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Novela «El Terror de Alicia» Autor: Miguel Ángel Moreno Villarroel

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Duodécimo domingo después de Pentecostés - Migajas que salvan: el alcance universal del amor de Dios



16 de Agosto de 2026

Duodécimo domingo después de Pentecostés.

Director del servicio: Emilio Jesús Moreno Rojas


Lecturas: Salmo 67; Isaías 56:1, 6-8; Romanos 11:1-2a, 29-32; Mateo 15:21-28

Título: Migajas que salvan: el alcance universal del amor de Dios 

Queridos hermanos en Cristo, la palabra de Dios nos reúne hoy para revelarnos la profundidad de su misericordia y derribar las fronteras que nosotros mismos construimos. A veces pensamos que el amor del Señor es un tesoro exclusivo para unos pocos, pero la Escritura nos demuestra de manera constante que sus brazos están abiertos para toda la humanidad.

El profeta Isaías nos recuerda la instrucción clara del Señor: «Vivan recta y justamente, porque pronto voy a salvarlos, pronto voy a manifestar mi justicia». Dios no se limita a un grupo cerrado. Él mismo afirma sobre los extranjeros que se unen a su causa: «Yo los traeré a mi monte santo y los haré felices en mi casa de oración». La casa del Señor es, por definición, una casa de oración para todos los pueblos. El plan divino siempre ha sido la inclusión y la reunión de los dispersos, llamando a los que estaban lejos para que formen parte de su familia.

Esta misma realidad se refleja en el clamor del salmista, quien eleva una petición universal: «Que el Señor tenga compasión y nos bendiga, que nos mire con buenos ojos, para que todas las naciones de la tierra conozcan su voluntad y salvación». La bendición que Dios nos da no es para que la guardemos en secreto, sino para que sea un testimonio vivo que atraiga a otros hacia su luz. Queremos que los pueblos le alaben, porque su justicia y su guía alcanzan a cada rincón del planeta.

Sin embargo, nuestra naturaleza humana tiende a la exclusión. El apóstol Pablo aborda esta tensión al hablar de la fidelidad de Dios. Él explica que Dios no ha rechazado a su pueblo, porque «Pues lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento». Lo más hermoso y profundo de este mensaje es cómo opera la gracia divina. Pablo nos dice que todos fuimos desobedientes en algún momento, pero esa misma desobediencia abrió paso para que Dios tuviera compasión de nosotros. Al final, el plan de Dios es perfecto en su misericordia: «Porque Dios sujetó a todos por igual a la desobediencia, con el fin de tener compasión de todos por igual». No dependemos de nuestros méritos, de nuestra herencia o de nuestra supuesta fidelidad, sino únicamente de la compasión divina.

Esta verdad se manifiesta con toda su fuerza y tensión en el evangelio según san Mateo. Jesús se retira a la región de Tiro y de Sidón, un territorio pagano, fuera de las fronteras habituales. Allí, una mujer cananea, una extranjera que no pertenecía al pueblo escogido, se le acerca gritando: «¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! ¡Mi hija tiene un demonio que la hace sufrir mucho!».

La primera respuesta de Jesús nos desconcierta. Él se queda callado, y sus discípulos, molestos por los gritos, le piden que la despida. Incluso Jesús menciona que su misión inicial está dirigida a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Para nuestra lógica humana, esto parece un rechazo definitivo. Pero esa mujer no busca un derecho legal; ella busca gracia. Ella se arrodilla ante él y le suplica: «¡¡Señor, ayúdame!».

Jesús le habla con una parábola dura sobre el pan de los hijos y los cachorros. En lugar de ofenderse o retirarse indignada, la mujer muestra una fe profunda y humilde. Ella acepta su realidad, no reclama méritos propios y responde: «Sí, Señor; pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Esta mujer entendió lo que muchos religiosos de la época no lograban comprender. Ella descubrió que la gracia de Dios es tan abundante que incluso una sola migaja de la mesa de Jesús es más que suficiente para sanar, salvar y restaurar. Ella no confía en su origen, sino en la bondad del maestro.

Al escuchar esto, Jesús exclama con admiración: «¡Mujer, qué grande es tu fe! Hágase como quieres». Y en ese mismo instante, su hija quedó sana.

El evangelio rompe nuestras estructuras. Nos enseña que la fe verdadera no se fundamenta en nuestra pureza, en nuestra historia familiar o en cumplir una lista de normas perfectas. La fe es la mano vacía de un mendigo que se extiende para recibir el regalo inmerecido de Dios. Frente a Jesús, todos somos como esa mujer cananea. Ninguno de nosotros tiene derecho a sentarse a la mesa por cuenta propia. Todos nos acercamos a Dios necesitados de su compasión, reconociendo que solo su amor gratuito nos puede salvar.

Jesús transforma el límite en un puente. Al sanar a la hija de la mujer extranjera, él anticipa la gran victoria de la cruz, donde los muros de separación quedaron destruidos para siempre. En la cruz, Cristo pagó por la desobediencia de todos, para que la compasión de Dios llegara a cada ser humano.

Hoy somos llamados a revisar nuestro propio corazón. ¿A quiénes estamos dejando fuera de nuestras oraciones o de nuestra comunidad? ¿Qué fronteras hemos construido en nuestra mente para decidir quién es digno del amor de Dios y quién no? El Señor nos invita a mirar al prójimo con los ojos de Jesús, reconociendo que la mesa del altar está lista para recibir a todo aquel que clama por su auxilio. Vivamos con la seguridad de que su gracia nos alcanza, nos abraza y nos envía a compartir ese mismo amor con un mundo sediento de esperanza.

Oremos:

Dios todopoderoso y de eterna misericordia, te damos gracias porque tu amor no conoce fronteras y tu compasión llega a todos los pueblos. Te pedimos que sanes nuestro corazón de todo prejuicio y egoísmo, para que podamos ver a los demás con tu mirada de amor. Fortalece nuestra fe en los momentos de prueba, para que aprendamos a confiar únicamente en tu gracia inmerecida, como lo hizo la mujer cananea. Permite que nuestra vida sea un testimonio vivo de tu salvación, de modo que tu camino sea conocido en toda la tierra. Ponemos nuestras necesidades, nuestras familias y nuestras comunidades en tus manos, confiando en tu fidelidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén. Dios los bendiga, y recuerden. ¡¡Sólo Dios Salva!!


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