de Sabaot, cuán infinitas son tus maravillosas obras; permite que el sacrificio de tu hijo en la cruz sea un hecho histórico e irrepetible que nos colme de gozo desde hoy y hasta la eternidad.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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