09 de Agosto de 2026
Undécimo domingo después de Pentecostés.
Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas
Lecturas: Salmo 85:8-13; 1 Reyes 19:9-18; Romanos 10:5-15; Mateo 14:22-33
Título: La mano que nos sostiene en la tormenta
Amados hermanos y hermanas en Cristo, la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento humano, guarde hoy y siempre sus corazones y sus mentes en Jesús, nuestro Señor.
La vida nos coloca a menudo en medio de tormentas inesperadas. Pasamos de la tranquilidad al caos en cuestión de segundos, y es en esos momentos de profunda sacudida cuando nuestro corazón se llena de preguntas. Nos preguntamos dónde está Dios cuando el viento sopla en nuestra contra, cuando las olas de la enfermedad, de la pérdida, de la incertidumbre o del miedo amenazan con hundir nuestra pequeña barca. Las lecturas de este día nos muestran que esta experiencia no es nueva, sino que es parte de la condición humana, pero también nos revelan la manera maravillosa en que Dios responde a nuestro clamor.
En el libro de los Reyes encontramos al profeta Elías, un hombre de fe que, sin embargo, se encuentra huyendo por su vida, sumido en el miedo y el desánimo. Elías busca a Dios en lo espectacular y en lo violento. Espera encontrarlo en un viento poderoso que rompe las montañas, pero el Señor no está en el viento. Espera encontrarlo en un terremoto que sacude la tierra, pero el Señor no está en el terremoto. Espera encontrarlo en un fuego abrasador, pero el Señor tampoco está en el fuego. Finalmente, Dios se manifiesta en un susurro suave y delicado. Dios no se revela en el poder destructor que Elías imaginaba, sino en la sutileza de su palabra, en la calma que devuelve la esperanza al corazón que ha perdido el rumbo.
Ese mismo Dios que habla en el susurro es el que describe el salmista cuando dice: «Escucharé lo que el Señor va a decir; pues va a hablar de paz a su pueblo, a los que le son fieles, para que no vuelvan a hacer locuras». La paz no es la ausencia de problemas, sino la presencia de Dios que sale a nuestro encuentro. El salmo nos asegura que la fidelidad y el amor se encontrarán, que la justicia y la paz se besarán. Esta hermosa promesa se cumple plenamente en la persona de Jesucristo. En él, la justicia de Dios y su inmenso amor por la humanidad se unieron para darnos salvación y reconciliación.
El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos explica cómo esta salvación se hace realidad en nuestra propia vida. No es el resultado de nuestros propios esfuerzos, ni de cumplir una larga lista de reglas para intentar alcanzar el cielo. Pablo es muy claro al decir: «Si con tu boca reconoces a Jesús como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó, alcanzarás la salvación». Todo se reduce a la obra de Dios recibida a través de la fe. La fe es un regalo que nace en nosotros cuando escuchamos el mensaje de las buenas noticias. La escritura nos asegura que «todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo». No hay distinción, no hay barreras; el amor de Dios está disponible para todo aquel que reconoce su necesidad de un Salvador.
Esta verdad se vuelve visible y palpable en el relato del evangelio de Mateo. Los discípulos se encuentran en medio del mar, en una barca azotada por las olas, luchando contra un viento contrario. Está oscuro, es la madrugada, y el cansancio físico se suma al miedo colectivo. En el momento de mayor desesperación, Jesús se acerca a ellos caminando sobre el agua. Al verlo, los discípulos se asustan aún más y gritan de terror, pensando que se trata de un fantasma. Pero Jesús les habla de inmediato y les dice: «¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo!».
Estas palabras transforman la tormenta. Jesús no elimina el viento de inmediato, sino que se identifica como el Dios que tiene el control absoluto. Pedro, impulsado por una mezcla de audacia y fe, le hace una petición atrevida: «Señor, si eres tú, ordena que yo vaya hasta ti sobre el agua». Y Jesús le da una sola palabra de invitación: «Ven». Pedro baja de la barca y comienza a caminar sobre el agua, manteniendo sus ojos fijos en el Maestro. Mientras su mirada está puesta en Jesús, lo imposible se hace posible; las olas no lo hunden.
Sin embargo, el relato nos muestra la debilidad de nuestra propia naturaleza humana. Pedro desvía la mirada de Jesús y se fija en la fuerza del viento. Al ver el peligro real que lo rodea, el miedo desplaza a la fe, y en ese mismo instante comienza a hundirse. ¿Cuántas veces nos ha pasado exactamente lo mismo? Empezamos a caminar con confianza, pero cuando miramos la gravedad de nuestros problemas, la magnitud de las dificultades económicas o el dolor de una crisis familiar, sentimos que nos hundimos en la desesperación.
Lo hermoso de este pasaje es lo que sucede cuando Pedro reconoce su total incapacidad para salvarse a sí mismo. Él no intenta nadar por sus propios medios ni confía en sus habilidades de pescador. Pedro simplemente grita: «¡Sálvame, Señor!». La respuesta de Jesús es inmediata. El texto no dice que Jesús esperó a que Pedro diera una explicación, ni lo dejó sufrir un poco para darle una lección. El evangelio afirma que, al momento, Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?».
A menudo leemos este reproche de Jesús como un castigo, pero en realidad es un tierno recordatorio de su fidelidad. Jesús le está diciendo a Pedro, y nos está diciendo a nosotros hoy, que no hay razón para dudar de su presencia y de su poder, incluso cuando el viento parece destructivo. Cuando subieron a la barca, el viento se calmó, y los que estaban allí se postraron ante él diciendo: «¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!».
Este milagro nos enseña que nuestra seguridad no depende de la firmeza de nuestra fe, sino de la fidelidad del Salvador en quien confiamos. Cuando nos hundimos, no es nuestra mano la que sostiene a Dios, sino su mano poderosa e invisible la que nos sostiene a nosotros. Su gracia nos rescata de las profundidades de nuestras dudas, de nuestros pecados y de nuestros temores. No tenemos que escalar hasta el cielo ni bajar al abismo para encontrar la salvación; la palabra de fe está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón, recordándonos que somos amados, perdonados y sostenidos por puro amor divino.
Que en esta semana, cuando escuchen el rugido de los vientos en sus vidas cotidianas, puedan recordar el susurro apacible de Dios que promete paz. Que puedan apartar la mirada de las olas amenazantes y fijarla en aquel que camina sobre nuestras tormentas. Jesús está aquí, extiende su mano hacia cada uno de ustedes, libre de reproches, lleno de misericordia, listo para rescatarlos y llevarlos a puerto seguro.
Oremos:
Dios de misericordia y de paz, te damos gracias porque en medio de nuestras dudas y debilidades nunca nos dejas solos. Te pedimos que fortalezcas nuestra fe para que podamos mantener nuestros ojos fijos en tu hijo Jesucristo, especialmente cuando los vientos de la vida soplan en nuestra contra. Sostennos con tu mano poderosa, rescátanos cuando sintamos que nos hundimos y concédenos la paz que solo tú puedes dar. Que tu palabra sea el susurro que calme nuestros temores y guíe nuestros pasos cada día, por los méritos de Jesucristo, nuestro Salvador.
Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


No hay comentarios.:
Publicar un comentario